Isla (La Secuencia del Amor 2) Capítulo 61
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Capítulo 61

C uando llega el jueves, paso por ciclos de sentir que la preparación de la fiesta va por buen camino a un pánico absoluto por estar retrasada.

Henry y Theo se van al pueblo a comprar algunos suministros de última hora, lo que significa que Dylan es el único que está aquí para lidiar con mis estados de ánimo de loca.

—¿Por qué no damos una vuelta en coche y luego vamos al pub a cenar? —pregunta Dylan después de que yo suspire una vez de más, tomándome de la mano y atrayéndome a sus brazos—. Será como en los viejos tiempos. Además, creo que unas cervezas pueden ayudar a calmar los ánimos.

Me río de su eufemismo. No es que crea que necesito una cerveza ahora mismo. Definitivamente necesito una. O cinco. —Es una idea genial. Siento que ha pasado una eternidad desde la última vez que estuve en el pub. Será agradable ver a todo el mundo.

Le lanzo las llaves mientras salimos por la puerta; tengo los nervios tan destrozados que creo que no debería ni conducir. Sé que parte de cómo me siento se debe a lo que va a pasar la noche de la fiesta. La presión y la anticipación me van a matar.

—¿Isla?

Levanto la vista y me doy cuenta de que hemos aparcado en una pequeña zona de grava, con un cartel de la playa de Luskentyre justo delante de nosotros.

—Lo siento —murmuro, pero Dylan ya está fuera del coche, apresurándose a abrir mi puerta antes de que lo haga yo.

Respiro hondo mientras me saca del coche y me rodea la cintura con un brazo protector, pidiéndole a mi cerebro que se relaje.

Cuando me quito los zapatos y hundo los dedos de los pies en la arena, las telarañas por fin empiezan a despejarse de mi mente y vuelvo a sentirme yo misma.

Caminamos el medio kilómetro que nos separa del agua y nos perseguimos entre las olas, intentando no mojarnos.

Dylan se detiene a recoger algo y corre hacia mí con su hallazgo.

—¿Qué es esto? —pregunta, tocando la bola redonda que tiene en la palma de la mano—. ¿Algún tipo de semilla?

—Mierda de oveja, Dylan. Eso es mierda de oveja.

La suelta como si le quemara, mirándome con picardía cuando empiezo a reírme. —¿Por qué hay mierda de oveja en el océano?

—¿Has visto alguna valla en toda la isla? Las ovejas van por donde quieren, incluida la playa. Es así.

—Qué asco. A lo mejor después de todo no quiero vivir aquí.

Me giro sobre mis talones. —¡No puedo creer que digas...! —Mi corazón casi se detiene cuando lo veo de rodillas.

Atándose el zapato.

Joder. Me llevo la mano al corazón, inclinándome por la cintura y tomando aire. —No me hagas eso —digo con voz entrecortada.

—¿Hacer qué? —pregunta él con inocencia, volviéndose a poner de pie y teniendo la audacia de parecer completamente confundido. Niego con la cabeza, demasiado avergonzada para explicar lo que acaba de pasar. Soy idiota.

—Vamos a por esa cerveza que me has prometido —digo en su lugar, agarrándole de la mano y tirando de él hacia el coche.

Llegamos al pub lo suficientemente temprano como para que todavía esté bastante tranquilo. Dylan me sigue hasta un reservado en la esquina y, una vez que estoy sentada, se dirige a la barra a por nuestras bebidas.

—Ha sido una buena idea —admito, aceptando el vaso de su mano.

—¿Sí? —Me estudia la cara para asegurarse de que le digo la verdad.

—En cuanto he entrado aquí, ha sido como si toda la preocupación por la fiesta hubiera desaparecido. No me siento culpable por estar sentada y relajándome como me pasaba en casa.

Da un trago enorme a su cerveza. —Bien. —Me dedica una sonrisa tonta, con la espuma cubriéndole el labio superior, antes de quitársela con la lengua.

Mi mirada sigue el recorrido de su lengua, recordando con todo detalle lo que esa lengua puede hacer entre mis muslos.

Escondo la cara entre las manos, intentando ocultar el rubor que me sube por las mejillas.

—¿Qué ocurre? —pregunta, alargando la mano por la mesa para apartarme un dedo de los ojos.

