Capítulo veintisiete #4
Entendía que tenía mucho que procesar, y yo también. Lo que había sentido al follar con Missy era diferente a todo lo que había sentido antes. Me sentía nuevo. Limpio. Tal vez incluso esperanzado.
«¿Qué coño, Goof? Solo fue un polvo increíble».
Fue mucho más que eso y lo sabía.
Ella estaba en silencio pero relajada en mis brazos. La acurruqué contra mí. Me encantaba ser su entrenador sexual, su compañero de exploración, su hombre, y hasta ahora el único, aunque fuera solo por este instante.
Las lecciones que le había enseñado no eran nada comparadas con lo que aprendí de ella.
El sexo mezclado con amistad y afecto era otra cosa.
El placer compartido con inmensa e intensa generosidad era poderoso.
La honestidad en cada gesto, espasmo y gemido era algo tan raro y fresco.
Me había dado más que diversión, más que sexo. Me había dado un tesoro: a sí misma.
Renacimiento. Eso era lo que se sentía al estar con Missy. Un renacimiento del corazón. No podía explicar la poderosa emoción que dominaba mi ánimo. Era más que lujuria, pura, penetrante y abrumadora. Era brillante, como las motas naranjas en los iris de Missy cuando se corría.
¿Por qué mi corazón latía más fuerte cuando estaba con ella? ¿Por qué mis sentidos se sentían más agudos e intensos? ¿Cómo había convertido una experiencia común en algo sublime?
No lograba entenderlo. Habíamos follado.
Duro. Tal vez demasiado duro para una principiante, pero así era como ella lo había querido, y mi objetivo había sido complacerla en todos los sentidos.
También me había complacido a mí mismo sin límites.
Entonces caí en la cuenta. Esto debía ser lo que otras personas llamaban «hacer el amor».
Sí. Follar con Missy era el upgrade definitivo.
Era follar, elevado.
El silencio en la habitación se prolongó.
—Toc, toc —le di unos golpecitos en la cabeza—. ¿Qué más está pasando ahí dentro?
—Me cuesta creer que haya tardado tanto en llegar hasta aquí, en sentir esto —soltó un largo suspiro—. Entre las estrictas normas de mi padre, el internado, las exigencias de la escuela de enfermería y los años viviendo con las monjas, nunca tuve tiempo ni ganas.
—Rebobina a lo de las ganas —hice girar un dedo en el aire—. ¿Nunca?
—Bueno, sentía curiosidad —admitió—. Pero no me apetecía probarlo con ninguno de esos pavos reales cazafortunas que iban detrás de una Astor.
Sinceramente, durante mucho tiempo pensé que era casi asexual.
Hasta que te conocí en mis sueños y mi libido despertó.
Luego te conocí en la vida real y... bueno, el resto es historia. Resulta que soy tremendamente sexual.
—Lo eres —le rocé la frente con los labios, disfrutando de su nueva confianza—. Y debo añadir que un servidor adora a la Missy sexual.
—Gracias por hacer que mi primera vez fuera especial —me sonrió, con los ojos brillándole de alegría.
—Fue un placer y un honor —la apreté contra mí—. Y también fue un polvo fenomenal. O fenomenalmente un polvo, si lo prefieres.
Sus risitas resonaron en la suite.
—Affie estaba equivocada con lo del vibrador.
Solté una carcajada.
—Y yo aquí, temiendo a la competencia.
—No tienes nada de qué preocuparte —esbozó una sonrisa traviesa que se fue apagando poco a poco—. He tardado tanto en llegar hasta aquí.
—No tiene nada de malo —noté que su nueva confianza flaqueaba—. A los treinta, a los cuarenta, a los cincuenta, nunca. Cada cual a su ritmo. El sexo es una experiencia individual, todos somos diferentes, y eso está bien.
—Pero Javi —protestó—, he perdido tanto tiempo.
Me reí porque lo decía totalmente en serio.
—Tienes todo el tiempo del mundo por delante.
—Eso espero —se apoyó en el codo—. ¿Podemos repetir, por favor?
—¿Ahora? —nunca dejaba de sorprenderme—. ¿Quieres repetir?
—Claro. ¿Tú no? —su sonrisa era puro entusiasmo—. Ha sido fantástico. Quiero asegurarme de que se me da bien, y ya se sabe que la práctica hace al maestro.
—Se te da de maravilla, ángel —dije entre risas—. Si quieres seguir practicando, me ofrezco voluntario cuando quieras y donde quieras.
Me amenazó con el dedo en broma.
—No hagas promesas que luego no puedas cumplir.
Eso me bajó un poco de la nube. ¿Qué pasaría cuando volviéramos a Astor House?
No tenía ni idea, y la mente se me quedó en blanco cuando ella empezó a trazar círculos alrededor de los pezones con las yemas de los dedos, y luego deslizó la mano por el estómago hasta mi polla exhausta. Con su contacto, la sangre acudió a toda prisa. Lo que esta mujer le hacía a mi cuerpo.
—Vaya —se quedó mirándola—. Mira cómo crece.
—Eso no es combustión espontánea —le recordé—. Es todo cosa tuya.
—Me siento... poderosa —me rodeó con la mano y apretó el agarre.
—Eres poderosa —en su mano, el placer iba creciendo deprisa, pero tenía que decírselo—. ¿Tú y yo? Explosivos. Nucleares, de un modo único y excepcional.
—Me alegra que me lo hayas dicho —siguió acariciándome hasta que estuve listo para otra ronda. La besé. Fue entonces cuando me pilló desprevenido con su pregunta—. ¿Qué crees que marca la diferencia?
Le dije la verdad.
—Tú.