La apuesta del lord perdido (Pasiones robadas 4) Capítulo 11
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Capítulo 11

W ade esperaba que Diana no se tomara demasiado a mal que la hubiera dejado sola durante el día.

Pero cuando Tiger le susurró al oído que había un caballero en la sala delantera que necesitaba verlo con suma urgencia, y amenazó con involucrar a Bow Street si no accedía, Wade no tuvo más remedio que ver qué quería aquel tipo.

—Si me disculpa, seré breve —dijo, indicándole al hombre que tomara asiento en una de las destartaladas sillas frente al escritorio de su despacho—. Me he casado esta mañana y debería volver con mi esposa.

—Felicidades —respondió el hombre, acomodando su corpulenta figura en la silla.

Tenía el cabello castaño arenoso y lo cubría con una gorra que se quitó y arrojó sobre el escritorio.

Vestía pantalones, camisa, chaleco y chaqueta, ropa que indicaban que quizá no fuera demasiado acaudalado, pero que se las arreglaba para vivir con cierto desahogo. Diana Hondros, ¿no es así?

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Wade con cautela.

—Es mi oficio saber cosas —dijo él, apretando los labios, aunque su expresión no podía calificarse exactamente de sonrisa.

—¿Quién es usted y por qué está aquí?

—Matthew Archibald —respondió, y era obvio que no era hombre de muchas palabras—. Y tengo una pregunta para usted.

—Muy bien —dijo Wade, esperando.

—¿Qué sabe del vizconde Lowell?

Wade parpadeó.

—¿Perdón?

—El vizconde Lowell. ¿Ha oído hablar de él?

—No, ese nombre no me suena de nada —dijo Wade, esforzándose por apartar la inquietud que empezaba a invadirlo ante aquella pregunta.

No tenía ni idea de qué creía aquel hombre que había hecho, pero desde luego no había cometido ningún delito que involucrara a un vizconde, porque Wade se aseguraba de evitar a la aristocracia.

Los castigos por agraviarlos eran demasiado severos—.

—¿Por qué no empieza por el principio y me dice quién es y qué hace aquí?

—Soy detective privado —dijo, y Wade puso los ojos en blanco para sus adentros. Aquellos hombres creían saberlo todo, pero no eran lo bastante buenos para trabajar con carácter oficial. Al menos sabía que no tenía nada que debiera preocuparle de verdad. —Y me ha contratado el vizconde.

—¿Y qué tendría eso que ver conmigo?

Archibald ignoró su pregunta y continuó.

—El vizconde está buscando a su hijo o hija.

A Wade se le hizo un nudo en el estómago.

—Todos los niños que hay aquí llevan años con nosotros. O no tenían madre o sus madres eran prostitutas que trabajaban para Gibson, y cualquiera sabría que no tienen ningún vínculo con la nobleza solo por cómo hablan. Puedo traerlos si quiere.

No tenía la menor intención de permitir que ninguno de los niños se acercara a aquel hombre por miedo a lo que pudiera hacer, pero esperaba que la sugerencia bastara para convencer a Archibald de su sinceridad.

—No hace falta —dijo Archibald, haciendo un gesto con la mano en el aire—. No he venido a hablar con usted de ningún niño.

—Entonces, ¿por qué no va al grano? —gruñó Wade. En aquel momento tenía muchas otras preocupaciones, sobre todo pasar tiempo con su esposa.

—El hijo o la hija del vizconde no es un niño. El nacimiento habría sido hace treinta años.

Wade se recostó en la silla, repasando mentalmente a todos los hombres que trabajaban para él.

—¿Qué tiene eso que ver conmigo?

Archibald lo ignoró mientras continuaba con el relato.

—Dice que el niño y su madre desaparecieron antes del nacimiento. Quiere encontrar al niño y a la mujer.

—¿Quién es ella?

—Una criada que trabajaba para él.

—Ah —dijo Wade, negando con la cabeza. Era una historia que había oído demasiadas veces antes—. Qué pena.

—Sí. Me preguntaba si podría echar un vistazo, hablar con algunos, ver si hay alguien que pudiera darme más información.

—No.

—¿Perdón?

—He dicho que no. Si al vizconde no le importó el bebé hace treinta años, ¿por qué iba a importarle ahora? Me parece bastante sospechoso. Preferiría que se marchara y no nos molestara más.

Wade se puso en pie y se cruzó de brazos sobre el pecho. Archibald también se levantó, recogió la gorra y la hizo girar entre los dedos.

—No tiene nada que temer, se lo prometo.

