La biblioteca de los reyes (Una aventura de Tom Wagner 2) 3. CUARTEL GENERAL DE LA FUERZA OPERATIVA BLUE SHIELD
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3. CUARTEL GENERAL DE LA FUERZA OPERATIVA BLUE SHIELD

CUARTEL GENERAL DE LA FUERZA OPERATIVA BLUE SHIELD

CIUDAD DE LA ONU, VIENA

Tom, Hellen y Cloutard estudiaron los expedientes que la mujer, ahora al mando de Blue Shield, acababa de entregarles. Casi al unísono, se les abrieron los ojos como platos y se quedaron boquiabiertos. Durante varios segundos reinó un silencio absoluto.

Tom fue el primero en recuperarse.

—¿Es esto lo que creo que es?

Theresia de Mey, la madre de Hellen y nueva directora de Blue Shield, asintió, incapaz de reprimir una sonrisa.

— Mon Dieu . ¿Así que no es solo un mito? ¿Existe de verdad? —preguntó Cloutard.

La madre de Hellen asintió nuevamente.

—¿Y vamos a ir a buscarlo? —agregó Tom. Impresionado, torció las comisuras de los labios y entrecerró los ojos en su mejor imitación de Robert de Niro —. Ya no perdemos el tiempo en artefactos mediocres.

Hellen aún no había dicho ni una palabra. Continuaba estudiando el expediente, examinando con lupa los mapas adjuntos y analizando el material fotográfico. Tuvo que taparse la boca con una mano para evitar soltar un grito de júbilo. Levantó la vista hacia Tom y Cloutard.

—¿Saben lo que esto significa? La gente lleva siglos buscándolo. Es una de las mayores leyendas de la historia de la humanidad.

—Y por fin tenemos pruebas concluyentes de dónde se encuentra exactamente —agregó Theresia de Mey con orgullo—. Ahora solo necesito que lo encuentren para Blue Shield.

Tom se frotó las manos con entusiasmo.

—Estoy listo para salir en cualquier momento. ¡A la caza de...!

El timbre del móvil de Tom interrumpió su euforia, y su expresión pasó al instante del asombro a la duda y, después, a la preocupación.

—El Vaticano —dijo, y contestó la llamada.

Hellen y Cloutard observaban expectantes, pero la madre de Hellen pareció repentinamente molesta. Cloutard vio sus labios fruncidos e intentó apaciguarla rápidamente.

—Es solo el papa. Deberíamos alegrarnos de que Tom no estuviera sentado en el inodoro cuando Su Santidad ha decidido llamar.

La madre de Hellen miró al francés con asombro. No entendía en absoluto lo que estaba pasando. Tom, mientras tanto, había colgado el teléfono y se había puesto de pie.

—El papa necesita un favor. Espera recibir muy pronto al patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa para una reunión ecuménica, y han tenido una serie de amenazas de atentados y de bomba.

Quiere que yo colabore con la Guardia Suiza para garantizar su seguridad.

—Señaló el expediente con la misión de Blue Shield—. Eso va a tener que esperar por ahora.

Hellen inspiró bruscamente.

—¿Esperar? ¿Quieres que esperemos? Tom, este es uno de los mayores tesoros de la humanidad, perdido durante siglos, ¿y se supone que tenemos que esperar ?

—¿Tengo que recordarte que Su Santidad fue de gran ayuda durante nuestra última pequeña aventura? ¿Y qué me dices del secreto que te reveló? Se lo debo..., no, se lo debemos .

Theresia de Mey resopló enfadada.

—Señor Wagner... —Empezó, pero se interrumpió porque no había pronunciado su apellido correctamente.

Lo había dicho como si fuera alemán: Vahgner, pero ahora se corrigió y, utilizando la pronunciación inglesa, alargó la «a» para darle más énfasis—.

Señor Waaaagner. No queremos esperar más.

No podemos. ¿No creerá en serio que sea buena idea dejar ESTE trabajo en suspenso y hacernos esperar a mí y a Blue Shield en su primer día de trabajo?

Pero Tom ni siquiera escuchó la segunda mitad de su discurso. Ya había salido de la sala de reuniones.

— Ma chère —dijo François Cloutard, dedicándole a la madre de Hellen su mejor mirada de cachorrito—. Ce n’est pas un problème . No ha sido encontrado en siglos. Unos días más o menos no supondrán ninguna diferencia.

Las De Mey, madre e hija, se quedaron sin palabras.

— Croyez-moi , para mí, como antiguo ladrón de tumbas y contrabandista de arte, esto también es muy difícil de aceptar, pero sin Tom la misión simplemente tendrá que esperar.

Se levantó, se ajustó la corbata y se puso el sombrero. Hellen también empezó a recoger sus cosas para marcharse. Cloutard tenía razón. Por mucho que odiara la idea, tenían que esperar a que Tom regresara.

Cloutard se detuvo en el umbral de la puerta y se volvió una vez más hacia Theresia de Mey.

—¿Y sería tan amable de asegurarse de que el café sea mejor la próxima vez? Estamos en Viena, pour l’amour de Dieu .

Fin del adelanto

La Ciudad Invisible