Isla (La Secuencia del Amor 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

M iro hacia atrás mientras camino hacia la tienda, observando a Henry, apreciándolo.

Las facciones de su rostro brillan con un tono anaranjado mientras aviva el fuego; el pelo le cae sobre la frente, de un color negro azulado bajo la tenue luz.

Una estrella fugaz cruza el cielo en el momento en que él se yergue. Una señal. Tiene que serlo.

—Nos perderemos la lluvia de meteoritos —señalo cuando se une a mí, entrelazando sus dedos con los míos.

—Las únicas estrellas que quiero ver ahora mismo son las que aparecen detrás de mis párpados cuando tengo la cara hundida entre tus piernas —dice con voz ronca—.

Dame un segundo para colocarlo todo. —Se quita los zapatos de una patada y se mete en la tienda.

Un segundo después, un fino colchón de acampada aterriza a mis pies, a medio camino fuera de la tienda—.

Ya está —dice al regresar—. Ahora puedes mirar las estrellas mientras te bajo el cielo a lametones.

Dios mío. Él arquea una ceja, señalando el colchón.

Los latidos me golpean los oídos mientras me tumbo, mirándolo; la luz de las estrellas perfila sus facciones en la penumbra.

Esto me parece increíblemente especial. Mágico.

De otro mundo. Estiro los brazos hacia él, tirando de él hasta que su peso se asienta sobre mí, su esencia misma hundiéndose en mis huesos, pasando a formar parte de mí.

Es en ese momento cuando sé que si lo beso aquí, de esta manera, estaré compartiendo las partes más profundas de mí misma, partes que nunca he mostrado a nadie más.

Pero no me asusta. No lo aparto. No le advierto.

Por una vez, confío en que todo lo que me ha dicho es verdad.

Deleitándome bajo su mirada, le rodeo la cara con las manos; su barba de un par de días se siente suave bajo mis dedos.

—Esto no puede ser real —susurro, deslizando el pulgar por el borde inferior de su labio.

—Es jodidamente real, Pelirroja. He estado esperando toda mi vida por esto.

Por ti. —Inclina la cabeza, mordisqueando mi labio inferior.

Me impulso hacia arriba cuando él se aparta, atrapando su boca con la mía, atrayéndolo de nuevo hacia mí, cayendo rendida, mareada de deseo.

Sabe a vino, a humo y a pecado. Podría besarlo eternamente y nunca me cansaría de la sensación de sus labios contra los míos, del roce de su barba en mi barbilla, de la caricia de sus dedos, de su peso perfecto entre mis piernas.

Le apreso el labio entre los dientes y él suelta un gemido contra mi boca, separándose de mí para que sus labios recorran mi mandíbula y bajen por mi cuello.

Se apoya sobre los talones, sujetándome las manos por encima de la cabeza, y me quita la camiseta con cuidado.

Su toque es reverente. Sagrado. Pasa las manos por detrás de mi espalda y me desabrocha el sujetador, volviéndome a tumbar antes de deslizar los tirantes por mis hombros y mis brazos.

—Joder, Isla —jadea, deslizando las manos por la curva de mi cintura, rozando mis costillas y rodeando mis pechos con las palmas.

Arqueo la espalda, presionando contra su contacto.

Se lame un pulgar y lo arrastra alrededor de mi pezón, soplando hasta que se pone rígido.

Su gruñido queda amortiguado cuando presiona su boca abierta contra mí, succionando mi pezón profundamente.

Un rayo de deseo me atraviesa directo hacia la entrepierna; la electricidad vibra por mis terminaciones nerviosas, iluminándome.

Me retuerzo contra él, intentando atraerlo de nuevo encima de mí, pero él solo suelta una risita mientras centra su atención en mi otro pecho.

Meto las manos bajo su camiseta, recorriendo cada curva y relieve con los dedos, memorizando el tacto de sus músculos.

Siento el impulso ridículo de frotarme por todo su cuerpo, de marcarlo como mío.

De tatuar mi nombre en la piel suave de su abdomen.

Se me corta la respiración cuando sus labios rozan mi esternón, lamiendo el camino hasta mi ombligo, mordiendo la curva de mi bajo vientre. —Dime qué quieres —murmura, apoyando la barbilla en mi pubis, mirándome desde abajo.

Me incorporo sobre los codos, sosteniéndole la mirada. —Quiero que me folles con los dedos mientras me chupas el clítoris, y no quiero que pares hasta que esté gritando.

—Será un placer. —Mantiene mis piernas atrapadas entre las suyas, hundiendo la cara en la uve de mis muslos, respirando hondo.

Desliza la lengua por el pliegue, haciendo que mi espalda se arquee, desesperada por abrirme para él.

Se incorpora y se inclina hacia un lado, sacando mi pierna de debajo de él, y luego hace lo mismo con la otra.

Me arrastra más adentro de la tienda hasta que solo mi cabeza y mis hombros quedan fuera, y entonces empieza a cerrar la cremallera de la entrada.

—¿Qué haces? —pregunto, confundida.

—No quiero que te preocupes por mí ni por lo que estoy haciendo. Quiero que tengas el mejor orgasmo de tu vida mientras miras las estrellas caer sobre ti.

Oh, Dios. Este hombre. Me dejo caer de espaldas, mirando al cielo, preguntándome cómo demonios he tenido tanta suerte.

