Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo veinte #2
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Capítulo veinte #2

—Ángel, no tienes que ir enseñando lo que tienes para gustarles a los hombres. —Las gilipolleces me salían solas, el único mecanismo de defensa que me quedaba, funcionando a plena capacidad—. ¿Y qué es eso de la pintura de guerra?

Frunció más el ceño.

—¿Pintura de guerra?

—Rímel, colorete, pintalabios. —Me pasé dos dedos por la cara—. Nunca te había visto maquillada. No es que necesites esa mierda. Eres preciosa. Lo sabes. Esos tipos con los que andas van empalmados de todos modos.

—No seas cruel. —Sus palabras rebotaron en el escudo que se endurecía sobre mi corazón—. Les gusta pasar tiempo conmigo. Son amables. No les molesto como te molesto a ti.

—No me... —Me callé a media frase. No tenía sentido decírselo. Al contrario, necesitaba cortar los lazos que me unían a ella con mis tijeras más afiladas—. Déjame que te cuente algo de esos hijos de puta. Van a ser amables contigo hasta que te metan la polla.

Abrió mucho los ojos, pero se mantuvo firme.

—Creo que van a ser amables conmigo de todos modos.

—No seas ingenua. —Mi resoplido no fue fingido—. Son unos cabrones cachondos, así de simple.

Entrecerró los ojos.

—¿Y eso cómo lo sabes?

Me acogí a la quinta enmienda. ¿Y qué si los nuevos amigos de Missy y yo estábamos cortados por el mismo patrón? Conocía a los de su calaña porque eran iguales que yo antes de Missy.

Me apoyé en la barandilla y crucé los brazos.

—No te convienen.

—Ya veo. —Se le formaron dos pequeñas arrugas entre las cejas—. No confías en que sepa lo que hago o lo que quiero.

—No quiero que salgas herida. —Palabras correctas, tono frío e indiferente—. Esos dos pavos reales no tienen buenas intenciones.

—¿Buenas intenciones? —Las cejas se le dispararon hacia el flequillo—.

¿Has considerado que quizá no quiero pasar el rato con alguien cuyas intenciones sean buenas?

Quizás quiero lo que ellos quieren. Tal vez yo quiero meterme en sus pantalones.

Después del adelanto que me diste anoche, quizás quiero saber a qué viene tanto revuelo.

Solo de pensar que esos pavos reales la tocaran se me revolvía el estómago. —Esos tipos no sienten nada por ti—

—¿Crees que soy tan idiota como para tener sentimientos por ellos? —Aspiró todo el aire de la habitación y apretó los puños—. No soy estúpida. Sé perfectamente lo que hay. Están de vacaciones. Buscan diversión. Pues ¿sabes qué? Yo también.

—No hablas en serio—

—No soy idiota —escupió—. No ando buscando el amor donde no debo, como te empeñas en creer. Quiero ampliar mis horizontes, ir más allá del sexo oral.

—¡Missy! —Casi me atraganto—. ¿Qué demonios?

—Estamos atrapados aquí —dijo—. No podemos irnos. Cuando volvamos a Astor House, no tendré oportunidad de explorar ni experimentar.

—¿Explorar o experimentar? —Se me subió la sangre a la cabeza.

—Sí —continuó, sin inmutarse—. Ellos están dispuestos. Un encuentro amistoso no estaría mal. Quizás unas clases de sexo para que me den algunos consejos me vendrían bien. Así podré dar placer en lugar de recibirlo de alguien que lo ve como parte de su trabajo.

Joder. —Anoche no fuiste un trabajo para mí.

—Entonces, ¿qué fue? —Como no respondí, sacó sus propias conclusiones—. ¿Fue deber o caridad?

Apreté los puños y luché con todas mis fuerzas para no perder los estribos.

—Da igual. —Hizo un gesto lánguido con la mano—. No respondas. Mi padre me enseñó con su comportamiento que no se puede confiar en los hombres.

—Yo no soy tu—

—Pero eres un hombre y has dejado muy claras tus... eh... preferencias femeninas —dijo, cortándome—. Entiendo que yo no soy tu tipo. Así que, ahora mismo, solo quiero una cosa. Quiero sexo, preferiblemente del bueno. —Me desafió con una ceja alzada—. ¿Te escandaliza?

—No es tan sencillo —dije—. Hay formas seguras de—

—Si vas a soltarme la charla sobre sexo seguro, ahórratela. —Sus ojos brillaron con fuego naranja—. No soy una maldita niña y, repito, no eres mi jodido padre. Soy enfermera y tengo cerebro de sobra para ocuparme de los detalles. Estoy preparada, así que vete a la mierda.

Estaba preparada. Quería clavarme un puñal. Sus acciones eran frías, calculadas y premeditadas, e incluían la muerte lenta y dolorosa de mi corazón.

—A estas alturas, solo busco pasarlo bien —continuó, ajena al dolor que me aplastaba el pecho—. Lo único que quiero es el tipo de polvos sin compromiso que tú disfrutas tan a menudo. ¿Por qué yo no puedo hacer lo mismo?

—Ángel, por favor. —Me tragué un gruñido—. Tú eres diferente a mí.

