Capítulo 55
S iento la misma punzada de siempre cuando Henry y yo nos vamos de casa de Lorna para volver a la nuestra.
Solo vivimos a treinta minutos de distancia, pero, con nuestras propias vidas a cuestas, no nos vemos tan a menudo como me gustaría.
Después de suplicarle prácticamente, por fin la he convencido para que busque una niñera y venga a la fiesta de disfraces del próximo fin de semana.
Me hace mucha ilusión verla soltarse la melena y relajarse para variar.
No puedo evitar maravillarme con lo que nos ha enseñado en la granja.
Además de todos los animales, ha estado hibridando dalias.
Tenía campos y campos de nuevos colores y tipos en desarrollo, con los capullos empezando a abrirse en un despliegue precioso.
Su sueño siempre ha sido poder vivir de la granja y, este año, por fin podrá cumplirlo.
En lugar de vender las flores como haría la mayoría de la gente, se está centrando en vender los tubérculos que, según dice, proporcionan un clon exacto de la planta, de modo que el cliente sabrá exactamente qué tipo de flor está comprando.
También requiere mucho menos trabajo, ya que no tiene que preocuparse por la polinización cruzada.
Estoy increíblemente orgullosa de ella, pero me preocupa que pasar tanto tiempo en la granja signifique que no se expondrá a conocer a alguien.
Se merece a un chico que la cuide y valore la mujer tan increíble que es.
Es tarde cuando Henry y yo llegamos a casa, y puedo sentir la energía nerviosa que fluye a través de él.
Está inquieto, sus músculos se tensan cada vez que lo toco, su polla marcando permanentemente la parte delantera de su pantalón.
Y no es solo él. Siento el cuerpo como un cable de alta tensión; la electricidad me recorre cada vez que pienso en lo que va a pasar esta noche.
Los latidos de mi corazón se han instalado entre mis piernas, creando un dolor que solo una cosa podrá aliviar.
—¿Cuáles son los planes para esta noche? —pregunto, bajándome de la moto y dejando el casco sobre el asiento—. Porque estaría más que encantada si me echaras al hombro, me llevaras a la casita y me hicieras lo que quisieras ahora mismo.
—¿De verdad crees que he esperado todo este tiempo para no tener esto planeado hasta el más mínimo detalle? —pregunta él, aguantándome la puerta.
—No —digo haciendo un puchero y sacando el labio inferior.
—Prepara la maleta para dos noches mientras voy a hacer un recado. Estaremos solos, así que trae lo que te resulte más cómodo. Y un bañador, a menos que quieras nadar desnuda.
—¿Me das alguna pista? —le ruego. Necesito alguna idea para saber qué meter en la maleta.
—Estaremos en un velero.
—¿Sabes navegar? —pregunto, sorprendida.
—No exactamente —dice guiñándome un ojo, y me deja preguntándome qué demonios querrá decir con eso.
Al final, dejo de intentar resolver el enigma y preparo algo de ropa cómoda y un bañador.
Me doy una ducha rápida, me pongo un vestido veraniego y cojo un jersey por si refresca.
Mirándome al espejo, me retoco el pelo un par de segundos antes de rendirme y recogérmelo en un moño desordenado.
Para cuando bajo las escaleras con el bolso de viaje en la mano, Henry acaba de volver y entra por la puerta principal con aspecto despeinado.
Tiene las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes.
—¿Lista? —pregunta, recorriéndome de arriba abajo con una mirada de satisfacción.
—No creo haber estado más lista para nada en toda mi vida —confieso, poniéndome de puntillas para darle un beso antes de salir por la puerta.
Él guarda nuestras maletas en el maletero y rodea el coche corriendo hacia el lado del pasajero justo cuando yo iba a abrir la puerta.
Me aparta la mano de un manotazo y me acorrala contra el coche; el ligero gruñido en su garganta me hace arder.
—Si vuelves a hacer eso, tendré que castigarte. Quiero cuidar de ti, Isla. Déjame.
—Sí, señor —digo, tapándome la boca para ocultar la sonrisa. Me derrito cuando sus dedos rodean mi muñeca, bajándome la mano.
—Dilo otra vez —ordena.
—Sí, señor. —Se me corta la respiración mientras el calor se acumula en mi bajo vientre. Él frota su cadera contra la mía, gimiendo cuando levanto las manos para hundir mis uñas en su pelo.