Un escalofrío me recorre cuando Henry acaricia la parte posterior de mis muslos, deslizando las manos hacia mi centro; sus pulgares apenas me rozan.

Me remuevo bajo su agarre, intentando acercarme a donde siento su aliento contra mí.

Me mantiene quieta y siento cómo sus labios se curvan contra la parte interna de mi muslo.

—Estás disfrutando con esto, ¿verdad? —digo con un mohín, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Sí, muchísimo. —Arrastra la lengua por el pliegue de mi muslo, dándome un mordisquito cuando intento maniobrar para acercarme.

—¡Henry! —protesto, quedándome lánguida entre sus manos mientras él lame el dolor para que desaparezca.

—Sé una buena chica y deja de moverte —se ríe entre dientes.

Jadeo cuando me pasa la lengua por el otro lado; mis uñas se clavan en mi palma en un esfuerzo por quedarme quieta. Me tenso al darme cuenta de que probablemente huelo a agua de río sucia. ¿Y si también sabe a eso?

—Deja de pensar y limítate a sentir, Isla. Te están comiendo el coño bajo una lluvia de estrellas. Probablemente no vuelvas a tener esta experiencia en toda tu vida.

Respiro hondo, obligándome a relajarme. Miro fijo el manto de estrellas extendido por el aterciopelado cielo nocturno.

Una estrella cruza la extensión del cielo azul medianoche justo cuando sus labios rozan mi clítoris.

Joder. Me llevo la mano a la boca, mordiéndome la base del pulgar mientras su lengua explora la parte más íntima de mi ser.

Su gemido de deleite me recorre, y el vello de mi cuerpo se eriza como para darle las gracias.

Apoyando la mejilla en mi muslo, recorre mi entrada con un dedo, una caricia suave, provocadora, prometedora.

Clavo los talones en el suelo de la tienda, elevando las caderas, usando mi cuerpo para decirle que estoy lista.

Introduce un dedo, tanteando el terreno.

El dedo se retira, pero antes de que pueda expresar mi decepción, él gruñe, y me lo imagino lamiendo mis fluidos de su dedo, con los ojos entornados y las aletas de la nariz vibrando.

Una nueva ola de deseo inunda mi sistema y él la aprovecha magistralmente, introduciéndome dos dedos con una sincronización perfecta.

Me aprieto a su alrededor, contrayendo mis músculos, desesperada por que empiece a moverse.

—No veo la hora de embestirte y sentir cómo te aprietas alrededor de mi polla —dice, con los labios moviéndose contra la parte interna de mi muslo.

Gimo cuando encoge los dedos, masajeando mi punto G con movimientos lentos y constantes. La presión justa para tenerme al límite.

—No puedo verte la cara, Isla. Necesito oírte. —Deja de mover los dedos cuando no respondo—. ¿Entendido?

—Sí —gimo, dejando caer la mano a un lado.

—Buena chica —murmura, besando la unión de mis muslos, provocándome con la punta de la lengua.

—Henry, por favor —suplico. Él aplana la lengua, pasándola como una pluma sobre mi clítoris, follándome con los dedos hasta que lloro su nombre.

—Cómo te mueves. Joder, Isla. —Gimo cuando sella sus labios sobre mí, succionando con fuerza. Se aparta y su respiración agitada me calienta la piel. —Isla, vas a tener que correrte por mí antes de que me ponga en evidencia.

—Pero yo te quiero a ti...

—Esta noche no. Esta noche se trata de ti —dice, interrumpiéndome—. Planeaba jugar contigo más tiempo, pero estoy a punto de correrme en los pantalones y no quiero que ese sea el recuerdo que tengas de nuestra primera cita.

Mi sonrisa se desvanece cuando ajusta la mano; su meñique se desliza por la rabadilla, tentando la piel sensible mientras amasa la pared interna de mi vagina con las yemas de los dedos.

Se me tensa la mandíbula, se me contraen los abdominales, todo mi cuerpo está al borde de algo que me cambiará la vida.

Miro hacia el cielo, las estrellas fundiéndose en una única luz que me guía mientras él arrastra la lengua por mi hendidura antes de atraparme con la boca, sincronizando el ritmo de su lengua con el de su mano.

Un rayo me atraviesa, más brillante que cualquier estrella fugaz, iluminando partes de mí que ni siquiera sabía que existían.

Gimo mientras el éxtasis chisporrotea por mis sinapsis, convirtiéndome en prisionera de mi propio cuerpo.

Grito su nombre al perder el control, mi orgasmo lanzándome a otra dimensión.

Henry me rodea el muslo con una mano, sujetándome con fuerza mientras me sacudo contra él, sin aflojar hasta que la tensión se funde en mi cuerpo y todo lo que queda son las secuelas del mejor orgasmo de mi vida.

Me incorporo sobre un brazo tembloroso, abriendo la cremallera de la tienda, desesperada por verle la cara.

—Ven aquí. —Tiro de él para que se ponga encima de mí, lamiendo sus labios antes de deslizar mi lengua contra la suya, mostrándole exactamente lo que haría si me dejara.

—Basta —dice con voz ronca, rodando para quedar de espaldas sobre el colchón, acurrucándome en el hueco de su brazo.

Mete la mano en la tienda y saca una almohada y una manta, arropándome con ella antes de ponerse la almohada bajo la cabeza—.

Perfecto —murmura, besándome la frente. Nos quedamos dormidos mientras las estrellas pintan estelas en el lienzo del cielo nocturno.