Capítulo Diez
Tee
Tras sus gafas de sol, Kass entrecerró los ojos mirándome, con el rostro inexpresivo, los labios apretados, finos como el filo de una navaja.
—¿Hola? —le pasé la mano por delante de la cara—. ¿Esperabas una limusina de lujo?
—Tee —su voz sonó plana, no era la reacción que quería, aunque sí la que esperaba—. ¿Qué coño haces aquí?
—¿Y si dejamos esa conversación para luego? —me incliné, abrí la puerta de la furgoneta tirando de la manija—. Sube —ordené—. No querrás que montemos un incidente internacional aquí en plena calle, ¿no?
Por una vez, obedeció. Se acomodó en el asiento del copiloto y cerró la puerta antes de fulminarme con la mirada.
—Tienes mucho que explicar.
—Luego hablamos —dije, observando en el retrovisor a los soldados que se acercaban—. Ponte esto.
Le dejé caer un alzacuellos en el regazo y, acelerando suavemente, avancé con la furgoneta entre la multitud. Kass se colocó la pistola sobre las piernas mientras se ajustaba el cuello clerical sobre la camisa, sin perder de vista a los soldados que inundaban las calles.
—Primero lo intentamos a mi manera —lancé una mirada crítica a la pistola—. ¿Trato?
Intuí que ponía los ojos en blanco detrás de las gafas, pero cuando la furgoneta llegó al cruce y los soldados me indicaron que parara, Kass escondió la pistola bajo la chaqueta.
Contuve el aliento y bajé la ventanilla.
—¿Sí?
—Papeles —el veinteañero lleno de granos me exigió la documentación con una sonrisa cruel—. Hermana, ¿adónde va con tanta prisa?
—Al cementerio —eché un vistazo al ataúd de pino que descansaba sobre los asientos abatidos en la parte de atrás y luego, con mi mejor acento local, añadí—: El padre Bill y yo tenemos que enterrar a esta pobre alma que acaba de morir de tuberculosis.
—¡Tuberculosis! —el soldado pegó un salto de casi dos metros hacia atrás, haciendo aspavientos a los demás para que despejaran el paso—. ¡Pase, pase!
—Gracias.
Subí la ventanilla y avancé despacio entre los soldados, disfrutando con perverso placer al verlos apartarse de un salto. La tuberculosis había vuelto con fuerza a esta ciudad y, como no había medicamentos al alcance de casi nadie, la gente le tenía pánico a la enfermedad.
Kass empezó a hablar:
—Quiero saber...
—Espera —giré la esquina y conduje hasta un control militar—. Todavía no hemos acabado. Tengo que repetir mi actuación digna de un Óscar.
Repetí la misma pantomima y conseguí pasar varios controles sin que Kass le disparara a nadie. Permanecía sentado a mi lado, barriendo el entorno con la mirada, girando la cabeza como un radar en pleno barrido.
Notando la rabia que emanaba de él, me abrí paso entre el tráfico hasta llegar a la autopista y salí de la ciudad a toda velocidad. Él hervía en silencio; ni una sola palabra escapó de sus labios apretados.
—Bien, ya estamos a salvo —anuncié unos cuarenta minutos después, y añadí con tono alegre—: Ahora puedes hacer todas las preguntas que tu corazoncito desee.
—¿Qué tal si empezamos por cómo demonios has llegado hasta aquí? —Kass enfundó la pistola. Habría estado muy guapo con el alzacuellos si no hubiera tenido la cara tan roja y no pareciera a punto de explotar—. Deberías estar aterrizando en Estados Unidos ahora mismo.
—El «deberías» es cosa tuya, no mía —aceleré por la autopista—. El resto es mi elección.
—Por el amor de Dios, Tee —se quitó las gafas, se las guardó en el bolsillo y me clavó sus ojos azul pálido—. ¿Eres consciente de lo peligroso que es esto?
—Llevo tiempo estudiando la región y trabajando en ella, así que sí, soy muy consciente de lo peligroso que es —le lancé una mirada para recordárselo antes de volver la vista a la carretera—. ¿Habrías preferido que no apareciera cuando lo hice?
No contestó. En lugar de eso, exhaló con fuerza, se frotó la cara y, tras quitarse el sombrero, se lo dejó en el regazo.
—¿Dónde están los hombres de Seb y qué les ha pasado?
—No les ha pasado nada.
—Algo les ha pasado —replicó—. Si no, habrían obedecido mis órdenes.
—Lo intentaron —comprobé en el retrovisor que no nos seguían antes de salir de la autopista hacia una carretera secundaria—. Vinieron a buscarme. Les ofrecí un café. La última vez que los vi, estaban en la cabaña flotante, durmiendo como troncos en nuestra cama.
—¿Dormidos? —frunció los labios como si hubiera chupado un limón—. ¿Cómo lo conseguiste?
—Tú me ayudaste —mantuve la vista en la carretera—. Cogí las pastillas para dormir de tu botiquín justo antes de que te fueras. Como nunca te las tomas, les di buen uso.
—Joder.
Seguro que recordaba el momento exacto en que lo había hecho, justo cuando estábamos discutiendo, antes de que le recordara que se llevara el maldito botiquín.
Inspiró hondo y negó con la cabeza.
—¿Por qué Seb no ha sabido nada de ellos?
—Bueno... —me encogí por dentro, temiendo su reacción—. Puede que desactivara sus comunicaciones antes de irme.
