Jugada Imprudente (Yale University 1) Capítulo Cuarenta y Dos
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Capítulo Cuarenta y Dos

El dolor es parte de la vida... no puedes huir de él.

— El Rey León

Salgo lentamente de la cama de Madison, casi conteniendo la respiración para no despertarla.

Todavía es demasiado temprano, pero necesito levantarme para ir al entrenamiento.

Siento el ligero peso de su pierna sobre mí y la aparto con cuidado, como si fuera de cristal y pudiera romperse.

Troy levanta la cabeza desde su camita al lado y me mira con esos ojos atentos, casi delatándome.

Levanto un dedo en silencio, suplicándole que no haga ruido.

Me acomodo el pantalón deportivo, sostengo la camiseta en una mano y, antes de salir, me inclino para depositar un beso prolongado en la parte superior de su cabeza.

El aroma a cereza y vainilla me llena el pecho, una adicción que sé que jamás quiero abandonar.

Ayer tuve que dejarla una cuadra antes de llegar a casa.

Entró con Troy fingiendo que regresaba de un paseo nocturno, mientras yo estacionaba unos minutos después.

Sebastian nos vio. Sonrió como quien sabe demasiado. Un idiota, pero un idiota que entiende.

Pero esta farsa ya no puede continuar. Hoy, después del entrenamiento, voy a invitar a Chase a tomar un café. Voy a contárselo todo. Aunque duela, aunque me cueste la amistad más importante de mi vida.

Respiro hondo, giro la manija con cuidado y abro la puerta. Un paso afuera. Silencio. Otro paso. Casi...

—¿Nathan?

Me quedo paralizado.

La voz me corta como una navaja. Levanto la mirada y veo a Chase detenido a pocos metros, en el pasillo tenuemente iluminado. Su cabello desordenado delata que acaba de despertarse, pero sus ojos azules están muy abiertos y completamente alerta.

—¿Qué mierda estás haciendo? —su voz ya viene cargada de desconfianza.

Todo mi cuerpo se pone rígido. Me paso una mano por el cabello, intentando inventar cualquier excusa, pero no se me ocurre nada.

—Yo... es que...

Baja la mirada hacia mi pecho desnudo y su expresión se endurece todavía más.

—¿Por qué estás saliendo de la habitación de Madison... así? —me señala, y sé que debería haberme puesto la maldita camiseta.

—Chase... tenemos que hablar.

—¿Hablar de qué? —Empieza a caminar hacia mí. Cada uno de sus pasos resuena contra el suelo de madera como un martillo, pesado, lleno de rabia contenida.

Y entonces la situación empeora. Muchísimo.

La puerta detrás de mí se abre. Madison aparece, todavía somnolienta, con el cabello completamente desordenado... y usando mi camiseta.

Mi jersey, con mi nombre y mi número estampados.

Joder.

Su mirada vuela de mí hacia ella y vuelve a mí. Veo exactamente el segundo en que algo se rompe dentro de él.

—Hijo de puta.

No tengo tiempo de reaccionar. El puñetazo llega seco, fuerte, directo a mi mandíbula. Siento el impacto, mi cabeza gira hacia un lado. El segundo golpe me alcanza el estómago, doblándome hacia delante, dejándome sin aire. El sabor metálico de la sangre aparece enseguida en mi boca.

—¡Chase, para! —grita Madison, interponiéndose entre nosotros, pero él ya no ve nada más.

Me empuja contra la pared. Otro puñetazo, cerca de la boca. El labio se me abre al instante.

—¡Suéltalo! —Ella intenta apartar a su hermano, pero es inútil.

—¡Yo confiaba en ti, joder! —ruge Chase, con el rostro rojo y el pecho subiendo y bajando—. ¡Siempre confié en ti! ¿Y me haces esto a mis espaldas?

El dolor físico no es nada comparado con el suyo. No le devuelvo los golpes. No puedo. Porque, en el fondo, sé que me lo merezco.

De repente, pasos y voces resuenan por las escaleras. Los chicos aparecen al final del pasillo, asustados por los gritos. Cuando entienden de verdad lo que está ocurriendo, Sebastian y Jasper agarran a Chase de los brazos, intentando sujetarlo, mientras Justin corre hacia mí.

