Capítulo treinta y seis
Javier
Se le agrandaron tanto los ojos y se le humedecieron de tal manera que habría llorado si hubiera tenido tiempo.
Le temblaron los labios con una sonrisa vacilante.
Todos guardaron silencio dentro de la furgoneta traqueteante.
Cada persona a bordo escuchó mi declaración.
Demonios, incluso Bozeman, nuestro imperturbable segundo al mando, estiró el cuello y me miró boquiabierto.
Pues bien. Que lo supieran. El tiempo no era un lujo del que pudiera disponer. No iba a irme de este mundo sin dejarle claro a Missy que estaba loca y perdidamente enamorado de ella.
Bozeman gritó:
—¡Ahí vienen!
—Tengo tangos a las tres —dijo Ferranti.
Levantó el rifle y disparó varias ráfagas contra algo que yo no podía ver. Gritó:
—¡Motocicletas!
—Yo cubro las nueve —anuncié—. Cuatrimotos.
Tenía la visión borrosa y el agarre débil, pero aguanté la respiración para soportar la agonía que me abrasaba las venas.
Bajé la ventanilla, apoyé la carabina contra el hombro izquierdo y la estabilicé en el alféizar.
Apuntando por delante de un par de cuatrimotos que se acercaban a toda velocidad, abrí fuego.
El primer disparo eliminó al conductor de la cuatrimoto número uno.
El segundo alcanzó al pasajero que nos disparaba.
Era bueno saber que todavía servía para algo.
Se me nubló la vista y la furgoneta empezó a dar vueltas a mi alrededor.
Incliné el arma y apreté el gatillo, enviando una ráfaga de disparos hacia la segunda cuatrimoto.
Fallé. El vehículo siguió avanzando hacia nosotros.
Maldición. No podía ver los objetivos con claridad, pero sentía las balas enemigas impactando en la furgoneta.
Volví a pegar el ojo a la mira y vi a un cabrón levantar el arma que podía acabar con nosotros de un solo disparo.
—¡RPG activo! —grité.
—¿Lo tienes, Goof? —preguntó King mientras buscaba su arma a toda prisa.
—Claro que sí.
Una oleada de debilidad me aflojó los dedos. La carabina casi se me resbaló de la mano, pero Missy la atrapó. Se arrodilló y la sostuvo para mí. Puse el ojo en la mira, el dedo en el gatillo y apunté al depósito de la cuatrimoto justo cuando vi que el RPG nos apuntaba.
¡Bum! La cuatrimoto estalló en llamas sin un segundo de sobra.
King soltó un grito de victoria desde el asiento trasero.
—¡Buen tiro, Goof!
Le sonreí a Missy.
—Tú y yo, nena.
Ella logró esbozar una sonrisa torcida.
—Informe —ordenó Dagger.
—Las tres y las nueve despejadas por ahora —respondió Bozeman—. Cooper mantiene a raya a los cabrones que tenemos detrás.
Un momento de respiro. Cerré los ojos. No podía creer lo agotado que estaba. El sudor me corría por la cara y me empapaba la camisa. Me sentía como si hubiera tragado tres docenas de los pimientos más picantes del planeta. Como si me estuvieran quemando vivo desde dentro.
—Aguanta, Javi —dijo Missy.
Su mano fría me apretó la mano buena.
—Emboscada adelante —anunció Bozeman, y me obligué a abrir los ojos—. Barricada.
—¿Dónde está Allen? —exigió Dash.
—Está en combate, protegiendo nuestros flancos paralelos —informó Bozeman—. El resto de sus hombres está asegurando el hospital.
Ah, sí. El hospital. Casi había olvidado que era nuestro destino.
—¿La policía? —preguntó Dash.
—También en combate —dijo Bozeman.
Solo nos teníamos los unos a los otros. Bekker y sus cabrones habían logrado hacernos frente. Si Bekker le echaba el guante a Missy, la haría morir de forma miserable. Me sentía fatal, pero obligué al viejo cerebro a funcionar.
—Omega —dije tan alto como pude—. Tenemos que dar la vuelta. Es la única ruta de escape que tenemos, y el único movimiento sorpresa que nos queda. Saben que me mordieron. Saben que vamos al hospital. Nos están esperando para acribillarnos. Los tangos no esperarán que demos media vuelta.
—¡No deis la vuelta! —gritó Missy por encima del estruendo de la furgoneta—. ¡Tenemos que llevar a Javier al hospital!
En el espejo retrovisor, la mirada de Dagger se cruzó con la mía. Ambos sabíamos lo que estaba en juego. Sabíamos que nuestras probabilidades de llegar vivos al hospital eran bajas en ese momento. También entendíamos que la seguridad de Missy y Thena era nuestra prioridad.
—No necesito antiveneno para mandar a Bekker al infierno —le informé a Omega.
—Y una mierda —murmuró Dagger, furioso.
El dolor. Joder. La carabina se me cayó de la mano. Missy la cogió del regazo y la dejó en el suelo. Con la ayuda de Thena, me deslizaron hasta el suelo y me sentaron con la espalda contra el asiento. Me sentía débil, mucho más débil que antes. El aire no me llegaba al fondo de los pulmones.
El rostro de Missy entraba y salía de foco ante mí.
—¿Cómo estás?
—De maravilla.
Mi patético intento de levantar el pulgar no funcionó.
—¡Dash! —el grito de Missy me llegó como desde muy lejos—. ¡Se le está acabando el tiempo!
