Capítulo 35
M e despierto lentamente, mis sentidos cobrando vida uno a uno.
Tengo las piernas entrelazadas con las de Theo.
El contraste de su vello áspero con mis piernas recién depiladas es absolutamente pecaminoso.
Su pecho sube y baja rítmicamente bajo mi mejilla, mientras un edredón mullido nos envuelve en un calor aterciopelado.
Aspiro profundamente, embriagándome con su aroma, deseando que pudiéramos quedarnos así para siempre.
—Buenos días, Girasol —dice. Su voz es puro humo y papel de lija. Se me pone la piel de gallina por todo el cuerpo, haciéndome estremecer. Abro los ojos, parpadeando varias veces antes de levantar la barbilla para mirarlo.
—Buenos días, guapo —murmuro. Su pelo alborotado por el sueño y su barba de un día avivan las brasas que aún arden en mi vientre desde anoche—. ¿Me metiste tú en la cama? —pregunto, dándome cuenta de que no recuerdo haberme quedado dormida.
—Te quedaste frita diez minutos después de que pusiéramos la película.
Pongo una mueca de arrepentimiento. —Pero te había prometido el postre.
—Isla, he perdido la cuenta de cuántos «platos» tomamos anoche. Podemos dejar el postre para otro momento.
—¿Y por «otro momento» quieres decir ahora? —pregunto, mordiéndome el labio y mirándolo con ojos de corderito.
Él mira el reloj de la mesita de noche. —Podemos tomar postre ahora o desayunar. Dejan de servir en cuarenta y cinco minutos.
Le doy un rápido beso en los labios antes de saltar de la cama y ponerme la ropa. —Te quiero, pero estoy hambrienta.
Él suelta una risita, con la mirada adorando mi cuerpo.
Podría acostumbrarme a esto. Le lanzo unos bóxers mientras me dirijo al baño para cepillarme el pelo.
Theo me rodea con sus brazos por detrás, besándome la sien antes de apoyar la barbilla en la coronilla de mi cabeza.
Nuestras miradas se cruzan en el espejo.
—¿Cómo puedes estar tan guapa recién despertada? —pregunta, recorriendo mi mandíbula con el dorso de los dedos.
—¿Esperabas un zombi? —Extiendo los brazos y pongo los ojos en blanco—. Quiero comer cereeeebros —gruño, sacudiéndome en sus brazos.
—Madre mía, Isla. ¿Llevas practicando eso toda la vida?
—No, pero me disfracé de zombi para Halloween cuando tenía quince años y me pasé meses viendo películas de zombis para perfeccionar la técnica. Supongo que se me quedó grabado.
—Ya lo veo —se ríe, dándome la vuelta y pegándome a su pecho desnudo. Suspiro feliz. Este es mi sitio. Finalmente lo suelto cuando me parece que quizá no vaya a dejarme ir nunca y le doy un azote suave en el culo—. Anda, vístete antes de que me ponga de mal humor por el hambre.
—Eso daría incluso más miedo que el zombi, ¿verdad? —Me levanta la barbilla y me besa con fuerza antes de volver al dormitorio.
Mi mal humor cuando tengo hambre es algo que nadie debería tener que ver. Ni siquiera me reconozco cuando me pongo así. Es como esos anuncios de Snickers. Da un miedo que te cagas.
Desayunamos en la terraza, protegidos por grandes sombrillas del inusual sol de verano. No podría haber pedido un par de días más relajantes antes del estrés de la fiesta del bebé de Charlie. Es como si Theo se hubiera metido en mi cabeza y supiera exactamente lo que necesitaba.
—Por nuestras últimas primeras citas —dice Theo, levantando su mimosa mientras el viento le despeina el pelo.
—Esta es de verdad mi última primera cita con vosotros tres, ¿no? —reflexiono.
—Más vale que sea tu última primera cita de la vida, Isla. Vamos a por todas.
Me muerdo el labio para contener la sonrisa, sintiendo el calor subiéndome a las mejillas. Me encanta lo protector que es. Apela a algo primitivo en mi interior. —Por mi última primera cita —susurro, brindando con su copa y dando un sorbo.
—¿Qué quieres en la vida, Isla? —pregunta Theo después de que nos hayan servido una cantidad increíble de platos en la mesa para un desayuno tipo bufet. Me sirvo ensalada de frutas y torrijas, tomándome mi tiempo para pensar en su pregunta antes de responder.
—Al final, todo se reduce a una cosa. Quiero sentirme realizada en todos los ámbitos de mi vida. Amor. Familia. Negocios.
—¿Qué significa para ti estar realizada? —insiste él, tomando un bocado de huevos revueltos.
—Significa que soy feliz. Que la gente de la que me rodeo es feliz.
Me siento plena, pero no a expensas de sus deseos y necesidades.
Y eso va tanto por vosotros tres como por Charlie, Jack, Cam y Lach.
Y por el resto de mi familia, ya puestos —doy otro bocado y, de repente, se me ocurre algo—. ¿Ya conoces a Lorna?
—Tu hermana, ¿verdad? —pregunta—. No, no nos conocemos.
