Kass (Romance militar de héroes alfa nº 5) Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

Tee

Entré corriendo en el dormitorio de Kass con su camisa en la mano y me detuve en seco. Estaba de pie frente al espejo como si fuera una escultura de alabastro, desnudo de cintura para arriba, la boca recta, los ojos entrecerrados fijos en su reflejo, los dedos extendidos sobre la cómoda.

Su mirada fría y distante me heló la columna vertebral. Ni siquiera quería imaginar los pensamientos que le cruzaban por la mente en ese momento. Los recuerdos. El dolor. El futuro que podría no existir.

Parpadeó una vez, su único reconocimiento de mi presencia. La mandíbula apretada y la tensión que endurecía su espalda me dijeron que cargaba el peso de la batalla venidera sobre los hombros. Era un hombre que se enfrentaba a sus demonios. Ya estaba en la lucha.

Por impulso, le rodeé la cintura con los brazos y apoyé la frente contra su espalda.

—Vuelve a mí —susurré—. Vuelve a mí, por favor.

Se dio la vuelta y me miró mientras me acariciaba los brazos. Concentrada en él, se me estrechó la visión hasta que sus brillantes iris azules se convirtieron en mi mundo. Su intensa mirada hablaba por él, promesas y juramentos envueltos en realidad y riesgos que yo conocía demasiado bien.

Levantó una mano, me apartó un rizo del rostro, me deslizó los dedos por la mandíbula y me tomó el mentón.

—Tee —dijo con voz áspera—. Hay mucho en juego. Pero esto, esto sí puedo prometértelo. Quiero volver a ti. Pronto.

El sollozo que se me atascó en la garganta me llenó la boca de sabor a sal. Quería decirle tantas cosas, recordarle la pasión que nos hacía uno. Pero su móvil sonó.

Miró la pantalla y luego levantó la vista hacia mí.

—Ha llegado el momento.

Oh, Dios.

Se me encogió el estómago y los hombros casi se me desplomaron.

Entonces recordé que la amante de un soldado debe ser tan fuerte como su soldado, o quizás incluso más.

Respiré hondo y enderecé la espalda. Toda la fuerza que tuviera, se la di, en forma de confianza, fe y esperanza. Iba a necesitarla.

—Aquí tienes —le ofrecí la camisa que tenía en las manos mientras controlaba mis emociones—. Trev hizo todo lo que pediste. El dispositivo de escucha está dentro del botón de arriba del cuello. Trev logró vaciarlo e insertar el micro en él. Mientras funcione, estaremos escuchando.

Kass se deslizó la camisa por los hombros y comenzó a abotonársela. Me hice cargo de la tarea. Me sentía protectora, necesitaba mantener las manos sobre él todo el tiempo posible.

Forcé las palabras a salir de mi garganta atenazada.

—¿Estás seguro de esto?

—Tú misma lo dijiste, Tee. Tengo que liberar a mamá y papá. Y para eso, tengo que enfrentarme a Larson.

—Lo entiendo, pero ¿por qué enfrentarlo solo? —le puse las manos en los hombros y apreté un poco—. Déjame ir contigo.

—Larson sabe que si te tiene a ti, me tiene a mí —me rozó los labios y me miró con los párpados entrecerrados—. No podemos darle esa ventaja.

Me besó, un dulce encuentro de bocas y lenguas que hablaba de su increíble capacidad para la ternura y del afecto que compartíamos. Al inhalar su aroma, bebí sus sabores, su coraje, su honor.

—Tengo que irme —respiró hondo, se apartó de mí y cogió la chaqueta—. ¿Recuerdas cómo va esto?

—Sí —recogí la corbata que estaba sobre la cama y se la entregué, mordiéndome los labios.

—Gracias.

Sonó como si me estuviera dando las gracias por mucho más que la corbata.

Corbata en mano, giró sobre los talones y se alejó de mí.

Era una tradición Battleson firme e inquebrantable: un guerrero nunca decía adiós al ir al combate.

Las despedidas verbales traían mala suerte, así que mantuve la boca cerrada.

No iba a tentar al destino cuando Kass necesitaba toda la suerte que la Dama Fortuna pudiera darle.

Se detuvo junto a la puerta y me hizo un gesto con la cabeza antes de salir de la habitación. Las lágrimas calientes que había estado reprimiendo se me desbordaron de los ojos y me rodaron por las mejillas. No era la despedida que yo quería, pero era la que Kass necesitaba.

***

Kass

Entré con paso firme en la lujosa suite y me planté frente al sillón orejero.

Larson estaba sentado ante los ventanales del suelo al techo, disfrutando de las luces de la ciudad a sus pies y de una humeante taza de té.

Vestido con pantalones de vestir y una camisa que había salido de mi maldito armario, dio un sorbo a su té y alzó la vista hacia mí con un parpadeo.

Ahí estaba yo, cara a cara con mi creador, a punto de comenzar una danza de vida y muerte con un monstruo especializado en tejer mentiras y medias verdades para atrapar a su presa.

No tenía más opción que jugar su juego.

De pie frente a él, le sostuve la mirada astuta.

—¿Qué quieres?

—Aquí vamos otra vez —dejó la taza sobre el platillo con un molesto tintineo—. Sin saludos. Sin «¿Cómo te encuentras, papá?». Mi pobre hijo antisocial. ¿Te criaron los lobos?

