Capítulo Seis
Karma
Yacía en la cama con su sabor aún en mi garganta, abrumada por lo que acababa de suceder entre nosotros. No había planeado nada de esto. Al contrario, había luchado contra mis impulsos a muerte.
Ellos habían ganado. Yo había perdido.
Ahora yacía sin fuerzas bajo Knox, arrasada por el explosivo que había volado mi cordura por los aires.
Había roto mi regla y traicionado mis resoluciones. Había sido débil. Había fallado. Aún temblando por el poderoso orgasmo, con las piernas temblorosas, la respiración entrecortada, apenas podía creer lo que había hecho.
La debilidad engendra debilidad. La voz áspera y familiar ladraba en mi cabeza. Solo los fuertes sobreviven, ganan, prosperan. Eres el lobo, no la oveja. Eres la cazadora, nunca la presa.
Ahora mismo, tendida bajo Knox, sacando su sexo de mi boca, debería sentirme como una maldita oveja estúpida.
Pero no era así.
En cambio, me sentía satisfecha, completa, aliviada; gratificada, pero también complacida de haberle devuelto a Knox parte del placer que él me había dado.
Vaya tú a saber.
Por primera vez en más de dos años, mi cuerpo resplandecía con los restos del intenso placer que solo Knox sabía darme. Cuerpo y mente, estaba satisfecha.
¿Satisfecha?
¿Qué coño?
Satisfecha era cosa de holgazanes, no un estado con el que me identificara. No quería ni necesitaba la paz que eso conllevaba. Yo quería guerra. Se me daba bien luchar. Me habían criado para la guerra.
Me deslicé de debajo de Knox, lo aparté a un lado y me alejé de él, poniendo tanta distancia entre nosotros como la cama permitía. Me llevé las rodillas al pecho, me senté contra el cabecero y me abracé.
Knox, el rey del drama, rodó sobre las almohadas junto a mí. Se acunó la cabeza entre las manos, soltó un largo suspiro y sonrió.
—Eso fue fantástico —se pavoneó como un pavo real—. Te has lucido, Ángel.
Cuando no le devolví la sonrisa, una arruga surcó su frente y el dorado se apagó en sus ojos.
—¿Qué pasa?
—No seas un imbécil engreído —le advertí con un gruñido.
Se incorporó.
—¿Cómo estoy siendo un imbécil engreído?
—Esto, tú, yo —lo fulminé con la mirada—. Nunca debería haber pasado.
Su ceño se profundizó.
—Tú lo empezaste.
—Podrías haberlo parado.
El asombro brilló en sus ojos.
—Tú lo querías. Yo lo quería. Fuimos a por ello. No hay nada malo en eso.
—No debería haber pasado, y lo sabes.
—¿Por tu irracional regla de un tío, una noche, sin repeticiones?
—Sí, y porque trabajamos juntos. Ejecutamos misiones como parte del mismo equipo.
—Quizá tengas razón en eso —se quedó muy quieto y entrecerró los ojos hacia mí—. Disfruté lo que acaba de pasar entre nosotros, pero si algo ha cambiado, si te sientes incómoda trabajando conmigo, ¿quieres que llame a otro francotirador para que ocupe tu lugar en esta misión?
—Joder, no. Puedo hacer mi trabajo pase lo que pase.
Parecía escéptico. Era el SEAL quien me estudiaba en ese momento, el guerrero táctico que tomaba el control sobre el hombre cuando estaba trabajando, mi líder de misión.
—¿Estás segura?
—Segurísima —alcé la barbilla—. ¿Estás intentando apartarme?
—Por supuesto que no —sus ojos chispearon con irritación—. No hay otro francotirador con el que prefiera trabajar esta misión, pero si te sientes incómoda conmigo, necesito tomar una decisión ahora.
—No quiero volver a casa —espeté—. No lo haré.
—De acuerdo —se frotó la cara, tomándose su tiempo para pensarlo—. Esto es lo que haremos. Tú te quedas y yo vuelvo a la playa. Introduciremos un retraso, inventaremos otra tapadera, meteremos a otro equipo. Alguien más puede ocupar mi lugar.
—No.
Salió mucho más fuerte de lo que pretendía y me asustó de muerte.
Esos vínculos que no quería desarrollar se aferraban a mí como los hilos sedosos de una telaraña.
No quería volver a la base, pero tampoco quería que él se fuera.
Quería que se quedara, que ejecutara esta misión conmigo, que la hiciéramos bien como siempre.
—Nada de eso es necesario —respiré hondo y modulé la voz—. Nuestro equipo está en posición. Hemos avanzado mucho y retrasar la misión no es una opción. Soy una profesional. Tú eres un profesional. No permitiremos que un error personal interfiera con la misión.
Sus ojos perdieron brillo.
—Y yo aquí pensando que hiciste que esto pasara entre nosotros porque tenía que pasar.
—¿Qué quieres decir?
—No juegues conmigo —soltó un suspiro exasperado—. Nos atraemos. Te gusto, Karma, y tú me gustas. Necesitábamos desahogarnos y hemos demostrado que somos explosivos en la cama. Necesitábamos enfrentarnos a eso, asumirlo.
Sus palabras sabían dulces y amargas a la vez. Lo amargo podía quedarse, lo dulce tenía que irse.
—Esto fue un desliz de mi parte, eso es todo —me quedé mirando los dedos de los pies—. Asumo toda la responsabilidad por mi comportamiento.
