Capítulo Veintisiete — George
CAPÍTULO VEINTISIETE
GEORGE
L legué al lago sin un sobre, una llave de repuesto ni una página de notas.
El banco estaba frío cuando me senté. Más adelante, una corredora negociaba con un guante atrapado dentro de la manga. Pasaron dos personas llevando los extremos de una misma manta enrollada. El agua se movía en líneas cortas y duras bajo el cielo gris de la tarde.
Había tomado decisiones útiles todo el día. Respondido preguntas de clientes, corregido una cifra y rechazado una reunión que podía esperar al lunes. Nada me preparaba más para ver a Lessie. Empezaba a entender que estar preparado no era la condición que necesitaba cumplir.
Llegó por el sendero a las cuatro, con un abrigo oscuro y la bufanda que había visto colgar de su bolsa en las mañanas más frías. Me vio, levantó una mano y recorrió el último tramo sin prisa.
—Hola.
—Hola. ¿Aquí está bien?
—Sí.
Se sentó a mi lado, dejando un pequeño espacio. Quise cerrarlo. Entrelacé las manos y me quedé donde estaba.
Miramos el agua un momento.
—No quiero empezar explicando por qué tenía miedo —dije—. Podría sonar a que te pido que me hagas más fácil lo que pasó.
—Puedes contarme por qué. Sigo necesitando que entiendas lo que pasó.
—Preguntaste qué significabas para mí. Sabía la respuesta. Te di soluciones prácticas en su lugar porque no me exigían decirte cuánto quería.
Se ajustó la bufanda al cuello.
—Sentí que estaba siendo difícil por querer oírlo.
—Lo sé. Lo siento.
La disculpa era insuficiente por sí sola. La dejé ahí sin añadirle una defensa.
—Cuando dijiste que no importaba, recordé la librería —dije—. Me habías pedido que comprobara si lo decías en serio. No lo hice. Me dije que respetaba tu espacio. En parte era verdad. En parte sentí alivio por no tener que intentarlo otra vez y fallar delante de ti.
Lessie bajó la vista a sus manos.
—Después sí necesitaba espacio —dijo.
—Lo sé. Me alegra habértelo dado. Ojalá hubiera preguntado antes de decidir qué significaba el primer silencio.
Asintió despacio.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Pasó un ciclista, con las ruedas susurrando sobre el sendero. Lo seguí con la mirada hasta que se fue porque necesitaba un segundo en que nadie esperara que mi cara revelara lo siguiente.
—La llave —dije—. Te la di porque quería llegar a casa y encontrarte leyendo. Quería que hubiera partes de mi día en las que tuvieras sitio sin tener que emitir una invitación cada vez. Tenía muy poco que ver con esperar en las escaleras.
Cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, me miraba de frente.
—Quería que dijeras eso.
—Debería haberlo hecho.
—No necesitaba una llave mejor.
—No.
Sentía que me acercaba al lugar del que me había desviado antes. Cada parte práctica de mi mente ofrecía una salida. Podíamos hablar de la semana siguiente. Organizar una cena. Empezar por algo pequeño y esperar que el resto se volviera evidente.
Ya lo había intentado. Ella ya me había dicho lo que le costaba.
—No dejaba de pensar que, si era lo bastante confiable, no necesitarías preguntar —dije—. Pero también me aseguraba de no necesitar pedirte nada. Podía llevarte en auto, darte una comida, un lugar para dejar tu libro. Podía hacer todo eso sin admitir que quería que me eligieras.
Había bajado la voz. Lessie se inclinó un poco para oír y me obligué a hablar con suficiente claridad para que no tuviera que esforzarse por cada palabra.
—Quería que me eligieras —repetí—. Todavía lo quiero.
Apretó los labios. Tenía lágrimas en los ojos, pero no apartó la mirada.
—He extrañado las historias —dije—. No porque hagan entretenido el día.
Me refiero a la de la cafetería, cuando bajaste la voz para que tu papá no te oyera desear que pudiera arreglar la máquina de discos.
Quería saber eso de ti. Podrías haberme enviado una foto de una máquina. Me dejaste oír por qué te importaba.
Respiró con cuidado. Recordé escuchar otra vez la nota de voz en mi cocina, sorprendido por lo bienvenida que podía ser la felicidad ajena en una habitación que yo había creído completa.
—Y en tu departamento me contaste lo del pícnic para Emilia. Sabía que le habías hecho sitio a Theo en el trabajo. No sabía desde cuándo eras así, que notaras quién necesita un lugar antes de que lo pida.
Me detuve. Ella sabía qué había pasado en el pícnic. Yo todavía no le había dicho qué quería.
—Estoy haciendo que suene como si te admirara desde una distancia útil.
—No tienes que hacer que suene de una manera concreta.
—Lo sé. Solo que…
No pude terminar. Las palabras estaban ahí, pero decirlas significaba aceptar que quizá ya no bastaran. Podía entenderlo todo y aun así decidir que el dolor había cambiado lo que quería. Tendría que decir la verdad sin convertirla en un trato para que volviera.
Lessie puso una mano sobre el banco entre los dos. No tomó la mía ni rescató la frase. Me dio el mismo espacio que yo había querido darle antes de empezar a temer lo que pudiera contener.
—Sigue.
Miré su mano. Después su rostro.
—Te amo.
No había una forma ingeniosa de mejorarlo. Ninguna explicación que volviera más seguras las palabras. Dejé que las oyera solas.
