Capítulo seis
Kass
Me costó lo mío, pero cuando por fin logré controlar mi ira, fui con paso decidido a la cabaña de Seb. Juntos, perfilamos los detalles de la siguiente etapa de mi plan, que incluía desplegar a un par de operativos locales para hacerse pasar por mí y fingir que me dirigía al sur con mi carga.
Mi estrategia era crear una distracción y despistarlos. Quería que Zero Tango, Arturo y sus matones creyeran que estaba huyendo hacia la frontera brasileña a toda velocidad. Cuando Seb y yo terminamos de planificar, volví a la cabaña para ver cómo estaba Tee, esta vez con mi ira bajo control.
Vestida solo con una camiseta del montón de ropa limpia que Seb nos había dado, dormía profundamente en la cama. La mujer poderosa capaz de fulminarme con solo arquear las cejas parecía dulce e inofensiva sobre las suaves sábanas blancas.
El aire acondicionado estaba a tope. La tapé con una manta, suspirando con pena al perder de vista sus piernas desnudas. Pero quizás era mejor así. Reducía la tentación. Siguió durmiendo incluso mientras me duchaba y me ponía mis pantalones cortos cargo y una camiseta limpia.
Garabateé una nota en el bloc del escritorio para decirle que se quedara en la cabaña y descansara un poco más. Yo me encargaría de nuestra tapadera y le mandaría algo de cena.
Mientras me preparaba para salir, contemplé a la Bella Durmiente. Con los ojos cerrados y el rostro relajado, parecía casi tan joven como aquella mañana en que despertó a mi lado después de cumplir dieciocho años.
Los recuerdos de nuestra primera vez juntos me transportaron al pasado. Estaba de vuelta en el hotel, yendo de un lado a otro frente al baño, luchando con una erección que me había torturado todo el día.
Había trabajado en tres curros para costear la lujosa habitación de hotel donde quedamos para celebrar la mayoría de edad de Tee. Llevaba esperando ese momento desde que Tee tomó la iniciativa, me alistó a su servicio con un beso y se adueñó de mi solitario corazón.
Nos deseábamos con locura cada día, pero habíamos esperado hasta que cumpliera los dieciocho. Sabíamos que si nos acostábamos antes de su mayoría de edad, su padre me acusaría de algún crimen horrible y arruinaría mi nueva vida. Con mis antecedentes juveniles, no podía permitirme un paso en falso.
También quería que fuera especial para ella porque cuando me eligió como su novio, a mí me hizo sentir especial.
Me había costado todo lo que tenía no lanzarme sobre ella cuando salió llevando solo una blusa vaporosa y unas bragas rosas con volantes. Su placer era lo primero, así que alargué los preliminares hasta que sus bragas quedaron empapadas bajo mis dedos y se retorcía en mis brazos, gimiendo de deseo.
Le quité las bragas y me tendí sobre ella, apoyándome en los codos. Estaba a punto de deslizarme en sus profundidades cuando desplegó un batallón de besos que me volvieron loco. Me hizo rodar boca arriba, se montó sobre mí y, al más puro estilo Tee, me acogió dentro de su cuerpo.
El placer de estar dentro de ella. Me dejó atónito. Nunca había sabido que algo pudiera sentirse tan bien, tan intenso, tan perfecto.
Ella me hizo hombre al mismo tiempo que yo la hice mujer.
Durante el resto de la noche, seguimos sin parar. Una y otra vez ella bautizó mi polla con su coño y yo consagré su coño con mi semilla, recuperando el tiempo perdido mientras aprendíamos juntos el significado del placer.
Incluso ahora, mirando a la mujer dormida en la cama, me empalmé recordando el calor del cuerpo de Tee envuelto alrededor de mi acero. La erección me tiraba de la ingle y me palpitaba en la polla.
Será mejor que me largue de aquí. Antes de que me deje llevar por mis impulsos y la cosa se complique aún más.
Obligué a mis pies a caminar hacia la puerta. Al menos Tee estaba a salvo. Por ahora. Mejor quedarme fuera de la cabaña para que siguiera a salvo... de mí.
***
Bajo un cielo resplandeciente de millones de estrellas, me senté a la mesa intentando disfrutar de una generosa copa de un ron de Venezuela excelente. Pero mi humor de perros agriaba los sabores en mi boca y no estaba para socializar.
Algo me estaba royendo por dentro. Culpaba a Tee. En un momento me seducía solo con ser ella misma. Al siguiente, hacía cosas que me sacaban de quicio.
Tenía la capacidad de reducirme a mi versión más imbécil. Cuando estaba cerca de ella, solo podía gruñir y refunfuñar. No lograba entender su poder sobre mí.
Aun así, me obligué a mezclarme con los invitados para consolidar nuestra tapadera.
Mantuve los sentidos alerta mientras escrutaba el entorno.
Había que reconocérselo a Seb. El servicio era de primera y el lugar era extraordinario.
Su campamento de pesca era una tapadera para operar en la zona, pero su gente sabía cómo crear ambiente.
La luz de las velas parpadeaba sobre el mantel blanco inmaculado que cubría la larga mesa plegable montada en la playa, a solo unos pasos del río que fluía en silencio.
El aroma del pescado fresco asándose a la parrilla me hacía la boca agua.
