60. MONUMENTO NACIONAL MASÓNICO GEORGE WASHINGTON
MONUMENTO NACIONAL MASÓNICO GEORGE WASHINGTON
NIVEL INFERIOR
Las puertas del ascensor se abrieron y Tom y Hellen salieron al nivel del Salón Masónico, pero rápidamente se dieron cuenta de que habían bajado un piso de más.
Este era el nivel donde la cena tendría lugar más tarde, pero por ahora parecía que toda la planta había sido abandonada.
Se dieron la vuelta para volver a entrar en el ascensor, pero ya estaba de camino hacia arriba. Tom presionó el botón con impaciencia.
—Oh, eso seguro que lo hará venir más rápido —dijo Hellen, apartándole la mano.
—Tengo un mal presentimiento sobre esto —dijo Tom, mirando alrededor, desconcertado.
—¿Por Cloutard?
—No. Me refiero a esto, aquí, ahora. ¿Dónde está todo el mundo? ¿Dónde está todo el personal? Se supone que tienen que preparar una cena para cuatrocientas personas en una hora. Este lugar debería estar lleno de gente.
Ahora Hellen también estaba poniéndose nerviosa. Tom tenía razón. Un guardia de seguridad apareció repentinamente desde la esquina.
—Eh, ¿qué estáis haciendo aquí? No deberíais estar abajo. —Se dirigió hacia ellos. Llevaba un traje negro y mientras caminaba levantó su radio a la boca. La manga de su chaqueta se deslizó un poco al levantar la mano, y Tom lo vio.
A Hellen no le va a gustar esto , pensó, y en el mismo instante ya había sometido al hombre. Un golpe a la garganta para callarlo, una patada a las partes nobles, y cuando el hombre cayó de rodillas, una llave al cuello lo envió silenciosamente al mundo de los sueños.
—¿Qué estás haciendo? ¿Has perdido la cabeza?
—Cógele las piernas —dijo Tom, y arrastraron al hombre a un pequeño armario. Tom lo registró, encontró una pistola y se la llevó.
—Ossana está aquí. Tenemos que darnos prisa.
Tom agarró a Hellen de la mano y la llevó con él por las escaleras hasta el nivel superior. Para no encontrarse con otro "guardia de seguridad", se detuvieron justo antes de doblar la siguiente esquina, y Tom se asomó con cautela.
—¿Qué te hace pensar que Ossana está aquí? —preguntó Hellen en un susurro.
—Supongo que no viste el tatuaje de ese tipo. Reconocería ese patrón en cualquier parte, aunque solo sea visible una esquina.
—¿Te refieres a EL tatuaje? ¿El que viste cuando reconociste a Guerra después de todos esos años?
—Sí. El especial de AF.
—¡Tenemos que avisar a los demás! —Hellen sacó su móvil para llamar a Scott.
—Eso no funcionará. Estarán bloqueando todo.
Tom tenía razón. La red móvil estaba muerta.
—El tío Scott tendrá que cuidarse solo. Nuestro trabajo es encontrar la piedra lo más rápido posible y sacarla de aquí.
—Pero...
—Siempre supimos que algo así podía ocurrir. El tío Scott y Noah son tipos capaces. Se las arreglarán —dijo, tratando de calmar a Hellen.
La tomó de la mano otra vez, y cuando el camino pareció despejado, corrieron por el pasillo hasta el Salón Memorial, ahora desierto. Corrieron hacia el nicho donde se encontraba la estatua de Washington.
La escultura de bronce se alzaba sobre un bloque de piedra de unos dos metros de altura.
Un espacio estrecho conducía al interior de la hornacina que rodeaba la base.
Saltaron por encima del cordón rojo que bloqueaba el acceso y se deslizaron detrás de la estatua.
Hellen estaba sorprendida. ¿Había una puerta allí detrás?
Pero no, una vez que estuvieron en el estrecho espacio detrás del pedestal, examinó el bloque de piedra carente de fisuras, sin ver nada en absoluto.
Antes de que pudiera decir una palabra, Tom sacó el pequeño paquete que Scott le había dado arriba.
Desdobló el papel para revelar una tarjeta metálica con agujeros dispuestos irregularmente.
Era del tamaño de una tarjeta de crédito y colgaba del tipo de cadena de bolas que los soldados suelen usar para sus placas de identificación.
Le entregó el papel a Hellen y miró la tarjeta por un momento.
Le recordaba a una antigua tarjeta perforada de ordenador.
—¿Qué vas a hacer? —susurró Hellen mientras veía los dedos de Tom deslizarse sobre el macizo bloque de piedra.
Hizo una pausa. Lo había encontrado: una ranura tan fina como su uña del pulgar.
Scott le había explicado con precisión cómo y dónde la encontraría.
Tomó la tarjeta y la deslizó cuidadosamente en la abertura.
