Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo nueve
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Capítulo nueve

Missy

La noticia me golpeó en el pecho. El aire escapó de mis pulmones. La noche se cerró a mi alrededor, oscura, peligrosa y asfixiante.

Mi padre estaba muerto.

Busqué los ojos de Javier. Me estaba diciendo la verdad. El maniático del control que me había obligado a huir de mi vida ya no existía. No sabía qué hacer, cómo sentirme.

—¿Cuándo…

Aspiré hondo y me obligué a hablar.

—¿Cuándo murió?

—Hace unos meses.

Mi padre llevaba meses muerto y yo no tenía ni puñetera idea.

Bajé la vista hacia mis manos entrelazadas.

Mi padre se había ido. Los dedos se me pusieron blancos de tanto apretarlos.

Caí en la cuenta de que oficialmente era huérfana.

Mi madre había muerto cuando yo era muy pequeña.

Salvo los recuerdos que mis hermanas habían compartido conmigo, no conservaba ninguno de ella.

Mi padre, en cambio, había pisoteado toda mi vida y me había dejado marcada con su desdén y sus berrinches.

¿Por qué, entonces, sentía ganas de llorar?

Mi mirada vagó sobre el agua. A diferencia de mí, el lago estaba en calma a esas horas.

Me pregunté si alguna de mis hermanas estaría despierta, contemplando el mismo cielo.

Pequeñas ondas besaban la orilla y una brisa cálida y perezosa me acarició el pelo, trayéndome el recuerdo de las caricias de Thena cuando me consolaba de niña.

Cerré los ojos. Ojalá estuviera conmigo en ese momento.

Con todas nosotras lejos, ella había estado completamente sola cuando mi padre murió.

Conociéndola, probablemente había cargado con el peso de las consecuencias de su muerte. Y luego la habían envenenado.

Oh, Thena.

Tragué un sollozo. Al menos ahora tenía a Dash con ella. Era un consuelo, pero no borraba el dolor y la culpa que se me habían atragantado. Ella había sido mi roca toda la vida, y yo no había estado a su lado cuando me necesitó.

Los recuerdos de mi padre fueron llegando con las nubes que se cernían sobre mí. En aquellas ocasiones en que volvíamos del internado y él se reunía con nosotras en Astor House, yo vivía aterrorizada. Huía de su presencia, me encerraba en mi habitación y lo evitaba a toda costa.

Todo en él me asustaba. Su voz severa y su aliento a alcohol que me golpeaba en la cara cuando había bebido demasiado; su mirada fulminante cada vez que intentaba mirarlo a los ojos, lo que me enseñó a bajar la vista a las manos o a los pies; su costumbre de ignorarme cada vez que entraba en una habitación, como si no existiera, o peor, de mirarme con desdén, como si ser la última hija de mi madre me hubiera convertido de algún modo en la causante de su muerte; su ira cada vez que lloraba y después de cada desmayo que había sufrido en su presencia.

Cada palabra que salía de su boca era un desprecio. Cada frase me apuñalaba el corazón.

Sin pensar, me llevé la mano al pecho y masajeé el punto dolorido.

Había aprendido por las malas que cuando el corazón de una niña se rompe, es difícil, quizás incluso imposible, repararlo.

Por culpa de mi padre, había aprendido a desconfiar de los hombres.

No esperaba nada de ellos, no tenía ningún deseo de mantener una relación.

Bajé la barbilla hasta el pecho. Algunas lágrimas escaparon de las comisuras de los ojos. Las sequé con rabia. La garganta se me cerró por el esfuerzo de contener el llanto por un hombre que nunca me había demostrado amor. El cuerpo me tembló mientras luchaba por controlar las emociones.

Mantuve la cabeza gacha. Javier ya pensaba que era joven y tonta. No quería que me viera hacerme añicos como una cría patética. Me aclaré la garganta.

—Necesito un poco de espacio.

—Te entiendo, Ángel —murmuró—. Pero no voy a dejarte sola aquí fuera.

—¿Por qué no?

—Tengo que mantenerte a salvo hasta que te entregue a tu hermana.

Hablaba como si yo fuera el testigo en una carrera de relevos y él estuviera deseando pasarme al siguiente corredor.

—Además estás triste —añadió, casi como si se le acabara de ocurrir—. No quiero que estés triste y sola. Me duele. Aquí.

Se golpeó el pecho con el puño.

—No preguntes. No sé explicarlo. Solo sé que duele.

Por alguna razón, sus palabras abrieron la espita del llanto.

Las lágrimas rodaron por la cara, despacio al principio.

Luego vinieron más y los sollozos se me atascaron en la garganta.

No podía contener la avalancha por mucho más tiempo.

El sollozo atrapado en la garganta escapó.

Hundí la cara en las manos para cubrir el diluvio que brotaba de los ojos.

—Ven aquí.

Me pasó el brazo por los hombros y me atrajo hacia él.

—Me han dicho que llorar es bueno, así que llora todo lo que quieras.

Encogí las rodillas y me apoyé contra su cuerpo grande y cálido.

Durante unos minutos, lo único que pude hacer fue llorar a mares.

No podía parar. Era una blandengue. Mi padre se habría puesto furioso.

Los sollozos me sacudieron el pecho, el cuerpo entero.

Los brazos de Javier me rodearon como si intentaran mantenerme de una pieza.

