Capítulo nueve
Kass
Un hidroavión y veinticuatro horas después, pisaba tierra en la ilustre ciudad de Maracaibo. A la espera de la señal para actuar, estaba sentado en un café frente a un edificio de diez plantas que mis informantes habían identificado como la residencia de Arturo cuando estaba en la ciudad.
Di otro sorbo al expreso y consulté el reloj.
Seb llegaba tarde.
Contuve la impaciencia y me recosté en la silla, con los ojos y oídos bien atentos mientras volvía a examinar el objetivo.
El edificio de enfrente tenía seis apartamentos por planta, salvo el último piso. Un amplio balcón recorría toda la fachada, lo que confirmaba la información que tenía. La guarida de Arturo era el ático del décimo.
La seguridad era férrea. Vigilantes uniformados custodiaban las puertas principales de la planta baja. También había identificado agentes adicionales de paisano que controlaban la zona y un vehículo de patrulla sin distintivos que pasaba cada veinte minutos aproximadamente.
Lo bueno era que un edificio tan vigilado significaba que dentro había algo que valía la pena.
Sí, apostaba por ello.
El equipo de Seb en la zona me aseguró que Arturo estaba ingresado en un pequeño hospital privado al otro lado de la ciudad y que no le darían el alta hasta la mañana siguiente. Tee lo había mandado allí, mi fiera Titan. El hospital estaba especializado en, ¿qué si no? Cirugía plástica facial.
La vanidad de Arturo había influido en la elección de esta ciudad como destino. Había salido pitando de la selva como si le ardiera el culo. Supongo que el cabrón no quería ir por ahí con un agujero en la cara el resto de su vida.
Pero los agentes de Seb también habían interceptado un mensaje de texto muy cifrado del móvil de Arturo. Como no contaba con la extraordinaria pericia técnica de mi hermano Max para esta misión, pagué un extra para que descifraran el texto.
Di en el clavo.
«El fracaso no me hace gracia. Preséntate en el cuartel general de inmediato. Acompañarás personalmente al nuevo proveedor de servicios y entregarás la carga completa en el plazo previsto. El incumplimiento de tu contrato tendrá consecuencias inmediatas, incluida la ejecución».
El texto era puro Zero Tango, coherente en todo con su modus operandi. Si esto salía bien, estaría en posición inmejorable para seguir a Arturo hasta las puertas de Zero Tango y mandar a los dos al infierno.
¿Lo mejor?
Arturo había picado el anzuelo y enviado al grueso de sus secuaces a perseguir a mi doble hasta Brasil. Ni él ni Zero Tango esperaban que apareciera aquí, en pleno corazón de su territorio, en lo que yo creía que era el centro de una intrincada red criminal.
Así que ahora solo me quedaba entrar en la guarida local de Arturo y averiguar los jugosos detalles.
Volví a mirar el reloj. Maldita sea. ¿Dónde demonios se había metido Seb?
Recorrí con la mirada las calles llenas de baches y los edificios grises y deteriorados que se desmoronaban a mi alrededor.
Una lástima. Maracaibo había sido en otro tiempo una ciudad próspera a orillas del extenso lago del mismo nombre, la joya de la corona de la antaño floreciente industria petrolera venezolana.
Lo sabía porque había trabajado aquí durante mis años en Delta. Habíamos usado Maracaibo como base de operaciones para varias misiones de eliminación de terroristas, narcotraficantes y traficantes de armas a lo largo de la frontera colombo-venezolana.
Ya entonces la ciudad tenía problemas, pero nada tan desolador como esto.
Hoy en día, Maracaibo se había ido al garete, y nunca mejor dicho. Perros callejeros sarnosos y famélicos vagaban por las calles, junto con las bandas que dominaban la ciudad y se paseaban en motos y ciclomotores, aterrorizando a la población día y noche.
Observé la larga cola de gente con rostros sombríos que abarrotaba la acera, a la espera de entrar en el mercado de la esquina con la esperanza de poder comprar algo, lo que fuera. Aquí, el ciudadano de a pie no podía permitirse ni media docena de huevos.
A dos manzanas de distancia divisé un grupo de monjas que salían del asilo de ancianos contiguo a la iglesia, cestas en mano.
Debían de estar asándose dentro de sus hábitos negros y tocas blancas.
Avanzaron por la acera con la determinación de soldados que marchan al combate y se sumaron a la larga cola del supermercado de enfrente.
Sentí lástima por aquella gente.
Me levanté el panamá y me sequé el sudor de la frente antes de volver a colocármelo.
En Maracaibo hacía un calor infernal. Era como ahogarme en mi propio sudor.
Los pantalones negros y la chaqueta negra que llevaba sobre una camisa de vestir también negra solo agravaban la sensación de estar asándome vivo.
Pero estaba acostumbrado a este tipo de trabajo y, dada mi descripción física —rubio, de ojos azules y blanco como la leche— tenía que mantener la tapadera.
