Kass (Romance militar de héroes alfa nº 5)
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Capítulo Uno
Kass
La selva amazónica no era el lugar donde quería estar a mediados de marzo, al comienzo de una temporada de lluvias tempranas que ya había batido todo tipo de récords.
El agua caía del cielo en torrentes, calándome hasta los huesos como si llevara papel higiénico en lugar de equipo impermeable de última generación.
Y, sin embargo, ni la selva, ni la tormenta, ni siquiera las aguas crecidas del río Negro desbordándose podían impedirme completar mi misión esa noche.
Liberty Rose había desaparecido.
Estaba empeñado en encontrarla.
Consulté la función GPS del equipo de misión sujeto a mi antebrazo. Iba por buen camino. Era medianoche, la hora en que comenzaban las pesadillas, cuando las criaturas míticas de los reinos oscuros se colaban en los corazones y las mentes de los hombres para atormentarlos con el miedo.
Estaba al acecho.
Protegido por mi vieja amiga, la oscuridad, avancé con todos los sentidos alerta. Capas de niebla se elevaban del suelo y nublaban la noche, pero mis ojos ya se habían adaptado a la falta de luz.
La descomunal tormenta había inundado la selva tropical. Joder, hasta los peces se estaban ahogando esa noche. El estrecho sendero de caza que conducía a mi objetivo se había convertido en una trampa de barro que me chupaba las botas con hambre demoníaca.
Mi viaje al inframundo del Amazonas había comenzado una semana atrás, cuando mi hermano Jax y yo estábamos atrapados en mi yate, zarandeados por el oleaje frente a la costa de Honduras, esperando que el tiempo diera una tregua.
Jax y yo habíamos sido desplegados como avanzadilla en una misión para distraer y atrapar a Zero Tango, el misterioso enemigo que había organizado varios ataques casi letales contra nosotros en el último año. Estábamos a punto de desatar la furia de los Battleson cuando recibí la llamada.
Me puso la vida patas arriba y lo cambió todo.
El embajador Raphael Rose III era un mierda odioso con traje elegante, un hombrecillo engreído y retorcido cuyas credenciales diplomáticas ocultaban a un hijo de puta astuto.
Nunca le había caído bien y siempre se había esforzado por humillar y menospreciar al chico larguirucho y jodido que yo era cuando conocí al cabrón.
Por desgracia, también era el padre de la única mujer que había amado en mi vida: Liberty Rose, alias Tee.
En cuanto el nombre del embajador apareció en mi pantalla, supe que no llamaba para charlar. Llorando al teléfono, me contó que Liberty había estado trabajando en un pueblo costero de Venezuela cuando la secuestraron.
Sus captores exigían un enorme rescate a cambio de su vida. Cuando dejó de sollozar, el imbécil tuvo los cojones de pedirme que encontrara a su hija. Como favor personal, añadió.
¡Ja!
Incluso ahora, mientras avanzaba a duras penas por la selva, resoplé tan fuerte que el ruido habría asustado a los monos si hubiera habido alguno cerca.
Solo recordar el descaro del cabrón me hizo refunfuñar de nuevo.
Ni la misericordia ni la gracia formaban parte de mi ADN.
El embajagilipollas no recibiría nada de eso de mi parte.
Se lo dejé perfectamente claro a Rose III: no le estaba haciendo a él ningún favor.
Lo haría por Liberty.
Por ella.
No por él.
Decir que estaba cabreado con todo esto era quedarse muy corto. No solo estaba que trinaba con Rose, también estaba furioso con Liberty.
Le había dicho un millón de veces que esto iba a pasar si seguía corriendo por todo el mundo buscando problemas. Le dije que no fuera. Le insistí en que dejara de buscar formas dolorosas de acabar muerta y se quedara en lugares donde yo pudiera garantizar su seguridad.
¿Pero me había escuchado?
Y una mierda. No lo había hecho.
Esa fierecilla indomable no era soldado mío y se había encargado de recordármelo. Se había negado a entrar en razón.
Se largó, supuestamente para unirse al Cuerpo de Paz, desafiándome y arriesgando su precioso cuello para jugar a ser el ángel de la misericordia en un mundo cruel y peligroso donde los ángeles acababan muertos con demasiada frecuencia.
La vieja indignación volvió a arder en mí. Apreté la mandíbula, me limpié la lluvia de la cara y seguí avanzando. Quizás debería haber encerrado a Liberty en el ático hasta que le creciera algo de sentido común en ese poderoso cerebro suyo.
Por razones obvias, Liberty y yo ya no éramos pareja. El embajagilipollas había contribuido a la ruptura, pero yo era el primero en admitir que había un montón de otras razones por las que ella y yo éramos una mezcla explosiva.
Ella venía de familia de abolengo. Yo venía de la mierda más reciente.
Ella tenía clase. Yo no tenía ni puta idea de qué era eso.
Ella era una bruja imprudente, feroz y ardiente.
