Capítulo Veintinueve
Todo lo que sé es que estoy contigo, y eso es lo único que importa ahora.
— High School Musical
—Buenos días, pelirroja —su voz ronca me despierta incluso antes de abrir los ojos.
Siento su calor detrás de mí, su aliento cálido contra mi cuello, y un escalofrío recorre toda mi piel como una descarga eléctrica. Abro los ojos lentamente y murmuro todavía adormilada:
—Buenos días, Nate.
Me acomodo mejor en el colchón, pegando la espalda a su pecho, y enseguida siento sus dedos jugando con un mechón de mi cabello, enrollándolo lentamente alrededor del índice.
Cuando giro el rostro, sus ojos oscuros ya están clavados en mí, intensos como siempre, y entonces deposita un beso lento en mi frente.
—¿Dormiste bien? —pregunta con esa sonrisita descarada que deja al descubierto el maldito hoyuelo.
Pongo los ojos en blanco porque sé perfectamente por qué está sonriendo así.
¿Dormir? Prácticamente no dormimos. Nathan me folló en la ducha, después en el suelo de la habitación porque no nos dio tiempo de llegar hasta la cama y, cuando por fin conseguimos caer sobre el colchón, todavía quiso otra vez.
Si eso no es un atentado contra mi salud mental y física, no sé qué lo es.
Le di gracias a Dios porque Troy durmió en la habitación de Sebastian. Realmente no quería que mi hijo de cuatro patas presenciara las indecencias de su dueña.
—Sabes que no dormimos —murmuro, dándole un golpecito débil en el pecho.
—Es difícil dormir contigo a mi lado —replica, y sus dedos empiezan a deslizarse por mi muslo desnudo, haciéndome estremecer por completo.
Podría, no sé, decir que llegamos tarde a clase, que debería levantarme, que tengo el cuerpo hecho pedazos... pero antes de que consiga formarse cualquier pensamiento racional, Nathan me agarra y me coloca encima de él.
—Nate... —refunfuño, medio riéndome, medio desesperada—. Me duelen las piernas, todo el cuerpo. Creo que voy a necesitar mantenerme lejos de ti y... de esto. —Señalo su polla, ya dura y presionando contra mí, solo para dejarlo claro.
Solo que, obviamente, aunque me queje del cansancio, mi cuerpo responde por sí solo. Es como si hubiera entrado en modo automático: agotada y, al mismo tiempo, completamente excitada. ¿Y lo peor? Él lo sabe. Siempre lo sabe.
—Entonces deja que yo haga todo el trabajo, pelirroja. —Su mirada se oscurece.
Arqueo una ceja, sin entender muy bien, hasta que me sujeta con firmeza por la cintura y ordena:
—Agárrate a la cabecera, Mads... y siéntame ese coño delicioso en la cara.
Joder. Casi me desmayo con solo escucharlo.
—¿Ahora? —Mi voz sale baja, casi como un gemido, como si tuviera miedo de estar soñando.
—Ahora —gruñe—. Quiero probarte otra vez.
No necesito que lo repita. En cuestión de segundos ya estoy montada sobre su rostro, con los dedos aferrados a la cabecera como si mi vida dependiera de ello.
Su lengua empieza a jugar conmigo y mi cuerpo se arquea sin control.
Mi espalda se curva, mi respiración sale convertida en gemidos cortos que intento contener mordiéndome el labio, pero es imposible.
Nathan sujeta mis muslos con fuerza, manteniéndome abierta para él, obligándome a aceptar cada movimiento de su lengua. Y cuando encuentra ese punto, exactamente de la forma en que solo él sabe hacerlo, me pierdo. Simplemente me pierdo.
—Nate... —digo en voz baja, pero no consigo contenerme. El orgasmo explota dentro de mí tan rápido que todo me da vueltas y termino gritando su nombre sin pensar, demasiado fuerte para estas horas.
Joder. ¿Alguien puede morir de agotamiento después de tanto sexo? Porque, sinceramente, nunca había hecho nada parecido en mi vida.
Y aunque tengo el cuerpo completamente flojo, agotado, con cada músculo suplicando descanso, basta con mirar sus ojos castaños brillando de malicia y su boca reluciente por mi placer para que sienta mi coño palpitar otra vez, pidiendo más.
¿Y lo peor? Él lo sabe. Claro que lo sabe. El maldito siempre sabe cuánto lo deseo.
—Vamos a ducharnos, pelirroja —dice, con la voz cargada de promesas.
Mi cuerpo cae sobre el suyo y una risa baja escapa de mis labios, porque sé perfectamente lo que significa esa «ducha».
Mierda. Estoy jodida.
Literalmente.
Las gradas están abarrotadas, cada espacio ocupado por estudiantes, familias y aficionados con los colores rojo y blanco estampados en ropa, banderas y carteles improvisados. El sonido de las trompetas, los tambores y los gritos resuena tan fuerte que parece hacer temblar el hielo.
El partido es contra Harvard y eso, por sí solo, ya tiene peso. Pero hoy es todavía más importante: torneo nacional de la NCAA , fase eliminatoria. El que pierda queda fuera. El que gane da un paso más hacia la Frozen Four.
