Capítulo Treinta #3
—Dios mío, qué horror —suelta Kira inmediatamente, con expresión incrédula.
Yo permanezco callada, simplemente observando a nuestra amiga.
Sus ojos parecen fijos en un punto en medio de la mesa, como si su mente hubiera viajado muy lejos.
A diferencia de Kira, que hace poco recordaba el comienzo de su relación con Asher con los ojos brillantes, Summer carga con un vacío que incomoda.
Entonces, de repente, fuerza una sonrisa.
—Basta de hablar de mí. Creo que tenemos que irnos, ¿no? Tenemos una fiesta hoy. —Habla con ligereza, como si ya estuviera acostumbrada a barrer las cosas debajo de la alfombra.
Pienso en decir algo, en preguntar, pero sé que todavía no está lista para abrirse.
Nos levantamos juntas. Troy sacude el pelaje, haciendo que sus orejas se muevan, y nos acompaña entusiasmado.
Nos dirigimos hacia la salida del centro comercial, que por suerte hoy está tranquilo.
No hay nadie detrás de nosotras buscando fotos, gracias a Dios.
Porque odio cuando ocurre: nunca saben mi nombre, nunca.
Solo escucho: «Mira, es la hija de Robert Macqueen y Ashley».
Como si yo fuera únicamente un apellido con piernas. Me irrita muchísimo.
Pasamos frente a una tienda de artículos para bebés y, de repente, Kira se detiene bruscamente, mirando el escaparate. Summer y yo intercambiamos miradas, confundidas.
—Mmm... ¿todo bien? —pregunto.
—S-sí, es solo que... —levanta discretamente un dedo y señala a una chica que acaba de salir de la tienda con dos bolsas enormes.
Tiene la piel bronceada y el cabello negro brilla con un corte en capas que enmarca su delicado rostro.
La chica es perfecta.
Apenas cruza la puerta y se encuentra con nosotras, se queda congelada en el sitio.
—¿Camila? —la llama Kira, sorprendida.
Los ojos castaños de la chica se abren de par en par y, por los nervios, una de las bolsas cae al suelo.
Me agacho para ayudar, pero antes de conseguirlo veo un zapatito diminuto de Spider-Man rodar por el piso.
Voy a recogerlo, pero ella se apresura, lo toma primero y lo vuelve a meter en la bolsa como si fuera algo prohibido.
—Ah... h-hola, Kira —su voz sale temblorosa.
—No te veo desde hace casi una semana —dice Kira, cruzándose de brazos.
Camila se coloca un mechón de cabello detrás de la oreja, dejando al descubierto el uniforme verde del Mystic Grill , con detalles azules en los botones y el nombre bordado en el pecho: Camila Hernández .
—Estoy trabajando en el Mystic, cubriendo unas vacaciones. Por eso he estado tan ocupada —responde rápidamente, con los nervios reflejados en cada gesto.
—Ellas son Madison y Summer —nos presenta Kira.
La saludo amablemente con la mano, Summer levanta los dedos en un saludo perezoso. Camila corresponde, pero sin mostrar los dientes.
—Camila es mi compañera de habitación.
Summer y yo abrimos la boca al mismo tiempo y soltamos un «oh» sincronizado, como dos niñas que acaban de descubrir un secreto.
Troy intenta acercarse para olfatearla, pero Camila da un paso atrás. Sujeto la correa con firmeza.
—Bueno... ya tengo que irme. Fue un placer, chicas —acomoda mejor las bolsas, casi intentando esconderlas entre el abrigo que lleva colgado del brazo.
—¿Todo eso es tuyo? ¿Quieres ayuda? Puedo llevarte, vine en auto y...
—¡No! —me interrumpe demasiado rápido. Traga saliva—. Quiero decir... son cosas para mi hermanito. Todavía voy a dar otra vuelta, pero gracias.
Antes de que podamos insistir, desaparece por el pasillo, caminando demasiado rápido.
—Vaya... eso fue muuuuy raro —canturrea Summer.
—Es buena persona, solo que... no sé. No se abre mucho —Kira se encoge de hombros.
—Eso se llama ser reservada —replico, riéndome—. Y como tú no tienes nada de reservada, debes pensar que es el fin del mundo cuando conoces a alguien así.
Kira me da un golpe en el brazo.
—Vaca.
—Muuuu.
Summer se carcajea y hasta Troy suelta un ladrido fuerte.
—Vamos, tenemos que estar buenísimas para la fiesta de esta noche —digo, riéndome con ellas.
Summer aplaude entusiasmada y seguimos hacia la salida del centro comercial.
No sé por qué, pero nunca había estado tan emocionada por arreglarme para una fiesta.
Quizá porque nunca había tenido un día así: salir con amigas, recorrer el centro comercial, probarme ropa, reírme por tonterías y terminar la tarde comiendo papas fritas y galletas.
Parece una tontería, pero para mí es algo nuevo.
Y, por supuesto, está la fiesta.
Mi pecho vibra de ansiedad con solo imaginarlo. Me siento como una niña que acaba de comprar un vestido nuevo para impresionar al chico de la escuela... solo que, en mi caso, no es un vestido largo ni bonito. Es un camisón jodidamente corto, de encaje, que va a dejar mucho a la imaginación.
¿Y lo mejor?
Solo él sabrá lo que hay debajo.
Algo que será únicamente suyo.
Mi sonrisa aparece sola y Kira me da un codazo, preguntándome qué estoy pensando.
Si dijera la verdad, se moriría de risa, así que la ignoro mientras entro en mi auto y seguimos cantando Justin Bieber a gritos, como adolescentes.