Un momento después, una sección del bloque de piedra se movió hacia adentro con un ruido chirriante.
Al mismo tiempo, dos filas de placas base se deslizaron hacia abajo, formando el primer peldaño de una escalera.
Hellen y Tom se miraron con una mezcla de asombro y deleite. Tom retiró la llave, sacó su móvil, activó la linterna y lideró el camino por las oscuras escaleras, con Hellen siguiéndole de cerca.
Al final de la corta escalera, llegaron a un viejo ascensor. En la pared junto a él había un teclado numérico.
—Léeme el código —dijo Tom, y Hellen recitó la cadena de doce números impresa en el trozo de papel que había estado envuelto alrededor de la llave.
Tom introdujo los números en el teclado, una pequeña luz roja en la consola cambió a verde, y un momento después la puerta del ascensor se abrió y entraron.
La diminuta cabina, lo suficientemente grande para dos personas, cayó instantáneamente hacia las profundidades.
—¿Quién tendría tanta prisa? —dijo Hellen, ya sintiéndose un poco mareada mientras el ascensor se detenía bruscamente.
Una luz parpadeó. Frente a ellos, un pasillo estrecho y aparentemente interminable desaparecía en la oscuridad.
Vacilantes, salieron del ascensor. Con cada paso que daban, otra luz se encendía y la de detrás se apagaba de nuevo.
—Según el tío Scott, ahora estamos a unos 75 metros bajo el Salón Memorial. Este corredor está alineado de este a oeste y conduce justo debajo del enorme símbolo masónico que se muestra en el frente.
Moviéndose rápidamente, recorrieron la longitud del corredor. Tom calculó que habían cubierto unos 120 metros. Al final había una puerta de acero; como antes, Tom insertó la tarjeta perforada en una ranura. Debajo de un viejo monitor, un teclado se deslizó fuera de la pared.
—Seguridad a la antigua —dijo Tom, sorprendido—. Como de estilo steampunk .
—Probablemente recortes presupuestarios. Todo este lugar está financiado por donaciones de la comunidad masónica.
—¿Cuál es el texto debajo del código?
Hellen le entregó el trozo de papel y él tecleó la primera frase en el ordenador.
La puerta se abrió revelando una esclusa, y una luz se encendió automáticamente.
Entraron. La esclusa claramente funcionaba como un nivel adicional de seguridad: por un momento, quedaron atrapados entre las dos puertas de acero.
Un segundo terminal aseguraba la puerta al otro extremo de la sala.
Tom tecleó la segunda frase del papel y pulsó la tecla "Enter".
La emoción de Hellen aumentaba: estaba a punto de ver la segunda parte de la Biblioteca de los Reyes, apenas días después de su visita a Roma.
La puerta siseó y giró lentamente sobre sus bisagras.
El espacio al otro lado era bastante más pequeño que el archivo del Vaticano, pero para Hellen no era menos fascinante.
Las luces parpadearon con el familiar pop-pop de las lámparas de neón, iluminando una sala de unos cuarenta metros de largo.
La pared izquierda constaba de al menos sesenta columnas verticales de pequeñas puertas, seis por columna, con cientos de ventanillas transparentes colocadas una encima de otra.
Detrás de las pequeñas ventanas se encontraban miles y miles de pergaminos.
Cámaras con clima controlado , pensó Hellen.
Se podían usar pequeños paneles de control para regular individualmente la atmósfera dentro de cada una.
La pared derecha parecía igual, con la excepción de dos grandes puertas situadas en la mitad de la pared.
Detrás de las puertas había dos laboratorios en los que los pergaminos podían estudiarse bajo condiciones controladas.
Qué lástima , pensó Hellen. A pesar de su emoción, la situación la entristecía un poco. ¿Tendría alguna vez la oportunidad de entrar de nuevo en esta sala, o de examinar más de cerca lo que contenía?
Tom notó la desazón de la joven mientras caminaba, hipnotizada, frente a las cámaras climatizadas, sin duda tentada de sacar cada pergamino y estudiarlo más detenidamente.
—No tenemos tiempo para lo que quieres, Hellen.
Pero estoy seguro de que Scott puede intentar organizar una visita más larga para ti —dijo, esperando animarla.
Hellen sonrió radiante ante la idea, y recuperó la concentración.
La pared opuesta a la entrada, al fondo de la sala, consistía casi por completo en cajas de seguridad, del tipo que normalmente se encuentra en una cámara acorazada de un banco.
A un lado había otro pequeño terminal de acceso, pero esta vez solo se necesitaba la tarjeta.
Tom la deslizó en la ranura, y una única caja de seguridad en el centro de la pared se abrió ligeramente.
Emocionados y cautelosos, tiraron del cajón un poco más y levantaron la tapa.
Y allí estaba. Ante ellos, incrustado en espuma de goma ordinaria, se encontraba el segundo fragmento de la Piedra Filosofal de color verde esmeralda.