Isla (La Secuencia del Amor 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

S ábado llega demasiado rápido. Tengo un día entero para organizarlo todo antes de que las festividades del baby shower comiencen el domingo a primera hora de la mañana.

Encargo a Jack que lleve a Charlie a la cita en el spa que le he reservado.

Le llevará casi todo el día, así que no tendré que discutir con ella para que me ayude.

Echo de menos a mi amiga, pero prefiero que esté descansada y fresca para la llegada del bebé antes que ser egoísta y tenerla aquí para poder hablar con ella y ponerme al día con todos los chismes que me he perdido las últimas semanas.

Ya habrá tiempo de sobra para eso cuando el bebé esté aquí.

Como he invitado a todo el pueblo, decido celebrar la fiesta en el salón de baile y la terraza contigua.

El torbellino de actividad comienza en cuanto llego al castillo.

Las mesas, sillas y mantelería llegan primero, y casi he terminado de colocarlas con la ayuda de los chicos para cuando llegan las flores.

Les doy a los chicos una lista de tareas mientras empiezo a organizar las flores en centros de mesa, retocándolas hasta que quedan a mi gusto.

—¿Isla? —Levanto la vista para ver la silueta menuda de Penelope recortada en el umbral, con el sol destellando en sus cabellos rubios.

—¡Pen! —grito, corriendo hacia ella y dándole un fuerte apretón—. ¡Ha pasado un siglo! Muchas gracias por venir un día antes para ayudarme con los preparativos.

—¡Faltaría más! He traído refuerzos —dice ella, entrando en la sala y revelando a cuatro hombres gigantescos parados en el pasillo, detrás de ella.

—Isla, te presento a mi tripulación.

—¿ Ellos son la nueva tripulación del Master Baiter? —pregunto, con las cejas rozándome el nacimiento del pelo. Me muerdo el labio para no reírme. Está en un puto lío enorme.

—Sí... —suspira ella, y sus mejillas adquieren un adorable tono rosado. Me giro hacia su tripulación, sin molestarme en ocultar la enorme sonrisa que tengo en la cara.

—¡Gracias por venir a ayudar! Si atravesáis el salón de baile y salís a la terraza, veréis a Henry por allí; podéis pedirle instrucciones.

Estará encantado de tener ayuda. —A decir verdad, me alivia que Pen haya traído a su tripulación, aunque sea una sorpresa total.

No fue hasta que llegamos esta mañana cuando me di cuenta de cuánto trabajo quedaba por hacer en las próximas doce horas.

No estaba segura de cómo íbamos a terminarlo todo, que es exactamente lo que me pasa por haber procrastinado ayer.

—¡Eres una auténtica salvadora! —Vuelvo a apretar a Pen y luego la arrastro hacia las flores, agradecida por la ayuda—. ¿Qué te parece ayudarme con los arreglos florales?

—¡Claro! Los hago para el restaurante cada pocos días. Estas flores son un poco más elegantes, pero creo que podré apañármelas.

Tras unos instantes de silencio, capto la sonrisa burlona en sus labios y sé que está esperando a que le pregunte.

—Suéltalo ya, Pen.

—No hay nada que soltar. —Me mira con un brillo en sus ojos azules.

—No mientas —le digo, dándole un codazo ligero en las costillas.

—Te juro que aún no hay nada. Solo mucho flirteo. Mucho flirteo.

—¿Eso es todo? —pregunto, decepcionada.

—Por ahora. ¿Y tú? ¿Vas a presentarme a esos chicos de los que tanto he oído hablar?

—Con el tiempo. —Sonrío con picardía, contenta de devolvérsela por su falta de información.

—Entonces... ¿cómo va todo?

—Realmente, pero que realmente jodidamente bien.

Pen deja escapar un suspiro soñador, mirándome con los ojos vidriosos—. Me alegro mucho por ti, Isla. De verdad.

—Gracias.

—¿Cómo es? —pregunta ella, cogiendo varios tallos.

—¿Cómo es el qué?

—Ya sabes. El romance. El sexo.

Me atraganto con mi propia saliva, tosiendo hasta que Pen siente la necesidad de darme palmaditas en la espalda.

—Es mucho. En el buen sentido. Más de lo que jamás soñé. Mejor de lo que hubiera podido esperar.

—Gracias a Dios —suspira ella, llevándose una mano al pecho.

—¿Por qué? ¿Estás pensando en liarte con tu tripulación? —pregunto, arqueando las cejas con intención.

—Me gustan mucho todos, pero no son mejores amigos ni hermanos. Solo se conocieron el día que se juntaron para formar la tripulación del barco.

—Pero eso fue hace tiempo, ¿no?

—Sí. Hará un año este mes.

—¿Has hablado con ellos sobre el tema?

—¡Ni siquiera me he cogido de la mano con ninguno de ellos todavía, Isla! No voy a preguntarles a todos si quieren follarme juntos.

—¿Si queremos qué? —pregunta una voz profunda, seguida un segundo después por uno de los hombres más grandes que he visto en mi vida.

Pen suelta un chillido, tirándose al suelo y gateando bajo la mesa para esconderse.

—Madre mía. Pensaba que solo erais cuatro —murmuro, preocupada por cuánto habrá podido oír.

Él me ignora, agachándose para agarrar a Pen por los tobillos y arrastrarla fuera de debajo de la mesa.

Ella se tapa los ojos con las manos mientras él la pone de pie.

Cuando él intenta apartar sus manos de su cara, Pen se deja caer para intentar escurrirse de nuevo al suelo, pero él la maneja con fuerza contra la pared, metiendo una rodilla entre sus muslos para mantenerla en su sitio.