—¿Un desliz? —no iba a dejar pasar eso. El dolor que surcaba su rostro me ardía como vodka barato en la boca del estómago—. ¿Lo dices en serio?
—Sí. —¿Qué otra cosa iba a decir?
La disciplina fría y dura me había salvado la vida, me había llevado hasta donde estaba y me había permitido arrebatar las pocas victorias que podía atribuirme.
Nunca antes había roto mi propia regla, nunca había sucumbido a mis deseos y necesidades ni me había rendido a mis impulsos.
Me había resistido a él durante tanto tiempo y ahora, al final, había fracasado.
El fracaso no era algo que pudiera aceptar.
Mi trabajo —y mi vida— exigían nada menos que la perfección. Mis disparos siempre daban en el blanco. Debería haber mantenido mi concentración en la misión y mi autodisciplina, pero no lo había hecho. Había caído ante Knox y ahora me sentía destrozada.
—No puede volver a pasar —murmuré, furiosa conmigo misma—. No volverá a pasar.
Me reprendió con la mirada.
—No me arrepiento de nada.
—Ah, sí, Knox nunca se arrepiente de nada —disimulé mi angustia con mi más feroz revoleo de ojos—. Debe de ser tan fácil ser tú, tan grandioso ser este figurín engreído al que le pagan por ganar siempre.
—Tú también eres una figurina —replicó—. A ti también te pagan por ganar. ¿En qué somos tan diferentes?
—Eres un hombre, empecemos por ahí. Estás en la cima del Equipo Elite.
Siempre has estado en la cima de tu mundo, de cualquier mundo en el que hayas elegido estar.
Eres un SEAL con un nombre glorioso y una reputación impecable, entrenado, desplegado, con experiencia.
Vives entre los dioses militares, mientras que yo...
Me detuve a mitad de frase. ¿Qué sentido tenía quejarme? Sabía que no debía hacerlo. Quejarse era de perdedores y niñatas mocosas.
—¿Mientras que tú qué? —me instó Knox con voz grave y suave.
—Nada. No importa. Olvídalo —me aparté de la cama de un impulso y crucé la habitación en una deliberada y vergonzosa retirada—. Voy a darme una ducha.
Entré en el baño de spa, cerré la puerta de un portazo y, apoyando las manos en el mármol de Carrara del lavabo, fulminé con la mirada a la tía que me devolvía la mirada desde el espejo. Estaba completamente desnuda y no se avergonzaba de ello. Parecía cabreada. Furiosa. Incendiaria.
Sí, esa era yo, siempre enfadada, rabia atrapada en el cuerpo de una mujer.
Cerré los puños alrededor de los bordes de mármol. Quería darme una paliza por ser tan idiota. Ahí estaba, en el baño, escondiéndome de un hombre. Vale, bueno, quizá no de un hombre cualquiera. Knox. Resoplé. Me estaba escondiendo igualmente.
Repasar lo que Knox había dicho no ayudaba. No se había arrepentido y había insinuado que se sentía atraído por mí y que el sexo entre nosotros era necesario.
Yo había dicho que me arrepentía, y sí me arrepentía, pero no podía arrepentirme del sexo, ni del tiempo que había pasado en contacto tan íntimo con él, ni de cómo me había hecho sentir.
Había tenido razón. Después de tanto tiempo, esto había sido necesario para mi cordura.
Cuando planteé el aspecto profesional de todo esto, se ofreció a adaptarse a lo que yo quisiera. Incluso se ofreció a apartarse de la misión para que yo pudiera completarla. Vamos, ¿quién coño hacía ese tipo de cosas?
Hundí la cara entre las manos y gemí.
Ese era el problema con Knox. Era demasiado bueno para ser verdad.
Excelente en la cama. Excelente en el campo de batalla.
Excelente al mando. Excelente como persona.
Excelente, excelente, excelente. Como yo debería ser.
Solo que esta noche no había sobresalido en nada.
Había sido un completo desastre, había perdido el control, había roto mi regla.
Deberían someterme a un consejo de guerra y encerrarme en el calabozo, pero el Equipo Elite no funcionaba así. Ni Knox tampoco.
Fui pisando fuerte hasta la ducha, abrí la mampara de cristal de golpe y puse el agua caliente a tope. Esperé hasta que salió vapor. El castigo era la única forma en que las imbéciles como yo aprendíamos la lección. Treinta segundos deberían bastar.
Entré en la enorme cabina.
Las piedras bajo mis pies se calentaron con el chorro humeante. Di un paso adelante, recordando que había recorrido este camino antes, primero de niña, luego de adolescente. Había aprendido la dura lección. El dolor era el castigo más eficiente. Enseñaba la perfección.
—Karma, Karma.
La puerta del baño se entreabrió.
—Vete.
Me adentré más en el vapor que llenaba la cabina.
—¿Karma?
La puerta de la ducha se abrió, dejando escapar una ráfaga de vapor. Me di la vuelta y encontré a Knox de pie allí. Su mirada pasó de mi cara al chorro abrasador de la ducha y volvió a mi cara. Algo encajó en sus ojos, y ese clic resonó en mi interior como una llave abriendo una puerta.
—No cometiste ningún error esta noche.
Knox entró en la cabina y, esquivando el agua abrasadora, me dio la espalda y trasteó con los mandos de la ducha.
—Cometí más de un error y lo sabes —mascullé con voz monótona, como una perdedora débil y derrotada, pero no pude evitar recrear la vista en los fuertes músculos de su espalda y el precioso tatuaje centrado entre sus omóplatos.