Capítulo 3 - Imaginando dragones
C enaron en silencio. A Iván no le apetecía hablar con nadie.
Ni siquiera podía mirar a su hermano. Nada más acabar la cena se fue a su habitación y pasó un buen rato de mal humor.
Lo habían mandado a la cama temprano. Nada de baloncesto en el centro recreativo.
Por algo que ni siquiera había sido culpa suya.
Bueno, al menos no todo había sido su culpa.
Tomó un libro que había estado leyendo, uno que su papá le había regalado para la Navidad del año pasado.
Al principio no le había gustado mucho porque parecía un libro viejo, y por lo general los libros viejos le parecían bastante aburridos.
Pero este no era aburrido en absoluto. Se trataba de un guerrero feroz (que también era príncipe, por supuesto) que vivía en un lugar llamado Ahóratos, una hermosa tierra de castillos gigantes, altas montañas y criaturas fantásticas, a veces un tanto aterradoras.
Era una buena historia, con muchas batallas y luchas a espada, lo cual era perfecto porque eran los únicos tipos de historias que a Iván realmente le gustaba leer.
El príncipe guerrero se pasaba el tiempo teniendo que salvar su reino de esos horribles dragones que seguían atacando y quemando sus aldeas con su aliento de fuego y robando todo el oro de la gente.
A veces, el príncipe guerrero tenía que rescatar a las princesas, que siempre se metían en un lío u otro. Esa parte no le importaba gran cosa.
Fue al armario y sacó su armadura de juguete.
No quería que su hermano mayor supiera que aún jugaba con ella.
Se puso la coraza, el cinturón, el casco.
No eran más que plástico, y le quedaban mucho más pequeños.
Además, estaban pasados de moda. Desearía poder conseguir un conjunto más nuevo y moderno, como los de La Guerra de las Galaxias o Thor , pero no se atrevería a pedir eso.
Javier se burlaría de él, aunque Iván sabía con certeza que su hermano todavía conservaba la capa de un disfraz de Batman que usó para una fiesta en sexto grado.
Iván tomó la espada y el escudo de madera que su abuelo le había hecho cuando tenía seis años.
El escudo llevaba su inicial, I , grabada en dorado justo en el centro.
Balanceó la espada mientras bailaba por la habitación, luchando contra el dragón imaginario que empezaba a parecerse mucho a Javier.
¡Javier el dragón! ¡Iván el príncipe guerrero! El príncipe guerrero ganaba siempre.
Príncipe guerrero: 1.116.437
Dragón: 0
Finalmente se cansó. Metió la armadura debajo de su cama con todas las demás cosas que nunca se molestaba en guardar, y se dirigió al baño a cepillarse los dientes.
Oyó cerrarse la puerta de abajo. Javier había vuelto del baloncesto.
Iván terminó rápido en el baño, fue a su habitación para ponerse el pijama, y cerró la puerta con fuerza.
Al menos ya no tenían que compartir habitación, como hacían antes en su apartamento de la ciudad.
Se metió en la cama con su libro y su linterna para leer bajo las sábanas. Podía oír a su hermano en el baño, preparándose para dormir. Limpia la pasta de dientes del lavamanos , pensó. Javier nunca limpiaba el lavabo. Era asqueroso.
Esperó a que Javier entrara en su habitación para burlarse de él por haberse perdido el baloncesto, por tener miedo de saltar del muelle, por, bueno…
cualquier cosa . Siempre parecía haber una excusa para que Javier irrumpiera y lo atormentara.
Pero no pasó nada. Iván estaba un poco decepcionado.
Tal vez Javier ni siquiera pensaba en él lo suficiente como para venir y seguir mofándose.
Cuando la puerta finalmente se abrió, fue su mamá la que entró. Iván apagó enseguida la linterna y escondió el libro bajo de las sábanas.
—¿Te sientes mejor?—preguntó, sentándose a su lado en la cama.
Metió la mano debajo de las sábanas y sacó el libro y la linterna.
Los dejó sobre las sábanas junto a la almohada de Iván.
No estaba enojada. Solo quería que supiera que ella lo sabía.
Siempre lo sabía. Definitivamente tiene ojos en la nuca , pensó Iván.
Ella esperó la respuesta a su pregunta. Iván no estaba de humor para una charla de mamá. Miró hacia otro lado y se subió las sábanas hasta la barbilla. La oyó suspirar.
—Iván, sé que estabas enojado con tu hermano, pero necesitas encontrar alguna manera de lidiar con eso que no sea pelear. Estas pequeñas escaramuzas tienen que acabar.
—¿Qué es una escaramuza?
—Es como una batalla, pero de poca importancia. Iván, ¿entiendes lo que te estoy diciendo?
Iván no respondió. Trató de darse la vuelta, pero ella le agarró el hombro y lo obligó a mirarla.
—Sí, entiendo lo que dices. Lo… intentaré—contestó Iván, molesto—. No más escamuzas .
— Escaramuzas .
—Eso.
—Bien.—Ella sonrió, le dio un beso en la frente y se levantó para irse.
—Mamá.—Iván bajó las sábanas. Mamá se dio vuelta para mirarlo.
—¿Qué pasa, cariño?
