19. Adrian Keller
El teléfono sonó insistentemente en el despacho de Adrian Keller, secretario general de la OTAN, en la sede central ubicada en el barrio de Haren, en el norte de Bruselas.
—Keller, dígame.
—Señor secretario, tiene una llamada urgente de Elina Tallis por la línea de seguridad.
—Gracias. Por favor, no me pase llamadas en la próxima media hora, estaré ocupado.
Keller pulsó un botón azul ubicado en la parte superior del teléfono de su mesa de despacho e introdujo un código de seis cifras para dar acceso a la llamada.
—Buenos días. No esperaba tu llamada.
—Hola Adrian. Pues sí…, ya ha pasado bastante tiempo desde nuestra última conversación. ¿Cómo van las cosas por Haren?
—Complicadas. La situación en España es muy preocupante y no disponemos de toda la información. Las comunicaciones han estado completamente anuladas hasta hace unas horas.
—No puedo imaginarme por lo que deben estar pasando. La zona que ha sido atacada es muy extensa.
—Desde luego. Y el riesgo al que nos enfrentamos es extremadamente alto; aún no sabemos nada sobre quién está haciendo esto. Los servicios de inteligencia están coordinando todos sus esfuerzos para obtener información.
—Precisamente de este asunto trata mi llamada. Tenemos que hablar de algo que ha llegado a mis manos y que mi intuición me dice que podría ser muy delicado.
Keller percibió algo preocupante en el tono de ese comentario y en el hecho en sí de la llamada.
Se preguntaba qué podría ser, teniendo en cuenta la situación que ya se estaba produciendo, como para hacer que la máxima responsable de la diplomacia europea le llamara por ello a través de una línea segura.
—Te escucho con atención, Elina.
—Hace una hora recibí una nota extraña desde la base española de Rioseta, por la línea de fibra óptica que han conectado a través de los Pirineos. La firma Isabel Corbos, a la cual creo que conoces muy bien.
—Sí, ya lo creo. No tuvimos una comunicación fácil, por decirlo suavemente, cuando yo era vicesecretario general y ella comandaba el Mando Operativo Conjunto.
—Lo recuerdo bien…
—¿Qué indica en su nota exactamente?
—Es mejor que la leas tú mismo. Te he enviado el documento cifrado a tu correo electrónico.
Yo no estoy segura de su significado, pero tengo la impresión de que Corbos es conocedora de algo turbio que tal vez deberías investigar. Es solo una sugerencia.
—Lo haré. Gracias por tu discreción con esto.
—No hay de qué. Además, prefiero quedarme totalmente al margen de este asunto, sea el que sea. Debo decirte que me ha extrañado mucho que Corbos haya enviado este mensaje al Consejo de Exteriores en lugar de hacértelo llegar directamente a ti.
—Sí…, es extraño. Lo investigaré, gracias.
—Espero que no sea nada importante. Ya hablaremos en otra ocasión.
—Claro, Elina. Ya hablaremos…
Keller activó el ordenador de su mesa para comprobar el correo. El email aparecía en su bandeja de entrada con un archivo adjunto que abrió, tras introducir su código de seguridad, mostrando el mensaje firmado por la general:
«El diablo suele creer que puede actuar envuelto en oscuridad y que eso le otorga un poder ilimitado, pero incluso la sombra más hábil termina revelando aquello que pretende esconder.
Escucha a Lucas 8:17».
—Señorita Vermeer.
—Dígame, señor secretario.
—¿Puede traerme una Biblia, por favor?
La asistente, extrañada por la petición, decidió llevarle la suya personal, que siempre tenía en un cajón de su mesa.
—Aquí tiene. ¿Necesita que le ayude a consultar alguna cosa?
—No es necesario, gracias.
Keller esperó a que saliera de su despacho. Aquel extraño mensaje empezaba a turbarle.
¿Qué querrá sugerir con lo de Lucas 8:17? Tengo que comprobarlo; seguro que esta mujer trama alguna cosa. No me dejará nunca en paz.
A continuación, empezó a buscar con impaciencia entre las páginas visiblemente usadas del libro. Finalmente encontró lo que buscaba.
—Aquí está: Lucas 8:17…
Cuando comenzó a leer, su rostro se oscureció y un sudor frío comenzó a correr por su frente.