Yo era un cabrón de primera, tenía que serlo, me había forjado para serlo, para sobrevivir en un mundo donde el pez grande se comía al chico y el músculo mandaba al servicio del todopoderoso dólar.
Y luego estaba lo de pedirle a Liberty que se casara conmigo. Sí, lo había hecho, imbécil de mí. Ella dijo que sí, luego cambió de opinión y me dejó tirado para unirse al puto Cuerpo de Paz. Para entonces ya había pillado el mal hábito de hacer el bien por todo el mundo.
Temeraria inconsciente.
Intenta conseguir que una salvadora del mundo se mantenga alejada de los peores desastres de la humanidad y deje su adicción a sentirse bien, y luego mírala darte una patada en el culo y acusarte de ser un capullo.
Capté el mensaje. Esa mierda grita «Se Acabó» como un letrero de neón en el Strip de Las Vegas. Pasar por algo así puede destrozarle las tripas a cualquiera.
Pero yo no. Y una mierda. Yo era Fuerza Delta. Luchábamos pasara lo que pasara. Y como Battleson de pura cepa, también era un superviviente.
¿Me rompes la rótula? Sigo caminando. ¿Me disparas por la espalda? Te hago una peineta y te meto una bala en el cerebro. ¿Vienes a por mis tripas con un cuchillo? Desvío la hoja y te la clavo en el corazón.
Liberty sabía todo eso de mí. Que era un hijo de puta duro y peligroso. Que estaba tallado en hielo glacial y que mi corazón estaba encerrado en capas de escarcha. Que no cedía ni un milímetro y que no pensaba, sentía ni funcionaba como el resto de la raza humana.
Creo que por eso se fue en realidad.
Desde entonces, me había arrancado sus garras del alma y me había entrenado para no sentir nada más que obligación hacia ella. Sí, ese era yo, pura disciplina. Los blandengues no llegan a la Unidad.
Lo que significaba que no estaba atravesando esta maldita selva porque amara a Liberty.
Ni porque ella me amara a mí. Lo nuestro había terminado.
Había venido por otras razones, razones sólidas que no tenían nada que ver con la ficción del amor ni con ese estado de locura que vuelve idiota a cualquier soldado raso.
Ignorando la presión que me oprimía el pecho cada vez que pensaba en Liberty, respiré hondo, me detuve junto a un camino de tierra embarrado y me agaché a examinar la superficie.
Huellas de neumáticos. Ya estaba cerca.
Otra mirada al GPS me llevó a cruzar el camino y atravesar una franja de espesa selva tropical.
Me colgué la carabina al hombro y saqué el machete para cortar las lianas que me bloqueaban el paso.
A pesar del ardor en el bíceps, machetear se sentía bien.
Aplacaba mi furia y me mantenía concentrado en la misión.
La lluvia torrencial tamborileaba sobre el casco táctico y amortiguaba los hachazos monótonos de la hoja de metal contra el follaje. El aliento húmedo de la selva se enroscaba a mi alrededor como una anaconda.
Pero oye, ni siquiera las serpientes andaban por aquí esta noche. Yo era el único idiota empapado recorriendo estos parajes. Joder, a estas alturas seguro que me florecían orquídeas y bromelias en los pulmones y ya me crecía una capa viscosa de líquenes y moho entre los dedos de los pies.
Mientras me colaba entre las hileras de alambre de púas oxidado, esa sensación de inquietud que quería joderme la cabeza volvió a atormentarme.
El embajador había dicho que Liberty había gritado cuando sus secuestradores la pusieron al teléfono. Pero ella era dura. Si había gritado, es que le estaban haciendo daño. Lo que significaba que quien la hubiera lastimado iba a morir esta noche a mis manos.
Era una regla simple que tenía: si alguien le ponía la mano encima a uno de los míos, lo mataba. La venganza no solo era dulce. Era necesaria.
Mis hermanos caían dentro de la categoría de protegidos por Kass. Sus parejas e hijos también, porque eran míos. Liberty estaba en esa lista exclusiva, no porque hubiéramos sido amantes alguna vez —nunca por eso—, sino porque había sido la primera amiga de verdad de los Battleson.
En aquella época, cuando nosotros seis desesperados logramos salir del reformatorio, Liberty había sido la única persona entre tres mil y pico estudiantes de secundaria que había tenido las agallas de juntarse con nosotros. Todos los demás nos daban de lado.
Esas cosas cuentan mucho cuando eres un adolescente destrozado, traicionado por tu familia y al que su donante de esperma le ha tendido una trampa para que cargue con sus crímenes.
El día en que me convertí en huérfano biológico, Tee estuvo a mi lado como una campeona.
Cuando mi pobre excusa de padre estiró la pata con una muerte tan violenta como había sido su vida, mis posibilidades mejoraron de golpe.
Desde entonces, me había empeñado desesperadamente en no convertirme en él.
Aunque solo éramos adolescentes cuando nos conocimos, Tee había percibido toda la mierda que bullía dentro de mí. Había visto algo en mí, quizá incluso el futuro que podía construirme. Al creer en mí, me había hecho creer en mí mismo.