Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo Tres #3
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Capítulo Tres #3

Cuando siguió adelante, le golpeé el pecho con el puño, un gesto inútil, por no decir estúpido, dado que llevaba chaleco antibalas.

—¡He dicho que me bajes!

—Ángel —empezó—. No tenemos tiempo para...

—¡Baja a la niña! —Como respondiendo a una señal, el paraguas de la hermana Janet descargó golpes sobre la espalda del gran guerrero. Pum, pum, pum. Rebotaba en él como si fuera de acero.

—No puedes llevártela, grandullón idiota —dijo la hermana Elsa.

Agitó el bastón en el aire y le golpeó la parte de atrás de las piernas con una precisión impresionante.

—¡Eh! ¡Señoras! ¡Paren ya! —Se giró y fulminó con la mirada a la hermana Janet—. Va a romper su maldito paraguas, y tiene la piel clara, así que lo necesita.

Dirigió su mirada furiosa hacia la hermana Elsa.

—En cuanto a usted, me voy a sentir fatal si tengo que quitarle su jodido bastón, así que deje de usarlo como una jodida arma.

La hermana Elsa sacó su escuálido pecho.

—Cuidado con ese lenguaje, jovencito.

—Con el debido respeto —dijo—, si están muertas, a nadie le importa una mierda el puto vocabulario.

—¡Abajo! —Le di una palmada en el hombro—. ¡Ahora!

—Vale —soltó un suspiro resignado y me dejó en el suelo—. Y yo que venía a rescatarte.

—No necesito que nadie me rescate —espeté, luchando por mantener el equilibrio.

—Pues desde allí no lo parecía —dijo, señalando con el pulgar hacia la colina.

Tenía razón, pero aun así me alejé de él a trompicones.

—Si quieres caminar, camina —dijo—, pero se nos acaba el tiempo, así que vámonos.

Respirando con dificultad, me apoyé en los hombros de las hermanas e intenté con todas mis fuerzas que el recinto dejara de dar vueltas a mi alrededor.

—Te tiene miedo, así que aléjate, pedazo de imbécil —dijo la hermana Janet.

Agitó el paraguas hacia él.

—No le harás daño a nuestra niña. ¡Largo de aquí!

—¿Quién es la malhablada ahora? —El hombre se dirigió a la hermana Elsa—. ¿No le va a echar la bronca?

—Los irlandeses tienen permiso especial para maldecir, o eso dice ella —respondió la hermana Elsa.

Plantó el bastón en el suelo.

—En cuanto a la chica, pertenece al Señor.

Me miró.

—¿Ah, sí?

—¿Que si qué?

—Que si perteneces al Señor —dijo—. ¿Has hecho los votos?

Me clavó la mirada. La intensidad de sus ojos me recordó su beso, que aún me cosquilleaba en los labios y resonaba por todo mi cuerpo en oleadas de placer traicionero.

—Si tanto te interesa, no he hecho ningún voto.

Levanté la barbilla, apelando a mi entereza, esa que a veces me abandonaba.

—Pero eso no es asunto tuyo, ¿verdad? Me pertenezco a mí misma, y no tienes ningún derecho a estar aquí.

—Y una mierda que no —respondió.

Maldiciendo entre dientes, se frotó el puente de la nariz.

—Ángel, te lo juro. No tengo intención de haceros daño ni a ti ni a tus amigas, pero si no salimos de aquí, alguien va a acabar herido, y ese alguien voy a ser yo.

Como me gusta mi culo tal y como está, es hora de decir adiós a este lugar.

Puedes venir conmigo por las buenas o por las malas, pero vienes conmigo.

—No voy a ir contigo a ninguna parte —me planté—. Si crees que vas a devolverme a mi padre, estás muy equivocado...

—No estoy aquí para devolverte a tu padre.

—¿Entonces por qué demonios estás aquí?

—Eso es —la hermana Janet se irguió cuan alta era, que apenas llegaba al metro y medio—. ¿Por qué estás tú aquí?

—Vine a buscarte, Ángel —afirmó—. Estoy aquí para ayudarte, si me dejas.

—Mientes.

Mi escepticismo creció ahora que había sacado agallas y puesto algo de distancia entre él y yo.

—No te creo.

—Hago trampas y miento constantemente —se burló—. Créeme, sabría si estuviera mintiendo.

Fruncí el ceño, confundida.

—¿Qué?

—Olvídalo.

Su amplio pecho se hinchó con otro suspiro exasperado.

—No trabajo para tu padre y tenemos que irnos ya, así que menos cháchara y más acción, por favor.

—No.

A pesar de sus negativas, estaba segura de que había venido a llevarme a rastras de vuelta a las garras de mi padre.

—Un dato —sus ojos brillaron como el cobre—. Los hombres que ocupaban esos cadáveres hasta hace un momento vinieron a matarte. Si no vienes conmigo, otros asesinos vendrán a terminar el trabajo.

—No sabemos nada de eso con certeza...

—Yo sí.

Su seguridad me dejó sin palabras.

—Ahora, por favor. Te lo pido por las buenas. Ven conmigo.

Lo miré con los ojos entrecerrados.

—Si no trabajas para mi padre, entonces ¿quién eres?

—Me llamo Javier Guzmán, a tu servicio.

Hizo una pequeña reverencia juguetona y esbozó esa sonrisa suya de infarto, la que me hacía temblar las rodillas y me derretía el cerebro.

—¿Javier? —exclamé sin poder creerlo.

Así se había llamado en mis sueños.

—¿Eres el Javier?

Extrañamente, la hermana Elsa compartía mi asombro.

—En carne y hueso.

Sin apartar los ojos de mí, continuó:

—Tú, en cambio, no necesitas presentación. Eres Artemis Astor, la hija misteriosamente desaparecida de Richard Astor, o «la Missy Perdida», como te hemos estado llamando últimamente.

Las rodillas me fallaron. Me dejé caer en el bordillo de hormigón más cercano.

La Missy Perdida. Misteriosamente desaparecida. Richard Astor.

No cabía duda. Era un esbirro de mi padre.