Se quedó muy quieta. Una lágrima le resbaló por la mejilla y la secó con el borde del guante.
—Te amo —repetí, más bajo, pero con la misma claridad—. Quería decírtelo antes de que preguntaras. Tenía miedo de decir algo que pudiera convertirse en una promesa que no cumpliera. Así que te dejé preguntándote si había algún sentimiento detrás de todo. No fue justo.
—No —dijo—. No lo fue.
La respuesta dolió, como debía. No la esquivé.
—No puedo prometer que nunca me calle cuando tenga miedo —dije—. Puedo decirte qué está pasando en lugar de obligarte a adivinar. Puedo pedir un minuto y decir cuándo volveré. Y volver de verdad.
—¿Aunque no hayas encontrado la respuesta perfecta?
—Sobre todo entonces.
Miró el agua un rato. Esperé sin saber qué diría.
—Yo también te amo —dijo.
Incliné la cabeza. El alivio fue tan grande que necesité un segundo para dejarlo llegar sin tratarlo como el final de la conversación.
—Y tenía miedo —añadió—. No dejaba de esperar que lo dijeras primero para saber que era seguro. Te dije que no necesitaba una frase exacta, pero una parte de mí ya la tenía escrita.
—Sí me lo preguntaste con claridad.
—Sí. No quiero disculparme por eso. Pero sí por las cosas de las que te hice responder antes de preguntar. No eres Nate. A veces lo oía a él cuando tú todavía intentabas pensar.
Asentí. También había pena en eso, por las conversaciones que habíamos tenido mientras ella oía a otro y yo intentaba no parecerme a un hombre que se había ido décadas antes.
—Y cuando dejé la llave —dijo—, quería que me detuvieras. Había tomado una decisión en voz alta y en secreto esperaba que demostraras algo negándote a dejarme tomarla.
—Quería detenerte.
—Lo sé. No quiero que eso se convierta en una tarea que tengas que adivinar cuándo hacer.
Acercó la mano a la mía.
—Si digo que no importa, pregúntame una vez si lo digo en serio. Si digo que necesito espacio, créeme. Intentaré que sean frases distintas.
—De acuerdo.
—Y si necesitas tiempo, dime que es tiempo. No hagas que parezca una respuesta sobre si me quieres.
—Lo haré.
—Puedes decir que tienes miedo.
—Ahora tengo miedo.
Su expresión se suavizó.
—¿De qué?
—De volver a hacerte daño por hacerlo mal.
—Probablemente harás mal algunas partes. Yo también.
Dejó que la verdad se quedara entre nosotros sin volverla sombría.
—Quiero que podamos volver y hablar de la parte que salió mal —dijo.
Giré la mano en el banco, con la palma hacia arriba. Puso la suya en ella. El contacto era familiar y deliberado de una manera nueva, algo que ninguno podía dar por hecho y ambos podíamos elegir.
Nos quedamos así mucho tiempo. El frío me llegó a los pies. Lessie metió la mano libre en el bolsillo y apoyó ligeramente el hombro contra el mío.
—¿Puedo hacer una pregunta muy pequeña? —dijo.
—Sí.
—¿Arreglaste el cajón alguna vez?
Me reí, tan sorprendido que la risa salió áspera.
—No.
—Bien. Sé cómo funciona.
Me volví hacia ella.
—¿Quieres cenar conmigo esta noche?
—Sí. También quiero hablar más. No toda la noche, necesariamente. Pero no quiero que esto sea un discurso que declaramos exitoso y nunca volvemos a tocar.
—Yo tampoco.
—Y nada de un estante nuevo.
—El que ya existe está disponible.
Sonrió entre las últimas lágrimas.
—Yo decidiré qué poner.
Nos levantamos, entumecidos por el banco. Pregunté si podía besarla. Dijo que sí y se acercó antes de que terminara la pregunta.
Al principio el beso fue suave, sin la prisa de demostrar que estábamos bien.
Su mano descansó en mi pecho y luego me rodeó la espalda.
La sostuve con cuidado, sintiendo su calor a través de ambos abrigos.
Cuando volvió a levantar el rostro, le besé la frente y dejé que nos quedáramos allí hasta estar listos para caminar.
En el sendero me habló del perro que se había negado a pasar junto a una bicicleta frente a mi edificio. Tenía una fotografía. Me la mostró, incluida la paciencia de su dueño agachado junto al animal, y admitió que casi me la había enviado la mañana en que discutimos.
—Puedes contármelo ahora —dije.
Así lo hizo. Supe que el perro había aceptado finalmente pasar por el otro lado, que el dueño se lo había agradecido con una formalidad excesiva y que Lessie había estado furiosa con el mundo por ser gracioso cuando ella quería que fuera triste.
Me reí. Ella también, y luego lloró un poco, y dejamos de caminar hasta que estuvo lista otra vez. Ninguno intentó que la tarde contuviera un solo sentimiento.
Volvimos juntos a mi departamento. Preparé té. Se sentó a la mesa mientras yo buscaba el sobre de la llave en el cajón y lo dejaba junto a su taza.
—Te quiero aquí —dije—. Cuando estoy. Cuando no estoy. Cuando no hay nada útil que ninguno de los dos pueda hacer.
Sacó la llave y la añadió a su llavero. Después preguntó qué quería cenar, se lo dije y, por una vez, ninguno tuvo que interpretar la respuesta más allá de lo que habíamos dicho.