Isla (La Secuencia del Amor 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

A la tarde siguiente, ya tengo todo listo y preparado para el baby shower , y estoy sentada en mi habitación, con el corazón a mil mientras hago el equipaje para mi cita con Henry.

La anticipación me está matando. Rebusco en mis cajones intentando encontrar algo que ponerme y, al final, me decido por una camiseta y unos pantalones cortos vaqueros.

—¿Lista? —pregunta Henry asomando la cabeza por la puerta.

Me giro hacia él, intentando respirar con normalidad aunque parece que han succionado todo el oxígeno de la habitación.

Lleva una gorra de béisbol desgastada, con el pelo oscuro rizándosele alrededor de las orejas y en la nuca.

Sonríe tímidamente, y su hoyuelo casi acaba conmigo.

—Casi —respondo por fin, con el pulso acelerado mientras meto mis últimas cosas en la bolsa de lona y subo la cremallera.

—Asegúrate de traer un bañador —dice, estirando el brazo sobre la cabeza y apoyándose en el marco de la puerta—. En realidad, pensándolo bien, no lo traigas.

—¿Que no lo traiga? —repito, intentando no quedarme mirando su bíceps y la forma en que se flexiona cuando se mueve.

Se me seca la boca mientras lucho contra el deseo que serpentea por mi interior.

Me aclaro la garganta, bajando la mirada solo para que aterrice en el trozo de piel que asoma sobre la cinturilla de su pantalón—.

Tienes que dejar de hacer eso —digo con voz ronca, lamiéndome los labios.

—¿Por qué? —me desafía, con la comisura de la boca curvándose hacia arriba.

—Sabes por qué —digo, dando un paso hacia él.

—Dímelo, Isla —murmura, inclinándose más hacia el interior de la habitación, empujando mi barbilla hacia arriba hasta que nuestros ojos se encuentran.

Maldita sea, es hipnotizante. Tiene los ojos tan azules que son casi morados, mirándome como si yo fuera la única solución a todos sus problemas.

Y, Dios, sé que un solo roce solucionará todos los míos.

—Porque no saldremos de mi dormitorio si no dejas de hacerlo —respondo finalmente, poniéndome de puntillas para presionar mis labios contra los suyos.

Él gruñe contra mi boca, se pone la gorra del revés y me atrae hacia sí, guiándonos hacia la cama.

—¿Sabes por qué elegí ir de acampada? —pregunta, recorriendo mi mandíbula a base de besos y tirando del lóbulo de mi oreja con los dientes.

—¿Por qué? —pregunto, rodeándole la cintura con mis piernas mientras nos hundimos en el colchón.

—Para que nadie pueda oírte gritar cuando haga que te corras. —Me muerde el pezón a través de la camiseta y yo arqueo la espalda, deseando más.

—Puedes hacerlo aquí. Ahora —digo—. Prometo que estaré callada. —Su risa viaja por mi piel, erizando mis pezones.

—No quiero que estés callada, Pelirroja. —Entrelazo mis dedos en su pelo, volviendo a atraer su boca a la mía, recordándole lo que podría tener ahora mismo si simplemente lo tomara. Él se aparta, respirando con dificultad, con los ojos entornados—. Voy a hacer que alucines esta noche.

—¿Ah, sí? —le instigo, dejando que me ayude a ponerme en pie.

—No tienes ni puta idea —dice, completamente serio—. Tengo que ir a preparar la nevera. Baja cuando estés lista.

—Vale —susurro, mordiéndome el labio mientras lo veo salir de la habitación.

Dios, me encanta un hombre con confianza.

Suelto un largo suspiro, completamente perturbada.

Entro en el baño y me quedo mirando mi reflejo como si fuera el de una extraña.

Mejillas sonrosadas, ojos brillantes, labios hinchados.

Creo que me gusta más esta versión. Reprimo una sonrisa mientras me recojo el pelo en un moño y me pongo un poco de rímel.

Cojo mi bolsa y bajo antes de que los nervios me venzan.

Henry está fuera cargando la nevera en la parte trasera de la camioneta de la granja.

—¿Sabes que Jack tiene una camioneta preparada para acampar? —pregunto, lanzando mi bolsa atrás.

