Isla (La Secuencia del Amor 2) Capítulo 72
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Capítulo 72

FEbrERO

M ientras veo a Lorna y a Charlie caminar por el pasillo entre los gruesos copos de nieve que revolotean, no puedo evitar sentirme agradecida por cada decisión que he tomado y que me ha traído hasta aquí.

Están preciosas con sus pesados vestidos de color azul grisáceo y sus capas con capucha.

Todos los invitados están de pie y me miran, de modo que lo único que alcanzo a ver es al padre Calum al otro extremo del pasillo.

Me aliso el vestido con las manos; mis dedos lucen pálidos contra el tartán de mi familia.

Al principio iba a usar el tartán solo como un detalle, pero cuando los chicos me dijeron que adoptarían mi apellido, decidí que debía ser el elemento central.

El vestido, confeccionado con mi tartán MacLeod favorito, es de un marrón apagado con azul grisáceo y verde salvia.

Llevo una capa a juego, forrada de seda verde y abrochada sobre los hombros para mantenerme abrigada.

—Aún tienes tiempo de huir si no estás segura —dice Jack a mi lado, tomándome la mano.

—Nunca he estado más segura de nada en mi vida —murmuro, sonriéndole.

—Eso es exactamente lo que necesitaba oír, Isla. Estoy muy orgulloso de ti. —Me pasa el brazo por el suyo, guiándome hasta el inicio del pasillo.

Las primeras notas de violín, desgarradoramente hermosas, de «Our Song» de Elton John flotan sobre nosotros, y no puedo evitar que se me llenen los ojos de lágrimas.

Intento parpadear para contenerlas, pero se desbordan por mis mejillas y resbalan por mi barbilla mientras avanzamos por el pasillo.

Esta fue la razón exacta por la que decidí no usar nada más que máscara de pestañas waterproof y brillo de labios hoy.

Puede que la mayor parte del tiempo actúe como una tía dura, pero estos hombres me han convertido en un flan por dentro.

Jack se gira para mirarme cuando llegamos al final del pasillo, acunando mi rostro entre sus manos y secándome las lágrimas con los pulgares.

—Estoy tan jodidamente feliz por ti, Isla. —Sorbe por la nariz y se limpia la cara, intentando mantener la compostura.

Me tiembla la barbilla y suelto una risa entrecortada.

—Gracias por ser como eres, Jack. De verdad que no sé si podría sobrevivir sin ti.

—Sus labios tiemblan mientras sonríe, pero recupera el aplomo, se yergue y me acompaña los últimos pasos hasta el lado del padre Calum.

Respiro hondo y levanto la vista lentamente.

El corazón me da un vuelco en el pecho cuando veo a mis chicos por primera vez.

Están al otro lado del padre Calum, vestidos con trajes marrones que combinan con el tartán que asoma por sus bolsillos; los colores resaltan sus rasgos a la perfección.

Están guapísimos. Me encuentro con los ojos de cada uno de ellos, con el estómago lleno de mariposas y el pulso acelerado.

Suelto un suspiro tembloroso y echo los hombros hacia atrás, decidida a superar esto sin ponerme en evidencia.

Pero entonces veo que a Theo le tiembla la barbilla y ya no hay nada que hacer.

Parpadeo desesperadamente para contener las lágrimas, decidida a terminar con esto sin derrumbarme.

Me giro hacia Charlie y Lorna, esperando que me den el apoyo que necesito, pero ellas no están mejor.

El rímel les corre por la cara y tienen los párpados manchados de negro.

Joder. Saco un pañuelo de entre mis pechos y limpio primero a Lorna, luego a Charlie, entregándole a ella el pañuelo para que me dé golpecitos en las mejillas.

Les doy a ambas un rápido abrazo, riendo con ellas antes de respirar hondo y volver a girarme hacia los chicos.

En ese momento, el sol atraviesa las nubes e ilumina sus maravillosas sonrisas, de las que emana pura felicidad.

No hay dudas en sus ojos, ni rastro de vacilación o arrepentimiento.

—Isla, Theo, Dylan y Henry, ¿estáis los cuatro listos para empezar?

—pregunta el padre Calum. Todos asentimos y él saluda a nuestra familia y amigos antes de invitar a Theo a pronunciar sus votos.

Theo traga saliva con dificultad y da un paso adelante, cogiendo mi ramo y entregándoselo a Charlie antes de tomar mis manos entre las suyas.

—Girasol, supe que eras la elegida desde el momento en que me quitaste aquel cruasán de la boca de un golpe.

El mundo se desvanece en tu presencia y solo me quedo con el sonido de tu voz, el calor de tu tacto y la luz de tus ojos.

Eres la calma en mi caos, el latido constante en mi pecho.

Contigo, me siento a la vez centrado y libre.

