Capítulo dieciséis
Knox
Los neumáticos de mi camioneta crujieron sobre la grava al salir de la carretera y patinar sobre una placa de hielo negro.
Enderecé el vehículo y subí por el camino de entrada.
Las luces largas iluminaron la estructura de mi cabaña de troncos, barriendo el porche delantero y reflejándose en las ventanas.
Una fina capa de nieve fresca cubría de blanco el tejado a dos aguas.
Habían dejado encendida la luz junto a la puerta principal, prueba de que mi hermano Ken y su marido Derek habían preparado la cabaña para nuestra llegada.
Como hacía tiempo que no usaba el lugar, les había llamado con antelación para pedirles que lo ventilaran y llenaran el frigorífico con los alimentos favoritos de Karma.
Aunque gestionábamos el rancho como socios, Ken y Derek figuraban como propietarios legales del negocio y la propiedad. Para proteger mi identidad como especialista en operaciones encubiertas, mi nombre no aparecía en ninguno de los documentos legales del rancho.
Así me gustaba. Así lo exigían también Elite y Battle Brothers. Y por eso mismo el rancho era el mejor lugar para pasar desapercibidos.
Aparqué la camioneta bajo el cobertizo, apagué el motor y miré a Karma. Acurrucada en el asiento reclinado, dormía bajo una manta, todavía sumida en el sueño profundo inducido por los fármacos que había durado las cinco horas del viaje, cortesía de las recetas de Apollo.
Tenía una bolsa llena de medicamentos junto con nuestro equipaje en el asiento trasero, fármacos que con suerte ayudarían a Karma a recuperar la salud y la confianza. No sabía qué le costaría más, pero estaba dispuesto a luchar por ambas cosas.
Abrí la puerta, bajé de la camioneta y estiré los huesos cansados y el cuello agarrotado.
El aire era frío, limpio, impregnado del aroma de los abetos azules que crecían junto a la cabaña.
El murmullo del arroyo cantaba en la noche.
Un pequeño hilo de agua aún corría por él, pese a las temperaturas invernales.
Alcé la vista y respiré hondo. La Vía Láctea salpicaba el firmamento con un millón de estrellas, unas más brillantes que otras.
Qué bien se estaba en casa.
Fui hasta la puerta, la abrí con llave y volví a la camioneta.
Karma estaba fuera de combate. Bien. El sueño era curativo.
La cogí en brazos, subí los escalones y la llevé a través de la puerta principal, cruzando la sala de estar hasta el pasillo que conducía a mi dormitorio.
Mantuve la puerta abierta con la bota, entré, la deposité sobre el colchón y la tapé con las mantas dobladas a los pies de la cama.
Al mirarla, se me encogió el corazón con tanta fuerza que dolió. Karma estaba aquí, en mi cabaña, en mi rancho. Era una visión con la que había soñado pero que nunca me había atrevido a desear.
Claro, las circunstancias podrían ser mejores, pero si algo era yo, era un idiota optimista, un optidiota, como le gustaba llamarme a Karma para burlarse de mí.
Quizás algún día aprendería a valorarme no como su líder, un compañero de armas o su amigo con derecho a roce, sino como yo, el hombre que la quería de verdad.
Pero antes de que eso ocurriera, tenía que hacer lo necesario para ayudarla a sanar, aunque eso significara reprimir mis sentimientos e ir en contra de mis propios intereses.
La cabaña estaba limpia pero fría. Ken y Derek se habían olvidado de encender la calefacción.
La puse en marcha, pero probablemente tardaría un buen rato en calentar el lugar, así que también cogí leña de la pila del porche, encendí la chimenea del dormitorio y me quedé un momento contemplando cómo prendían las llamas.
Me encantaba un buen fuego crepitante, y a Karma también.
Algunos de nuestros mejores momentos juntos habían sido alrededor de una fogata en medio de la nada.
Hice mi ronda y descargué el equipaje. Gracie había preparado una bolsa para Karma y la había enviado con Sebastian cuando este voló a Denver para el debriefing.
Yo tenía lo básico y guardaba bastantes cosas en la cabaña.
También tenía un par de Stetsons de repuesto en el armario. Estábamos listos de momento.
