Capítulo treinta y tres
Missy
—Entonces, ¿no estás enfadada conmigo por haberme ido?
Me senté en el borde del sofá, sujetando las manos de manicura perfecta de Thena.
—¿No me odias? ¿No nos odias?
—Por supuesto que no.
Thena me apretó los dedos.
—Nunca podría odiaros, a ninguna de vosotras. Por favor, créeme.
—Te creo.
Sonreí y parpadeé para contener las lágrimas. Mi hermana mayor era la persona más amable, cariñosa y entregada que conocía. Nunca me había mentido y siempre se había asegurado de que sintiera su amor. Eso era lo que emanaba de ella en ese momento. Amor, alegría y gratitud por este reencuentro.
Estábamos sentadas en el salón de la villa que el Equipo Rastreador había designado como su centro de operaciones.
Daba al césped al pie de la colina. Finn montaba guardia junto a nuestra puerta y Micah había ido a hablar con Allen para organizar nuestra salida del complejo esa misma noche, en cuanto llegara nuestra escolta de BB.
La habitación era agradable, aunque no tan lujosa como la suite del árbol.
Nada más llegar, me quité la sábana y me puse unos vaqueros y una camiseta de tirantes.
Mientras me vestía, Thena nos había preparado un té excelente de la colección de cortesía del complejo.
Durante la última media hora, habíamos compartido lo más destacado de nuestro tiempo separadas.
Me horrorizó escuchar los detalles del asesinato de nuestro padre, la historia de traición que se había cernido sobre nuestra familia y el Equipo Rastreador, y la terrible experiencia que Thena tuvo que atravesar para sobrevivir.
Estaba muy agradecida con Dash por haber regresado para proteger a Thena cuando más lo necesitaba.
Siempre le había tenido cariño, pero ahora que entendía que había arriesgado todo para mantener a Thena a salvo, buscar a Cece y Affie, y encontrarme a mí, mi admiración por él no hizo más que crecer.
—No sé qué decir.
Hice girar la taza entre mis manos.
—Me odio por haberte dejado sola lidiando con todo esto.
—Oh, Missy, por favor, no lo hagas —me suplicó—.
Te eduqué mejor. Odiarse a una misma es una pérdida de tiempo.
Tampoco es que tuvieras muchas opciones.
Padre estaba fuera de control. Pensé que podría contener su avaricia, pero me equivoqué.
Tú, Cece y Affie hicisteis lo correcto al escapar de su yugo. Tenéis derecho a elegir la felicidad.
—Nos enseñaste a mantenernos unidas —dije—.
Así sobrevivimos cuando mamá falleció. Así salimos adelante cuando Nix murió.
Pero entonces padre se convirtió en un tirano aún peor, y sentimos que escapar de él era la única salida.
Tú lo sabías. Te pedimos que vinieras con nosotras, y aun así te negaste. ¿Por qué?
—Le hice una promesa a mamá antes de que muriera —Thena dejó escapar un suspiro—. Le juré que cuidaría de padre, así que tenía que quedarme.
—¿Qué? —me quedé boquiabierta—. ¿Por qué no nos hablaste de esa promesa?
—Quería contároslo, pero temía que las tres os quedarais por mi culpa —se encogió de hombros—. Quería que fuerais libres, que fuerais felices.
—Debería haber sabido que te quedaste por tu sentido del deber —gemí—. Siento mucho haber sido tan egoísta y haberte dejado con una carga tan pesada.
—Nunca te disculpes por tomar buenas decisiones para ti misma —me recordó Thena.
—Javier me dijo lo mismo el otro día.
—Bueno, entonces el tipo tiene sentido común —Thena esbozó una sonrisa fugaz antes de ponerse seria—.
Entendí tu decisión desde el principio. Solo cuando Dash apareció y me dijo que todas estábamos en peligro supe que teníamos que encontraros.
Y ahora, no voy a mentir. Me alegro muchísimo de tenerte de vuelta. Te he echado tanto de menos.
—Yo también.
Volvimos a abrazarnos. En la última media hora, se había convertido en algo habitual. Era como si necesitáramos ese contacto físico para creer que nuestro reencuentro era real.
—La vida sin ti era tan solitaria —suspiré, reconfortada en el abrazo de mi hermana—.
Me sentía desconectada, como un árbol sin raíces o un cuerpo sin extremidades.
Las Hermanas de la Caridad fueron muy amables conmigo, pero os echaba de menos a ti, a Cece y a Affie.
No puedo dejar de pensar en ellas. ¿Y si los asesinos las alcanzan antes de que las encontremos?
—Yo también estoy preocupada —Thena respiró hondo—. Estamos haciendo todo lo posible para encontrarlas cuanto antes. Dash dice que, como conocemos a Cece y Affie, tenemos una gran ventaja sobre los asesinos a sueldo que intentan localizarlas.
—Ojalá sea verdad —murmuré.
Thena cogió la tetera y nos sirvió más. No le ponía azúcar al té, pero me reconfortó que recordara que a mí me gustaban dos terrones en el mío. Me tendió la taza humeante.