Me encanta cómo ves el mundo, cómo encuentras la belleza en las cosas más sencillas, cómo tu risa llena la habitación y cómo tu amabilidad llega a todos los que te rodean.

No hacen falta grandes gestos ni palabras perfectas.

Basta con estar simplemente contigo, compartir esta vida, este amor, y saber que he encontrado en ti todo lo que podré necesitar jamás.

Joder. No voy a conseguir terminar esto sin ser un mar de lágrimas.

—Dylan, tu turno. —El padre Calum le sonríe con ánimo.

Dylan se muestra sorprendentemente seguro al tomar mis manos.

—Pecas, hay un entendimiento silencioso entre nosotros que no necesita palabras, solo una mirada, un roce, un aliento compartido.

En ti encuentro la calma que no sabía que me faltaba, un sentido de pertenencia que me resulta tan natural como respirar.

Eres el momento antes de dormir, cuando todo está en silencio y en calma, y el mundo se siente en equilibrio.

Me encanta cómo tu presencia perdura mucho después de que te hayas ido, cómo tu risa resuena en mis pensamientos y cómo tu amabilidad suaviza las asperezas de mi día a día.

Estar contigo es como volver a casa, a un lugar que no conocía pero que siempre había anhelado.

Eres mi paz, mi desafío, mi alegría. En el espacio que hay entre nosotros, encuentro un amor constante, sin prisas y verdadero. Un amor que, sencillamente, es.

El padre Calum se limpia los ojos mientras Dylan retrocede. —Henry.

Henry intercambia el sitio con Dylan y sus manos envuelven las mías.

—Pelirroja, encontré mi ancla en ti, una fuerza silenciosa que me da estabilidad, una luz que ilumina cada rincón de mi mundo.

Eres el calor en mis días más fríos, la calma en mis tormentas más feroces.

Contigo he aprendido lo que significa ser visto de verdad, ser amado sin condiciones y amar sin miedo.

Hoy te ofrezco mi apoyo incondicional, mi corazón paciente, mis oídos atentos.

Prometo estar a tu lado en los momentos de triunfo, en los tiempos de duda, en los instantes de silencio donde las palabras no son necesarias.

Juntos construiremos una vida tejida con risas, fortalecida por la confianza y coloreada con la alegría de innumerables aventuras compartidas.

Isla, eres mi principio y mi fin, mi constante, mi amor.

Hoy te doy todo lo que soy y todo lo que llegaré a ser, ahora y siempre.

—¿Isla? —El padre Calum saca un pañuelo de su bolsillo y se suena la nariz, indicándome que comience mis votos.

Respiro hondo varias veces, intentando dominar mis emociones para poder decir esto sin sollozar.

—Dylan, Theo, Henry, cada uno de vosotros aporta algo inestimable a mi vida.

Dylan, tú me aportas una fuerza silenciosa que me mantiene con los pies en la tierra.

Tu presencia tranquila me permite encontrar la paz cuando la vida se vuelve abrumadora, e incluso en tu silencio, siento la profundidad de tu amor: un apoyo constante y tácito que sé que siempre estará ahí.

»Theo, tú eres mi cimiento, aquel en quien puedo apoyarme sin vacilar.

Tu fuerza y tu fiabilidad me dan la confianza para afrontar lo que sea que nos depare el camino.

Eres quien me levanta cuando estoy desanimada, quien está a mi lado en cada desafío y quien me ayuda a encontrar el valor para seguir adelante.

»Henry, tú eres la chispa que me mantiene alerta. Me desafías a pensar de forma diferente, a aceptar nuevas ideas y a ver el mundo como un lugar lleno de posibilidades. Con tigo, la vida nunca es aburrida: cada día parece una aventura y me recuerdas que debo encontrar la alegría en lo inesperado.

»Soy la persona que soy hoy gracias a vosotros tres. Me habéis moldeado, apoyado y amado de formas que ni siquiera sabía que necesitaba. Habéis hecho que mi vida sea más rica, más completa y más hermosa de lo que jamás imaginé.

El padre Calum da un paso adelante y pregunta a cada uno de los chicos si me aceptan como esposa, y luego me pregunta a mí si acepto a cada uno como mi marido.

Estoy que estallo de alegría mientras deslizo un anillo en el dedo de cada uno.

Ellos se turnan para poner sus anillos en mi dedo anular; las tres finas alianzas encajan perfectamente una con otra.

El padre Calum toma nuestras manos, las junta y empieza a envolverlas con un trozo de tartán.

—Que el camino salga a vuestro encuentro, que el viento sople siempre a vuestra espalda.

Que el sol brille cálido sobre vuestros rostros y las lluvias caigan suaves sobre vuestros pies.

Y hasta que volvamos a vernos, que los dioses os guarden en la palma de su mano.

—Levanta la vista de nuestras manos con una enorme sonrisa en la cara. —Podéis besar a la novia.