Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

Missy

No podía creer lo que había salido de la boca de Javier. ¿Cuándo se había convertido en un completo cavernícola? ¿Había perdido la cabeza? ¿Se creía mi dueño?

Horas después de nuestra confrontación, aun mientras bailaba al ritmo del grunge lento bajo la luz de la luna, seguía furiosa con él.

Sabía que ambos estábamos inquietos, frustrados por la falta de noticias de Astor House, y con los nervios a flor de piel, conscientes de que nuestros atacantes probablemente nos estaban buscando, pero esa noche él había cruzado una línea.

Yo también había cruzado una, una que me había atrapado y definido durante demasiado tiempo. Ya no había vuelta atrás.

—Ma chérie.

Pierre se inclinó hacia mi oído para hacerse oír por encima de la música a todo volumen y me rodeó las caderas con las manos.

—Te mueves como una sirena.

—¿Una sirena?

Eché la cabeza hacia atrás y solté una carcajada.

—¿O sea que huelo a pescado y tengo cola?

—Y vaya cola.

De pie detrás de mí, Gerard me besó la oreja y deslizó las manos por mi trasero.

—C'est magnifique.

Me sonrojé y grité por encima de la música.

—Chicos, sois geniales para mi autoestima.

—Nuestro objetivo es complacer, mon amour —ronroneó Gerard—. Pero nuestras vacaciones están llegando a su fin. Esta es nuestra última noche juntos.

Última oportunidad. Se me dispararon los nervios y el pulso se me aceleró. Oculté la ansiedad tras una sonrisa torcida. ¿De verdad podía hacer esto?

La respuesta tenía que ser sí. Javier me había iniciado en un aspecto del sexo.

Tenía intención de aprender el resto. El mero hecho de pensar en él hacía que mi determinación flaqueara.

No dejaba de entrometerse en mi cabeza, arruinando lo que debería ser mi diversión.

Malditos fueran su físico y su sex appeal. Y su boca. Y su lengua. Y sus dedos.

Remilgada Missy, no vas a volver a colgarte de él.

Esta noche iba a tomar las riendas.

Eché un vistazo por encima del hombro. Estaba sentado en la barra, con las gafas de espejo puestas. ¿Quién hacía eso de noche? Ridículo, por no decir irritante.

Había estado en la barra toda la noche, rodeado de la despampanante de las tetas enormes y de todas sus admiradoras. Salían de la nada como termitas cada vez que él aparecía, qué conveniente. Las mujeres acudían a él en manada. La verdad, era irritante.

Lucía sus vaqueros rasgados y una camiseta negra que le marcaba los pectorales y los bíceps a la perfección. Con un vaso en la mano que no se había llevado a los labios en toda la noche, resultaba una figura imponente. Tenía que reconocérselo. Era su mejor look de guardaespaldas hasta la fecha.

Habría sido el candidato ideal para lo que tenía en mente.

Capaz, sexy, dulce... bueno, dulce ya no.

Había dejado de ser dulce conmigo en cuanto cruzamos la frontera de Costa Rica.

Era una lástima que yo no le gustara. Daba igual que lo hubiera sorprendido con mi transformación. Seguía viéndome como a una cría.

Su mala actitud y su horrible reacción habían precipitado un hito que tenía que ocurrir tarde o temprano. Nunca había sido el hombre de mis sueños, pero resulta que tampoco era el hombre con el que soñaba. El hombre con el que soñaba había sido un amante paciente y entregado, no un maldito imbécil.

Lo miré de nuevo entre la multitud. Sin dejar de bailar, suspiré. Demonios, hasta sus pies eran sexys, grandes, rotundos y masculinos, enfundados en las Birkenstock, con los dedos tan fuertes y bien formados como el resto de su cuerpo.

Ya sabes lo que dicen, bromeó la voz de Affie en mi cabeza. Pies grandes, polla grande.

Madre mía. Me abaniqué la cara, que me ardía.

Lo que había manoseado cuando tuve la oportunidad confirmaba la observación de Affie.

Quizás todo esto era para bien. No creía que quisiera una demasiado grande esa noche.

Una pequeña probablemente bastaría. Diminuta podría estar bien para empezar.

Y una. Con una sería suficiente. ¿Verdad?

Me mordí los labios y miré a los dos hombres que bailaban conmigo.

¿Cuál de los dos?

¿De verdad quiero hacer esto?

—Ese vestido te queda de muerte.

El aliento cálido de Pierre me acarició la oreja, apartando mi atención de mi némesis.

—Estás que ardes. Me haces hervir por dentro.

—Y yo.

Gerard se restregó contra mi espalda.

—Estoy ardiendo, mon amour.

La vieja remilgada Missy les habría dicho a estos dos que fueran a buscar una manguera para enfriarse. Los habría mandado a tirarse a la piscina, pero de ahora en adelante, rechazos así quedarían reservados para cazafortunas y cavernícolas.

Esta noche eres la cazadora, me recordé, mientras luchaba contra un ataque de nervios que amenazaba con echar a pique mi aventura. Para esto tenía que adoptar el lema de Affie: Aprende un poco, vive mucho.

Cerré los ojos, levanté los brazos y me dejé llevar por el ritmo sensual.

Me recorría el cuerpo hasta que me convertí en una ola que crecía y menguaba en un mar abarrotado.