—¿Y si Cece y Affie están... —clavé la mirada en mi té, incapaz de pronunciar la palabra.
—No están muertas —dijo Thena con una seguridad que me dejó sin palabras.
La miré a los ojos.
—¿Cómo lo sabes?
—Simplemente lo sé —Thena levantó la taza.
—Pareces muy segura —rodeé la taza caliente con las manos, intentando ahuyentar mis pensamientos sombríos—. ¿Hay alguna noticia sobre su paradero?
—Tenemos pistas —Thena dio un sorbo al té—. Las estamos siguiendo.
—Espero que las encontremos pronto —me mordí el labio.
—Solías morderte el labio así cuando eras pequeña.
—¿De verdad?
—Eras el bebé más bonito y dulce —los ojos de Thena se iluminaron con los recuerdos—. Recuerdo tenerte en brazos por primera vez y saber que eras un regalo del universo.
—Ya no soy una bebé, ni una niña dulce —me atreví a decir—. Hace tiempo que dejé de serlo.
—Lo sé —los ojos de Thena se abrieron de par en par—. Has cambiado un poco. O quizás mucho. Las dos hemos cambiado.
—He estado trabajando en mí misma —dije—. La Bebé Missy, la Remilgada Missy y la Missy Ratoncita se acabaron. Ahora solo soy Missy.
Thena arqueó las cejas.
—Siempre fuiste callada y tímida, y eras la pequeña de la familia, pero para nosotras nunca fuiste remilgada ni ratoncita, y todas te adorábamos.
—Necesité mucha ayuda al crecer —me sequé una lágrima fugitiva del rabillo del ojo—. Todos esos desmayos. Siempre estabas tan preocupada. Te agradezco mucho que estuvieras a mi lado, pero en los últimos tres años, he dado la vuelta a la tortilla. He dedicado mi tiempo a cuidar de otros.
—Entiendo lo que intentas decir, Missy. Me gusta mucho la mujer en la que te has convertido. Así que se acabó lo de tratarte como a una niña pequeña. Ahora, dime la verdad. ¿Estás bien?
—Estoy bien —di un sorbo a mi té—. Mi tiempo con las monjas me enseñó mucho sobre el mundo en el que vivimos.
Salir de Nicaragua fue peliagudo, y ni siquiera puedo empezar a contarte lo aterradores que son Bekker y su NWO, pero hasta hoy, estuvimos a salvo aquí.
Javier es muy hábil en su trabajo y cuidó de mí de maravilla.
—Oh, sí —dejó su taza y me guiñó un ojo—. Ya lo veo.
Me puse colorada.
—No quiero que pierda su trabajo por mi culpa.
—Dash solo quiere protegerte, a ti y a todas nosotras. No estará enfadado con Javier para siempre, especialmente ahora que sabe que te salvó la vida —hizo una pausa y me estudió el rostro—. ¿Es amor de verdad?
—No sé qué siente él por mí, pero dije la verdad allí dentro. Lo amo. Y...
—¿Y qué?
Dejé la taza.
—Esto te va a parecer una locura.
Se recostó en el sofá y cruzó las piernas.
—Prueba a ver.
—Soñé con él —respiré hondo y me obligué a seguir hablando—. Soñé con él antes de que viniera a buscarme.
***
Javier
Atrapé a la criatura en el aire, la agarré justo debajo de la cabeza. Con la boca abierta y los colmillos goteando veneno, la víbora se retorció y sacudió el cuerpo musculoso en mi agarre. La maldita era más fuerte de lo que esperaba y feroz en su defensa.
Un paso, dos pasos, abrir las puertas mosquiteras de un tirón, luego las correderas...
Lancé la serpiente dentro de la suite, hasta el otro extremo, y cerré las puertas de golpe.
—Joder —me obligué a respirar—. ¿Acaba de pasar eso?
Me di la vuelta y vi a Dagger pálido como la cera, mirándome con una expresión que nunca le había visto.
—¿Qué? —pregunté—. Si estás pensando en denunciarme a la protectora de animales, esa serpiente acaba de intentar matarte.
—Lo sé —tragó saliva—. Me has salvado la vida.
—Joder —King corrió hacia nosotros—. ¿Estáis todos bien?
—No —la mirada de Omega se deslizó hacia mi brazo derecho—. Tu mano.
Giré la muñeca y vi un fino rastro de sangre en el costado, debajo del pulgar.
—Es solo un rasguño —me limpié la sangre y observé cómo la línea roja volvía a brotar de dos pequeños agujeros en mi piel.
—Ferrari, baja aquí, ya —gritó Dagger—. King, llama. Avisa a Bozeman. Necesitamos...
Su voz se convirtió en un zumbido distante.
No escuché el resto. Una llama brotó de la herida, una sensación de ardor que crecía y se extendía por el resto de la mano y subía por el brazo.
El corazón me empezó a galopar como un caballo de carreras y el pulso me retumbaba en los oídos.