—Nate, ¿estás bien? —me sostiene por los hombros, con los ojos muy abiertos al ver la sangre en la comisura de mi boca.

—¡Suéltenme! —Chase forcejea como un animal atrapado—. ¡Ese hijo de puta se estaba aprovechando de mi hermana!

—¡No! —Madison llora, lanzándose frente a él—. ¡No se aprovechó de mí! Yo... nosotros... —Su voz falla y me mira, pidiéndome ayuda.

No soporto verla así.

—Estamos juntos —digo con firmeza.

El silencio cae de repente. Es pesado, asfixiante, como si todo el aire hubiera desaparecido del ambiente. Incluso Troy, que no dejaba de ladrar, se queda callado. Los chicos permanecen inmóviles, con los ojos muy abiertos, sin atreverse a moverse.

Chase se queda quieto, respirando con fuerza.

—¿Qué? —Su voz es un rugido. Intenta liberarse de los chicos, pero ellos lo sujetan con firmeza—. ¿¡Qué mierda están diciendo!?

—Pensaba contártelo hoy... después del entrenamiento... —intento hablar, pero suelta una risa amarga, casi desesperada.

—¿Desde cuándo? —grita, escupiendo cada sílaba—. ¿¡DESDE CUÁNDO, JODER!?

El llanto de ella corta el aire. Trago saliva, con el corazón pesándome.

—Desde hace unos meses.

—¿Meses? —Chase repite como si la palabra fuera veneno en su boca. Su tono incrédulo se transforma enseguida en rabia, su respiración se vuelve pesada y sus ojos lanzan chispas—. Están jodiendo conmigo... están jodiendo, ¿verdad?

Mira a nuestros amigos uno por uno, como si esperara que alguno lo negara, que alguien gritara «no es eso». Pero nadie abre la boca. El silencio es tan ensordecedor que parece gritar la verdad. Veo el instante exacto en que todo encaja en su cabeza.

—¿Ustedes lo sabían? —su voz llega cargada, casi como un rugido. Sus ojos azules van primero hacia Sebastian, después hacia Jasper y, por último, se detienen en Justin, que sigue pegado a mi lado. Ninguno responde. Y el silencio lo confirma todo.

—Joder —suelta, frustrado, pasándose una mano por el cabello desordenado, perdido entre la furia y la decepción.

—Chase, para. —Madison intenta intervenir, con el rostro bañado en lágrimas. Su voz es una súplica desesperada—. Tenemos que hablar.

—¡No! —grita, y el sonido reverbera por el pasillo—. No quiero hablar contigo. Yo siempre, siempre confié en ti, joder. Eres mi hermana, Madison. ¡Mi hermana! Y me tomaste por idiota. —La forma en que levanta la voz con ella hace que dé un paso al frente sin pensarlo.

—No tienes por qué hablarle así —mi voz sale firme, más firme de lo que me siento por dentro.

—Ah, qué bonito —se ríe con desprecio—. ¿Ahora los traidores van a defenderse juntos? Vete a la mierda, Nathan.

Siento que la sangre me hierve, con el sabor metálico todavía pegado a la boca, pero no bajo la cabeza.

—Deja de comportarte como un niño, joder.

Levanta la barbilla, con los ojos ardiendo de resentimiento.

—¿Infantil? Los únicos infantiles aquí fueron ustedes —replica, con la voz grave, sin temblar—. Tú, Nate... eras la última persona del mundo que yo aprobaría para estar con mi hermana. Pero, joder, confiaba en ti. Y si hubieras venido a hablar conmigo desde el principio, lo habríamos resuelto.

Respira hondo, pero enseguida vuelve a fulminarme con la mirada.

—Pero no, ¿verdad? Ustedes dos... —señala primero a Madison y después a mí, como si escupiera una sentencia—. Prefirieron mentir. Tomarme por imbécil.

—Tranquilo, capitán —Sebastian finalmente habla, pero elige el peor momento posible—. Mads tampoco es una niña.

