Epílogo
Dos meses después
Para Emery, entrar en el Gabinete a negociar una ley complicada resultaba infinitamente menos intimidante que conocer a la madre de Maxine.
Durante los dos primeros meses, decidieron mantenerlo en secreto.
El caso judicial era demasiado reciente, y ninguna de las dos quería que su relación quedara ensombrecida por acusaciones de que el juicio no se había librado con toda la fiereza debida.
Habían esperado bastante la una a la otra; podían esperar un poco más antes de hacerlo público.
Ahora había llegado el momento de conocer a la madre de Maxine.
Iba sentada, extrañamente nerviosa, mientras Maxine conducía entre el tráfico del domingo por la mañana hacia Newtown, donde hileras de antiguas casas victorianas adosadas se apiñaban unas junto a otras.
En su día, el barrio se consideraba «obrero», pero las zonas del centro se habían puesto de moda a medida que la ciudad crecía.
Judy le había advertido de que Lena Carlton era capaz de convertir a jueces, médicos y obreros en colegiales obedientes a los cinco minutos de conocerlos. Aunque Emery se había reído entonces, empezaba a sospechar que aquella afirmación tenía más de verdad que de exageración.
—Te has quedado muy callada —observó Maxine, lanzándole una mirada divertida.
—Estoy pensando en pedirte que des media vuelta. He pasado años lidiando con políticos que querían destruirme, pero nada de eso me preocupa ni la mitad de lo que me preocupa caerle bien a tu madre.
Maxine se rio y le puso brevemente la mano en la rodilla.
—Creció en la Polonia comunista, sobrevivió a la escasez de alimentos, a la policía secreta y a la burocracia soviética antes de llegar a Australia con dos niñas pequeñas, apenas dinero para comprar comida y unas doce palabras de inglés. Le vas a encantar.
—Quiero causar buena impresión.
—Ya la has causado.
Emery la miró con escepticismo.
—Ni siquiera me conoce.
—No —respondió Maxine con una sonrisa—, pero me he vuelto tan asquerosamente feliz que está harta de oír tu nombre.
Eso le arrancó una risa a regañadientes.
—No sé si eso me tranquiliza o me aterra.
—Un poco de las dos cosas.
Diez minutos después, Maxine enfiló una calle estrecha bordeada de casas adosadas de piedra arenisca tras verjas de hierro con filigrana.
Pequeños jardines delanteros rebosaban de rosas, geranios y hierbas aromáticas en macetas dispares.
La calle tenía ese aire de barrio de toda la vida, de esos donde los vecinos aún se conocen por su nombre y los niños van en bicicleta por la acera.
Maxine paró frente a una casa adosada pintada de color crema con contraventanas verdes.
—Hemos llegado.
Antes de que Emery tuviera tiempo de abrir la puerta, esta se abrió de golpe.
Una mujer menuda con el cabello plateado cuidadosamente recogido salió al porche, secándose las manos con un paño de cocina.
No debía de medir más de un metro sesenta, pero había algo en su porte que imponía respeto de inmediato.
Maxine subió corriendo los escalones y la besó en la mejilla.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño.
Lena observó a Emery durante varios segundos antes de sonreír de oreja a oreja.
—Así que esta es Emery.
—La misma —respondió Maxine.
Antes de que Emery tuviera tiempo de tenderle la mano, Lena se adelantó, la envolvió en un abrazo y la besó en ambas mejillas.
—Cualquier mujer que haga sonreír a mi Maxie es bienvenida.
Aquel afecto inesperado pilló a Emery completamente desprevenida. Se había preparado para un interrogatorio exhaustivo, quizás incluso algo de recelo, pero no para que la abrazara una mujer a la que acababa de conocer hacía tres segundos.
—Gracias —dijo, sonriendo mientras Lena por fin la soltaba.
Lena la miró de arriba abajo.
—Eres más alta de lo que decía Maxie.
—Mamá.
Lena resopló.
—¿Qué? Me fijo en esas cosas... Soy bajita. Entrad. El almuerzo está listo.
Las condujo por el estrecho pasillo. La casa olía maravillosamente a ajo asado, pan fresco y algo que se cocía a fuego lento en el fogón.
Fotografías familiares cubrían una pared: algunas eran viejas instantáneas tomadas en Polonia, pero la mayoría mostraban a dos niñas pequeñas convirtiéndose en mujeres jóvenes: ceremonias de graduación, cumpleaños y Navidades. Emery se detuvo a mirarlas.
Lena se colocó a su lado, sonriendo con cariño mientras Emery las contemplaba.
Cuando llegaron al comedor, Judy apareció por la puerta de la cocina con un enorme cuenco de ensalada. Hoy llevaba un conjunto a rayas que la hacía parecer un paso de cebra.
—Ahí estáis —dijo—. Empezaba a pensar que mamá había adoptado a Emery en el porche.
—Eso he hecho —respondió Lena con naturalidad—. Ahora ayudadme a darle de comer.
Maxine se rio.
—Te dije que le caerías bien.
La mesa del comedor ya estaba cargada con comida suficiente para el doble de comensales. Fuentes de cerdo asado se alineaban junto a cuencos de patatas con mantequilla, col estofada, pan fresco y platos que Emery ni siquiera sabía identificar.
—Dios mío —dijo—. Tiene una pinta estupenda.
