John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 71
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Capítulo 71

S iguieron por la carretera del aeropuerto hacia el norte, dejando atrás el desvío a la casa de John, pasando Yelahanka y en dirección al aeropuerto.

La misma ruta que Sunil había tomado cuando mató a Shivraj.

John repasó mentalmente todas las opciones.

No tardó mucho. No tenía ninguna. Tenía una pistola clavada en el costado, una pistola en manos de un asesino borracho y loco que se sentía intocable.

John pensó en el inspector Rajiv, pero no había forma de alertarlo.

Había dejado el móvil en casa a propósito para que la policía no pudiera rastrearlo. Estaba solo.

Sin embargo, por extraño que pareciera, ya no sentía miedo.

Era como si todo por lo que había trabajado desde que regresó a la India estuviera llegando a su punto álgido.

Por fin lo cerraría todo, de un modo u otro.

Se recostó en el asiento, más tranquilo, con la vista en la carretera pero echando vistazos de vez en cuando al retrovisor para vigilar a Sunil.

Sunil apenas habló, salvo para darle indicaciones a John; ya no le apuntaba con la pistola en el costado, sino que la tenía apoyada en el regazo.

John se dio cuenta de que Sunil no llevaba puesto el cinturón de seguridad y sopesó la idea de estampar el coche contra un muro, pero cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta de que no era una buena idea.

Le costaría explicar por qué Sunil estaba en su coche de alquiler y, además, con el dedo de Sunil en el gatillo, no le gustaba la idea de que hubiera balas perdidas volando por el coche.

Había visto Pulp Fiction . Esperaría el momento oportuno.

Treinta minutos después, Sunil le indicó a John que saliera de la autopista y cogiera la vía de servicio, por la que siguieron durante medio kilómetro antes de que Sunil le dijera que girara a la izquierda.

John redujo la velocidad y se metió en una carretera rural mucho más estrecha y sin farolas.

La siguió durante unos tres kilómetros antes de que Sunil le dijera que parara junto a una gran valla publicitaria que anunciaba una nueva urbanización de chalés de lujo.

Sunil bajó la ventanilla y escuchó, mientras sus ojos recorrían la entrada.

No había nadie, ni siquiera un vigilante.

Hizo que John entrara y siguiera la carretera que serpenteaba entre las parcelas vacías y las casas a medio construir.

Los faros del coche iluminaron a una vaca tumbada en mitad de la carretera, que los miró con curiosidad mientras John reducía la velocidad y la rodeaba.

Sunil se asomó por la ventanilla, buscando algo.

John siguió conduciendo hasta que Sunil le dijo que parara junto a un chalé casi terminado hacia el extremo más alejado de la urbanización.

Ya estaban muy lejos de la carretera principal y, detrás del chalé, la urbanización daba a campo abierto.

John apagó el motor y esperó instrucciones.

Sunil miró la casa por la ventanilla, sin dejar de apuntar a John con la pistola. Se volvió hacia él.

—Dame las llaves.

John las sacó del contacto, se las entregó y Sunil se las guardó en el bolsillo.

—Sal del coche y ve hacia la casa.

John abrió la puerta y salió mientras Sunil hacía lo mismo, sin dejar de encañonarlo.

Tan lejos de la ciudad, no se oía ni un ruido; la noche era tranquila y despejada, el aire, fresco y sereno.

John también se sentía sereno. Todo lo que había hecho hasta ahora lo había llevado a ese punto.

Estaba preparado. Respiró hondo y caminó hacia la casa, cuya silueta se perfilaba ante él ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad.

Un camino de grava irregular conducía a una cochera doble adosada al lateral del gran chalé de dos plantas.

Estaba sin pintar y las ventanas aún no tenían cristales.

John se giró y miró a Sunil, que con un gesto del arma le indicó que entrara.

John subió por el camino y luego por los escalones de la izquierda que llevaban a la puerta principal.