—Tú…

Se me escapó un hipido.

—Tú piensas que estoy actuando como una niña, que soy patética y débil.

—No eres nada de eso —respondió con convicción—. Eso lo ve cualquiera. Te he visto lidiar con mierdas muy gordas. Eres valiente, como tu hermana Thena. Tienes la fortaleza de los Astor.

Tres años de soledad más toda una vida de tristeza se derramaron como cascadas de los ojos.

Escondí la cara en el hueco del cuello de Javier y lloré hasta que el costado de su camiseta quedó empapado y no me quedaron más lágrimas.

Era un desastre, pero él fue un campeón estoico.

No me gritó, ni me insultó, ni me menospreció.

No era como mi padre. Al contrario, me dejó llorar mientras me frotaba la espalda en círculos, me acariciaba el pelo y me calmaba con su presencia silenciosa.

—No estoy llorando por él —dije, sorbiéndome la nariz.

—Creo que sí.

—No conociste a mi padre.

Alcé la cabeza y lo miré a los ojos.

—Era un imbécil con «I» mayúscula.

—Oh, ya me han contado.

Me estrechó con más fuerza y contempló la noche nublada.

—El caso es que a veces queremos a los imbéciles.

—¿Qué?

Lo miré fijamente.

—Lo que he dicho. Nunca le he contado esto a nadie, pero…

Vaciló antes de continuar.

—Mi padre solía pegar a mi madre. Le di una paliza al hijo de puta cuando tenía trece años. Después de eso, nunca volvió a molestarnos. Aun así, cuando me enteré de que había muerto, me puse triste. Rabioso y triste. Hay una razón por la que esas dos palabras van juntas.

Vi el dolor en sus ojos y sentí las cicatrices que lo atormentaban. Entendía exactamente cómo me sentía. Debió de costarle un esfuerzo compartir aquello conmigo. No solo estaba como un tren. Tenía corazón. Y alma.

Me acurruqué más contra él. El silencio se alargó entre nosotros, pero no parecía incómodo. Esperó a que me recompusiera. Al cabo de un rato, me enfrenté a mis verdades.

—Quizá estoy llorando porque está muerto —admití en voz alta—. Porque aunque fuera un imbécil, era mi padre.

—Y que lo digas —me dio otro apretón en el hombro.

—También estoy triste por todo el dolor y el sufrimiento que he visto en los últimos tres años —me incorporé, me solté la coleta y dejé el pelo suelto—. El mundo puede ser un lugar tan cruel para tanta gente.

—Para la gran mayoría —coincidió—. Los pobres, los enfermos, los indefensos.

Me sequé las lágrimas y alcé la cara hacia el cielo.

—Ojalá fuera diferente.

—Sí —su largo suspiro me envolvió en su aroma—. Yo también.

—Pensé que...

—¿Que qué?

—Que venir aquí y trabajar con la orden ayudaría, ya sabes, con la culpa.

Frunció el ceño.

—¿Qué culpa?

—Mi padre no era buena persona —dije—. Hizo daño a mucha gente con su avaricia.

—Déjame adivinar —respiró hondo—. Pensaste que si venías aquí a ayudar a los necesitados, de algún modo compensarías su comportamiento y quizá incluso te librarías de la culpa que sentías por su avaricia.

—Algo así —dije—. ¿Cómo lo supiste?

—Todos tenemos mierdas que expiar —su suspiro casi me partió el corazón—. Pero no eres responsable de lo que hizo tu padre. No puedes compensar los errores de otros.

—Ahora lo sé, pero merecía la pena intentarlo —me encogí de hombros como pude—.

No me arrepiento del tiempo que he pasado aquí.

Lo que odio es haber tenido que separarme de mis hermanas.

Estoy aterrada por Cece y Affie. Javi, ¿y si están muertas?

—me dolía el corazón como si se me hubiera partido en dos—.

¿Y si ahora mismo las están persiguiendo bestias como las que nos atacaron?

—Entiendo que estés preocupada por tus hermanas, pero recuerda que están tan bien escondidas como lo estabas tú. Las encontraremos antes que los asesinos.

—Eso espero —dije—. Por otro lado, nunca recuperaremos el tiempo que pasamos separadas.

—Supongo que es muy doloroso estar separado de las personas que quieres —sus dedos se deslizaron por mi pelo, evocando recuerdos de mis sueños, donde me había acariciado justo así—. Está bien llorar cuando tu familia se rompe y muere alguien malo. Espero que alguien llore por mí cuando me vaya.

—¿Javi? —me sequé las lágrimas y observé el dolor grabado en sus rasgos—. Tú no eres malo.

—Sí. Lo soy —resopló resignado—. Me gano la vida luchando. He fallado a gente que confiaba en mí. Mato cuando no me queda más remedio.

—Eres un soldado —le recordé—. A veces tienes que tomar decisiones difíciles, pero también tomas muchas buenas. Viniste aquí. A buscarme. Nos rescataste de los mercenarios. Ayudaste a las hermanas Elsa y Janet. Hoy has llevado a la hermana Elsa a cuestas durante un buen rato.

Soltó un resoplido cínico.

—Puede que tú hayas tenido algo que ver.

—Pero lo hiciste tú, no yo —hice una pausa y pensé en algo—. ¿Estás... solo ahora?