Mis ojos permanecen clavados en el hielo, siguiendo cada jugada con nerviosismo. El disco se desliza a una velocidad absurda, yendo de un lado a otro como si tuviera vida propia. El sonido seco de los palos golpeando el hielo y de las cuchillas raspándolo me provoca escalofríos.
Justin defiende como una muralla, ágil y concentrado, lanzando todo el cuerpo cuando el rival intenta un wrist shot cruzado hacia la esquina.
El portero contrario, sin embargo, parece hecho de piedra; tampoco pasa nada a través de él.
Es un duelo de paciencia, de estrategia, de ver quién parpadea primero.
Los jugadores de Harvard están hambrientos. Golpean con fuerza contra la protección de acrílico, empujan, presionan. El hielo se convierte en un campo de batalla: codazos, caídas, cuerpos deslizándose. El árbitro pita faltas, pero incluso en eso parece haber una guerra.
Me pican los dedos. Tengo ganas de morderme las uñas, como hacía cuando era niña viendo los partidos. Pero me contengo y respiro hondo. Cada segundo parece prolongarse una eternidad, como si el marcador en 0 a 0 se burlara de mí.
Hasta que Jasper roba el disco. Patina con fuerza, rasgando el hielo como si tuviera fuego en los pies, y todo dentro de mí se paraliza. Mi corazón se acelera cuando veo aparecer justo delante la camiseta número diez, preparada para recibir el pase.
Nate.
El apellido «Thompson» brilla en su espalda mientras cruza la línea central de la pista.
El mundo entero parece desaparecer, solo consigo verlo a él.
La forma en que se inclina hacia delante, patinando como si formara parte del propio hielo, los hombros anchos bajo las protecciones, la mirada concentrada detrás de la rejilla del casco.
—¡Vamos, Nate, corre, corre! —grita mi padre a mi lado, emocionado.
Jasper pasa el disco, el sonido seco resuena en la pista y este se desliza directamente hacia el palo de Nate.
Avanza. Uno... dos... regates cortos, rápidos, dejando atrás a dos defensores de Harvard. El portero rival se incorpora, preparado para bloquear. El ruido de la afición crece en oleadas, como si cada grito empujara al número diez hacia delante.
Pero, en lugar de disparar, Nate levanta la barbilla y pasa el disco hacia un lado en el último segundo.
Chase.
Mi hermano lo controla a la perfección, con el hielo partiéndose bajo sus cuchillas. Dispara con fuerza, el disco vuela bajo y atraviesa la red. El sonido del silbato lo invade todo. Las gradas estallan.
—¡Eso! —salto frenéticamente, gritando junto a mi padre y Kira, que parece estar a punto de sufrir un infarto de tanto gritar.
Sin embargo, mis ojos no buscan a Chase. Van directamente hacia Nate.
Incluso con el casco puesto, lo veo. Sonríe. Aparece ese maldito hoyuelo y hasta me olvido de respirar. Celebra con los chicos, pero durante un instante sus ojos encuentran los míos en las gradas.
Y el escalofrío que recorre mi espalda lo dice todo. No necesita hablar. Lo sé. Lo siento.
El segundo período comienza y el hielo parece todavía más pesado. Harvard regresa con sangre en los ojos, presionando en cada jugada. En pocos minutos marcan. El disco entra en la red, empatando el partido 1 a 1 .
Siento que el corazón se me cae al suelo y las ganas de morderme las uñas vuelven a consumirme.
Aprieto las rodillas con fuerza, intentando controlarme.
¿Por qué siempre me pongo así? Parece que hubiera regresado a mi infancia, cuando veía jugar a los chicos y me mordía tanto las uñas que terminaba destrozando el esmalte rojo que tanto me gustaba.
La afición de Harvard celebra a gritos, pero Yale no se deja intimidar. Regresan al hielo más firmes, más agresivos. Cada choque contra el acrílico me hace estremecer. Chase casi se mete en una pelea, como siempre, pero Jasper lo aparta antes de que termine en penalización.
Respiro hondo, pero no sirve de nada porque, al minuto siguiente, ocurre lo inevitable.
Nathan toma el disco.
El tiempo parece ralentizarse cuando veo la camiseta número diez atravesar el hielo, patinando con fuerza, con cada movimiento calculado.
Toda la pista está en trance, los jugadores de Harvard van detrás de él, pero Nate es demasiado rápido.
Esquiva a uno, escapa de otro, usa su cuerpo ancho para proteger el disco.
Mis ojos se quedan clavados en él.
—Vamos, Nate... por favor —murmuro, pero mi voz se pierde entre el ruido ensordecedor de las gradas.
Levanta los ojos durante un instante, analizando cada centímetro del hielo, con el palo firme entre las manos.
Todo su cuerpo se inclina hacia delante, los patines clavados en el hielo, preparado para el movimiento final.
El portero rival abre los brazos, se estira al máximo, dispuesto a bloquear cualquier hueco.
Y entonces, sin vacilar, Nathan prepara un slap shot . El sonido del palo golpeando el hielo precede al impacto seco contra el disco. La velocidad es brutal. El disco corta el aire como una bala, atravesando el espacio en línea recta antes de que el portero consiga siquiera reaccionar.
El impacto contra la red suena fuerte, seco, preciso.
Gol.
El silbato resuena y el marcador se ilumina: Yale 2, Harvard 1.
Y, con eso, llega el final del partido.