Apartó el gran panel de madera contrachapada que servía de puerta provisional y entró.

Hizo una pausa para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad.

El aire estaba viciado y el olor a polvo de cemento le hacía picar la nariz.

La suave luz de la luna entraba por un tragaluz situado en lo alto del recibidor de doble altura e iluminaba una escalera curva, mientras que a la izquierda, una puerta daba al resto de la casa.

Sunil entró detrás de él, clavándole la pistola en la espalda con la mano derecha.

Con la izquierda, sacó el móvil y, deslizando el pulgar por la pantalla, encendió la linterna e iluminó el vestíbulo.

—Ahí, a la izquierda —le dijo a John, dándole un empujón en la espalda con el cañón.

John se giró y caminó por el suelo de hormigón desnudo, entrando en el salón que se extendía a todo lo ancho de la casa.

Unos amplios ventanales daban al jardín delantero y, en la parte trasera, una puerta conducía a lo que sería la cocina.

El suelo era todavía de hormigón basto, aún sin alicatar, y en el centro de la habitación había un montón de escombros y restos de obra.

En la esquina más alejada había una silla de plástico azul, con un montón de botellas de agua de plástico vacías esparcidas a sus pies.

—Coge la silla. Siéntate —le ordenó Sunil desde el umbral.

John se acercó a la silla y la cogió. Miró a su alrededor, escudriñando la habitación con atención a la luz que proyectaba el móvil de Sunil.

Necesitaba encontrar una ventaja, hacerse con el control.

No quería morir allí. Caminó hacia el montón de escombros en medio de la habitación; quizá pudiera encontrar un arma.

—¿Qué coño haces? Siéntate de una puta vez.

—Sí, sí. —John colocó la silla junto al montón de escombros, la giró para mirar a Sunil y se sentó.

Sunil apagó la linterna del móvil, esperó a que sus ojos se acostumbraran y luego entró en la habitación.

La recorrió en círculos, mientras John lo seguía con la mirada.

Caminó por detrás de John y, en el último momento, John percibió un movimiento de aire, un cambio en los electrones, algo.

Se encogió, pero no sirvió de nada, ya que el cañón de la pistola se estrelló contra el lateral de su cabeza y lo tiró al suelo.

Se quedó allí, aturdido, con un dolor que le recorría el cráneo y los ojos llenos de puntos de luz.

La puntera de la bota de Sunil impactó con fuerza en su hombro y él gruñó de dolor.

—Levántate, puto extranjero.

John se levantó del suelo, enderezando la silla.

En la penumbra, divisó un trozo de tubería de acero en el borde del montón de escombros.

Al sentarse, empujó la tubería más cerca de la silla con el pie.

Podría serle útil más tarde. Le palpitaba el lateral de la cabeza y se llevó la mano a la zona, sintiendo un líquido pegajoso bajo las yemas de los dedos.

Tardó un momento en darse cuenta de que era sangre.

Sunil estaba de pie sobre él, con la respiración acelerada y agitada, la pistola en la mano derecha colgándole a un lado y el dedo todavía en el gatillo.

—¿Te crees mejor que yo, extranjero de mierda? ¿Eh? ¿Acaso sabes con quién te estás metiendo? ¿Crees que puedes mangonearme? Soy Sunil Patil. Mi padre es Surya Patil. Nosotros gobernamos esta ciudad.

John respiró hondo. Era el momento de pasar a la ofensiva. Echó la cabeza hacia atrás para mirar a Sunil a los ojos.

—¿Tú? ¿Gobernar esta ciudad? —se mofó—. No eres más que un niñato de mierda que vive del dinero de sus padres. ¡Todavía vives con ellos! ¿Qué has hecho tú en la vida? Hasta tu supuesto magnífico padre está desvalijando el país.

—¡Cierra la puta boca!

