Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo Siete
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Capítulo Siete

Javier

Mierda. Contuve un rugido en la garganta. ¿Dónde demonios estaba?

Una descarga de adrenalina me aceleró el pulso y me subió directa a la cabeza. ¿Había decidido la pequeña diablilla largarse por su cuenta? ¿La había ofendido otra vez? Me había disculpado más o menos por lo de «sana», aunque lo había dicho como un verdadero cumplido.

¿Hice algo aún más grosero y estúpido que la asustó? ¿Algo de lo que ni me di cuenta? Los dioses sabían que mi boca era mi peor enemiga. ¿Y si había notado la lujuria que irradiaba como explosiones nucleares? Eso bastaría para hacerla salir corriendo.

Se me encogieron las tripas. Perderla ahora sería un desastre total. Peor aún, era vulnerable ahí fuera sola. Podrían herirla o capturarla. Diablos, ni siquiera iba armada. Me odiaría para siempre si le pasaba algo.

Me agaché y rastreé sus huellas en el suelo. Eran frescas. Más te vale estar muy cerca, Ángel. Si no, íbamos a tener la charla.

Moviéndome silencioso como un muerto, seguí sus huellas de vuelta al lago.

No tardé mucho en encontrarla, de pie a las diez en punto, rodeada por un grupo silvestre de hibiscos en flor.

Los arbustos la protegían de la mayoría de las miradas indiscretas, pero no de la mía.

Por otro lado, agachado detrás del bote, oculto entre las hierbas y fundiéndome con el fondo gracias a mi camuflaje, era invisible para ella.

Tal vez debería haberme anunciado, pero mi cerebro se apagó y se me secó la boca en el momento en que se quitó la camiseta y me dejó ver su espalda larga y suave. Se deslizó los leggings por las piernas torneadas. Se quedó ahí, con solo unas bragas y un sujetador deportivo a juego.

Mis botas echaron raíces y las piernas se negaron a funcionar. Acostumbrado a conjuntos atrevidos y lencería erótica, me sorprendió la reacción de mi cuerpo ante su ropa interior funcional. La sangre me bajó de golpe a la entrepierna, despertando la polla.

¿Qué cojones? Me di una patada mental en el culo. No es tu tipo, ¿recuerdas, imbécil? Ignora la polla y usa la cabeza, ya sabes, ¿la que está encima del cuello?

Vi la toallita cuidadosamente extendida sobre una roca.

Contenía algunos artículos de aseo, una pequeña botella de agua, un cepillo de dientes mojado y un paquete de toallitas.

Vale. De acuerdo. No había huido. Intenté que se me aflojaran las tripas.

Estaba haciendo lo mismo que yo había hecho, encargándose de la higiene. Chica lista. Debería dejarla a lo suyo.

No era un completo imbécil. Sabía distinguir el bien del mal.

También tendía a elegir lo segundo sobre lo primero con una frecuencia alarmante.

Debería irme y darle privacidad, pero cuanto más tiempo me quedaba, más me gustaba lo que veía, más se hundía mi cuerpo en el paisaje y más invisible me volvía.

Se desabrochó el sujetador y lo colocó sobre los arbustos, liberando los pequeños pechos al aire. Pezones tensos coronaban un par de generosas areolas rosadas.

«Suculentos» fue la palabra que me vino a la mente.

La polla se me sacudió en los pantalones y los labios me temblaron con las ganas de chupar esas hermosas tetas.

Pechos, me corregí, como si renombrar sus bellezas pudiera de alguna manera hacerme mejor que el mirón cachondo en el que me había convertido de repente.

Extendió la mano y sacó un par de toallitas húmedas del paquete.

Bajo la tenue luz de las estrellas, la piel le brillaba mientras se frotaba con cuidado.

Se limpió la cara primero, y luego pasó la tela por detrás de las orejas de duende, por el largo y hermoso cuello, y por los delicados hombros.

Levantó un brazo esbelto cada vez y se frotó los costados, luego pasó las toallitas por los pequeños pechos y las deslizó hacia abajo.

Si me lo pedía, me ofrecería encantado a terminar el trabajo.

Se limpió las piernas y los pies a continuación, manteniéndose en equilibrio primero sobre un pie, luego sobre el otro, cuidando de limpiar los espacios entre los dedos.

Tuve que sonreír. Era meticulosamente limpia.

Dejando a un lado las toallitas usadas, sacó una nueva del pequeño paquete y la metió bajo la cinturilla de las bragas.

Uno pensaría que una mujer lavándose las partes íntimas no sería sexy. Solo que sí lo era. Porque era Missy. Todo lo que hacía era sexy sin pretenderlo. Sus acciones eran puras e inocentes y, aun así, la polla me ardía como la del mismísimo diablo.

Cuando terminó, echó otra mirada furtiva alrededor.

Poniéndose de puntillas, miró por encima de los arbustos crecidos y el lago.

Se quedó ahí, mordiéndose los labios, con la frente fruncida, la mirada fija en la piedra plana que se alzaba junto a los arbustos.

Parecía preocupada, pensativa. También parecía culpable como ella sola, y sin motivo.

El culpable era yo, no ella.

Fruncí el ceño. ¿Qué tramaba?