—Lo sé, pero llevo tiempo pensando en esto, y siempre nos he imaginado cocinando nuestra comida sobre una hoguera y durmiendo en una tienda de campaña. Si prefieres...

—No —le aseguro—. Esto será perfecto. —El hecho de que haya pensado tanto en ello hace que me sienta de una forma especial. No puedo esperar a ver la cara de Charlie cuando se lo cuente.

—He hecho una lista de reproducción para nuestra cita —dice Henry, conectando el cable auxiliar a su teléfono—. Espero que te parezca bien.

—Más que bien —me río, mirándole de reojo, preguntándome cómo es posible que sea real.

La voz de Hozier inunda la cabina mientras Henry arranca la camioneta.

Se me pone la piel de gallina por los brazos mientras la vida adquiere una cualidad de otro mundo.

Como en una película o un libro. Casi demasiado perfecto.

Treinta minutos después, Henry se desvía al borde de la carretera, donde unas grandes dunas bloquean lo que sería una vista espectacular del océano.

Buscamos un sitio y nos decidimos por un afloramiento rocoso elevado que domina la playa.

Yo recojo madera que ha traído la marea mientras Henry monta el campamento.

—Esto debería durar un rato —digo, soltando un montón de ramas junto al hogar improvisado.

—Yo diría que sí —se ríe Henry, rodeándome con sus brazos—. ¿Lista para pescar nuestra cena?

—¿Para qué? —pregunto con los ojos como platos.

—No me digas que tampoco has ido nunca a pescar.

—Nunca tuve un motivo. —Me encojo de hombros. Hasta ahora. Ahora no deseo nada más que hacer exactamente lo que Henry quiera hacer.

—Deja que te enseñe. Si no te gusta, paramos.

He traído comida extra por si acaso. —Lo sigo de vuelta a la camioneta y cojo una caña de pescar que me entrega—.

Debería haber un sendero —dice, escrutando el prado al otro lado de la carretera—.

Sí, ahí está. Solo tenemos que seguirlo hasta llegar al río.

—Caminamos uno al lado del otro, con las cañas al hombro y una caja de aparejos bajo el brazo de Henry—.

¿Un secreto por un secreto? —pregunta después de unos minutos, rompiendo el silencio.

—¿Qué clase de secreto?

Él se encoge de hombros. —Lo que sea.

—¿Sabes esa noche que tú y tus hermanos vinisteis al pub?

—¿El verano pasado?

Asiento con la cabeza. —No podía sacarte de mi cabeza, y cuando llegué a casa... —Me detengo, tragando saliva, de repente insegura de si debería compartir esto.

—Más vale que termines esa frase, Isla —dice Henry, soltando la caja de aparejos y deteniéndome con una mano en mi muñeca, mientras sus dedos rozan mi pulso acelerado.

—Hice que me corriera pensando en tus manos sobre mí. En tu boca. —Lo miro, mordiéndome el labio.

—Me cago en la puta, Isla —gruñe—. Aquella noche te habría comido el coño encantado y después te habría dado las gracias por la oportunidad.

El calor se acumula entre mis piernas, con un dolor casi insoportable. Retiro la mano y sigo caminando antes de cometer una estupidez como tirarlo al suelo aquí mismo, a la vista de todos. —Te toca.

—Cuando Theo nos dijo que la venta del pub se había cerrado, tuve un sueño contigo. —Hace una pausa, lamiéndose los labios—. En ese sueño, te pedía matrimonio con un anillo que yo mismo había tallado en un trozo de madera. Se me quedó grabado desde entonces.

—Continúa —digo al ver que no sigue.

—Me traje un trozo de madera a casa el día que nos conocimos en la playa.

—¿Y? —pregunto cuando hace otra pausa, con el corazón atronando en mis oídos.

—Lo terminé esta mañana. —Busca en su bolsillo y deposita con delicadeza una alianza fina en su palma.

Me quedo boquiabierta.

—No te estoy pidiendo que te cases conmigo —dice mientras pone una rodilla en el suelo.

