Isla (La Secuencia del Amor 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

H ay una carga eléctrica en el ambiente del coche de camino al pub; la tensión salta entre nosotros como chispas.

Una vez dentro, espero a que Henry desaparezca en la cocina y luego entro en el cuarto de la limpieza y cierro la puerta.

Me apoyo contra ella y me deslizo lentamente hasta que mi trasero toca el frío suelo de hormigón.

¿Qué demonios ha sido eso? Los tres deberían ser mis enemigos declarados.

Mis archienemigos. Debe de haber un fallo en el continuo espacio-tiempo; esa es la única forma de explicar lo que ha pasado esta mañana.

Me quedo mirando a la oscuridad mientras empiezo a asimilarlo todo.

No puedo evitar que una sonrisa me curve los labios ni que una risita me asfixie mientras intento contenerla.

Sé con un cien por cien de certeza que será fenomenal en la cama.

Ese hombre sabe cómo manejarse con el cuerpo de una mujer.

Si puede hacerme sentir así con su muslo , no quiero ni imaginar lo que puede hacer con sus manos.

Con su polla. Por no mencionar lo generoso que es.

Ni siquiera pensaba en llegar al final hasta que yo forcé el asunto.

Eso me ha excitado más que la forma en que me ha manejado, arrastrándome de arriba abajo por su pierna hasta que he explotado.

Joder.

Tengo que pensar en otra cosa. En lo que sea. Sin previo aviso, me viene a la cabeza la imagen del vibrador dando vueltas sobre mi clítoris mientras Henry mira. Me pongo en pie de un salto, abro la puerta de un tirón y me choco de frente contra el pecho ancho e increíblemente musculado de Henry.

—Fóllame para que pueda sacarme esto del cuerpo —le exijo, empujándolo contra la pared con la palma de la mano contra su pecho.

—Ni hablar, Pelirroja —dice él con voz ronca, bajando la mirada hacia mis labios.

—No tengo tiempo para esto, Henry.

—Sí que lo tienes. —Se separa de la pared, acorralándome contra la puerta del cuarto—. Tienes todo el tiempo del mundo por nuestra culpa, y pienso compensártelo.

—¿Con lujuria?

—Si así es como quieres llamarlo —dice él, mirándome con ojos oscuros.

—¿Qué significa eso?

Se encoge de hombros y la comisura de su boca se curva ligeramente.

—Ojalá te odiara. Haría que las cosas fueran mucho más fáciles —digo, sin creer ni una sola palabra.

—¿Significa eso que tengo una oportunidad? —Se acerca más, atrapándome con sus brazos, con sus bíceps a los lados de mis oídos. Desliza su nariz contra la mía, con nuestros labios a un suspiro de distancia—. He empezado a escribir una canción sobre ti. ¿Quieres oírla?

Le miro a esos ojazos de color azul océano y siento un vuelco en el estómago. Asiento.

—En las Tierras Altas, donde la bruma abraza,

vivía una mujer de tierna gracia,

en el cálido murmullo del pub, un amor se gestó,

con cada caña, su corazón se renovó,

cayendo despacio, como hojas en otoño,

en brazos de Escocia, halló su patrimonio.

Trago saliva. No se me escapa la ambigüedad, cómo podría tratar sobre un hombre o sobre mi idilio con mi tierra natal. ¿Tierna gracia, eh?

—Prerrogativa del artista —dice él, guiñándome un ojo.

—Vale, galán. Es hora de ponerse a trabajar. —Pongo los ojos en blanco y lo empujo hacia la parte delantera del pub con las mejillas ardiendo.

El pub está a tope desde que abrimos hasta que cerramos, y los dos estamos agotados para cuando echo el cierre.

Volvemos a casa en silencio; el aire gélido es una caricia dulce tras el ambiente húmedo del pub.

Tengo que averiguar cómo mejorar la ventilación allí.

No. Eso ya no es responsabilidad mía. No he tenido tiempo de pensar en qué quiero hacer ahora que el pub no forma parte de mi futuro, y la incertidumbre no deja de rondarme en la cabeza.

Siempre podría ayudar a Charlie y a los chicos con el castillo, pero nunca he sido de las que hacen algo solo porque sea lo más cómodo.

