Capítulo Dos
Actualidad
Karma
—Bienvenidos a la suite nupcial —anunció el botones con gran teatralidad mientras abría las puertas dobles de par en par y nos invitaba a pasar—. Enhorabuena por su matrimonio. Esperamos que disfruten de su estancia.
Su hermoso acento maltés combinaba matices de italiano y árabe para transmitir calidez y hospitalidad genuinas, pero con el humor que me gastaba, su referencia a nuestra boda me daba ganas de vomitar. Lo único que pude hacer fue tragarme el resoplido e intentar no poner los ojos en blanco.
—Gracias —dijo Knox, deslumbrando al botones embelesado con su irresistible sonrisa de alto voltaje—. Pensamos darle un uso excelente a esta suite.
Sí, claro.
Nuestro matrimonio era una farsa, una maniobra táctica para ejecutar una misión arriesgada, y una enorme ironía, porque el amor era un mito y el matrimonio una mierda. ¿Sinceramente? Preferiría recibir un tiro en la cabeza antes que atarme a un hombre, a cualquier hombre.
Y sin embargo, la única persona que de vez en cuando había logrado hacerme cuestionar mi regla inquebrantable —un tío, una noche, sin repeticiones— era ahora mi marido de mentira.
La vida apesta y luego te mueres.
¿Por qué coño había aceptado participar en esta misión?
Metiéndose de lleno en su papel de recién casado, Knox me rodeó la cintura con su fuerte brazo y me atrajo hacia él, haciéndome sentir la emoción de su cercanía, provocando un fogonazo de calor que recorrió mi cuerpo.
Su rostro adoptó una expresión de afecto exuberante.
El anillo ámbar alrededor de sus pupilas se iluminó hasta que sus ojos color avellana brillaron con lo que la mayoría pensaría que era adoración.
Adoración. Ja.
Todos los hombres eran serpientes traicioneras y capullos con patas, y sí, eso incluía a Knox. Por otro lado, tenía que admitir que su interpretación de novio enamorado me provocaba cosquillas en el bajo vientre y más abajo.
Tranquila, vagina temblorosa.
Era una profesional. Tenía el control. Retírate, le ordené a mi coño.
Aunque yo era directa y no me iba el teatro, la misión requería que yo también interpretara mi papel. Mi vena competitiva ayudó. Una versión modificada de una famosa canción de musical empezó a sonar en mi cabeza.
Todo lo que Knox puede hacer yo puedo hacerlo mejor.
Para beneficio del botones, clavé la mirada en mi marido falso y sonreí como si fuera una de sus groupies adictas al sexo.
Me pilló completamente por sorpresa cuando me plantó un beso en la boca, un encuentro caliente y húmedo de labios. Cuando casi jadeé, aprovechó la oportunidad para explorar mi boca con su lengua, robándome el aliento y dejando un rastro de sus sabores.
Sabía delicioso. Almizclado. Terroso. Ardiente. Olía a pólvora, pero mejor. Saboreé el rastro lejano del whisky fino que había bebido en el avión, disfrutando de los sabores que recordaba de aquella noche lejana, los que tanto me había esforzado por olvidar.
Hijo de puta. Se estaba metiendo de lleno en su papel encubierto. Su pasión parecía cruda y real. Joder, el beso casi me convenció de que éramos recién casados.
Ni de coña.
Reprimí el impulso de apartarlo de mí. ¿Lo peor? Estaba librando una batalla perdida. Había ansiado sus besos durante más de dos años y me encantaba cómo me estaba besando ahora.
Su mano se deslizó hacia mi espalda, sin duda para completar la imagen ante el botones, cuya sonrisa cada vez más amplia demostraba que estaba disfrutando del espectáculo.
El contacto de Knox era tan exasperante como devastador. Las rodillas se me aflojaron, los pechos se me volvieron pesados, los pezones se me endurecieron, y durante los pocos segundos que sus labios se apoderaron de los míos, el cerebro se me convirtió en papilla.
Joder, qué locura.
No podía separar mis labios de los suyos. ¿Por qué tenía ese efecto tan debilitador sobre mí?
Era una operadora fuerte e independiente en lo más alto de mi profesión, que había sobrevivido y prosperado en algunos de los teatros de operaciones más hostiles del mundo, y sin embargo, aquí estaba, sucumbiendo a las feromonas embriagadoras de Knox.
Invocando la disciplina que me había impulsado a abrirme paso a través del establishment militar masculino que había intentado joderme y bloquear todas mis ambiciones, separé mi boca de la suya y entré en la habitación.
Nunca dispuesto a quedarse atrás, me alcanzó y me echó el brazo sobre el hombro. Lo permití porque estaba actuando para consolidar nuestra tapadera. Los tentáculos de nuestro objetivo se extendían por toda Malta, y el botones probablemente estaba comprado.
Cuando se trataba de Knox, cuanto menos me tocara, más fácil me resultaría esta misión. Tendría que establecer límites firmes si quería completar este encargo, cumplir mis propósitos y conservar la cordura intacta.
La sonrisa del botones se volvió más ávida mientras nos seguía hasta la suite arrastrando nuestras maletas. El hombre no me estaba mirando a mí. Menos mal.