—¿De qué estabais hablando? —gruñe él, con voz grave y rasposa. Le quita las manos de los ojos y le sujeta las muñecas contra la pared con una mano.

Pen parpadea rápidamente, y decido que este es el mejor entretenimiento que podría haber pedido. Me paso al otro lado de la mesa, organizando flores mientras observo lo que ocurre.

—Isla estaba hablando sobre su relación —tartamudea Pen, lambiéndose los labios.

—No, tú estabas hablando, Penny. No me mientas. ¿Toda esa charla sobre confiar los unos en los otros fue solo de boquilla? ¿O lo decías en serio?

—Claro que lo decía en serio. El trabajo es peligroso. Tenéis que confiar los unos en los otros.

—¿Y qué hay de ti, Penny? ¿Confías en nosotros?

—¿Con qué? —susurra ella, con sus luminosos ojos azules mirándolo como si fuera a salir corriendo o a trepar por él como si fuera un árbol. Su mirada se cruza con la mía, suplicando ayuda en silencio.

—¡Oye! Soy Isla —grito, esperando distraerlo—. ¡Encantada de conocerte! Tus compañeros de tripulación están fuera ayudando a mis... mis...

—¿Tus qué, Isla? —dice Pen con voz cantarina, devolviéndomela por haber estado mirando su drama.

—¿Chicos? ¿Novios? ¿Amantes? —El calor sube más por mis mejillas con cada palabra. Supongo que tendré que decidir cómo llamarlos tarde o temprano.

—¿Novios, en plural? —pregunta él, mirándome por encima del hombro con una ceja encorvada.

—Sí, dos de los chicos de Charlie también están aquí.

—¿A qué te refieres con «los chicos de Charlie»? —pregunta él, mirando alternativamente a Pen y a mí.

Me quedo boquiabierta mientras miro de nuevo a Pen. —¿No les has contado nada sobre nosotros?

—No —susurra ella, tapándose la cara con las manos—. Tenía miedo de que eso les animara.

—¿Y eso es algo malo? —pregunto, tratando de entender qué pasa por su cabeza.

—Malo no. Acojonante.

Ah. Eso lo entiendo. —Charlie está casada con Lach, el hermano de Pen, además de con los mejores amigos de Lach, Cam y Jack —explico, dándome cuenta de que eso ni siquiera empieza a hacer justicia a su relación, así que continúo—: Y Jack está casado con Lach, y Lach también está casado con Cam —suelto de golpe.

—¿Y tus novios? —pregunta él, pareciendo entender la dinámica de la relación de inmediato, sorprendentemente.

—Son tres hermanos.

—Un poco menos complicado entonces —dice él, sonriendo.

—Sí, menos mal.

—¿Por qué no te está flipando esto? —le pregunta Pen, girándole la cara hacia ella, estudiándolo como si estuviera viendo a una persona totalmente nueva.

—¿Debería? —pregunta él, sonriendo con suficiencia.

—Yo... no lo sé —balbucea ella, atónita.

—¿Es esta la conversación que he interrumpido? —pregunta él, sosteniéndole la mirada—. Estabas diciendo que no nos pedirías a todos que te folláramos, ¿verdad?

—Ay, Dios. No puedo con esto —gruñe ella, apoyando la cabeza contra la pared y cerrando los ojos.

—Hace un año que nos conocemos, Penny.

—Soy tu jefa —dice ella, haciendo un último esfuerzo por eludir sus preguntas.

—Solo de nombre, y lo sabes. Solo has estado en el barco una vez, y el capitán es quien nos paga.

—¿Vas a desmontar cada excusa que tenga?

—Sí, así que más vale que dejes de poner excusas y me digas de qué estabais hablando antes de que te lo saque mediante tortura —amenaza él, situando los dedos contra las costillas de ella, listo para hacerle cosquillas si no cede.

—¡No te atreverás! —dice ella indignada.

—Te doy hasta tres. Uno. —Pen forcejea contra él, pero él la mantiene en su sitio, con un brillo pícaro en los ojos—. Dos.

—¡Vale! ¡Sí, de acuerdo! De eso mismo estábamos hablando.

—¿Y es eso lo que quieres, Penny? —pregunta él, con voz suave, letal.

Se me pone la piel de gallina y, de repente, soy muy consciente de que no debería estar aquí para esta conversación.

—No te vayas —suplica Pen cuando me ve girarme hacia la puerta.

—Responde a mi pregunta, Penny —dice él con brusquedad, exigiendo su atención.

—¿Sí? ¿Quizás? ¿No lo sé? —dice ella, soltando las palabras como una ráfaga—. ¿Cómo voy a saber lo que quiero si solo flirteamos?

—Yo sé exactamente lo que quiero, y apuesto a que mis cuatro compañeros de tripulación también lo saben.

—Joder —susurra ella, respirando agitadamente—. Suéltame y te prometo que hablaremos de esto luego.

—Define «luego».

—En el viaje de vuelta a casa.

—Está bien. —Él se inclina y le da un beso rápido en la mejilla antes de soltarla y salir a reunirse con los chicos.

—¿Qué cojones ha sido eso? —le pregunto, con los ojos como platos. Observo cómo se escurre por la pared como un pegote de gelatina, mirando al vacío hacia el suelo de parqué—. ¿Pen? ¿Estás bien? —Me dejo caer de rodillas frente a ella.

—Ay, Dios —gruñe ella, abrazándose las rodillas—. ¿Qué acabo de hacer?

—Acabas de hacer que tu vida sea al menos cinco veces más interesante —le digo, sonriendo. Dios, no puedo esperar a ver cómo acaba esto.