—Lo dudo mucho —replicó Wade—. Ahora bien, si descubro algo, se lo haré saber, pero hasta entonces, no hable con nadie que trabaje para mí. Si necesita cualquier cosa, venga a mí. Y solo a mí. ¿Lo entiende?

—Muy bien —dijo Archibald, aparentemente resignado, aunque aún había esperanza en sus ojos, lo que le indicó a Wade que probablemente volvería a toparse con el detective. —Hasta la próxima.

Wade no dijo nada, pero cuando abrió la puerta y encontró a Edward esperando allí, inclinó la cabeza hacia la salida en silencio. Edward asintió y acompañó a Archibald fuera.

Wade se quedó mirando la puerta por donde había salido, con una idea rondándole la cabeza. El momento de la aparición del detective era sospechoso. ¿Por qué estaría allí ahora, tan poco después de que Gibson hubiera desaparecido?

Tal vez hubiera ahuyentado al detective, pero una cosa era segura: Wade no iba a olvidar aquello, ni iba a dejarlo pasar. Pensaba hacer sus propias pesquisas.

* * *

Diana no volvió a ver a Wade en más de seis horas. No tenía ni idea de adónde había ido ni de qué había hecho, pero cuanto más se prolongaba su ausencia, más insegura se sentía de todo. ¿Había sido su decisión irrevocable, tomada sobre todo por tozudez y romanticismo, la más insensata de su vida?

Incluso Calli, siempre la romántica optimista, había mostrado escepticismo en la mirada cuando le dio un beso en cada mejilla tras la sencilla ceremonia nupcial.

A diferencia del gran acontecimiento de Calli, no hubo celebración alguna después, nada que indicara que aquello era algo más que una transacción...

y Diana era la mercancía en la ecuación.

Diana no sabía si uno u otro bando la estaban utilizando en un juego que la superaba con creces.

Después de deshacer el equipaje y colocar sus pertenencias en el opulento armario de caoba, Diana había evitado mirar la cama de caoba a juego, cubierta con lo que parecían mantas de un azul profundo recién tejidas.

Sentía un vuelco en el estómago al pensar en lo que podría ocurrir allí si su nuevo marido se dignaba regresar alguna vez.

Luego se quedó de pie, con las manos en las caderas, y se dio cuenta de que aquella habitación había sido despojada de sus cuadros y su decoración, como delataban los rectángulos vacíos y de color más intenso que moteaban las monótonas paredes grises.

Se preguntó qué se esperaba que hiciera con aquello.

Todo resultaba demasiado deprimente en su desnudez, así que optó por deambular por la casa, topándose por el camino con personas que parecían muy curiosas por verla.

La cocinera fue la más recelosa, pues parecía conocer a la cocinera de la casa de los Hondros y parecía muy incómoda, como si temiera por la seguridad de su propio puesto allí tras la llegada de Diana.

Diana la tranquilizó lo mejor que pudo, asegurándole que le ilusionaba trabajar con ella, pero que juzgaría la cena antes de hacer promesas.

Solo que la cena no parecía llegar a celebrarse, pues Wade seguía sin aparecer. Finalmente, Edward le dijo que podía cenar a la hora que quisiera, ya que la cocinera tendría platos preparados para cuando a cada uno le apeteciera comer.

Así que cenó sola la noche de bodas.

Cuando Wade apareció por fin en el dormitorio, Diana ya estaba más que furiosa, dispuesta a decirle exactamente lo que pensaba de su incapacidad para prestarle la más mínima atención.

Pero las palabras se le atragantaron cuando él se quedó allí de pie, con los ojos encendidos de deseo mientras recorrían su cuerpo de arriba abajo.

Hizo todo lo que pudo por no ceder. Se cruzó de brazos y lo miró con los ojos entrecerrados mientras abría la boca para soltarle exactamente lo que pensaba de que la hubiera abandonado durante todo el día.

Pero antes de que pudiera decir nada, él cruzó la habitación y la envolvió en un abrazo mientras le cubría la boca con la suya, casi devorándola con su vehemencia.

Diana jadeó en su boca ante la intensidad, sin darle tiempo a adaptarse, mientras él la invadía con la lengua y la empujaba hacia atrás hasta que la espalda y los hombros chocaron contra la pared.

No pudo evitar que los brazos se le deslizaran hacia arriba hasta rodearle el cuello y enredarse en los ásperos rizos de su cabello.

Y el gemido que se le escapó cuando él apretó las caderas contra las suyas, mostrándole la intensidad con que la deseaba, pareció brotar de otra persona por completo.

