Capítulo treinta #2
La melena índigo de Blue asomó por el borde de la montaña cuando ella también se unió a nosotros. Tomó la mano de Apollo y colgó una guirnalda de campanillas tan azules como sus ojos sobre la lápida. Durante unos momentos, posó una mano posesiva sobre la curva de la piedra y cerró los ojos.
Blue tenía una distinción especial entre nosotros. Había amado a dos Battleson con todo su corazón. Incluso un cascarrabias como yo tenía que respetar eso.
Cuando terminó, todos nos abrazamos de nuevo, abrazos sinceros que hicieron que a más de uno se nos escapara alguna lágrima. Era cierto. Los Battleson abrazábamos mucho últimamente. Y llorábamos un poco cuando hacía falta.
Siguiendo el haz de sus linternas, mamá y papá llegaron a la cumbre, agarrados el uno al otro.
Pronto regresarían al orfanato. Yo veía el lugar donde hacían su mejor trabajo como una fábrica donde niños tristes, dañados y solitarios entraban por una cinta transportadora por un lado y salían por el otro con la capacidad de ser felices.
Como nosotros.
Mamá colocó una rosa roja sobre la tumba. Papá dejó un ejemplar del Military Times. Durante unos momentos, todos nos quedamos allí en un silencio cómplice, honrando al hermano que nos había forjado.
Ya casi habíamos terminado cuando la grava crujió al otro lado del borde. Miré a Emme arqueando las cejas, pero ella solo me sonrió. El corazón me dio un vuelco. Miré hacia lo alto del sendero. ¿Era posible?
—Joder —exclamó una voz jadeante—. Esto es empinado, más empinado de lo que recordaba, pero como alguno de vosotros se atreva a bajar o a ofrecerse a ayudarme, os juro que os doy con el bastón en la cabeza.
Tras compartir unas risas contenidas con todos, reprimí el impulso de bajar corriendo la colina, buscar a una pasajera y ofrecerme voluntario para que me dieran con el bastón en la cabeza.
Pero sabía que no debía. Clavé los pies en el suelo y me obligué a quedarme donde estaba. Como solía decir Apollo, la autosuficiencia era la mejor medicina, y la curación requería independencia.
Esto había quedado más que demostrado con mi mujer, irreprimible y obstinada.
Por fin, Tee apareció en lo alto de la cuesta y cojeó hasta el círculo de luz de las antorchas, con la piel brillante por una fina capa de sudor. Las llamas besaban sus rizos y la brisa agitaba sus mechones ya de por sí revueltos.
Como las otras mujeres del grupo, vestía de forma sencilla y apropiada para el clima: mallas negras, una chaqueta acolchada sobre una camisa de franela y botas de montaña. La única concesión que hacía a su lesión era el bastón que llevaba en la mano.
Había sido muy duro cuando despertó del coma inducido, que duró dos semanas. Las dos semanas más largas de mi vida. Una bala en el abdomen le había dañado el estómago, rozado los intestinos y se había alojado en la columna vertebral.
Estuvo entre la vida y la muerte. Al principio, los médicos no podían decirme si sobreviviría. Cuando salió adelante, no podían decirme si volvería a caminar. Necesitó varias cirugías para reparar el daño y extraer la bala.
Hubo momentos en los que sufrió tanto dolor que fantaseé con bajar al infierno con el único propósito de encontrar a Larson y despedazarlo miembro a miembro.
Prácticamente viví en el hospital mientras estuvo en la UCI y después, mientras se recuperaba lo suficiente para volver a casa. Tenía a Apollo en marcado rápido día y noche. Mi pobre hermano médico estuvo pendiente de sus necesidades y de mi ansiedad durante varias largas semanas.
El día que salió del hospital, estaba tan frágil que temía que fuera a romperse. Troy nos recogió en su helicóptero y nos llevó a Resurrection. Todo el equipo del Taj se volcó en ayudar en lo que hiciera falta.
Trabajé desde casa, atendiendo solo los problemas más urgentes para pasar todo mi tiempo con Tee y ayudarla en su recuperación. Entonces Tee no podía caminar. Pero vaya si mi fierecilla no estaba caminando ahora, subiendo escalones empinados y todo.
Le dediqué mi mejor sonrisa. Cuando me la devolvió, lo interpreté como que quedaba liberado de mi obligación de quedarme quieto y corrí a encontrarla a medio camino.
—No te atrevas a cargarme.
Me apuntó con el extremo de su temible bastón.
—Voy a ver a Leo por mi propio pie.
—No pensaba hacerlo, señora.
Le hice un saludo militar.
—Pero ¿puedo caminar a tu lado?
—Siempre.
La sonrisa que le brillaba en los ojos competía con el sol.
