Capítulo Diez #3
¿Era una simple constatación o una indirecta por mi hostilidad?
En cualquier caso, era impresionante, igual que el resto de su persona.
—Menudo discursito, Obi-Kai Kenobi —A diferencia de él, me aseguré de que cada palabra destilara ironía—. ¿Por qué iba a necesitar saber nada de eso sobre ti?
—Veo que no eres muy dada a la comunicación —Sus ojos marrones brillaron, pero mantuvo el tono neutro y la mano en la silla que me ofrecía—. Pensé que quizás te sentirías más segura si entendieras quién soy y lo que represento.
Lo que representaba.
Era algo interesante en un mundo donde la mayoría de la gente solo se representaba a sí misma y a sus beneficios, una forma firme pero amable de transmitir que tenía principios, otra rareza. Si a eso le sumaba que parecía relajado y a gusto consigo mismo, me enfrentaba a una persona formidable.
Sin recurrir a la violencia ni al veneno, había dejado clara su postura.
Con unas pocas palabras, había demostrado que, a diferencia de la mayoría de los hombres que conocía, no era un pelele con el que pudiera fregar el suelo, ni un narcisista arrogante y egocéntrico que quisiera pisotearme.
Era dueño de sí mismo, y quizás por eso me recordaba a Nix y Dash.
Sentía curiosidad por Kai, y apreciaba su franqueza, pero también desconfiaba.
—Las palabras suelen engañar. Las acciones son la prueba del nueve.
—Entendido —Asintió con firmeza y señaló la silla que sostenía—. ¿Te sientas?
Tomé asiento. Estaba hambrienta, y los aromas que llegaban de la mesa me mareaban. Examiné lo que tenía delante y señalé una fuente.
—¿Qué es eso?
—Esta mañana pesqué un opakapaka de buen tamaño —Se sentó en el banco frente a mí.
—¿Pescado? —Mi cara nunca ha sabido guardar secretos. No pude evitar arrugar la nariz.
—No me digas —Soltó un suspiro resignado—. ¿No comes pescado?
—No mucho —dije, directa como siempre.
—Bueno, quizás te guste mi pescado —sugirió—. Es la receta de mi abuela, y lleva un chutney de piña, coco y mango.
Intenté no hacer otra mueca. Por cómo se le tensó la boca, vi que había fracasado.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo—. ¿Por qué no te gusta el pescado?
—Oh, ya sabes —No quería contar la patética historia—. Soy tiquismiquis con la comida, tengo las papilas gustativas defectuosas.
—Tiquismiquis, quizás, pero no hay nada defectuoso en ti, Cece. Tengo la sensación de que tienes una razón para todo lo que haces.
Era cierto, y aunque mi impulso siempre era no dar explicaciones, esta vez, por razones que no alcanzaba a entender, lo hice.
—Si tienes que saberlo, después de que muriera mi madre, mi Padre convirtió en un arte castigarme cada vez que volvía del internado y me negaba a comer el salmón que importaba de su finca escocesa.
—¿No te gustaba el salmón? —preguntó mientras removía la ensalada.
—No era por el salmón —¿Cómo podía explicarlo?—. Era mi forma de protestar contra cómo mi padre explotaba a la gente.
—¿Cómo es eso?
—Había comprado un título y una finca escocesa por casi nada a un pobre laird desesperado que no tenía medios para alimentar a su familia ni conservar su legado. Mi padre nunca jugó limpio, y el escocés fue solo una de sus víctimas. No es ningún secreto que él y yo chocábamos constantemente.
—Tus hermanas me lo contaron —dijo Kai mientras servía la ensalada en los platos.
—Disfrutaba doblegándome. Si no comía el salmón en la cena, tenía que irme a la cama con el estómago vacío y comerlo en el desayuno, frío y directamente de la nevera.
Si no lograba comerlo en el desayuno, tenía que tomarlo en el almuerzo.