—Sube de una puta vez —dice con voz ronca, abriendo la puerta de un tirón. Mi coño se estremece ante el tono de mando en su voz y me dejo caer en el asiento, ansiosa por llegar a donde sea que vayamos para poder empalarme en su polla y cabalgarlo hasta que olvide mi nombre.
No llevamos ni diez minutos en la carretera cuando Henry se desvía por un camino de grava.
Campos de brezo se extienden a ambos lados, pintándolo todo con una romántica bruma color lavanda.
El camino termina abruptamente a la orilla del agua, con un estrecho muelle de madera y un velero precioso como únicos elementos a la vista.
—¿De quién es el barco? —pregunto, observando sus líneas elegantes.
—Alguien le debía un favor a Lach.
—¿Así que ahora tú le debes un favor a Lach? —pregunto, riendo.
—Básicamente. —Coge nuestras maletas de la parte de atrás, me agarra de la mano y me guía hacia el muelle.
Me quedo sin aliento cuando giramos hacia el barco y la parte del muelle que este ocultaba queda a la vista.
Hay pétalos de rosa esparcidos por los tablones desgastados, que conducen a una pequeña mesa redonda cubierta con un mantel blanco y velas encendidas.
Unas cuantas cajas de pizza descansan en el borde de la mesa, junto con dos latas de Irn-Bru y una botella de champán.
—Tenía planeado cocinar una cena elegante, pero conocer a tu hermana era más importante que hacerme el galán esta noche, así que espero que la pizza esté bien —dice, pasándose la mano con nerviosismo por su pelo oscuro.
—El hecho de que cambiaras tus planes y vinieras conmigo significa más para mí de lo que jamás sabrás, Henry.
Es mucho mejor que una comida elegante. —Me giro para mirarlo cara a cara, pegando mis pies a los suyos, y deslizo los dedos por su barba de unos días, acunando su rostro.
Y luego lo observo, deleitándome con su piel bronceada por el sol, el azul brillante de sus ojos, el rizo de pelo oscuro que le cae sobre la frente.
Saboreando este momento. Esta vida increíble.
No parpadeo lo suficientemente rápido y una lágrima escapa de mi ojo, resbalando por mi mejilla.
Él la atrapa con el pulgar y la lame de la yema del dedo antes de presionar sus labios contra los míos.
—Tus ojos tienen el tono de verde más impresionante cuando lloras —murmura, llevándose mi mano a los labios antes de atraerme hacia el barco—. ¿Te gustaría que te enseñara nuestro hogar para las próximas dos noches?
—Sí, por favor.
—Como te he dicho antes, no sé navegar, así que vamos a quedarnos amarrados al muelle todo el tiempo.
—¿Puedo preguntar por qué elegiste un velero? —pregunto, riendo.
—Porque no hay nadie cerca que pueda oírte gritar mi nombre.
Joder. Mis piernas se vuelven inmediatamente de gelatina, y juro por todo lo sagrado que lo tiraría al suelo ahora mismo en el muelle y me lo tiraría si me dejara. Es tan jodidamente detallista.
—Cuidado por dónde pisas. —Cojo su mano, obligando a mis piernas a funcionar mientras subo a bordo.
No estaba segura de qué esperar antes de llegar, pero esto ni siquiera entraba en mis planes.
La madera elegante y reluciente casi me deslumbra mientras me enseña la cubierta.
El mástil es tan alto que me mareo al mirar hacia arriba.
Lo sigo hacia el interior y bajo un breve tramo de escaleras para encontrar lo que bien podría ser una casa.
Tiene una amplia zona de estar abierta, una cocina, un baño y un camarote lo suficientemente grande para una cama de matrimonio.
Hay pétalos de rosa esparcidos por la cama y velas eléctricas cubriendo cada superficie plana, aportando un brillo suave y romántico al espacio.
—Has pensado en todo, ¿verdad? —Le aprieto la mano, conteniendo más lágrimas.
—¿Te gusta?
—¿Gustarme? Es perfecto.
—¿Deberíamos aprovechar lo que queda de luz?
¿Nadar, cenar, tomar algún postre? —Me presiona un dedo sobre los labios cuando empiezo a protestar—.
Sé que preferirías ir directa al dormitorio, Isla, pero este día es muy importante para mí.
Quiero alargarlo todo lo posible. Quiero divertirme contigo.
Crear recuerdos. —Se agacha y rebusca en su bolsa—.
Hablando de recuerdos… —Sostiene una cámara Polaroid—. ¡Sonríe!
Le sonrío y le enseño las tetas justo cuando salta el obturador. Esta va a ser una noche de locos.