Caminamos despacio hacia la tumba, Tee apoyada en su bastón, yo revoloteando a su lado, con el cuerpo vibrando por los dichosos regalos de su vida y su amor. Cuando llegamos, sonrió.
—Hola, Leo —dijo—. Sé que soy imprudente, impaciente y cascarrabias. Solías decírmelo constantemente. Bueno, sigo siendo cascarrabias e imprudente, pero estoy aprendiendo a tener paciencia.
Su cuerpo había necesitado mucha para sanar.
—Pero aquí estoy, amigo mío —continuó—. Quería darte la noticia yo misma. Lo logré, Leo. Cacé a Kass, por fin. Nos casamos. Me casé con él.
—¡Eh! —protesté—. Yo me casé contigo.
—En tus sueños, guapo.
Volvió a mirar la tumba y rebuscó en el bolso de cuero que llevaba cruzado.
—Te he traído algo. Creo que te gustará.
Depositó una ramita de álamo temblón junto a las flores, con su corteza blanca y hojas amarillentas salpicadas de rojo.
—¿Ya hemos terminado? —preguntó mi sobrino Joram, cambiando el peso de un pie a otro con impaciencia—. Me muero de hambre.
—¡Hora de la fogata! —anunció Lulu, encendiendo su linterna frontal y retando a Joram con una sonrisa—. Te echo una carrera.
Y allá que se fueron, bajando los escalones de tierra hacia el campamento en el prado, donde nos habíamos instalado para celebrar. La pequeña Maya se escapó de los brazos de su padre y salió trotando detrás de ellos entre chillidos, con Emme y Jax pisándole los talones.
Los niños corrían, libres de los recuerdos que nos entristecían, sin el peso de las penas que habíamos sobrevivido de pequeños.
No recordaban el maltrato, ni el abandono, ni la violencia.
Conocían al tío Leo, pero no conocían de verdad el amor ni el dolor de un hermano ganado y perdido.
Eran felices, como deberían ser todos los niños, y yo lucharía por mantenerlo así, con la ayuda de Dios.
Crucé la mirada con Tee y supe que algún día también tendríamos nuestros propios hijos. Ella había predicho que yo sería el padre de sus hijos la primera vez que nos acostamos y, últimamente, me lo recordaba a menudo.
Por mí, perfecto.
No tenía sentido oponerse a Titan.
Desde que había vuelto a casa, había dormido en su cama todas las noches. Y ahora que se había recuperado, me había exigido que cumpliera mis promesas. Era un placer complacerla todos los días y todas las noches.
Por supuesto, tendríamos que compaginar lo de tener hijos con su carrera. Estaba empeñada en volver a trabajar para la Agencia. Después de atrapar a aquellos capos del crimen internacional que habíamos entregado a las autoridades, su jefe le había ofrecido un ascenso.
Por otro lado, también estaba considerando otra oferta.
Los chicos y yo le habíamos propuesto que se uniera a las operaciones de seguridad global de Battle Brothers.
Tenía las habilidades, la experiencia y la inteligencia para dirigir la división de inteligencia.
Si decidía venirse con nosotros, sería un fichaje de primera.
Fiel a su estilo Titan, aceptó considerar nuestra propuesta, siempre y cuando yo no fuera su jefe. Le aseguré que ella sería la jefa y dirigiría su propio equipo. Sabía cómo hacer la oferta más atractiva.
Fuera cual fuera su decisión final, quería que tuviera las oportunidades profesionales que merecía. Estaba muy orgulloso de ella.
¿La vida con Tee?
Siempre iba a ser interesante.
Mientras los demás bajaban sin prisa hacia el prado y empezaban a reunirse alrededor de la hoguera, Tee y yo nos quedamos atrás, contemplando las estrellas que titilaban sobre el lugar de descanso que algún día también acogería nuestros huesos.
Señalé hacia el suelo con la barbilla.
—¿Y eso de la rama de álamo?
—Leo sabe lo que significa.
—Una sonrisa nostálgica asomó a sus labios—.
Recuérdame que te lo cuente otro día.
—De acuerdo.
—Le tomé la mano y, juntos, empezamos a bajar las escaleras.
No le dije que no hacía falta que me lo explicara. Ya sabía a qué se refería. Arrodillado en el suelo de aquel viejo bosque de álamos mientras me casaba con mi novia herida, había sentido cómo nuestras raíces se aferraban a la tierra, luchando por preservar y proteger nuestra existencia compartida.
Con los años, yo había cambiado mucho. Ella también. Pero algo permanecía inalterable. Siempre había sido la tormenta eterna de mi vida, y jamás me cansaría de regodearme en sus truenos y relámpagos. Éramos uno desde siempre, y así seguiríamos para siempre.