Después de comprobar el sistema de seguridad, me aseé, me desvestí y me metí bajo las mantas junto a Karma. Las llamas crepitaban en silencio en el dormitorio, dando algo de color a su semblante pálido.
Tenía el depósito en reserva. Dadme un arma y una misión y podía pasar meses, incluso años, en la selva o el desierto rastreando terroristas, cárteles de la droga y señores de la guerra. Pero ponedme delante el sufrimiento de Karma y me convertía en un idiota neurótico.
Sabía lo que le costaría volver a estar sana. Si alguien podía conseguirlo, era ella. Era egoísta por mi parte, pero necesitaba que mejorara para poder ser yo también más fuerte.
Apollo le había dado una larga lista de instrucciones.
Nada de ejercicio intenso ni de conducir todavía.
Ninguna actividad que le sacudiera el cerebro, ni luces brillantes ni ruidos fuertes.
Avisarle si experimentaba cambios de comportamiento, confusión, convulsiones o alteraciones de personalidad.
Yo debía llevarla al hospital local una vez por semana para hacerle escáneres que luego le enviarían a él.
Había tenido una consulta con el oftalmólogo antes de salir del hospital.
Le había recetado lentes prismáticas para la visión doble.
Se las había traído, pero las odiaba con toda su alma.
Le preocupaba que, si las usaba, los ojos se le volverían dependientes de ellas.
Además, no funcionarían junto con su mira telescópica.
Preocupado y tenso como estaba, no creía que fuera a pegar ojo esa noche, pero debí de dormirme porque lo siguiente que recuerdo es que me desperté con el sonido de un nítido crujido.
Abrí los ojos a la luz pálida que se filtraba por las cortinas. Anunciaba el amanecer. El fuego aún ardía con fuerza. Los ojos felinos de Karma estaban clavados en mí, los labios húmedos del jugo de la manzana que sostenía en la mano, la mandíbula subiendo y bajando mientras masticaba.
—Ahí estás —curvó los labios en una sonrisa traviesa—. Estabas roncando.
—Y tú, por lo visto, estabas muerta de hambre —me incorporé contra las almohadas y me froté los ojos para quitarme el sueño.
—Me desperté muerta de hambre —levantó la manzana—. Espero que no te importe.
—Mi casa es tu casa, y mi frigorífico también.
—Ooh, qué sexy suenas cuando hablas en español —le hincó el diente a la manzana y me dedicó su sonrisa de Mona Lisa.
Me recordaba a Eva, la femme fatale original del Edén, la tentación hecha mujer. La manzana era un toque perfecto. No tenía que buscar muy lejos a la serpiente. Ya se estaba desenroscando dentro de mis bóxers ajustados.
Acaba de salir del hospital, macho cabrío. Cambia al modo desinflado. Dale un respiro.
—¿Cómo te encuentras? —me subí las sábanas hasta el regazo para ocultar la erección.
—Como una mierda aplastada —murmuró con la boca llena—. El dolor de cabeza va y viene. Veo fatal. Pero basta de hablar de mí. Hablemos de otra cosa, algo que no me cabree.
—¿Como qué?
—Bonito sitio tienes aquí —dijo, agitando la manzana—. Me he dado una vuelta por mi cuenta. No tenía ni idea.
—¿De que tenías tu propio sitio?
—De que tuvieras... algo.
Dio otro mordisco, masticó y tragó.
—Siempre tan despreocupado, tan abierto y simpático, y sin embargo tan reservado con tu vida.
—Mira quién fue a hablar.
Crunch. —Siempre pensé que eras de los que van de paso, como yo.
—Tú no vas de paso —señalé—. Tienes tu sitio en Crescent Beach.
—Tú también, pero esos son de alquiler. Crunch. Ñam. Ñam. Ñam.
Un poco de zumo le brotó en la comisura de la boca. Reprimí el impulso de lamérselo. Mi serpiente subió la apuesta de la tentación. Entendí perfectamente cómo Adán acabó expulsado del Edén.
—Este sitio es bonito —siguió comentando—. Me ha gustado especialmente esa pedazo de caja fuerte que tienes escondida detrás del vestidor. Apuesto a que guardas ahí dentro un compartimento bien ordenado con un montón de cosas interesantes.
—Claro.
¿Por qué me sentía como si me estuvieran interrogando?
—Tú también tienes uno en tu casa.