Un círculo de potentes velas de citronela y abundante repelente reducían la presencia de bichos a un nivel soportable, lo que permitía cenar al aire libre.
Aun así, mis oídos captaban el zumbido hipersónico de los mosquitos volando más allá de las antorchas tiki. De vez en cuando, el aleteo sordo de los murciélagos atravesaba la noche, añadiendo percusión al canto de las cigarras y el croar de las ranas.
Aquello era un concierto primigenio en toda regla.
Más allá de la línea de árboles, la selva ondulaba, crujía y susurraba rebosante de vida, un superorganismo vivo que respiraba y acunaba los secretos de la vida y la muerte en su seno.
Bebiendo a sorbos, envuelto en los sonidos y aromas del mayor logro de la naturaleza, escuché los sobrios relatos de Seb.
Tantos peligros amenazaban la selva: biopiratería, contrabando, construcción de presas, minería ilegal, tala, deforestación, quemas masivas...
Todo ello causaba daño permanente al último par de pulmones funcionales del planeta.
Me golpeó la idea de que la selva era una madre antigua y asediada, exhalando sus últimos alientos en nombre de un planeta cuyos hijos estaban empeñados en matarla.
Joder.
Tenía que dejar de pensar así de negativo. No es que tuviera mucha fe en mis semejantes, pero incluso un imbécil cínico como yo necesitaba algo de esperanza para seguir en la lucha.
Estaba de un humor de perros y lo sabía.
Mis pensamientos volvieron a aquella tarde, a la pelea que había tenido con Tee. Me enfurecía que no confiara lo suficiente en mí para contarme la verdad. Necesitaba saberlo todo para ejecutar esta extracción: quiénes eran sus enemigos y sus aliados.
Pero lo que más me jodía era que no pudiera apoyarse en mí. Podría ser un imbécil la mayor parte del tiempo, pero ella tenía que saber que podía contar conmigo.
¿Verdad?
Por vigésima vez aquella noche, examiné a los comensales: Luis, el farmacéutico de Kentucky, y su esposa Lucy, ama de casa; Alfred y Taylor, hermanos cerveceros de Wisconsin; Antonio, el imponente banquero italiano; y Mason, el bajito y autoproclamado empresario tecnológico de Nueva York, que se bebía los tragos a la velocidad de la luz.
Seguro que eran buena gente, pero en mi cabeza solo podía verlos como posibles amenazas.
Tranquilo, Ice. No hace falta que demuestres tus técnicas de interrogatorio.
Acababa de dar un sorbo a mi ron cuando Tee emergió de la oscuridad y entró en el círculo de luces parpadeantes que formaban las antorchas tiki. Me quedé paralizado, evaluando automáticamente el entorno en busca de cualquier amenaza contra ella.
Maldita sea.
¿Acaso no había leído la nota en la que le pedía que se quedara a salvo en la cabaña, lejos de las miradas? Ya le había dicho a todo el mundo que «mi esposa» había estado indispuesta. Pero ahora Tee estaba aquí y el estómago me dio otro vuelco de irritación.
Debería haber sabido que esa fierecilla nunca seguiría mis instrucciones.
El resplandor del fuego proyectaba sombras que resaltaban sus rasgos, realzando sus pómulos altos y las líneas tentadoras de su boca pequeña y carnosa.
La luz parpadeaba en sus iris dorados, dotando su rostro de un halo mágico que hizo enmudecer la conversación alrededor de la mesa.
La mirada imperial de Tee recorrió a los invitados antes de posarse en mí, desafiante como siempre.
Enmarcada por una exuberante Vía Láctea, estaba deslumbrante.
Llevaba el pelo recogido en la nuca, desde donde sus rizos color miel caían por la espalda en una cascada de ondas.
Sus pantalones cortos vaqueros le llegaban muy arriba en los muslos, dejando al descubierto sus largas piernas atléticas y ciñéndose a la curva perfecta de su trasero.
La camiseta de tirantes blanca se le amoldaba a los pechos, marcando sus pezones erectos y el porte regio de su cuerpo.
Dios todopoderoso, ten piedad de mí.
Solo con mirarla se encendía la lujuria que me endurecía la polla.
¿Por qué tenía tanto poder sobre mí? ¿Por qué no podía quitármela de la cabeza, por mucho que lo intentara? ¿Alguna vez me libraría de las emociones que me atenazaban el pecho cada vez que la veía, de la lujuria que dominaba mi mundo cuando ella estaba cerca?
Apuré de un trago el resto de mi copa, ardiendo en mi silla como un volcán a punto de explotar. Y entonces eso que me había estado carcomiendo toda la noche se detuvo cuando caí en la cuenta. Por mucho que lo intentara, siempre iba a estar caliente por Tee. Nunca iba a superar a esta mujer.
Nunca.
Ella había sido mi primera, la única que había importado de verdad, y el día que la parca viniera a por mí, ella sería mi último pensamiento antes de desaparecer de la existencia.
Joder, hostia puta, ¿qué significaba eso? Me daba vueltas la cabeza. ¿Estaba destinado a vivir el resto de mi vida suspirando por ella? ¿Esta maldita condición que me afligía iba a ser permanente? ¿Estaba jodido de por vida?