Las rodillas me flaquearon. Todo parecía irreal y, sin embargo, el dolor que me atravesaba era muy real.
—Siéntate —Dagger me puso una silla debajo—. Pon la mano en el regazo. No te muevas.
Ferrari subió las escaleras al trote.
—¿Qué pasa?
—Mordedura de serpiente —informó Dagger—. ¡Muévete!
—Mierda —Ferrari me tomó el pulso—. Demasiado rápido. Colabora, Guzmán. Intenta ralentizar la respiración todo lo que puedas.
Inhalar... Exhalar... Dentro... fuera... Ahora me tocaba a mí trabajar el nervio vago. Difícil ralentizar nada cuando el corazón me latía tan fuerte.
—Necesitamos antiveneno —Ferrari abrió la cremallera de uno de los bolsillos y sacó el botiquín.
—Hay un hospital cerca —informó King, repitiendo lo que le decían por el móvil—. Les estamos avisando. Nos esperarán.
—No podemos irnos sin más —apreté los dientes por el dolor abrasador—. Bekker está esperando a que hagamos un movimiento. Si dejamos a Missy y Thena aquí, vendrá a por ellas. Si las llevamos con nosotros, nos atacará por el camino.
—Lo sé —dijo Dagger, con el teléfono pegado a la oreja—. Déjame a mí preocuparme de esa mierda.
Mientras tanto, Ferrari limpió y desinfectó la herida.
Sacó un bolígrafo del bolsillo y dibujó un círculo alrededor de las punciones, además de anotar la hora de la mordedura.
Por un instante, el mundo me dio vueltas.
Comprendí lo que sentía Missy justo antes de desmayarse. Luché por no perder el conocimiento.
—¿Goof? —Ferranti agitó la mano frente a mi cara—. ¿Me estás escuchando?
—Te oigo.
—Tenemos tiempo. —Seleccionó un vendaje—. Aquí son buenos con las mordeduras de serpiente. Si te tiene que morder una víbora, este es el lugar indicado.
—Claro.
Mi cuerpo ardía como un carbón en llamas. Me limpié las gotas de sudor que se formaban en la frente. Bajé la vista hacia el enrojecimiento que se extendía por mi mano derecha y observé cómo la herida se hinchaba ante mis propios ojos. La sangre seguía manando, demasiado rápido para mi gusto.
Un párrafo del catálogo de serpientes de los Raiders me vino a la mente: El veneno de la Fer-de-lance está diseñado para matar a su presa e iniciar el proceso de predigestión del tejido.
Afecta a la capacidad de coagulación de la sangre, provocando hemorragias internas y presión arterial baja para que la presa no pueda huir.
Sin antiveneno, la muerte en humanos se produce en cuestión de horas, siempre que el paciente no sea alérgico al veneno, en cuyo caso puede sobrevenir en cualquier momento.
Jodidamente genial. Era presa de una serpiente. En cualquier momento, mis tejidos empezarían a descomponerse desde dentro. Eso, si el shock, un paro cardíaco o un derrame cerebral no me mataban antes.
No había tenido miedo de morir ni un solo día de mi vida.
En mi profesión, la muerte era una posibilidad muy real, pero por un momento, el pánico se apoderó de mí.
Por fin había conseguido mi oportunidad con Missy.
Ella había dado la cara por mí, sin miedo a contarle al mundo lo nuestro.
Había declarado que yo era el hombre al que amaba. ¿Y ahora me iba a morir?
Una oleada de arrepentimiento me invadió. Había desperdiciado tanto tiempo. Me había alejado de ella cuando debería haber dedicado cada segundo a estar a su lado. No le había dicho que la amaba. Joder, ni siquiera la había hecho mía públicamente como ella había hecho conmigo hoy delante de todos.
—Oye, ¿King? —llamé mientras Ferranti me vendaba la mano.
—¿Qué pasa? —King se agachó a mi lado.
—Dile a Missy que la amo.
—Joder, no. —King hizo una mueca—. No voy a decirle una mierda. Díselo tú.
Lo intenté de nuevo, mareado como una peonza.
—Pero si me muero...
—Eres un hijo de puta grande, malo y duro. —King se me plantó delante—. Vamos a llevarte al hospital.
—Bekker y sus mercenarios no van a dejarnos llegar y lo sabes.
—Que se joda ese cabrón —maldijo King—. Vamos a llevarte allí. Tienen el antiveneno esperándote. Así que lucha por ganar tiempo. Lucha por seguir vivo. ¿Entendido?
—Mordido por una puta serpiente —murmuré mientras el dolor ardiente me latía en las venas—. Qué manera tan jodida de palmarla. Los dioses del Valhalla deben estar partiéndose el culo de risa. Ahora mismo soy puro veneno. Este cabrón va a tener una muerte miserable.
—No vas a morir —espetó Dagger—. Eso es una orden, marine.
—No estaba hablando de mí. —Esbocé una sonrisa pese al dolor—. Estaba hablando de la serpiente.