John lo ignoró y continuó:

—Vas conduciendo un Mercedes. ¿Cómo lo pagó tu padre con un sueldo del Gobierno? ¿Y qué me dices de la casa en la que vivís? ¿Cuántos millones de rupias costó? Vosotros, hipócritas, habéis perfeccionado el arte de robar a vuestra propia gente, y os creéis la hostia.

La respiración de Sunil se aceleró, el pecho le subía y le bajaba y sus ojos se desorbitaron.

—No vengas aquí a decirme lo que tengo que hacer. Mi padre es un hombre de negocios. Todo su dinero se debe a su habilidad para los negocios. Nos merecemos todo lo que tenemos.

John sonrió con desdén y luego forzó una carcajada.

—Gilipolleces. A ti no te importa una mierda nadie más que tú mismo. Tu padre estafa a la gente y tú eres un perdedor inútil y bueno para nada que vive con sus padres y se gasta todo su dinero porque eres demasiado inútil para hacer algo por ti mismo. Tú y todos tus amigos sois unos pringados.

Sunil rugió de ira y dio un paso adelante, levantando la pistola para golpear a John en la cabeza con la culata.

John se tiró al suelo y agarró la tubería de acero con la mano derecha, balanceándola con fuerza contra el lateral de la rodilla de Sunil.

Oyó un crujido satisfactorio y Sunil aulló de dolor.

Su dedo se apretó en el gatillo por reflejo y un disparo retumbó en la habitación, ensordeciéndolos a ambos.

Las piernas le fallaron y se desplomó en el suelo, con el rostro contraído por el dolor y la furia.

Se giró y apuntó a John con la pistola. John rodó para quitarse de en medio e impactó la tubería de nuevo, esta vez en la muñeca de Sunil.

Sunil chilló y la pistola se le cayó de los dedos, ahora inútiles.

John lanzó una patada que mandó el arma al otro lado del suelo, lejos de su alcance.

Sunil le agarró la pierna con la mano izquierda, pero John se zafó.

Se puso de pie de un salto y retrocedió para esquivar a Sunil, que se arrastraba hacia él.

John se hizo a un lado y le dio una fuerte patada en la rodilla herida.

Sunil se derrumbó en el suelo, con arcadas de dolor.

John se acercó a recoger el arma y luego volvió junto a Sunil. Le dio otra patada en la rodilla, haciendo que Sunil gritara de dolor.

—He esperado mucho tiempo para hacer esto, jodido cabrón. —John le escupió en la cara—. Te crees que puedes ir por ahí haciendo lo que te da la gana, a quien te da la gana. Pues bien, eso se acaba hoy. —John le pisó la muñeca herida, aumentando gradualmente la presión.

—Para, para, por favor. Te daré dinero, lo que sea —sollozó Sunil.

John se agachó a su lado.

—¿Te crees que hago esto por dinero? ¿Crees que eso es lo más importante para mí? No soy como tú. Eres la escoria de la tierra. Me quitaste algo extremadamente valioso. Alguien que lo era todo para mí. Ninguna cantidad de dinero la traerá de vuelta jamás.

—Lo siento, lo siento. Fue un error. Los otros me obligaron.

—¿En serio? ¿Y esperas que te crea? Los otros no se moverían si no se lo dijeras tú.

Lo sé, te he estado observando durante semanas, te he seguido.

Lo sé todo sobre ti. Eres un matón que vive del poder y la influencia de su padre.

Y mírate ahora, ahí tirado, lloriqueando como un crío.

¿Dónde está tu padre ahora? ¿Dónde está toda tu pasta ahora?

—Por favor, no me mates, por favor, no me mates, lo siento —gimió Sunil.

John se levantó, mirando a Sunil con asco. Sopesó la idea de dispararle en la otra rótula para hacerle sufrir más, pero quería acabar de una vez. John ya había tenido suficiente. Ya se había acabado.

Retrocedió un paso, respiró hondo.

—Esto es por ti, Charlotte.

Levantó la pistola y le disparó a Sunil en la cabeza.