—¿Que qué? —el elegante sombrero que descansaba en el regazo de Kass quedó estrujado en su puño—. Dios, mujer, las cosas que haces. Eres un peligro andante. ¿Lo sabías?
—Lo has mencionado antes —eché un vistazo al sombrero retorcido—. Por favor, no te desquites con el sombrero por mis defectos. Es bonito y me gusta cómo te queda.
Bajó la mirada hacia su regazo. Con un resoplido, soltó el sombrero. ¿La verdad? No tenía muchas esperanzas de que su sombrero sobreviviera al viaje.
Kass inhaló profundamente y miró por la ventana antes de volver a hablar.
—Si todo lo que dices es cierto, a estas alturas los hombres de Seb deberían estar despiertos y tener acceso a las comunicaciones del campamento de pesca.
—Bueno... sí... sobre eso —mantuve una mano en el volante y me quité las gafas de sol mientras el sol se hundía bajo el horizonte, intentando con todas mis fuerzas no asfixiarme con el hábito de monja—. El campamento de pesca tenía previsto trasladarse a otro lugar ayer por la mañana.
—Sí —dijo—. ¿Y?
—Así que le dije al personal que mi hidroavión se había retrasado. Les sugerí que siguieran río arriba como estaba previsto y luego recogieran mi cabaña a la vuelta. Pero no te preocupes. Estoy segura de que esta noche ya estarán todos reunidos y en contacto.
—Jesús, Tee —volvió a estrangular el sombrero, luego se dio cuenta de lo que estaba haciendo y aflojó el agarre mortal—. ¿Y qué pasó después?
—Después de eso, llevé la lancha rápida de los hombres de Seb hasta donde esperaba el hidroavión y le pedí amablemente al piloto que me llevara al mismo sitio donde os había dejado, que resultó ser Maracaibo. Encantado con mis buenos modales, accedió.
—Claro —Kass resopló con escepticismo—. ¿Qué le hiciste al pobre piloto?
—Le dije la verdad con un pequeño añadido —reduje la velocidad y rodeé unas vacas que se habían metido en la carretera—. Que trabajaba para una agencia local sin nombre y que podía meterlo en una de las infames prisiones de Venezuela con solo chasquear los dedos.
—Seguro que le hiciste cagarse encima —volvió a sacudir la cabeza, pero me pareció detectar un amago de sonrisa en los labios—. Y todavía no me has dicho cómo me encontraste.
—Nunca te encontré —me encogí de hombros con gesto de impotencia—. Pero sí encontré a Seb.
Kass resopló.
—Por favor, dime que no contactaste con tus colegas de la CIA para contarles que estamos sobre el terreno con una operación encubierta privada en territorio hostil.
—Cielos, no —sacudí la cabeza con énfasis—. Habría sido una imprudencia. Habría tenido que contarles lo que estaba haciendo y seguir las reglas. Y las reglas nunca son divertidas.
—Ya lo creo —la ironía brilló en sus ojos—. Además, tú nunca sigues las reglas de todos modos.
—Eso también —¿qué sentido tenía negar la verdad?—. Tal como yo lo veo, estoy de permiso unas semanas más y nos conviene trabajar al margen, terminar esto y luego informar de lo que hayamos descubierto. Mejor pedir perdón que pedir permiso. ¿No crees?
—En eso no voy a discutirte —sentí su mirada clavada en mi perfil—. Pero todavía no me has dicho cómo encontraste a Seb.
Pillada. Al Delta Kass no se le escapaba nada.
—Encontrar a Seb me costó lo suyo —apreté los dedos en el volante.
¿Cómo contarle esto?—. Cuando aterricé en Maracaibo, fui a un cibercafé, entré en mi correo y contacté con un viejo amigo que me ayudó a localizar a Seb.
El consulado estadounidense lleva buen registro de los expatriados por aquí.
Una vez que tenía ubicado a Seb, di por hecho que también te tenía ubicado a ti.
Mis otras buenas amigas, las Hermanas de la Caridad, me echaron una mano.
—Sí, hablando de eso —mantuvo el gesto serio, pero un destello de diversión le brilló en los ojos—. No puedo creer que confiaran en una alborotadora como tú para llevar el hábito.
—Hemos trabajado juntas antes. Yo recaudo fondos para sus buenas obras siempre que puedo y ellas me ayudan a combatir las injusticias de un gobierno corrupto siempre que pueden.
Se pasó una mano por el pelo y se frotó la boca con los dedos.
—Eres imparable.
—Más o menos —le dediqué una sonrisa—. Qué amable por tu parte darte cuenta.
—¿Qué tal tu mano? —preguntó de pronto.
—La mano está bien —la levanté para mostrarle el nuevo vendaje impermeable que me cubría la palma—.
Las hermanas insistieron en traer a una doctora.
Me examinó la herida, vio que seguía curándose bien y reforzó los antibióticos que me diste.
Mira —moví todos los dedos en el aire—. Ya ni siquiera me duele.
—Eso son buenas noticias —frunció el ceño de nuevo—. Espera. Las monjas. Estabas entre las monjas que fueron al supermercado esta mañana. Sentí que me observabas.
—Es difícil engañar a ese sexto sentido tuyo —sonreí y giré hacia un camino de tierra.
—Y aun así me dejaste de piedra cuando apareciste.
Su confesión me arrancó otra sonrisa.
—Nada mal, ¿eh?
—Nada mal, desde luego —se le curvaron los labios—. ¿Tú con hábito de monja? Eso sí que no esperaba verlo ni en un millón de años.