***

Missy

Me había librado de la suciedad que se me pegaba, pero no de la tensión persistente que me torturaba, ni de los pensamientos obsesivos que me hacían enfrentarme a una necesidad poderosa que nunca había sentido antes. La tensión en el bajo vientre me estaba volviendo jodidamente loca.

Desde que Javier había comenzado a hacer apariciones no invitadas en mis sueños, mi libido se había descontrolado.

Solo había empeorado en las últimas veinticuatro horas, cuando se había convertido en un hombre real de carne y hueso.

¿Por qué no podía dejar de pensar en el sexy, delicioso y guapísimo Javier?

Culpaba a los sueños. Eran tan vívidos, tan frescos en mi mente, y venían con sensaciones y emociones que me atraían hacia el hombre real y me hacían querer recrearlos con él.

Culpaba también a los besos abrasadores que habíamos intercambiado, y a la pasión que vibraba entre nosotros.

Nunca me habían besado así. O sea, guau.

Gracias a Dios el hombre no tenía ni idea del efecto que tenía en mí. Eso sería jodidamente vergonzoso, tal vez incluso tan vergonzoso como desmayarse. El tipo había venido hasta aquí para hacer un trabajo. Una misión. Eso era yo para él. Lo había dejado muy claro.

No sabía el lío que provocaba dentro de mí, ni lo perversa que me hacía sentir.

Por mucho que me sonrojara bajo su mirada —como cada vez que nuestros ojos se encontraban— probablemente pensaba que sufría de insolación permanente.

Cada vez que me miraba, un calor nuevo y persistente borboteaba dentro de mí, subiendo desde el bajo vientre, expandiéndose para tensar los músculos internos que anhelaban sus caricias.

No pienses en eso, me advirtió mi mojigata interior. No lo hagas.

Tenía que dejar de fantasear con él, pero un pensamiento insidioso desafió mi determinación.

Después de tres años con las monjas, de seguir sus reglas y vivir castamente durante casi toda mi vida, ¿no sería increíble olvidarme de la modestia, la abstinencia y la templanza, aunque solo fuera por una o dos horas?

¿Cómo sería liberar esa terrible necesidad, desatar la pasión que sentía?

Había sido fácil ser buena y virtuosa cuando vivía en el complejo y no tenía cerca a semejante espécimen de masculinidad para avivar mi lujuria. Lujuria. Eso era. ¿Verdad? Nunca la había sentido antes, pero ¿qué otra cosa podía ser?

Ahora que Javier estaba cerca, esparciendo sus feromonas a los cuatro vientos y disparando mis niveles de oxitocina al máximo, controlar mi lujuria era difícil.

Me tensé entera, incapaz de bloquear las imágenes que destellaban en mi cabeza, una repetición de mis sueños lascivos.

Allí de pie, llevando solo las bragas, sintiendo la caricia de la brisa sobre mi cuerpo, una nueva oleada de calor me envolvió.

Lo pensaste, intervino mi mojigata interior. Ahora apáñatelas.

¿Estaba mal sentirme así?

La mayoría de las mujeres de mi edad tenían relaciones. Les gustaba. Yo no era tan diferente de ellas. Que me hubiera aislado del mundo no significaba que fuera menos mujer. ¿O sí?

Cierto, nunca había sentido la llamada de la lujuria así, esa necesidad abrasadora, pero claro, en los últimos tres años había estado ocupada luchando contra el dengue y la malaria, atendiendo a madres y bebés, y enseñando a leer y escribir a los niños.

Ahora sí sentía el tirón de la masculinidad de Javier, y con creces.

Si quería mantener la cordura, la dignidad y mis deseos secretos a raya, tenía que hacer algo.

Mi irreverente hermana Affie lo llamaría «encargarse del asunto».

¿Aquí? La remilgada Missy estaba lanzada esta noche. ¿Ahora?

Me retorcí las manos. La masturbación no era pecado. ¿O sí?

No lo hagas, advirtió la remilgada Missy. Eres una buena chica.

Me clavé las uñas en las palmas. Dios, cómo odiaba que me llamaran «buena chica». Era el único cumplido que mi padre me había dado en la vida, y era tan condescendiente como la palmadita en la cabeza que acompañaba esas palabras.

No tienes que ser una buena chica para siempre. Las palabras de Affie resonaron en mi cabeza. Cuando te entra el calentón, la polla es opcional, pero el orgasmo es obligatorio.

¿Tenía razón?

Siempre había pensado que Affie estaba loca por los chicos, pero también sabía que el sexo había sido su forma de rebelarse contra nuestro padre, de desafiar su mundo.

Sus atrevidas perlas de sabiduría me parecían sensatas esta noche.

¿Cuánto tiempo podría aguantar el latido palpitante entre mis piernas?

Tenía que ocuparme de esto ahora. Miré a mi alrededor y no vi a nadie. Esta podría ser mi única oportunidad en mucho tiempo.

Affie había hablado a menudo de la necesidad de que toda chica del planeta tuviera un buen vibrador, pero también nos había animado a mí y a mis otras hermanas a practicar lo que ella llamaba «el método siempre fiable, sin necesidad de pilas, de manos y dedos».

Para mi gran bochorno, lo llamaba su «modo manual».