Lena desestimó el comentario con un gesto.
—Primero come. Los cumplidos, después.
Se acomodaron alrededor de la mesa y Lena empezó a hablar en cuanto se llenaron los platos. Habló de su huerto, del precio de la compra y del molesto teckel ladrador de su vecino. Luego, a mitad de la comida, miró de Maxine a Emery.
—Contadme cómo os conocisteis.
El cuchillo y el tenedor de Maxine se quedaron quietos y, al otro lado de la mesa, Judy de repente se interesó muchísimo por sus patatas.
Emery intentó frenéticamente urdir una historia creíble. Se aclaró la garganta.
—Fue... en una conferencia.
Cuando Judy soltó una risita ahogada, Emery la ignoró.
—Fue en una cumbre internacional en Canberra —continuó—. Necesitaba a alguien con experiencia en el trato con delegados extranjeros, y me recomendaron a Maxine por su formación en derecho corporativo internacional.
—Sí —dijo Lena con orgullo—. Era socia principal en su bufete de Singapur. ¿Y qué tenía que hacer para ti?
—Oh, ya sabes —dijo Emery, agitando el tenedor en el aire—. Yo estaba allí negociando aranceles. Me ayudó mucho con sus... eh... conocimientos. Y simplemente... congeniamos bastante bien.
Desde algún lugar a su lado le llegó el inconfundible sonido de Judy reprimiendo un resoplido.
Lena se inclinó sobre la mesa.
—Judy es asesora financiera. Podría darte algunos consejos sobre cómo gestionar tus finanzas.
Emery arqueó una ceja mirando a Judy. —Estoy segura de que sus consejos serán de un valor incalculable.
Lena asintió con aprobación. —Voté por ti, ¿sabes?
—¿En serio?
—Por supuesto.
—¿Sigues la política?
—No —respondió Lena con naturalidad—. La mayoría de los políticos hablan demasiado y dicen muy poco.
—Entonces, ¿por qué yo? —preguntó Emery.
Lena cortó otro trozo de cerdo antes de responder. —Porque cada vez que te veía en televisión, la gente se quejaba de que eras demasiado dura y no sonreías lo suficiente —alzó la vista y sonrió—. Pensé: por fin, alguien interesada en hacer su trabajo en lugar de quedar bien.
Maxine se rio.
Lena continuó: —Luego un día te vi en el Parlamento hablando de personas que no tenían a nadie que hablara por ellas. Ancianos. Veteranos. Agricultores. Los de a pie —golpeó suavemente la mesa con el tenedor—. Eso me importa.
Emery se sintió inesperadamente conmovida.
—Mi padre solía decirme —continuó Lena— que cuando el gobierno le tiene miedo al pueblo, hay libertad. Cuando el pueblo le tiene miedo al gobierno —se encogió de hombros—, se marcha.
La habitación quedó en silencio.
—Dejé Polonia porque quería que mis hijas crecieran en un lugar donde pudieran discrepar con los políticos sin tener que mirar atrás —sonrió a Emery—. Así que nunca dejes de defender a quienes no pueden hacerlo por sí mismos.
Emery tragó saliva. —Haré todo lo que pueda.
—Lo sé.
Durante un momento nadie habló, hasta que Judy dio una palmada. —Bien —anunció alegremente—. Antes de que mamá se ponga a resolver la paz mundial, ¿quién quiere tarta de queso?
Lena frunció el ceño. —Estaba diciendo algo importante. Eres demasiado frívola.
—Casi haces llorar a Emery.
Emery se rio. —Por poco.
—Tonterías, eres una mujer fuerte —dijo Lena con firmeza—. Mantendrás a mi hija a raya cuando se le suban los humos. Ahora come tu tarta de queso.
Cuando se levantaron para irse, Lena insistió en que se llevaran sobras suficientes para alimentar a un pequeño ejército.
El sol de la tarde había empezado a ocultarse tras las hileras de casas adosadas cuando Lena las acompañó hasta la verja. —Entonces —dijo, cruzándose de brazos—, ¿el próximo domingo?
Maxine miró a Emery. —¿Qué te parece?
Emery sonrió. —Creo que más nos vale venir. Tengo la sensación de que si no lo hacemos, mandarás a Judy a buscarnos.
Lena resopló. —No necesito a Judy —se puso de puntillas y besó a Emery en la mejilla—. Ahora eres de la familia. Y la familia viene a comer los domingos.
Había algo tan sencillo y natural en esas palabras que Emery sintió un nudo inesperado en la garganta. —Me encantaría.
Lena asintió. —A mí también.
Cuando Maxine arrancó el coche y se alejó del bordillo, Emery miró hacia atrás por la ventanilla.
Lena seguía junto a la verja, con una mano en alto despidiéndose, y Judy había aparecido a su lado.
Maxine se rio. —Sobreviviste.
Emery alargó la mano, tomó la de Maxine y entrelazó sus dedos. —Hice mucho más que sobrevivir.
Miró hacia atrás una última vez hacia la pequeña casa adosada que se perdía en la distancia y sonrió para sus adentros. Tras pasar la mayor parte de su vida creyendo que tenía que elegir entre el éxito y la felicidad, había descubierto algo mucho más importante.
No solo se había enamorado.
Por fin había encontrado un lugar al que pertenecer.