—¿Crees que alguna vez estaré en una… batalla real?
La madre abrió ligeramente la boca y sus ojos recorrieron la habitación como si no supiera bien qué decir. Luego, sonrió un poco.
—Oh, sí, cariño—dijo—. Ya lo estás.
—¿Lo estoy?—Iván se sentó, alarmado. Mamá se sentó nuevamente a su lado.
—Tú y Javier.
—No estoy hablando de una… escaramuza o algo así. Me refiero a una batalla real . Con espadas y esas cosas.
—Oh, esta es una batalla real, Iván. Hay un enemigo astuto y malicioso con el que siempre estás en batalla; incluso ahora.
—¿Javier?
—No, no es Javier.
—¿Entonces quién es?
—Alguien que quiere permanecer oculto para que olvides que está ahí. Hará todo lo posible para hacerte sentir que nunca ganarás.
—Algún día… ¿ganaré?
Mamá pensó en ello un momento.
—No será fácil—acabó diciendo—. Pero recuerda esto, Iván: no importa lo que este enemigo te lance, siempre tienes lo necesario para ganar. Así que nunca tienes que tener miedo. ¿Capichi?
Quería decir, «¿Entiendes?». Mamá usaba muchas palabras raras para las cosas.
— Capichi —replicó Iván, aceptando, aunque no estaba tan seguro de entender—. Pero sobre este enemigo…
—Mañana hablamos más—indicó mamá, guiñándole un ojo—. Dulces sueños, Iván, cariño.
Una vez le dio otro beso de buenas noches (le encantaban los besos pegajosos), Iván se recostó y volvió a subirse las sábanas hasta la barbilla.
Pensar en batallas reales lo asustaba un poco, aunque su mamá había dicho que no debía tener miedo.
Miró afuera, hacia la luna plateada que se asomaba entre las ramas del gran roble.
La luna estaba enorme, más grande de lo que la había visto nunca.
Llena. Empezó a imaginarse vistiendo su brillante armadura, un príncipe guerrero, sobre un caballo blanco a través de la niebla hacia algún gran castillo en la cima de una alta montaña.
Qué imagen tan genial sería. Pensó en levantarse, sacar sus lápices de colores y dibujarlo.
La luna, el árbol, la montaña, el príncipe Iván en un caballo blanco. Y luego bostezó. Tal vez mañana.
Sus ojos se cerraron…
— ¡Levántate!
Iván se enderezó de un salto; su libro y su linterna cayeron al suelo con un golpe sordo.
—¿Qué?—. Se frotó los ojos, buscando al dueño de la voz. ¿Era una voz? No podía estar seguro. La habitación estaba oscura. Sombras extrañas se movían a su alrededor, sombras de las ramas del árbol en el jardín moviéndose bajo la luna llena.
—¡Apúrense!
Sí, una voz suave, susurrante, pero al mismo tiempo fuerte llenaba su cabeza por completo.
—¡Ven!
Una sombra cruzó rápidamente la habitación.
No era la sombra de la rama del árbol, sino de una especie de criatura .
¿Un mapache? ¿Un gato? No, demasiado grande para eso.
Pero demasiado pequeña para una persona.
La sombra saltó al borde de la ventana. A la luz de la luna, Iván pudo distinguir una prenda fluida, como una túnica.
Una túnica morada. La criatura giró, revelando un símbolo brillante en su espalda; la boca de Iván se abrió y cerró involuntariamente.
El símbolo era el mismo que estaba en la portada de su libro. El libro sobre Ahóratos.
¿Quién eres? quiso preguntar. Pero no salió palabra alguna de su boca. Ahora no podía abrirla en absoluto. Solo se quedó mirando. La cabeza de la criatura giró, pero Iván no pudo distinguir un rostro bajo la capucha, como si esta estuviera vacía.
—¡Apúrense! ¡Antes de que sea demasiado tarde!
—Demasiado tarde…—Las palabras de Iván empezaron a salir, pero cada una parecía tardar una eternidad en ser pronunciada—. ¿Para… qué?
De repente, la puerta del dormitorio se abrió de golpe, y Javier entró pisando fuerte.
—Iván, había algo en mi cuarto…
Los ojos de Iván se deslizaron hacia su hermano, quien tenía los ojos muy abiertos.
Volvió a mirar a la criatura que estaba sentada en el borde de la ventana.
Él también lo ve . Entonces, no me lo estoy imaginando .
Muy despacio, Iván alzó el brazo hasta que su dedo apuntó directamente a la silueta de la criatura en la ventana.
Oyó el grito ahogado de Javier.
—¿Qué… es… eso…?—Estaba teniendo el mismo problema con las palabras que Iván.
La criatura habló con impaciencia. Príncipe Iván, príncipe Javier . ¡Síganme! ¡Rápido! Y luego desapareció por la ventana. La ventana del segundo piso .
Iván miró la cara paralizada de su hermano. Parecía haber visto un fantasma. Tal vez ambos lo habían hecho. Pero Iván no lo creía. De repente, la curiosidad se apoderó de él. Tenía que saber qué era esa criatura y por qué tanta prisa.
Iván saltó de la cama y se dirigió al borde de la ventana.
—¡Espera! ¿Qué estás haciendo?—siseó Javier.