Cerró la Biblia y su mirada quedó congelada por largos segundos en una fotografía enmarcada, en la que aparecía junto al presidente de los Estados Unidos durante una recepción en La Haya.
Llamó nuevamente a su secretaria…
—Señorita Vermeer. Páseme con Washington. Necesito hablar urgentemente con Richard Prescott. Allí son las 08:30, debería haber llegado ya a su despacho.
—Enseguida, señor. ¿Alguna cosa más?
—Sí…, contacte con el equipo de operaciones y asegúrese de que se me disponga un vuelo hacia allá para esta misma noche. Cancele toda la agenda de hoy y llame a mi asistente personal; que me prepare un equipaje para tres días.
—Enseguida.
Keller se quedó profundamente pensativo observando, desde el ventanal de su despacho, la tardía nevada de principios de abril que caía en aquellos momentos, y que empezaba a cubrir la zona del Bulevar Leopoldo III, complicando una circulación ya habitualmente intensa.
Aquel mensaje que había leído le inquietó.
Tras unos minutos, su asistente le informó que Richard Prescott, director de la Agencia de Proyectos Avanzados de Defensa, ya estaba en línea.
Prescott dependía directamente del Subsecretario de Defensa de los Estados Unidos, William Harlam, y pertenecía a su reducido y hermético círculo de confianza.
Su voz grave y fría se escuchó por el auricular.
—¿Qué es lo que pasa, Keller? Ya sabe que debemos evitar este tipo de llamadas en lo posible.
—Lo siento, pero tenemos que vernos. Hay problemas.
—¿Qué clase de problemas exactamente?
—Es sobre lo que está pasando en España. Se complica…
—No hay que preocuparse por eso, el problema técnico se está gestionando y muy pronto decidiremos qué hacer. Está controlado.
—No lo dudo, aunque me temo que no podemos esperar mucho más. Creo que saben algo sobre Lucifer.
—¿Quién y qué saben?
Keller explicó el contenido del mensaje enviado por Corbos, el cual consideraba claramente intencionado y con una doble lectura.
Al escucharlo, Prescott quedó mudo durante unos segundos. Después lanzó una advertencia.
—Si como parece, han conseguido alguna información sobre nuestro proyecto, no podremos permitir que salga a la luz. Ya sabe por qué y cuáles serían las consecuencias si eso ocurre.
—Lo sé bien, por ese motivo debemos convocar una asamblea urgente. Debe hablar con Harlam para vernos donde siempre, a ser posible mañana a las 12:00 horas. Espero llegar esta misma madrugada a Washington.
—Me encargaré de ello. Le aconsejo que venga preparado con buenos argumentos, por su propio bien. Me temo que no les va a gustar lo que tendrá que explicarles.
—Yo no soy el principal responsable de esto, Harlam y los demás deberían saberlo. Usted también.
—¿Y cree usted que eso les va a importar? No sea estúpido, señor Keller. Esa gente no perdona los errores ni ofrece segundas oportunidades. Se está jugando el cuello.
Un escalofrío recorrió su espalda, temiendo la reacción de Harlam cuando se presentara ante él.
William Harlam había escalado durante años en el Partido Republicano.
Fue un hombre de la máxima confianza del actual presidente de los Estados Unidos, hasta que este alcanzó el Despacho Oval.
Después, Harlam se sintió traicionado cuando lo descartó para dirigir el Departamento de Defensa, posición que ambicionaba.
Fue relegado al puesto de subsecretario bajo las órdenes de Robert Bradford, amigo personal del presidente, algo que no le perdonaría nunca.
Desde aquel momento, Harlam comenzó a conspirar desde las sombras para satisfacer unas ambiciones que, en realidad, iban mucho más allá de aquel puesto, y estaba dispuesto a pasar por encima de quien se interpusiera en su camino para alcanzarlas.
—Nos veremos allí. Aterrizaré en el FBO de vuelos privados del Ronald Reagan —dijo Keller, con un tono de preocupación evidente—. ¿Puede enviarme a alguien de seguridad a recogerme?? No quiero llamar la atención; este no es un viaje oficial.
—Tendrá un coche con dos agentes esperando en el interior del hangar secundario. Le llevarán directamente al lugar de encuentro.
—Se lo agradezco…
Prescott colgó el teléfono sin añadir una sola palabra y Keller sintió cómo se le encogía el estómago. Sabía que estaba entrando en una situación de enorme riesgo personal para él.