—¿En qué? —exigió saber.

—Eres amable, cariñosa, sensible—

—¿Y tú no?

—No como tú —dije—. También eres considerada, reflexiva, concienzuda—

—Para ya con las gilipolleces, ¿quieres? —Cruzó los brazos y me fulminó con la mirada—. La principal diferencia entre tú y yo es que tú eres un hombre y yo una mujer.

—Bueno, sí, esa es una diferencia, pero hay más —intenté explicar—. Tu mundo siempre ha sido pequeño. Creciste protegida de todo. Esas comadrejas que te compraron esas cositas bonitas solo buscan la emoción de la caza, y tú les estás dando alas.

—Deja de hablarme así —exigió.

—¿Así cómo?

—Con condescendencia, como si fuera tonta. —Alzó la barbilla—. Con paternalismo, como si fueras mi padre.

—No estoy— —Que los dioses me ayudaran, lo último que quería oír de ella era que le recordaba al imbécil de su padre, tres veces en una maldita conversación—. Intento mantenerte a salvo. No me ando con gilipolleces cuando hago mi trabajo.

—Tu trabajo. Esa soy yo. —Se llevó la mano al pecho desnudo—. ¿Me equivoco?

—Sí. —Luché contra el impulso de decirle que olvidara toda esa mierda, tomarla en mis brazos y besarla hasta que nuestras bocas se fundieran. En lugar de eso, probé otro enfoque—. Estoy haciendo mi trabajo mientras la luna asciende y tú te metes en el personaje.

Arrugó la nariz como si oliera algo podrido. —¿Qué quieres decir con eso de «meterse en el personaje»?

—Mina dice—

—¿Quién coño es Mina? —preguntó bruscamente.

—Nuestra cazadora cibernética en jefe. —Continué por un camino suicida para mis sentimientos, pero necesario si quería mantenerme en mis trece—. Mina me contó que tu nombre viene de Artemisa, la diosa griega de la luna, la caza, la naturaleza salvaje y la castidad, nada menos.

Alzó la barbilla aún más, desafiante.

—¿Y qué?

—Me dijo que los griegos llamaban a Artemisa «la cazadora virgen».

Su rostro se tiñó de un carmesí intenso y la mandíbula se le tensó. Me había costado lo mío, pero había logrado enfadarla. Enfadada era el objetivo. El principio del fin. ¿Por qué, entonces, me sentía tan malditamente miserable?

—Tengo una pregunta.

Si quedaba algo de calidez en sus ojos oscurecidos, ahora se había esfumado.

—¿Desde cuándo a Peter Pan Musculoso le interesa la mitología griega?

—Desde que supe de ti —repliqué mordaz, ignorando su pulla y sintiéndome como Peter Pan a punto de expulsar a la dulce Wendy del País de Nunca Jamás—. Y ¿sabes qué?

—¿Qué?

—La luna llena está a punto de salir —dije—. Artemisa está de caza.

—Vaya.

Me miró, apartó la vista y parpadeó como si le ardieran los ojos. Cuando logró hablar de nuevo, la corona ígnea brillaba alrededor de su pupila como una llamarada solar.

—Tienes talento. Creo que acabas de juzgarme e insultarme a la vez.

—Es una observación objetiva.

Me encogí de hombros.

—Desde luego, vas preparada para la faena.

—Eres un imbécil.

Su expresión se endureció.

—Acabas de llamarme zorra.

Toda la fuerza de su indignación me golpeó en el pecho. La dulce Missy había desaparecido. En su lugar había alguien a quien no conocía. Y estaba hecha una furia.

Mis instintos de supervivencia se activaron.

De repente me sentí como un hombre que se ahoga.

Mi pecho. No podía respirar bien. No soportaba su desprecio, no quería que me odiara y, a pesar de mi intento deliberado de cortar el cordón, no podía soportar la idea de estar causándole dolor o asesinando la bondad que había en ella.

Empecé a dar marcha atrás desesperadamente.

—No quería decir...

—Sí, quisiste.

Su rostro reflejaba los colores ardientes del atardecer mientras me fulminaba con la mirada.

—Eres un imbécil de primera. Tu doble rasero es una mierda.

—¿Perdona?

—tartamudeé, como si me hubiera dado una patada en las pelotas.

—No creas que no me he dado cuenta —escupió, con la voz tan dura y precisa como una hoja afilada—. Las mujeres se te pegan como sanguijuelas vayas donde vayas. Y te encanta. Disfrutas de cojones con la atención.

—Missy, el lenguaje, por favor.

Invoqué a la hermana Elsa, sobre todo porque oír palabrotas de su boca era tan impactante como una bofetada.

—No pareces tú.

—Pues que le den —soltó entre dientes—. Te guste o no, esta soy yo ahora. ¿Por qué ibas a tener tú el monopolio de las palabrotas, la diversión y el sexo?

—No lo hago...

—¿Porque soy una chica, verdad?

Su mirada abrasadora debería haberme desollado vivo.

—Porque soy la Ratoncita Missy, la Remilgada Missy, la Bebé Missy, la Desaparecida Missy, toda esa mierda que apareció en tu dichoso perfil.

—El perfil no...