—Los lobos habrían sido una mejora comparados con el sociópata que eres tú.

—Estamos combativos, ¿verdad? —levantó el meñique en el aire y dio otro sorbo a su té, un trago largo diseñado para ponerme nervioso e irritarme.

No funcionó. Aunque la impaciencia me latía en el pecho, esperé en silencio hasta que bajó la taza y la fina porcelana tintineó de nuevo. El primer movimiento tenía que ser suyo.

—Olvidas que tengo todas las cartas —habló en voz baja, pero su acento nítido cargó cada palabra de un peso martillante—. Te sugiero que te sientes y escuches lo que tengo que decir.

Las dichosas cartas eran Scott y Maria Battleson. Larson había estado esperándome, un depredador al acecho. Un escalofrío extraño me recorrió. Me había prestado voluntario a adentrarme en el laberinto de su mente diabólica.

—No quiero escuchar tus gilipolleces —permanecí de pie—. Quiero a mis padres.

—Tienes a tu padre delante de ti.

—No lo veo —me permití el placer de esbozar una mueca de desprecio—. Habla o me largo. ¿Qué quieres a cambio de la libertad de nuestros padres?

—Eres un buen negociador —Larson esbozó una sonrisa, pero era tan untuosa que me sentí como si me hubieran embadurnado de baba—. Estoy tan orgulloso de ti.

—Términos —solté entre dientes, rechazando cualquier cumplido que viniera de él—. Es lo único que quiero oír de ti.

—Muy bien —exhaló un largo suspiro—. Como habrás notado, soy un actor importante en el escenario mundial, muy respetado por los hombres más poderosos del mundo.

—Querrás decir los criminales más poderosos del mundo —afirmé con voz fría y distante—. Has ganado mucho dinero traficando con drogas, armas y Dios sabe qué más. ¿Y qué?

—Tengo socios con intereses que debo proteger —dejó a un lado la taza de té—. Esos intereses están aquí, en Estados Unidos. Aquí es donde se cuece todo. Quizá recuerdes que yo tenía influencia por aquí.

—Sí, lo recuerdo —aunque hubiera preferido olvidarlo—. Eras un mafioso psicópata con sed de violencia, dinero y poder. Nada ha cambiado.

—Yo construí un imperio en Estados Unidos —su mirada gélida me golpeó—. Tú lo destruiste.

—Eh, para el carro —le sostuve la mirada con fiereza—. Yo entregué información precisa al FBI. Tú te destruiste solo.

—Tal como yo lo veo, me debes un imperio —esbozó su sonrisa escalofriante—. Tú tienes uno. Lo quiero.

No me sorprendió, salvo por el hambre voraz que brilló en sus ojos, la codicia obsesiva que me golpeó como una ola ártica.

Sacúdetelo, soldado. No te llaman Ice por nada.

Mantuve el rostro inexpresivo y el tono neutro. —Di lo que quieres y deja de dar rodeos.

—Quiero tres cosas —cruzó una pierna sobre la otra y posó sus manos de manicura impecable en el regazo—. Primero, quiero Battle Brothers.

Bingo. Había acertado en eso. Estaba a punto de tejer su relato. Mi primer objetivo era separar las mentiras de las verdades.

—¿Por qué quieres BB? —pregunté.

—El negocio es el vehículo perfecto para mí y mis clientes.

Verdad.

—Déjame adivinar —era casi demasiado fácil—.

Quieres usar la parte de venta al público para blanquear tu dinero sucio.

Finges comprar mercancía de BB. Nosotros te proporcionamos recibos falsos.

Tu dinero inmundo llega a la tierra de las oportunidades por millones y queda todo limpio y reluciente. ¿Me equivoco?

—En general, sí.

Verdad a medias, sobre todo porque eso no era todo lo que quería.

—¿Cómo piensas recuperar el dinero del otro lado? —pregunté.

—Eres dueño de un banco —dijo—. Así.

—Somos dueños de un banco comunitario que da servicio a militares y exmilitares.

—Perfecto —la sonrisa fría que atormentaba mis pesadillas apareció en su rostro—. ¿Qué podría ser más patriótico que eso?

—Entonces —dije, como si fuera una novedad para mí y no hubiera deducido ya los detalles de su plan—, pretendes retomar el control del dinero blanqueado del otro lado: te apoderas de nuestro banco y lo usas para desembolsar los fondos bajo la apariencia de intereses, dividendos e inversiones.

—Me encanta ver que tu destreza financiera se extiende a mi campo.

Su expresión engreída me escoció como una china en el zapato, pero claro, eso era exactamente lo que pretendía: irritarme hasta que perdiera la concentración.

—Entiendo el dinero —dije; ganarlo no tenía ningún misterio para mí—. Entiendo cómo fluye.

—Ya lo he notado —se permitió una breve risa de satisfacción—. Como CEO y presidente de la junta, tienes carta blanca en todas las decisiones y transacciones financieras. Pondrás tu autoridad a mi servicio. Gustav Viklund será el nuevo presidente de la junta de Battle Brothers.

Ni en sueños. —¿Y la tercera?

—Quiero tu mente brillante, tus conexiones, tu capacidad para cerrar tratos que nadie más logra. Te quiero a ti, Kass. A ti.

—Me enviaste al reformatorio —el viejo dolor me apuñaló las entrañas—. ¿Por qué ibas a quererme ahora?