Capítulo Dos #3
Nada como un grupo de chicos malos para sacarme de la aburrida rigidez que mis padres me imponían. Jax, Max, Troy, Apollo, Kass y Leo eran toscos y siempre iban con el mundo a cuestas, pero también eran inteligentes, divertidos, atrevidos y valientes.
Me encantaba que no tuvieran miedo de enfrentarse a los matones del colegio ni a las autoridades, lo que significaba que se metían en peleas y líos constantemente, pero siempre por buenas razones.
Como era hija única, su peculiar forma de hermandad y su lealtad mutua los hacían brillar ante mis ojos.
Para ser un grupo de supuestos delincuentes juveniles, estaban a años luz de todos los demás en el colegio.
Tenían sueños enormes, ambiciones descomunales y corazones de oro.
Gracias a ellos, pude vislumbrar el mundo que nunca había visto: el real.
Me fascinaban.
Al final de la segunda semana de clases, todos éramos mejores amigos. Bueno, excepto Kass, por supuesto. El hermano rubio había convertido en un arte el ignorarme, estudiándome con su mirada gélida y escéptica, sumido en su silencio habitual.
Era lo que yo llamaba un mudo por elección, un chico que solo confiaba en sus hermanos y se negaba a relacionarse conmigo. Era todo un desafío, y a mí siempre me habían encantado los desafíos.
Un viernes fatídico, todos nos escapamos del colegio para jugar a videojuegos en el pequeño bungaló de los Battleson. Los seis hermanos compartían un sótano abarrotado de tres literas y el sistema de entretenimiento de segunda mano que habían comprado a escote.
Los chicos eran los mejores jugadores de Call to Battle que había conocido en mi vida. Pero yo también era buena, y con ellos me soltaba.
Desde la primera vez que puse los ojos en Kass, su aspecto vikingo me había cautivado. Pero fue su mente la que me intrigó hasta la obsesión. Esos ojos azul cielo que cambiaban con la luz delataban una mente siempre activa, que no paraba de cuestionarse las cosas, de evaluar, de procesar.
Estaba enganchada.
Era mi opuesto en todos los sentidos. Él era alto, callado, enigmático e intenso.
Yo era baja, habladora, directa y tenía opinión para todo.
Él era blanco, de ascendencia nórdica europea.
Yo era la versión moderna del crisol americano, una mezcla que incluía sangre negra, hispana, asiática, escocesa y solo Dios sabía qué más. Él era hielo. Yo era fuego.
Sí, veníamos de mundos diferentes.
Pero cuando gané la partida para el equipo, Kass me había mirado con esos ojos azules brillantes entrecerrados y no me había quedado más remedio que actuar.
Fingí un ataque de sed y una necesidad imperiosa de una Coca-Cola Light, lo atraje a la cocina y allí lo embosqué con un beso que lo dejó atontado.
El resto era historia antigua.
—¿Titan? —Su voz me devolvió al presente—. Ya casi termino, pero necesito que te quedes muy quieta. ¿De acuerdo?
Nuestras miradas se encontraron y se sostuvieron. La mayoría de la gente pensaba que sus ojos eran fríos, despiadados y distantes. Pero yo sabía más. Oh, sí. Lo sabía. Porque me había tomado el tiempo de desnudarlo por completo, tanto en sentido literal como figurado.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Kass Battleson, el primer chico al que había besado, mi primer novio, mi primer amante, mi cómplice, mi exprometido, conquistador de mi corazón y destructor de mi alma, estaba aquí, llamándome Titan.
Si eso no bastaba para derribar los muros que contenían mi terror, su contacto casi acabó conmigo.
La calidez de sus dedos callosos rozando suavemente mi piel me invadió, y me trajo el recuerdo de las interminables horas de placer que me había dado a lo largo de los años, de la satisfacción que nos habíamos proporcionado mutuamente, de la alegría que habíamos descubierto juntos.
Alejarme de Kass había sido lo más difícil que había hecho en mi vida. Que me capturaran y me encarcelaran, la descarga del táser y el dolor horrible de aquel clavo atravesándome la mano no eran nada comparados con la agonía de abandonar al único hombre al que había amado.
Pero toda esa miseria no era nada comparada con el horror de servir de cebo para su destrucción. No iba a ser la causa de su muerte.
—Kass, si te pasa algo malo...
—Algo malo ya me ha pasado —se dejó caer de nuevo al suelo, donde yo no podía verlo—. Por eso estoy aquí, para arreglarlo. Así que cálmate, conserva energías y déjame hacer mi trabajo.
—Pero...
—Déjame terminar —dijo—. Cuando estés libre, puedes exigir que te llame Emperatriz Tee la Poderosa si quieres. Su Majestad Imperial podrá entonces decirme cuánto me odia y echarme. Pero por ahora, tengo que concentrarme.
¿Pensaba que yo lo odiaba a él?
¿Había olvidado que él había roto conmigo?
¿Cómo podía pensar que lo odiaba cuando todo lo que había hecho desde el momento en que me echó de su casa era luchar por un futuro con él?
—Quieta —murmuró desde debajo de la plataforma—. Allá vamos. Tres, dos...
No llegó al uno. En vez de eso, algo crujió bajo la plataforma y el metal tintineó debajo de mí.
Cerré los ojos y esperé la explosión que nos haría pedazos.