—Lo que ocurre es que los tres habéis decidido —erróneamente, añadiría yo— que mi cuerpo necesita un descanso hasta después de la fiesta.

—Isla, estabas dolorida después de la última vez. Diablos, apenas te levantaste del sofá al día siguiente. Lo último que queremos es que estés dolorida la noche que llevamos tanto tiempo planeando. Queremos que sea perfecto para ti.

—Lo sé —suspiro, dando un largo trago a mi cerveza. Me doy cuenta de que solo harán lo que sea mejor para mí, pero ahora mismo, montar una polla dura parece una forma estupenda de desconectar.

Dylan desvía hábilmente nuestra conversación del sexo durante las dos horas siguientes.

Estoy gratamente achispada para cuando llegan los habituales del pub, disfrutando mucho del flujo constante de visitantes a nuestra mesa durante la hora siguiente.

Cuando la banda se pone en marcha, levanto a Dylan y nos unimos a los demás en medio de la pista.

Todo el mundo está dando pisotones y aplaudiendo, esperando a que la siguiente alma valiente salte al círculo y baile al ritmo del violín.

Después de unos diez minutos, Dylan me tira de la mano, llevándome al centro del círculo, haciéndome girar una y otra vez.

Tras varios minutos, me detiene y aplaude con fuerza, llamando la atención de todos.

—Quiero daros las gracias a todos por la bienvenida que nos habéis dado a mis hermanos y a mí, incluso después del fiasco con nuestra preciosa Isla aquí presente.

Os prometo a todos esta noche que cumpliremos con ella y seguiremos llevando el pub del modo en que ella imaginó.

—Se detiene cuando estalla un vítor, sonriéndome.

Trago saliva con fuerza, con el corazón latiéndome con fuerza en los oídos—.

También quiero que sepáis que Isla no se va a ninguna parte.

Abrirá una fábrica de cerveza en el castillo a finales de este año, y sus variedades estarán de barril aquí en el pub.

—Vuelve a estallar otro vítor, y el violinista toca una pequeña melodía para mostrar su entusiasmo—.

Por último... —Se vuelve hacia mí, tomándome de las manos y bajando la voz—.

Tenía planeado hacer esto en privado, pero me parece correcto hacerlo delante de toda esta gente que te quiere.

—Se aclara la garganta, clavando sus grandes ojos marrones en los míos—.

Isla MacLeod, ¿me harías el honor de ser mi esposa?

Me tapo la boca mientras él apoya una rodilla en el suelo, sacando una cajita de su bolsillo. Abre la tapa para revelar una alianza que alterna diamantes de talla baguette con piezas de madera pulida. Es preciosa y natural, y quedará absolutamente increíble junto al anillo que me dio Theo.

Antes de que pueda decir nada, levanta un dedo, haciéndome esperar. —Los diamantes son de un collar que perteneció a tu madre. La madera la saqué de la barra que tienes detrás. Quería darte un anillo que tuviera un valor sentimental.

Me tiemblan las piernas y caigo de rodillas frente a él, con las lágrimas rodando por mis mejillas. —Maldita sea, Dylan. —Sorbo por la nariz, limpiándome las mejillas con el dorso de la mano.

—Te lo habría pedido antes, pero el joyero tardó un tiempo en fabricarlo —dice suavemente, acunando mi rostro y secando mis lágrimas con los pulgares.

—¡Contéstale! —grita alguien, y su voz resuena por toda la sala mientras otros se unen hasta que empiezan a corearlo.

Levanto la mano, esperando a que todo el mundo se calme.

—Sí, Dylan. Será el honor de mi vida ser tu esposa.

—Me toma la mano y desliza la alianza en mi dedo antes de estrecharme entre sus brazos.

Los vítores y los pisotones hacen temblar el suelo, y nos separamos el uno del otro, riendo.

Dylan se levanta y me ayuda a ponerme de pie.

La banda vuelve a tocar —una canción lenta esta vez— y Dylan me acuna en sus brazos, balanceándose al ritmo de la música.

—Te quiero más de lo que jamás sabrás, Pecas. —Presiona sus labios contra los míos, besándome con dulzura—. Gracias por decir que sí.

—Gracias por pedírmelo —susurro, sonriéndole.

—Como si alguna vez hubiera tenido otra opción —se burla él, con los ojos brillantes—. Estaba perdido desde el segundo en que te vi.