Moví las caderas en círculos lentos y rítmicos, coqueteé con mis acompañantes, pero el fuego interior no prendía.

Ojalá me sintiera tan atraída por ellos como por Javier.

Deja de comparar. Estás perdiendo el tiempo. Elige.

Estudié a Pierre. Me gustaba cómo sincronizaba sus movimientos con los míos, cómo seguía mi ritmo.

Deslicé la mirada hacia Gerard y noté el brillo en sus ojos y el resplandor que le iluminaba la piel.

La luz y las sombras jugaban con sus rasgos mientras las luces de colores de la discoteca giraban a nuestro alrededor.

Pierre. Debería ser él.

No. Gerard es más bajo y menudo. También tiene los pies más pequeños.

No seas cobarde.

Decídete.

¿Quizás Gerard?

Dejé que Pierre me diera un beso fugaz en la boca.

Olía como si se hubiera bañado en colonia.

Le di un empujoncito juguetón. Gerard se acercó y también me plantó un pico en los labios.

Hasta ahora, los dos besaban sin pasión.

Nada que ver con Javier. Sin calor, sin hacerme derretir, sin fuegos artificiales al contacto.

Argh. Quería darme de bofetadas. ¿Otra vez comparando?

Necesitaba olvidarme de Javier y entrar en ambiente. La nueva yo quizá no tendría otra oportunidad de explorar y experimentar en mucho tiempo.

Oportunidad, ¿recuerdas?

Tenía que decidirme ya, aunque estaba más nerviosa que un flan. Y sin embargo, por mucho que lo intentara, no conseguía elegir. Así que seguí bailando y los hice esperar.

***

Javier

Sentado en el bar junto al lago, observando el baile hipnótico de Missy, me sentía como el mayor perdedor del planeta.

También estaba furioso: con los imbéciles por ser unos aprovechados, con Missy por empeñarse en seguir este camino, conmigo mismo por no tener los cojones de disuadirla de esta locura que me estaba volviendo majara y destrozando algo dentro de mí.

—Hola, guapo.

Rozina me rodeó los hombros con los brazos.

—¿Puedo invitarte a una copa?

—No, gracias —dije una vez más.

—Estás de mal humor.

Se arrimó a mi oído.

—¿Quizás más tarde?

Con la mujer colgada de mi costado, me llevé el vaso a los labios y olvidé beber. En la pista de baile, Missy se rio. Un nudo ardiente de rabia me atenazó la boca del estómago. Siseé entre dientes.

Rozina me hablaba, parloteando sin parar con su voz sexy y ronca, de qué, me daba igual.

Pierre y Gerard estaban desplegando todo su arsenal.

Era una lástima que sus antecedentes estuvieran limpios.

Ojalá fueran del NWO. Terroristas del montón también me valdrían.

Asesinos, gánsteres, delincuentes de cuello blanco, narcotraficantes, joder, hasta criminales de poca monta servirían.

Así tendría una buena excusa para arrancarles los brazos y tirar sus cuerpos a una fisura volcánica.

Una tonelada de gel mantenía el pelo de punta de Gerard en su sitio.

Parecía un maldito erizo de mar, uno rojo brillante, dado el calor y lo que tenían que ser unas cuantas Viagras anticipatorias.

Estaba tan jodidamente seguro de que la suerte lo favorecería esa noche.

Y luego estaba Pierre. Llevaba marcas de diseñador de pies a cabeza y gastaba dinero como si lo cagara.

Ninguno de los dos perdía ocasión de tocar a Missy. Se le pegaban como piojos.

¿Podía culparlos?

Apreté la mandíbula hasta que me dolieron los dientes.

Casi salté del taburete cuando Gerard le agarró el culo.

Quería estrangular a la comadreja con cara de rata.

Pero Missy sonrió. Joder, sonrió. Había sido honesta sobre lo que quería, y ahora, aunque me matara, tenía que quedarme clavado en el asiento y ver aquel espectáculo de mierda con las tripas hechas un nudo mientras ella se lo pasaba bien.

¿A quién elegiría? ¿Pierre o Gerard? Estudié a la pareja. Sabía lo que buscaban. Un trío.

Joder.

La imagen de Missy desnuda con esos dos me cruzó la mente.

Me froté la frente. La presión dentro del cráneo era como una bomba a punto de estallar.

Esos idiotas no sabían nada de Missy. No sabían nada de su familia, de sus hermanas, de su imbécil de padre.

No tenían ni idea de lo fuerte y a la vez lo vulnerable que era.

Nunca sabrían ni apreciarían la jodida suerte que tendrían si Missy los eligiera.

¿Cuando Missy los eligiera?

Estrangulé el vaso con la mano.

Puede que ni siquiera supieran ser delicados con ella. Mierda. Los iba a hacer polvo si le hacían el más mínimo daño. De hecho, podría machacarlos de todas formas, porque me tenían hasta los cojones. Lo único que querían era un coño apretado y jugoso y un par de tetas firmes.

¿No es eso lo que tú también quieres?

La polla se me puso tan dura que vi rojo.

Intenté enfriar el ardor con un trago, pero el whisky me supo tan caliente y amargo como me sentía yo.

A Pierre y Gerard les importaban una mierda las necesidades, los deseos, los sueños y las esperanzas de Missy.

Mientras que a mí sí. A mí me importaba. Yo solo quería lo mejor para ella.