Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

Javier

Mientras subíamos la colina, noté que los guardias de seguridad asignados a Missy nos seguían desde lejos.

Bien. No pensaba bajar la guardia aunque fuera a estar ocupado.

Le ofrecí el brazo a Missy, y ella lo aceptó, enlazando su mano en mi codo y dejándola descansar sobre mi antebrazo.

Sus dedos pálidos y delicados contrastaban con mi brazo bronceado y fornido.

Le eché un vistazo. Algunos mechones largos se le habían escapado del moño, pero parecía tranquila y serena. Cuando me pilló mirándola, me dedicó una pequeña sonrisa que me hizo vibrar a otra frecuencia.

Desde que hablé con King, había estado siguiendo su consejo de identificar mis emociones antes de abrir mi bocaza.

El ejercicio mental me había ayudado a controlar mi temperamento y a navegar por aguas traicioneras esta noche.

Ahora hice un esfuerzo consciente por nombrar la emoción que me apretaba las tripas y me tensaba los hombros.

Estaba nervioso.

Yo. Nervioso.

¿Por qué demonios estaba nervioso?

Subir a una habitación de hotel con una mujer hermosa a mi lado era pan de cada día para mí. Lo había hecho innumerables veces. ¿Por qué ahora era tan diferente?

Missy. No era una mujer cualquiera. Era Ángel, mi Ángel, y yo no era lo bastante bueno, nunca lo sería, para ser el hombre que merecía.

Eres un cabrón con muchos problemas, pero si tienes suerte, puedes unirte a su aventura y ser quien le enseñe el placer.

La sangre me zumbaba en los oídos cuando pensaba en lo que ella quería. Explorar, experimentar, aprender. No podía pensar con claridad. Mi polla me robaba toda la sangre del cerebro. Mi arrogancia habitual se tambaleaba. Era como si no tuviera cabida en una cama donde estuviera Missy.

—Es una noche preciosa.

Missy respiró hondo.

—¿Hueles eso?

Los perfumes de la noche tropical me inundaron la nariz —plumeria y jazmín, tomillo y ozono flotando a mi alrededor— y sin embargo era el aroma natural de Missy el que me mareaba de deseo, su fragancia embriagadora con toques de cítricos.

—Mira la luna —dijo—. Está tan llena y brillante. Es preciosa.

No necesitaba perder el tiempo mirando la luna para reconocer la belleza. Caminaba justo a mi lado. Preferí mantener la mirada en Missy. ¿Cómo podían sus simples palabras resultar la seducción más dulce y devastadora?

—Javi —suspiró, dándome palmaditas en la muñeca—. Sé que no quieres ni necesitas una relación. Sin preocupaciones, expectativas ni obligaciones. Solo somos nosotros esta noche. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —murmuré.

Debería ser yo quien la tranquilizara y reconfortara, no al revés.

En ese momento, me importaba un carajo mi carrera, quién lo sabía y quién no.

Mi mente y mi corazón estaban abiertos a estar con ella como ella quisiera.

Tenía razón. Solo éramos nosotros. Pensaba hacer que esta noche valiera la pena.

—Dime una cosa —dije—. ¿Tienes miedo de que tenga otra pesadilla y me ponga violento como la última vez?

—No.

—¿Por qué no?

—No me hiciste daño entonces, y no pienso que vayamos a dormir mucho esta noche.

Solté una carcajada. Vaya mujer. Me gustaba su plan.

Me di cuenta de que no podía recurrir a mis polvos rápidos y furiosos de siempre.

Tenía que encontrar la manera de que esto fuera genial para ella de principio a fin.

Saludamos a Pedro, que estaba apostado en nuestra entrada, y con los brazos aún entrelazados, subimos los escalones hasta la puerta.

La solté, abrí y me guardé la tarjeta en el bolsillo.

—Espera.

La levanté en brazos y, sosteniéndola contra mi pecho, crucé el umbral con ella y cerré la puerta de una patada.

Se llevó la mano a la boca y soltó una risita.

—¿Demasiado, verdad? —Me detuve en el vestíbulo—. ¿Ridículo?

—No, no es ridículo.

Me acarició con la mirada.

—Romántico.

¿Romántico?

Vacilé. Nadie me había acusado nunca de ser romántico.

—Me gusta, tonto.

Levantó la mano y me tomó la barbilla, deslizando los dedos por mi mandíbula afeitada, una caricia tan tierna que me flaquearon las rodillas.

—No tengas miedo de ser tú mismo. Es lo único que te pido.

En todos mis años en esta tierra, nadie me había dicho nunca algo así.

Haz esto. Sé aquello. No hagas eso. Cambia esto.

Sé un hombre. No llores. Sé fuerte. Ese tipo de cosas era lo que había escuchado la mayor parte de mi vida.

Y ahora mismo, por razones que ni siquiera podía empezar a descifrar, su petición hizo que tuviera que parpadear para contener las lágrimas.

Crucé la habitación y la dejé al pie de la cama. Empequeñecida por el alto cabecero, parecía pequeña y frágil sentada en el gran colchón, y sin embargo, cuando me encontré con su mirada, la fuerza y la determinación brillaban en sus ojos, señales de una mujer que sabía lo que quería.

Dio unas palmaditas en el colchón, a su lado. Me acomodé. Tomó mi mano y trazó las líneas de mi palma callosa antes de seguir el contorno de mis dedos, deslizándose de uno al siguiente, un roce suave que provocó a mi polla hasta que se me formó una tienda de campaña en el regazo. Lo vio.