Odiaba la atención que mi altura y mi pelo platino atraían allá donde fuera. La mayor parte del tiempo, deseaba parecerme más a una rata. Eran bestezuelas pequeñas e inteligentes, y su aspecto y comportamiento eran mucho más adecuados para mi temperamento y ocupación.
Sí, lo sé. Incluso mi única y mejor amiga, Gracie Rose, que disfrutaba alegremente de mis rarezas, pensaba que querer parecerse a una rata era una jodida locura. Pero claro, yo no era una mujer del montón. Ni lo sería nunca.
El botones logró enfurecerme al comerse con los ojos a Knox, admirándolo como hacía la mayoría de la gente cada vez que posaban la mirada en el SEAL que era mi líder de equipo. Estaba jodidamente atractivo con una camiseta negra y unos vaqueros diseñados para lucir su cuerpo esbelto y musculoso.
Puaj. Pisoteé ese pensamiento como si fuera una cucaracha asquerosa. Mordiéndome los labios, suavicé mis rasgos y repetí el credo de siempre en mi cabeza: No es guapo. No importa si su contacto me abrasa como un incendio cada vez. Soy fuerte. No me hará débil.
No funcionó, como de costumbre, pero mi cara de póquer se mantuvo, también como de costumbre.
Habíamos trabajado juntos durante más de veinticuatro meses. A estas alturas ya debería haberme acostumbrado a toda la atención que recibía. Pero no.
La verdad era que estaba de un humor bestial.
No solo estaba muy tensa por esta operación a contrarreloj, nuestro calendario apretado y mi incapacidad para hacer reconocimiento previo, también estaba hasta las narices de tener que quedarme mirando mientras la población mundial se derretía a los pies de Knox.
Durante las últimas nueve horas, había tenido que apretar los dientes mientras todas las azafatas de primera clase y bastantes pasajeros volcaban su atención sobre el divertido, simpático, sociable y juerguista Knox.
Que me ignorara y correspondiera a la adoración de los demás con su típico encanto calienta-bragas no ayudaba.
El maldito hombre estaba acostumbrado a prender fuego a las libidos con un guiño.
Como si cruzar el Atlántico no hubiera puesto a prueba mi paciencia lo suficiente, la recepcionista de ojos desorbitados lo recorrió entero con la mirada.
Mientras se recreaba en su Stetson, su hebilla de cinturón y su paquete, dejó escapar un suspiro anhelante, sin dejar lugar a dudas de que estaba más que dispuesta a chuparle la polla en cualquier momento y lugar.
Tamborileé con los dedos sobre el mostrador, bien fuerte para que notara el ridículamente enorme anillo de diamantes y la alianza de plata a juego en mi dedo. La fulana lo vio, pero ni siquiera mientras nos registraba en la suite de luna de miel cambió su actitud.
Por lo visto, nuestros votos matrimoniales falsos no significaban nada para ella.
¿Qué fallaba en este cuadro?
¿Era su olor, ese aroma masculino, fresco y pecaminoso que impulsaba a las mujeres de todo el mundo a lanzarle sus bragas? ¿Lo hacía a propósito o había nacido para ser un símbolo sexual que respiraba y caminaba?
Lo fulminé con la mirada. Zorrón... Imbécil... Semental suculento.
Los recuerdos me inundaron. Qué noche. Lo había sentido tan bien en mi boca y aún mejor en mi coño. Antes de saber siquiera que trabajaríamos juntos, me había dado el mejor sexo de mi vida. Para aliviar el ansia de mi coño, apreté los muslos y descubrí que tenía las bragas empapadas.
Basta. Lo estaba haciendo otra vez. Olvida esa noche. Olvídalo a él. Céntrate en la misión. El éxito operacional era lo único que me importaba, aquello por lo que vivía.
En cuanto el botones se marchó, me solté del brazo de Knox y lo aparté de un empujón. Me lanzó esa mirada entrecerrada y extraña, como si lo hubiera ofendido o algo así.
—Hagamos un barrido.
Entré en el baño y abrí los grifos, iniciando nuestros protocolos de seguridad.
La mirada de Knox se demoró en mí.
—Como desees, Ángel.
Le saqué la lengua, indignada por ese apodo. Preferiría que me llamaran el diablo, o mejor aún, Karma. Ángel era un mote estúpido.
Como siempre, divertido ante mi irritación, Knox soltó una risita, cruzó la suite y entró en el dormitorio.
Lo juro, el ego gigantesco de ese hombre crecía en proporción directa a mi irritación.
Lo seguí hasta la cómoda, donde abrió el cajón inferior y sacó un estuche negro de debajo del protector de plástico que guardaba mantas de repuesto.
Nuestros agentes en el terreno se habían infiltrado en la suite para preparar nuestra llegada.
Habían barrido la habitación y todo el hotel en busca de cámaras y micrófonos.
Siguiendo mis instrucciones, también habían dejado algunas cositas.
Antes de echarles mano, comencé otro barrido manual de la habitación, a la vieja usanza, por si acaso. Era meticulosa con todo lo que hacía.
La lujosa suite del ático ocupaba toda la quinta planta del exclusivo hotel boutique. Con una sala de estar completa, un baño del tamaño de una casa pequeña y un dormitorio enorme, estaba destinada a ser nuestra base de operaciones principal.