Chase gira la cabeza hacia él, y la mirada que le lanza podría matar.

—No. No es una niña. Es la prueba viviente de una traidora. Porque si ni siquiera puede confiar en su propio hermano... entonces significa que nunca me vio como uno.

Madison intenta agarrarlo del brazo, pero él se libera con un movimiento brusco. El gesto es frío, calculado, y solo consigue romperle todavía más el corazón. Se da la vuelta y empieza a recorrer el pasillo hacia las escaleras, pisando fuerte, mientras ella corre detrás de él, sollozando.

—¿Quién está siendo infantil ahora? —mi voz resuena cargada de rabia y desesperación—. ¿Dándole la espalda a una conversación entre adultos?

Se detiene en lo alto de las escaleras y gira el rostro hacia mí. Su mirada es de puro odio.

—Vete a la mierda, Nate. No tienes ninguna autoridad moral para decirme quién es adulto aquí.

Suelta el aire con pesadez, como si intentara no explotar todavía más, y vuelve a mirar a los chicos.

—Y ustedes... joder, esperaba mucho más de ustedes. Pensé que éramos un equipo. No solo en la pista, sino fuera de ella. Pero un equipo no actúa a espaldas de su capitán.

Sus palabras pesan más que cualquiera de los puñetazos que me dio. Baja las escaleras como si cada paso fuera una ruptura definitiva. Madison intenta correr detrás de él, pero la sujeto del brazo.

—Eh, espera un poco, pelirroja. Ahora mismo no está en condiciones de escucharnos.

Tiene los ojos rojos y el rostro mojado por las lágrimas. Me mira como si acabara de destruirla.

—¿Esperar? —susurra con la voz quebrada—. Eso fue lo que me pediste todo este tiempo, Nathan. Y mira cómo terminó. Dije que deberíamos haber hablado antes y confié en ti.

—Mads, no. —Le sujeto el rostro entre las manos, desesperado. Sé lo que viene y no quiero escucharlo.

Pero lo dice de todos modos:

—Esto es lo que gané por volver a confiar en ti. Todo esto... fue un error.

Siento que me arde el pecho, que el suelo desaparece bajo mis pies.

—No lo fue. Y lo sabes. —Intento controlar la voz, pero sale desgarrada.

—No puedo —niega con la cabeza mientras retrocede.

El chirrido de unos neumáticos en la calle invade el silencio de la casa. Chase acaba de irse. Madison me mira, pero sus ojos están vacíos.

—Necesito un tiempo, Nathan. Por favor. —Se suelta y se aleja.

—Madison... —Mi voz falla. Intento seguirla, pero Justin se coloca frente a mí, decidido.

—No. —Niega con la cabeza—. Ya cometiste demasiados errores hoy. Déjala respirar.

Durante un segundo pienso en estrellarlo contra la pared solo por atreverse a detenerme. Pero en el fondo sé que tiene razón. Ella necesita espacio.

La puerta de su habitación se cierra de golpe y el sonido resuena dentro de mí como si fuera la puerta de su propio corazón cerrándose. Mis manos van hacia mi cabello y tiro con fuerza. Me arde el pecho, la respiración se vuelve irregular, los ojos me queman.

—Está bien —digo finalmente, sin energía—. Quiere un tiempo... se lo voy a dar.

Jasper me mira serio y dice en voz baja:

—Es lo mejor que puedes hacer ahora.

Asiento en silencio.

Sebastian aparece subiendo las escaleras, con el rostro tenso. Ni siquiera me había dado cuenta de que había bajado; seguramente intentó ir detrás de Chase.

—Será mejor que hoy no vayas al entrenamiento —ordena.

Pienso en responder «vete a la mierda, tú no mandas sobre mí». Pero la verdad es que tiene razón. Todos la tienen. Incluso Chase.

Era mi mejor amigo. Y lo traicioné. Actué a sus espaldas. Si hubiera sido al revés, yo también estaría furioso.

Le pedí a Madison que confiara en mí, juré que lo resolvería, que todo saldría bien. Pero me equivoqué.

Y ahora... por segunda vez, fui yo quien le rompió el corazón intentando hacer lo que creía correcto.