—¿Entonces por qué estás de rodillas? —pregunto con la voz quebrada. Esto parece un sueño. Los colores son demasiado brillantes, el aire demasiado fresco, el sonido lejano del agua borboteando demasiado fuerte.

—Dios, no lo sé. Ha sido una idea horrible. —Empieza a levantarse, pero pongo mis manos en sus hombros, deteniéndolo.

—Di lo que ibas a decir.

Se quita la gorra, pasándose la mano por el pelo con nerviosismo. —Solo quiero que tengas algo que te recuerde lo mucho que significas para mí. Cuando tengas un día de mierda, puedes mirarlo y recordar que eres el mundo entero para mí.

—Joder —susurro, parpadeando para contener las lágrimas—. Creo que es lo más dulce que nadie ha hecho nunca por mí.

Me desliza el anillo en el dedo corazón de la mano izquierda, luego se levanta y me atrae hacia él, apretándome con fuerza.

Lo miro, notando el calor en esos ojos increíblemente azules.

Sostiene mi mirada mientras baja su boca hacia la mía, tarareando su aprobación cuando le muerdo el labio inferior, con sus ojos cerrándose.

Solo hace falta un deslizamiento lento y lánguido de mi lengua contra la suya, y sus manos ya están en mi pelo, inclinando mi cabeza, llevándome más profundo.

Cuando finalmente nos separamos para tomar aire, ambos respiramos con dificultad, con el pelo desordenado y el pulso a mil.

—No sé en qué estaba pensando trayéndonos aquí fuera —gruñe, acariciando mi culo y pegando mis caderas a las suyas—.

Debería haber reservado una habitación de hotel y haber hecho lo que quisiera contigo.

—Esto es perfecto —le aseguro, dándole un último beso rápido en la mejilla antes de recoger la caja de aparejos y seguir por el camino.

Si no pongo algo de distancia entre nosotros y me distraigo intentando pescar algún pez, voy a hacer cosas de las que me arrepentiré.

Como que nuestra primera vez sea en un camino de grava en mitad de un campo con todas las criaturas de Dios como testigos.

Henry me alcanza, guiñándome uno de esos ojazos azules con una sonrisita que me encantaría quitarle a base de sentarme en su cara.

Dios mío. Me aclaro la garganta, con las mejillas ardiendo mientras imágenes de nosotros en todo tipo de posturas comprometidas pasan por mi cabeza.

—¿Estás bien? —pregunta, con el hoyuelo reluciendo.

—No. —El río aparece a la vista y empiezo a correr, soltando la caja de aparejos y la caña en la hierba, quitándome el elástico del pelo y despojándome de la ropa según avanzo.

Salto sobre un pie, luego sobre el otro, quitándome las zapatillas y saliendo de los pantalones cortos.

No miro atrás para ver la reacción de Henry al verme aquí de pie en paños menores antes de saltar.

El agua gélida envuelve mi cuerpo, cubriéndome la cabeza.

Salgo a la superficie justo a tiempo para ver a Henry sacarse la camiseta por la cabeza, con esos abdominales de infarto moviéndose mientras la tira a un lado.

—¿Pensabas que podías escaparte de mí tan fácilmente? —pregunta, arqueando una ceja oscura. No digo nada —no puedo— mientras se quita los zapatos y se baja los pantalones.

Santo cielo. No creo que llegue a acostumbrarme nunca a la cantidad de músculo que tiene este hombre.

Sus muslos... Dios. Da dos pasos corriendo y salta por los aires, encogiendo las piernas para hacer un perfecto salto de bomba.

Suelto un chillido, riendo mientras me tapo la cara para protegerme de la ola de agua.

Me agarra por la cintura y me levanta al ponerse de pie, haciendo que rodee su cintura con mis piernas.

—Eres tan preciosa —murmura, recorriendo mi labio inferior con el pulgar—. Mi pequeña ninfa acuática, un deleite de pelo de fuego, con ojos tan verdes y un grano mágico.

—¡Henry! —Le salpico agua a la cara, riendo—. No sé qué hacer contigo. —Me muerdo el labio, intentando no sonreír como una tonta.

—Ámame —dice sin dudarlo, aplastando su boca contra la mía.