Capítulo dieciséis #3
Pero mis hermanos me habían recordado que yo no era la misma persona que mi padre y que también llevaba dentro a mi madre, una mujer fuerte y bondadosa a la que adoraba. Y luego Tee había entrado en mi vida y me había dado la fuerza para convertirme en algo diferente, nuevo, original.
Había dedicado toda una vida a ese propósito. Pero ahora, mientras estaba frente a Larson, lleno de rabia, hirviendo de odio y luchando contra mis instintos asesinos, no podía evitar preguntarme: ¿era diferente de él?
—Fui a por tus hermanos por una sola razón.
Hizo una pausa para crear expectación.
—Sabiendo que nunca volverías al redil ni considerarías mi propuesta, quería captar tu atención.
¿Volver al redil? ¿Propuesta? Tanta mierda en una sola frase absurda.
—¿De qué coño estás hablando?
—Acéptalo, Kass. Si hubiera cogido el teléfono y llamado, nunca habrías aceptado una reunión.
—Correcto.
En cambio, habría reunido un equipo de asalto para eliminarlo.
—No eres de los que perdonan, y te aferras a tus rencores durante mucho tiempo.
¿Rencores? ¿Así llamaba a los horrores que me había obligado a sufrir?
—Así que tuve que recurrir a un método de invitación más complejo y convincente para lograr mi objetivo de reunirme contigo —dijo—. Sabía que si tenía a uno o más de tus hermanos y sus mujeres en mi poder, vendrías a la mesa de negociación.
Así que por eso lo había hecho. Había intentado secuestrar a mis hermanos y sus mujeres para llegar a mí. Y cuando había fallado, no había tenido reparos en ordenar su exterminio.
Que le jodan al maldito diablo.
Luché por mantener la voz firme.
—No voy a negociar una mierda contigo.
—Oh, pero lo harás.
—No cuentes con ello.
Su gesto de asentimiento, como si lo supiera todo, me sacó de quicio. Parecía tan seguro de que iba a ganar. ¿Estaba loco de remate?
—Admito que llevas ventaja en este momento.
Su mirada se detuvo en mi arma antes de esbozar esa sonrisa confiada y plácida que tanto me irritaba.
—Eso es porque mis asociados han fallado demasiadas veces. McVeigh. Orlov. Carla. Chaos. Margret. ¿Los recuerdas?
—¿Cómo olvidarlos?
Larson acababa de enumerar a los líderes de los mercenarios que había enviado contra mis hermanos. Los habíamos derrotado a todos, así que actualmente residían en el infierno.
—Espero que te reúnas con tus empleados muy pronto.
—Lo dudo —dijo el cabrón arrogante, demasiado confiado en sus habilidades para prolongar su vida—. Todos eran demasiado estúpidos para lograr mis objetivos. Debería añadir un nombre más a la lista.
Dirigió su mirada fulminante a Arturo, que palideció en su rincón como si se hubiera cagado en los pantalones.
Decía mucho de la brutalidad de Larson que incluso un hijo de puta astuto y curtido como Arturo —que trataba con los cárteles más violentos del mundo— le temiera hasta el punto de no poder controlar sus reacciones de miedo.
—Sr. Viklund, señor —tartamudeó Arturo—. Hice todo lo posible. Conseguí a la mujer para usted, ¿no? Negocié con el Cártel Soles y le traje el mayor cargamento de mercancía en estas aguas, posiblemente en el mundo. Lo habría conseguido a él si no hubiera aparecido aquí primero.
—Es cierto que capturaste a la mujer —admitió mi padre como si Tee hubiera sido solo una mercancía que necesitaba añadir a su cartera diversificada—. Como no fue presa fácil, te lo reconozco.
El pecho de Arturo se hinchó con un suspiro de alivio.
—Pero...
Larson levantó un dedo en señal de advertencia y Arturo dejó de respirar.
—Te di todo lo que pediste: dinero, mano de obra, armas, todo lo que necesitabas para traerme a mi hijo. No hiciste una mierda. Y ahora está aquí sin que nadie lo esperara.
—Pero está aquí, Sr. Viklund.
Arturo se removió en su silla, delatando su nerviosismo.
—Está atrapado. He cumplido con nuestro contrato según lo acordado. Le garantizo que este hombre no saldrá vivo de esta isla.
—La situación actual no habla bien de tus habilidades.
Larson le dedicó a Arturo una sonrisa plácida y tamborileó con los dedos sobre el escritorio.
—Kass te engañó. Te siguió hasta aquí. Por tu culpa, pudo infiltrarse en mis instalaciones, volar mi barco y quemar mis almacenes. No me gusta el fracaso. En mi línea de negocio, la palabra «inesperadamente» significa fracaso.
—Pero...
—Cállate, Arturo.
Larson deslizó su mirada astuta hacia mí.
—Kass, si me disculpas un momento...
Devolvió su atención a Arturo.
—Me has decepcionado enormemente.
Las palabras familiares me atravesaron como un balazo en el estómago. Me paralizaron el dedo en el gatillo y me clavaron al suelo. Mis músculos se tensaron. Era como si mi cerebro hubiera decidido que quedarse paralizado era la mejor forma de sobrevivir a ese momento.
Me sentí como atrapado en una experiencia extracorporal. Me vi a mí mismo de pie en la habitación, listo para disparar, deseando disparar. Pero mi entrenamiento como guerrero Delta no cedería ante mi programación personal.
Todavía no.
Los segundos siguientes pasaron muy rápido, pero también de manera insoportablemente lenta. Larson agarró su arma, se giró en la silla y vació el cargador sobre Arturo.
Ante mis ojos, el rostro de Arturo se desmoronó. Su sangre salpicó el aire. Su cuerpo se balanceó en la silla.
El flashback me golpeó con la fuerza de un tráiler. Me arrojó de lleno en medio del peor día de mi vida.