—Vamos a llevarlo —respondió Omega con firmeza—. Aguanta, Guzmán. Bozeman, ¿tiempo estimado de llegada?
—Doce minutos al hospital si logramos pasar.
—Pasaremos —prometió Dagger mientras los frenos chirriaban—. Bozeman, toma el control del dron de vigilancia. ¡King, te toca!
—Aguanta, hermano.
Me dio una palmada en el hombro antes de abrir la puerta lateral corredera.
Abrí los ojos y vi a King fuera de la furgoneta. Él y Ferranti sacaron a rastras tres grandes cajas negras de debajo de los asientos y se pusieron a manipularlas. King tecleó a toda velocidad en la tableta y activó una de las cajas.
Una luz verde parpadeó. De la parte inferior de la caja se desplegaron las ruedas bogie.
La caja se alargó hacia arriba casi un metro veinte.
Cuatro apéndices metálicos, como brazos, emergieron zumbando de los laterales.
Me froté los ojos legañosos. Dos de las extensiones parecían ametralladoras.
Las otras dos parecían lanzacohetes. King tocó otro icono en su tableta y, con un clang, los lanzacohetes se cargaron.
—¿Qué coño? —graznó mi voz.
—Juguetes nuevos y relucientes, recién salidos de los laboratorios de BB —explicó King mientras toqueteaba los controles.
—Los trajimos en el avión. —Ferranti miró su propio controlador y activó la segunda caja.
—¿Sabéis cómo manejar esas cosas? —pregunté.
—Hemos estado entrenando en nuestro tiempo libre. —King tocó una serie de iconos y murmuró—: Crucemos los dedos.
Así que los drones terrestres aún no se habían probado en combate. El Equipo Rastreador estaba jugándosela a la desesperada por mi culpa.
—Armado —anunció King.
—Listo —informó Ferranti.
—Adelante —respondió Dash.
King y Ferranti manipularon sus respectivos controles. Las ruedas bogie giraron y los drones terrestres empezaron a rodar carretera abajo, ganando velocidad sobre la marcha.
—Voy a lanzar este en modo automático —anunció K-man—. Allá vamos.
Unas pequeñas aspas emergieron de la parte superior del tercer dron y aceleraron justo antes de que despegara. Parpadeé varias veces cuando un armazón se desplegó desde el lateral. Distinguí una dotación de granadas sujeta al mecanismo.
—La nueva era. —Una sonrisa indolente me curvó los labios antes de cerrar los ojos por el dolor—. El tiempo del guerrero de toda la vida está llegando a su fin.
—No digas eso —suplicó Missy en mi oído—. ¿Por favor?
Cuando Missy decía por favor, no podía negarle nada, pero tenía que admitir que, mientras la puerta se cerraba de golpe y el vehículo aceleraba, cada vez me costaba más complacerla.
—Mira el espectáculo. —Era la voz de Bozeman, muy cerca.
Me obligué a abrir los ojos y parpadeé hasta distinguir las imágenes en la pantalla dividida.
Las cámaras integradas mostraban los drones terrestres acelerando hacia la barricada.
Uno de los drones aéreos volaba a gran altura, ofreciendo una panorámica del campo de batalla.
La versión más nueva surcaba veloz el terreno y se lanzó en picado sobre la barricada a toda velocidad.
Los disparos resonaron a lo lejos. Los mercenarios señalaban.
Un rostro en particular alzó la vista y me atrapó la mirada.
—Es él —gruñí—. ¡Es Bekker!
Rat-at-tat. Rat-at-tat. Bum, bum, bum.
Densas nubes de humo cubrieron la pantalla.
—Omega —grité—. Tenemos que pillar al cabrón. ¡Esta es nuestra oportunidad!
—Dash, sigue adelante —gritó Missy, interrumpiéndome—. Tenemos que llevar a Javi al hospital.
—Prioridad uno —ladró Dagger—. Hospital.
—Negativo —repliqué—. La prioridad uno es la seguridad de las mujeres y del equipo. La prioridad dos es atrapar a este cabrón. Bekker está ocupado con los drones. No me estará esperando. Dejadme ir a por el hijo de puta.
—¿Estás loco? —siseó Missy—. Sería un suicidio. ¡No estás en condiciones de pelear!
—Omega, escúchame —dije tan alto y firme como pude—. Resulta que la nueva era aún no ha llegado. Vamos a necesitar un guerrero de los de antes para salir de esta.
—¿De qué coño estás hablando? —espetó Dagger.
—Escuchadme —dije—. Missy y Thena solo estarán a salvo si cortamos la cabeza del NWO. Bekker tiene la información que necesitamos. Si lo sacamos de combate, sus mercenarios saldrán corriendo. Nunca tendremos mejor oportunidad de atraparlo.
—No se equivoca —aventuró Bozeman.
Dagger se aferró al volante. Su expresión impasible me indicó que estaba procesándolo.
—Ferranti, dame más Tylenol. —Era prácticamente el único analgésico que teníamos a mano que no me tumbaría ni me licuaría más la sangre—. La dosis más alta que tengas.
Agarré la tableta de Bozeman y, consultando nuestras coordenadas de navegación, evalué el terreno que teníamos por delante y calculé mentalmente.
—Según la topografía, tengo una pequeña ventana en unos cuatro minutos. —Me metí varias pastillas en la boca, las trituré con los dientes y me las tragué pese al sabor amargo—. Un grupo de árboles oculta la carretera de la vigilancia de drones y satélites. No hay hostiles en la zona.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Dash.