Me encogí de hombros.

—Perdona por eso.

—¿Hablas en serio?

Se echó hacia atrás.

La miré con atención.

—¿Cuál es la respuesta correcta?

—No tienes que disculparte por nada esta noche.

Se quitó uno de los pendientes de aro, luego el otro.

—Me enseñaste esa lección antes. ¿Recuerdas? Esto es idea mía. Es muy amable de tu parte seguirme el juego.

Esto también era idea mía, mi obsesión desde que la conocí.

Había sido yo quien la había disuadido de su plan y le había pedido que me eligiera a mí.

Me había jugado el todo por el todo, y de alguna manera, la cosa había salido a mi favor.

Lo que Missy no sabía era que, una vez que entraba en el juego, jugaba para ganar.

Tendría que encontrar la manera de decírselo más tarde.

¿Que estaba siendo amable? Tonterías. No era amabilidad. Era egoísmo puro porque la necesitaba más que el aire que respiraba.

—¿Has hecho esto antes? —pregunté.

—Creo que sí.

Miró los aros dorados que tenía en la mano, sin mirarme a los ojos.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando estaba en el internado, organizaban un baile una vez al año.

Se quitó las sandalias pisándose los talones.

—Los chicos del internado masculino venían a vernos. Éramos un colegio solo de chicas, así que era todo un acontecimiento. Una vez, un chico me preguntó si quería enrollarme con él. Pensé que debía probarlo. Acabamos en un cuarto de la limpieza. Fue rápido, pero él acabó.

—¿Y tú?

Me miró de la forma más extraña.

—¿Yo qué?

—¿Acabaste?

—No como me hiciste acabar con eso que haces con la boca.

Con las mejillas encendidas, se levantó de la cama y dejó los pendientes en la mesita auxiliar.

—Affie dice que cuando se trata de placer, un buen vibrador siempre supera...

Bajó la mirada hacia mi entrepierna.

—Ya sabes.

—¿Affie dice que un buen vibrador supera qué? —pregunté—. ¿Una polla? ¿Follar?

Asintió y se encogió de hombros al mismo tiempo.

—Ya veremos.

Mi cazadora nunca había sido follada como es debido. Me tocaba a mí enseñarle el verdadero significado del placer. Cuando volví a mirar, se estaba quitando las bragas.

La sangre se me fue directa a la polla.

—¿Qué haces?

—Pensé que quizá deberíamos estar desnudos.

Miró las bragas que tenía en la mano y luego a mí.

—¿Me equivoco?

Tragué en seco.

—No, no te equivocas.

—Vale, pues.

Dobló las bragas y las dejó en la mesa de centro. Sin pestañear, tiró del lazo que llevaba en la nuca. El vestido resbaló de su cuerpo como mantequilla derritiéndose.

De inmediato, todas mis fantasías se hicieron realidad.

Queridos dioses, no me llevéis ahora.

El corazón me latía como una bestia contra las costillas.

Missy estaba desnuda ante mí. Las lámparas tenues de la suite bañaban su precioso cuerpo, resaltando los tonos rosados de su piel, envolviendo sus suaves curvas y sus largas piernas en un halo suave, revelando el pequeño triángulo de vello rojo que coronaba su pubis, tan perfectamente cuidado como el resto de ella.

Se quitó las horquillas del moño y sacudió la cabeza hasta que su melena de un rojo impactante le cayó sobre los hombros y hasta media espalda.

Le enmarcaba el cuerpo y le acariciaba la piel de una manera que me hizo desear desesperadamente hundir los dedos en aquel cabello espeso y brillante.

La luna le envió un rayo de luz como un beso, encendiendo el fuego de su melena.

Parecía una diosa de carne y hueso. O un ángel.

Me obligué a cerrar la boca. Los dioses no debían odiarme tanto. Después de todo lo que había hecho mal en mi vida, algo habría hecho bien para estar aquí, ahora, contemplando a la única mujer en el mundo que hacía cantar mi corazón.

Se miró a sí misma.

—¿Servirá esto?

—Oh, sí.

No podía creer que tuviera que decírselo.

—Eres preciosa, Ángel. Impresionante. Hermosa. No lo olvides nunca.

Frunció los labios y entrecerró los ojos.

—¿Crees que miento?

Me levanté, me quité la funda oculta de la parte de atrás del pantalón y la dejé junto con el móvil en la mesita de noche.

—Hay cosas que no se pueden fingir. Permíteme presentarte pruebas contundentes.

Me planté ante ella, me quité la camiseta y me bajé la cremallera.

Me quité los vaqueros de un tirón y me quedé ante ella, desnudo como vine al mundo.

Por un momento, solo me miró. Se le sonrojaron las mejillas, se le erizó la piel y los pezones se le pusieron tan duros como guijarros de cuarzo rosa.

—Oh. Dios. Mío.

Paseó la mirada entre mi paquete y mi cara.

—Soy enfermera. He visto de todo, pero... eh... eres... impresionante.

—Gracias, supongo, pero lo que quiero que entiendas es que tú eres la responsable de esto.

Me miré la polla entusiasmada y luego volví a mirarla a ella.

—Artemisa, diosa de la luna y la caza, eres la mujer más exquisita que he conocido. Si tú eres la cazadora, yo quiero ser tu presa.

***

Missy