Él alzó la cabeza un instante y murmuró contra sus labios.

—Perdóname. No era mi intención estar fuera tanto tiempo.

—He cenado sola.

—Lo sé.

—El día de nuestra boda.

—No volverá a ocurrir.

—¡Eso espero! —dijo, aunque se dio cuenta de que las palabras no tenían sentido, porque sin duda no tendrían otro día de bodas.

Tenía mucho más que decir, pero hizo un pacto consigo misma: lo dejaría para más tarde.

Porque, al parecer, había cosas mucho más… acuciantes de las que ocuparse en aquel momento.

No sabía qué pensaría él si tomaba las riendas, pero descubrió que ya no podía contenerse.

Cuando se inclinó para besarlo de nuevo, se le escapó un gemido al notar cómo él le recorría la cintura con las manos, luego las caderas y más abajo.

Sus dedos encontraron la pretina de los pantalones de él y los deslizó por debajo, bajando hasta llegar a su sexo, que estaba más que preparado para ella; lo rodeó y lo acarició arriba y abajo, una, dos veces, hasta que él bajó la mano y le agarró la suya, apartándola.

Diana vaciló, preguntándose si habría hecho algo mal, hasta que él murmuró contra su boca:

—Si no paras, esto se acabará antes de que empiece.

Ella sonrió contra sus labios, aliviada y emocionada, y empezó a deslizar la mano por el cuerpo de él otra vez.

Pero Wade negó con la cabeza al tiempo que la hacía retroceder, aunque no hacia la cama.

Le deslizó las manos bajo el trasero y la alzó, y Diana le rodeó la cintura con las piernas mientras las faldas le caían a ambos lados.

Él la empujó contra la pared, sin interrumpir el implacable asedio a su boca.

—Estás demasiado dulce —gruñó—. ¡No me canso de ti!

Mientras sus labios seguían fundidos con los de ella, sus manos viajaban por su cuerpo.

Diana nunca había sido tan consciente de sí misma; cada centímetro de su piel parecía vivo y en llamas, sobre todo allí donde las manos de él la recorrían.

Ella le enredó los dedos en el pelo y se aferró a él durante aquel beso interminable, uno que había empezado ella pero que él parecía decidido a no soltar.

Entonces él se movió y la llevó hasta el gran sillón de brocado azul marino que había en la esquina.

Diana dejó que las piernas le resbalaran hasta tocar el suelo y luego las siguió hasta que su cabeza quedó a la altura de la abertura de los pantalones de él, y esta vez deslizó la tela hacia abajo con firmeza antes de inclinarse y tomarlo en la boca.

Él gimió en voz alta mientras le aferraba el pelo con los puños, moviéndose adelante y atrás. Diana habría querido gritar de puro triunfo al comprobar que lo tenía bajo su control, a aquel hombre que parecía tan empeñado en hacerse cargo de todo y de todos a su alrededor.

Notó que él estaba al límite, pero se contuvo y, alzándola en brazos, la depositó en el sillón.

Sus ojos brillaban, pues era evidente que estaba decidido a culminar lo que se había propuesto, que en aquel momento parecía ser desnudarlos a ambos.

Se inclinó y le quitó las sólidas botas de los pies, una a una, seductoramente y sin romper el contacto visual.

Luego se inclinó más y la besó, depositando un beso suave por cada botón que desabrochaba, con los brazos rodeándole la espalda y sin mirar lo que hacía.

Le deslizó el vestido por los hombros, hacia abajo en torno a las piernas, hasta quitárselo del todo, y aunque Diana en circunstancias normales se habría quedado helada solo con la camisola, en lugar de eso agradeció el alivio del calor del cuerpo de Wade y de todo lo que él le estaba haciendo.

Antes de que pudiera preguntarse si iba a despojarla también de aquella prenda, él ya se la había subido hasta las caderas.

—¿Qué estás…? —empezó ella, pero sus palabras terminaron en un jadeo cuando él se inclinó y la besó justo ahí, en lo más íntimo.

Él le levantó las piernas y se las colocó alrededor del cuello, sin dejar de alzar la vista y de sostenerle la mirada. Sus ojos se habían ensombrecido, vidriosos por el deseo que sentía por ella, y mientras mantenía aquella mirada, le deslizó dos dedos dentro, y ella no pudo soportarlo más.

Dejó que se le cerraran los ojos al tiempo que la cabeza le caía hacia atrás, y se arqueó hacia él, permitiendo que la arrastrara consigo.