Me hacía pasar por un empresario ruso, que, junto con agentes cubanos e iraníes, eran ahora presencia habitual en Maracaibo. Todos estaban allí para hacerse con más derechos petroleros.
¿Aquella ciudad convertida en infierno? Era uno de los teatros de operaciones más complejos, difíciles y peligrosos del mundo.
Un hormigueo en la nuca me puso en alerta. Con los ojos ocultos tras las gafas de aviador espejadas, examiné la zona: la acera abarrotada, los edificios de alrededor y el tráfico intermitente de la calle.
Nada.
No conseguía quitarme la sensación de que alguien me observaba, pero era incapaz de identificar quién ni desde dónde. Confiaba en mi sexto sentido. Alguien me vigilaba. ¿O me estaba volviendo paranoico con los años?
El móvil vibró tres veces en el bolsillo interior de la chaqueta. Tres minutos después, Seb apareció entre la gente que hacía cola en la acera.
Por fin.
Con una gorra de béisbol y unos vaqueros, se confundía con los lugareños. El eslogan en la espalda de la camiseta rezaba Viva la revolución.
Me obligué a relajarme. Giré la cabeza a un lado y luego al otro para una última comprobación visual.
La sensación de estar siendo observado había desaparecido.
La tensión del estómago se aflojó. Pero confiaba en mis instintos.
Alguien me había estado vigilando. Lo más probable era que hubiera sido Seb quien había activado mis alarmas mentales.
Con sus largas piernas, que devoraban la distancia, pasó junto a mí y, tras cruzar la calle, desapareció a la vuelta de la esquina. Esperé unos instantes, dejé unos bolívares en la mesa y crucé la calle con paso tranquilo para seguirlo.
Una verja de hierro abierta me indicó que debía entrar en un pequeño edificio de apartamentos a mi izquierda.
Oculto en las sombras, Seb me esperaba justo dentro.
Sin mediar palabra, cerró la verja tras de mí y me guio escaleras arriba por unos peldaños de hormigón hasta un apartamento en el sexto piso, el último de aquel viejo y achaparrado edificio.
El apartamento estaba sin muebles, destrozado y aparentemente abandonado. Nuestros pasos resonaron en el espacio mientras cruzábamos la habitación, abrimos la puerta corredera de cristal y salimos al balcón.
El balcón quedaba completamente a la sombra del edificio más alto que había estado vigilando. Los dos edificios tenían diseños y alturas diferentes, así que los pisos no coincidían. El sexto piso del edificio donde yo estaba daba a un muro de ladrillo.
—Ahí está nuestro punto de entrada —Seb apuntó con dos dedos hacia un balcón frente a nosotros—. La señora que vive ahí salió del edificio hace tres minutos. No sé cuánto tiempo estará fuera, así que tenemos que movernos rápido.
—Entendido —me quité las gafas de sol, las guardé en el bolsillo del pecho y, apoyándome en la barandilla, estudié mis opciones.
El balcón donde estaba era grande, de unos tres metros y medio de ancho por dos y medio de fondo, rodeado por una barandilla de hormigón que sobresalía unos dos metros de la pared a cada lado.
El segundo balcón, al otro lado, era un objetivo más pequeño y estaba cerrado por una barandilla de hierro forjado. Quedaba ligeramente hacia la derecha desde donde yo estaba, unos dos metros por debajo de nosotros.
Vaya mierda.
Respiré hondo para calmarme. La gravedad podía ayudarme o perjudicarme. No era un salto viable si quería salir del país de una pieza. O vivo.
Debajo de mí, sentado bajo un mango, un guardia fumaba un cigarrillo, despatarrado en una silla plegable destartalada, vigilando la entrada trasera del edificio de Arturo. De vez en cuando alzaba la vista con desgana. Otros balcones y ventanas nos rodeaban.
Riesgo de detección: Alto.
—Voy a necesitar que crees una distracción en la parte delantera del edificio —dije, echando un vistazo a los tejados.
—Eso te dejaría solo para la infiltración —señaló Seb.
—No hay problema —examiné el suelo de abajo—. Solo necesito unos treinta segundos. El plan es este: distrae al guardia, busca un puesto de observación y mantente en contacto.
Saqué el auricular del bolsillo, me lo coloqué y activé las comunicaciones, indicándole a Seb que hiciera lo mismo.
Su pequeño pero eficiente equipo había conseguido algunos artículos necesarios para la misión, incluido el móvil que llevaba en el bolsillo y estos equipos de radio básicos: hallazgos excelentes en el mercado negro. No muy sofisticados, pero servirían.
—Si ves algo sospechoso, avísame —miré el reloj y me di quince minutos para completar la tarea—. Punto de encuentro a las diecisiete en punto, dos manzanas al sur, en la calle detrás de la iglesia.
Seb asintió.
—¿Contingencia?
—Si no estoy en el punto de encuentro a las diecisiete, ve a la casa de seguridad y espera instrucciones. Si no sabes nada de mí en seis horas, lárgate de aquí, rápido.
Seb frunció más el ceño.
—No te dejaré atrás.