La apuesta del lord perdido (Pasiones robadas 4) Epílogo
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Epílogo

Dos meses después

D iana se colocó frente al espejo, observándose mientras giraba de un lado a otro. Se sobresaltó, sintiéndose culpable, cuando Wade empujó la puerta y se asomó.

—¿Qué te pasa? —preguntó él, frunciendo el ceño.

—Nada —respondió ella con rapidez, y él le dirigió esa mirada que dejaba claro que sabía que mentía, pero al parecer había otros asuntos más acuciantes.

—Arie quiere que nos reunamos todos abajo.

—¿Para qué? ¿Por fin ha contratado a alguien para que se ocupe de su negocio y de todos los que trabajan para él?

—No. Creo que sigue intentando hacerlo todo él solo, y bastante mal, por cierto. Se trata de sus planes.

—¿Cuáles? —preguntó Diana, echándose un chal sobre los hombros—. Siempre tiene tantos…

—Creo que es el grande —dijo Wade en un susurro, y las cejas de Diana se alzaron.

—¿Y tú cómo sabes de eso?

Wade le dedicó una sonrisa burlona.

—Ahora formo parte de la familia —dijo, dándole una palmada juguetona en el trasero mientras ella pasaba a su lado y salía por la puerta.

Diana se giró y le lanzó una mirada furibunda, pero no le engañó: sabía que no le había disgustado en absoluto.

Encontraron al resto de la familia reunido en el salón. Arie ocupaba la silla que todos llamaban su trono. Solo faltaban Calli y los suyos, pues su matrimonio con el duque significaba que ya no tenía vinculación alguna con el negocio familiar.

—Ha llegado el momento —dijo Arie una vez que todos estuvieron acomodados, con los ojos brillantes de expectación.

—¿El momento de qué? —preguntó Grace, mirando a los demás.

Pero el resto lo sabía. Arie llevaba años esperando para poner en marcha su gran plan.

—Durante años ha habido fragmentos de las estatuas en el Museo Británico, pero hace poco han trasladado allí la totalidad de la colección que fue robada hace unas décadas —dijo con gravedad—.

No debería estar allí. Debería estar en su lugar de origen.

Este es el momento, e iremos a por ello en breve.

Pondremos nuestro plan en marcha. ¿Quién se apunta?

Todos recorrieron la sala con la mirada.

Xander fue el primero en aceptar.

—Te dije que estaría listo en cuanto tú lo estuvieras —dijo, y Juliet asintió.

—Nos apuntamos.

—Yo ayudaré —se ofreció Damien—, pero Grace se queda al margen.

Grace había aceptado a Damien, pero seguía siendo reacia a cruzar ella misma la línea de la ley.

—Muy bien —dijo Arie, con la boca tensa, antes de mirar a Diana—. ¿Y vosotros dos?

Diana miró a Wade. Wade le tomó la mano.

Se volvieron hacia Arie y dijeron al unísono:

—Nos apuntamos.

Después de todo lo que había ocurrido entre ellos, habían llegado a aceptar que podían ayudarse mutuamente, y Diana albergaba la esperanza de que algún día, quizá, incluso sus dos organizaciones pudieran convertirse en una sola.

—Bien —dijo Arie mientras se levantaba, prácticamente despidiéndolos—. En breve os asignaré una tarea a cada uno.

—Arie —lo llamó Diana antes de que se dispersaran—. ¿Para cuándo esperas que sea esto?

—Dentro de unos meses —respondió él, y ella asintió, aunque contó los meses mentalmente y supo que tal vez no podría unirse a ellos. Pero antes tenía que compartir esa noticia con otra persona.

Wade pareció entenderlo, porque ya estaba tirando de su mano, sacándola por la puerta y llevándola a la parte delantera de la casa, donde nadie más pudiera oírlos.

—Diana —dijo él, con las manos en las caderas y mirándola con firmeza—, ¿quieres contarme qué te ronda por la cabeza?

—De acuerdo —dijo ella, y el corazón empezó a palpitarle ante la expectativa de su reacción—. No creo que pueda ayudar a Arie con su plan de aquí a unos meses.

—¿No podrás? —preguntó él, frunciendo el ceño—. ¿Por qué no? ¿Estás en contra? ¿Crees que…?

Diana soltó una risa ligera mientras le posaba la mano en el brazo.

—No podré porque no estaré en condiciones físicas de hacerlo.

—No te entiendo —dijo Wade con cierta exasperación.

—Estoy embarazada —dijo ella, y una sonrisa le iluminó el rostro, aunque acompañada de una pizca de nerviosismo⁠—.

Wade se quedó allí plantado, atónito.

—¿De verdad?

—Lo estoy —dijo ella con una risa nerviosa—. No sabía que fuera posible. Y ahora estoy ilusionada, pero también con miedo, y no sé qué me espera.

—Ay, Diana —murmuró él mientras se acercaba, rodeándola con los brazos y acunándole la cabeza con la mano—. Es maravilloso. Y entiendo que tengas miedo. Pero te prometo que, pase lo que pase, estaré a tu lado. Ahora hacemos esto juntos.

Ella asintió contra su chaqueta, y lágrimas ardientes escaparon de sus ojos y le resbalaron por la cara hasta mojarle la chaqueta. A Wade no pareció importarle.

—Te amo —susurró ella con intensidad.

—Y yo a ti —dijo él—. Venga lo que venga.

—Venga lo que venga.

* * *