Me tapo la cara con las manos. He estado tan absorta en mi propia miseria que ni siquiera me he dado cuenta de que no han conocido a una de las personas más importantes de mi vida. —Viene para la fiesta del bebé, quizá tenga tiempo de pasarse. Pen también estará allí.
—¿Quién es Pen?
—La hermana de Lach.
—Podríamos preparar algo para cenar en la Manor House. Podrían venir después de la fiesta —sugiere Theo.
—¡Perfecto! —Me hace ilusión presentarlos, pero me hace aún más ilusión ponerme al día con las dos. Hace siglos que no tengo una conversación real cara a cara con ellas.
—Este fin de semana no vamos a tener ninguna cita grupal contigo, ¿verdad? —pregunta Theo.
—Probablemente no, pero si queréis ayudarme con los preparativos, aún podemos pasar tiempo juntos.
—Claro que ayudaremos, Girasol.
Oculto mi sonrisa dando un sorbo a mi bebida. Tener a gente de mi lado sienta de maravilla. Me he sentido sola desde que Charlie empezó a salir con mi hermano, con Lach y con Cam. No es que se lo dijera nunca; no quería su lástima, y desde luego no quería ser un sujetavelas en sus citas. Qué asco.
—Deberíamos volver a la habitación y empezar a hacer las maletas. Solo faltan tres horas para que atraquemos —dice Theo, dejando la servilleta sobre la mesa.
—No creo que necesite tres horas para guardar mi única y diminuta maleta, Theo.
—Tal vez no, pero yo voy a necesitar tres horas para hacer todas las cosas que no pude hacer anoche.
Joder. Sí.
—¿Están listos para su tratamiento de spa?
Levanto la vista confundida hacia la mujer que está al final de nuestra mesa. —¿Nuestro qué?
—La persona que resuelve el misterio del asesinato obtiene el uso exclusivo de las instalaciones del spa a bordo durante dos horas —explica ella, sonriendo.
—Se me había olvidado por completo —dice Theo, mirándome con gesto de disculpa.
—No es un spa de servicio completo, pero tenemos máquinas de hidromasaje, una sauna y una piscina sensorial.
—Eso suena de maravilla —gruño, con los músculos doloridos por el ejercicio que hicieron anoche.
—Si me siguen, los llevaré allí ahora mismo.
—Espera a que terminemos nuestras bebidas y nos levantemos, luego nos guía hacia el interior del barco, al nivel inferior—.
Soy la única que tiene la llave y les prometo que no entraré sin avisar.
Tienen dos horas a partir de ahora —dice, mirando su reloj.
Theo saca su teléfono y programa un temporizador de dos horas. —Entendido.
—Cierren la puerta por dentro al entrar —dice ella, sonriéndome por encima del hombro como si supiera exactamente lo que está a punto de pasar.
—¿Qué es una piscina sensorial? —pregunto una vez que estamos encerrados en la zona del spa. Es una sala pequeña con tres puertas: una a cada lado y otra justo delante de nosotros.
—No tengo ni idea, pero estamos a punto de descubrirlo.
—Theo abre la puerta de la izquierda para revelar dos máquinas de hidromasaje.
La siguiente puerta que probamos es la de la sauna —.
Aquí está —dice, guiñándome un ojo mientras abre la última puerta.
Mi primera impresión es... que no me impresiona.
Las paredes son de un blanco impoluto, el techo de un negro profundo y sombrío.
Hay una pequeña piscina oscura hundida en el suelo, más bien como un jacuzzi. Hay espacio para unas seis personas.
—¿Sensorial en qué sentido? —pregunto, buscando una pista por la sala.
—Este debe de ser el panel de control —murmura Theo, estudiando una pantalla en la pared a nuestra izquierda.
Pulsa un par de botones y el sonido ruge por unos altavoces ocultos.
Me tapo los oídos, con el corazón acelerado.
Pulsa otro y se encienden unos proyectores, convirtiendo las paredes en una selva.
Un botón más y empieza a caer lluvia del techo.
Mis manos caen al igual que mi mandíbula mientras me quedo allí, asombrada.
Es como si nos hubieran transportado a una piscina privada en la selva en medio de una tormenta eléctrica.
—¿Quieres que pruebe los otros ajustes? —pregunta Theo, pasando por las opciones del panel de control.
—No, esto es increíble —susurro, quitándome la ropa y entrando en el agua.
La temperatura es perfecta. Desearía poder llevarme esto a casa; no saldría nunca.
Observo a Theo desnudarse mientras las gotas de lluvia caen a mi alrededor, el agua resbalando por los planos de su cuerpo mientras entra en el agua.
—Ojalá pudiera decir que lo tenía planeado —se ríe él, avanzando por el agua.
—Quizá los dioses lo planearon. —¿Qué otra explicación hay? Es demasiado malditamente perfecto.
Theo me atrae hacia sus brazos y yo le rodeo la cintura con las piernas, impulsándome por su cuerpo para poder presionar mis labios contra los suyos. Él se sienta, ocupando mi lugar, con las pupilas dilatadas mientras me hundo en su regazo, y mi gemido ronco queda ahogado por un trueno.