Y así seguía el juego. Al final, él siempre ganaba, y yo tenía que tragarme el salmón viscoso. Para entonces, estaba asqueroso.
—Suena horrible —dijo—. Bueno, ¿sabes qué?
—¿Qué?
—No tienes que comerte este pescado —Se levantó—. Puedo descongelar un filete y hacerlo a la parrilla.
—Espera —dije.
Volvió a acomodarse en el banco.
Pasé la mirada del plato al hombre. Kai se había tomado tantas molestias para servir aquella comida tan apetitosa, acompañada de arroz al vapor y una ensalada más fresca que nada de lo que había comido en los últimos tres años.
Hacía mucho que no compartía mesa con nadie, y este tipo me intrigaba.
Además, me había propuesto ser amable con él.
Podía comportarme de forma civilizada. A veces.
Bueno, solo en ocasiones especiales. Como hoy.
—No hace falta que me prepares un filete.
Suspiré.
—Probaré tu pescado.
Sonaba fatal. Como una insinuación. Mi tono altivo había transformado las palabras en una proposición casi sexual. Se me daba fatal ser amable. El rubor me ardió en las mejillas.
—Hagámoslo.
El tono pícaro de su voz imitó el mío. Sonaba como si hubiera percibido la lujuria que me corría por las venas y no le importara.
—Empezaremos con una muestra, y luego quizá quieras más de mi pescado.
Se me ocurrieron unas cuantas réplicas ingeniosas, pero me las guardé. Puede que probara su pescado, pero no me iba a gustar. Ni iba a coquetear con un hombre que tenía la capacidad —y los hoyuelos— de hacerme perder la razón. Pero al menos podía evitar ser grosera.
Me sirvió un trocito de pescado, lo adornó con su chutney de no sé qué y añadió algo de arroz a mi plato antes de ponérmelo delante.
—¿Te gusta cocinar? —pregunté mientras hundía el tenedor en el arroz y me llevaba un bocado a la boca.
—Me encanta cocinar —respondió mientras se llenaba el plato—. ¿Y a ti?
—Oh, Dios, no —solté con desdén mientras los sabores mantecosos del arroz me inundaban la boca—. No querrías comer nada que yo cocine. Demonios, ni yo quiero comer nada que yo cocine.
Su risa grave me arrancó una sonrisa e hizo algo extraño en mi pecho.
—Entonces menos mal que puedo cocinar para los dos.
Lo miré. ¿Sus ojos siempre brillaban así, con esa picardía? ¿Estábamos hablando en una especie de código sexy que yo nunca había usado?
Me sostuvo la mirada sin pestañear, cautivándome con la profundidad de sus ojos.
Sentada frente a él, distinguí las motas ámbar que iluminaban sus iris color miel.
La calidez que brillaba en ellos me recordó a abrazos y caramelo derretido; a los colores más intensos de un otoño en Wyoming y al mantillo silencioso que amortiguaba mis pasos en lo profundo del bosque.
Reconocí el resplandor dorado sutilmente oculto en la hondura de sus ojos, el mismo tono que iluminaba su aura.
Cuando parpadeó, una oleada de calor me recorrió la piel.
Clavé la mirada en mi plato y di otro bocado.
Mientras masticaba, mis labios, todo mi cuerpo recordó que lo había besado, y cómo él me había devuelto el beso.
Mi sexo se contrajo. Me di una bofetada mental por perder así los papeles con este hombre.
O quizá era lo contrario. Me excitaba sin siquiera intentarlo.
Al menos dale tiempo a que encaje en una de tus categorías antes de lanzarte sobre él.
Era un hombre. Solo era cuestión de tiempo antes de que dejara caer la máscara de amabilidad y mostrara su verdadero yo.
Pensaba averiguar quién era ahora mismo.
Me preparé para examinar a este nuevo espécimen bajo el microscopio de mi mente.
¿Resultaría ser un imbécil, un cazafortunas, un idiota? ¿O las tres cosas a la vez?