La boda ajena (Las del bar 1) Capítulo diez — Solo a mirar #3
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Capítulo diez — Solo a mirar #3

—Esas. —Dejó la taza. Se giró hacia mí en el banco, con las dos manos en el regazo, en la postura exacta de quien ha decidido por fin—. Daniel, yo quería…

Y entonces —registro tercera interrupción del día— sonó el móvil de ella.

La pantalla dijo «Mamá», y Irene miró la pantalla, me miró a mí, y contestó con la voz de la dueña del bar: «Sí, mamá, sí, vamos en el coche.

Sí, cinturón. Sí, he comido.» Colgó, cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió la frase se había ido otra vez.

—Que sigan sin fecha límite —dije—. Que no se caduquen.

Se rio, y terminamos los cafés en silencio, y fue el mejor silencio compartido desde el semáforo de Hortaleza.

El regreso fue la parte fácil, hasta que dejó de serlo.

Salimos de la finca a las cinco y cuarto, dejamos a las madres en la esquina de Rosa —«hacemos una paradita y nos volvemos andando», dijo la mía, con un brillo que no prometía nada bueno para el bolsillo de nadie—, y emprendimos la autopista de vuelta, yo al volante, Irene en el asiento de al lado con la ventanilla entreabierta y el pelo volando.

A los diez minutos dejé de oír el ruido del aire.

La miré de reojo: dormía. Contra el cristal primero, la cabeza dando tumbos pequeños en cada curva; luego, en el largo recto del peaje, el cabezazo la despegó del cristal y la trajo hacia mí, y se acomodó contra mi hombro como se llega a casa: sin avisar.

La desperté una vez, al peaje, con la voz baja de siempre: «Irene.

¿Cinturón bien?» Murmuró algo que sonó a «mm», se acomodó mejor y siguió durmiendo.

No la volví a despertar. Por el retrovisor, la última luz del día se iba por detrás de la sierra, y yo conducía con una mano en el volante y la otra en la radio, bajita, buscando una emisora que no la despertara.

Encontré una de las de siempre, la de las canciones viejas, y la dejé sonando a volumen de abeja, y me quedé escuchando a un hombre cantar sobre volver, con el hombro izquierdo poco a poco sin sangre y la certeza novedosa de que no cambiaría aquello por ninguna postura ergonómica del mundo.

Conduje veinticinco minutos así.

Aquí el registro técnico, porque el registro emocional todavía no compila: conducta observada en sujeto Daniel, ante contacto prolongado no presupuestado, sin aviso previo, fuera de toda cobertura.

Respuesta del sistema: ninguna. No consulté el Anexo 12 —el vacío de aquel documento, esperando en algún cajón de mi escritorio como un paraguas en verano—.

No apliqué protocolo alguno. Lo único que hice, en un semáforo en rojo que duró sesenta segundos, fue estirar el brazo, quitarle con dos dedos el pelo de la cara, y subir un grado la temperatura del aire acondicionado.

Un grado. Esa fue toda mi respuesta de emergencia.

Y el sistema no colapsó. Ninguna alarma, ningún error, ningún proceso en segundo plano consumiendo recursos.

Funcionaba todo, raro y estable, como funcionan las cosas cuando por fin están en su sitio.

Llegué al barrio, aparqué en su calle, apagué el motor y me quedé sentado en la penumbra del coche, con el hombro entumecido y la ciudad empezando a encenderse fuera, pensando que esto era lo más peligroso que me había pasado en años.

No los besos. No las miradas. Esto: veinticinco minutos con Irene dormida en mi hombro, sin un solo problema que resolver.

Porque un problema se resuelve, y aquello no quería solución. Quería repetirse.

La desperté en su calle, con cuidado y en voz baja, y la vi hacer lo que hace ella cuando se despierta: comprobar dónde está, reconocer el sitio, sonreír tarde. Se bajó, se estiró, se inclinó a la ventanilla.

—¿He roncado?

—No.

—¿He dicho algo?

—«Mm».

—Eso no es decir. —Se enderezó—. Mañana comemos con mi madre. Tú también vienes, que Belén viene y las dos han decidido que «ya es familia».

—¿Familia de quién?

—De la operación, supongo. —Se quedó un segundo con la mano en la ventanilla, mirándome con esa cara de tener la frase otra vez delante—. Buenas noches, Daniel.

—Buenas noches, Irene.

La vi entrar. En casa, Bug revisó mi olor —a sol, a hierba de finca, a otra persona— y me miró con su cara de saberlo todo. Me senté al ordenador, abrí el documento del contrato, miré el «Registro de incidentes» con su única línea, y añadí debajo, sin saber bien por qué:

«Incidente 000 — 22 de mayo, 17:55. Objeto: ver a la parte contraria mirar un jardín. Efecto: desconocido. Estado: sin clasificar.»

Lo releí y añadí, porque la libreta ya era lo más parecido a un confesor que tenía: «Nota al margen: no todas las interrupciones son fallos. Algunas son lo que pasa mientras se decide si merece la pena interrumpir.»

Era el primer incidente que numeraba hacia atrás. Los informáticos llamamos a eso una migración de datos: cuando el sistema viejo ya no cabe en las tablas del nuevo.

Cerré. Me acosté. Y antes de dormir me llegó un mensaje suyo, corto, sin firma de nada:

«Hoy no me dejaron decírtelo. Pero no se me ha olvidado.»

Lo leí cuatro veces. No contesté con clasificación ninguna: contesté con lo que llevaba ocho días aprendiendo de ella.

«Yo tampoco lo he olvidado. Sin fecha límite.»