—Así es, un hogar acogedor para Miranda y sus amigas. Crunch. Ñam. Ñam. Ñam.
Su sonrisa de gato de Cheshire y el brillo pícaro que bailaba en sus ojos me advirtieron de que tramaba algo. Uy, uy, uy. La Eva primordial de Karma había entrado en acción y mi Adán estaba listo para ella.
—Esta cabaña.
Hizo una pausa, dejó el corazón de la manzana en la mesita de noche y se lamió el zumo de los dedos, uno por uno, con pequeños y deliberados toques de lengua que me tensaron los testículos y me erizaron la piel con un cosquilleo ardiente.
—Es atractiva como tú, pero también acogedora, con buen gusto y discreta, lo último a diferencia de ti.
—Ten miedo, mucho miedo —dije, incorporándome—. Karma acaba de hacerme un par de cumplidos.
Ladeé la cabeza y busqué sus brillantes ojos esmeralda.
—¿Qué quieres?
—¿Acaso tienes que preguntarlo?
Se inclinó y me dio un beso largo, profundo, con sabor a manzana, que me vació la mente y puso mi polla firme con una urgencia que me sorprendió.
Hablando de tentaciones.
—Oye. Espera. Tiempo muerto —dije, haciendo la señal de pausa con las manos.
—¿Qué pasa? —frunció el ceño, con los labios hinchados y brillantes de tanto besarnos—. ¿Tu polla está fuera de servicio?
No esperó respuesta. La muy diabla me arrancó las sábanas y se quedó mirando mi espléndida erección asomando por los bóxers.
—Uf.
Metió los dedos bajo la tela, me sacó la polla y la envolvió con los dedos en un apretón que me recorrió el cuerpo en oleadas de deseo ardiente.
—Hola, grandullón. Por un momento pensé que tendría que hacer autostop hasta el pueblo más cercano para encontrar una de estas.
Aspiré entre dientes y luché contra el impulso de correrme en su mano.
—Karma. Cielo —empecé—. Apollo dijo que nada de actividad intensa por ahora. Soy un cabrón cachondo, pero no soy un animal.
—Knox, mi querido buey —replicó—. Han pasado semanas desde que me hice daño. Los cardenales han desaparecido. No me vas a hacer daño. Estoy mojada y lista, y como bien sabes, a mi bestia le encanta follarse a tu bestia.
—Pero tus dolores de cabeza...
—Que me aspen si dejo que dominen mi deseo. Me gusta el sexo con dolor y sin él.
—No pienso arriesgarme a que te reviente otra vena o dos.
—Qué creído, ¿no? —su sonrisa burlona se ensanchó—. Eres bueno, cariño, pero no eres tan bueno.
—¡Eh! —protesté—. Estás convirtiendo una decisión lógica en algo muy personal.
—Es personal —extendió la mano y me acarició la mejilla—. Tan personal como puedo hacerlo. Además, me lo prometiste en el hospital, ¿recuerdas?
—Me refería a cuando estuvieras mejor.
—Estoy mejor —arqueó las cejas con picardía—. ¿Siguiente objeción?
—Apollo dijo...
—Sí, sí, ya sé lo que dijo San Apollo. Descanso y recuperación —me batió aquellas pestañas espectaculares—. Como sabes, para mí el sexo es vital para el descanso y la recuperación. Y creo que para ti también.
—Para ya —le espeté en voz baja.
—¿Parar de hacer qué? —parpadeó con inocencia.
—Eso que haces con las pestañas.
Se aseguró de volver a parpadear y se pasó la punta de la lengua por los labios.
—Eso tampoco —maldije el tirón de mi polla traidora—. Sabes lo que me provoca.
—Sí, ¿y qué?
—Sé razonable —luché por controlar mi deseo—. Tienes que evitar los estímulos fuertes.
—Vale, pues —sonrió, demasiado complaciente—. Apaga las luces.
—Están apagadas.
—Perfecto.
—Karma...
—¿Knox?
—No me hagas esto —casi supliqué—. Quiero ayudarte a sanar.
—Oh, genial, muchas gracias. Eres muy amable, señor —se quitó la camiseta, la tiró al suelo y me ofreció una vista directa de sus pechos apetecibles y sus pezones erectos—. Vamos.