Me gusta tomar el camino de mayor resistencia.

—¿En qué piensas? —pregunta Henry, con la mirada brillando bajo la luz de la luna mientras entramos en el camino de entrada.

—Pienso en que no tengo ni idea de qué voy a hacer con mi vida a partir de ahora.

Una expresión de arrepentimiento cruza su rostro, pero se recupera rápido. Se te daría bien cualquier cosa que te propongas.

—Estoy de acuerdo, pero vivo en una isla minúscula en medio del océano. Aquí no hay mucho que pueda hacer. Ya hay una cafetería. No hace falta un restaurante porque el pub ya sirve comida. —Suspiro—. Ya lo resolveré tarde o temprano.

—Eso me hace sentir como una auténtica mierda, Isla.

—Debería —digo con sinceridad—. Pero te prometo que encontraré una solución. Siempre lo hago. —Henry sale del coche y se estira; un delicioso trozo de su abdomen brilla bajo la luna. Rodea el coche hasta mi puerta y dejo que la abra, aceptando la mano que me ofrece.

—Te ayudaré en todo lo que pueda, Isla. Solo tienes que decírmelo.

—Gracias, Henry. —Miro hacia la cabaña, preguntándome si será prudente invitarlo a pasar y encariñarme más de lo que ya estoy.

Encuentro su mirada azul medianoche y siento mariposas explotando en mi estómago.

A la porra. ¿Quieres bajar conmigo? Prepararé fuego y un poco de chocolate caliente.

Creo que incluso tengo lo necesario para hacer s’mores.

—Claro. Voy a darme una ducha primero. ¿Nos vemos allí en diez minutos?

—Vale. —Me ciño la chaqueta a los hombros para contener un escalofrío y empiezo a caminar hacia la cabaña.

—Isla, espera. —Henry trota hacia mí, se quita la chaqueta y me la coloca con cuidado sobre los hombros—. No soporto verte tiritar de esa manera.

—Gracias. —Me la aprieto contra el cuerpo y me apresuro a entrar en la cabaña antes de morir congelada.

Una vez dentro, me hundo en el sofá, me llevo la chaqueta a la cara y aspiro su aroma.

Esto es peligroso. Es una idea malísima dejarme llevar por mis sentimientos.

He mantenido las brasas de mi corazón apagadas durante años, y ahora llega Henry y les echa gasolina. Uff.

Casi me da un infarto cuando entra de golpe por la puerta con una guitarra colgada al hombro.

—¡Perdona! No me había dado cuenta de que no estaba cerrada del todo. ¿No quieres cambiarte? —pregunta, mirándome acurrucada en su abrigo.

—Probablemente sea una buena idea.

Me tiende las manos y me ayuda a levantarme, rodeándome con sus brazos una vez que estoy en pie para darme un largo abrazo. Me relajo contra su cuerpo; noto el relieve de su jersey contra mi mejilla. Anda. Yo iré preparando el chocolate —dice, empujándome hacia mi habitación con manos suaves.

Me espero encontrarlo hecho un lío en la cocina cuando salgo con un conjunto de punto, pero no es así.

Está colocando dos tazas de chocolate caliente en una bandeja, junto con los ingredientes que necesitaremos para los s’mores.

¿Un hombre al que no hay que decirle dónde están las cosas ni qué hacer?

Estoy en serios problemas. Abro la puerta de la terraza, conteniendo el aliento por los pelos cuando pasa a mi lado.

Deja la bandeja en la mesa entre las sillas y empieza a preparar el fuego con precisión militar.

—Impresionante —murmuro, sentándome en el borde de la silla e inclinándome hacia delante para observarlo.

Me mira mientras enciende una cerilla; el fuego se refleja en sus ojos y resalta la carnosidad de sus labios. Dios, esos labios.

—Solía ir mucho de acampada en mi país. He perfeccionado la técnica con los años.

—¿Vas a acampar mientras estés en Escocia? He oído que hay un montón de sitios estupendos.

—¿Tú nunca has ido?

Niego con la cabeza. El pub me quitaba demasiado tiempo.

—En cuanto Dylan y Theo puedan llevar el pub ellos solos, te llevaré de acampada —promete.

—Eso suena bien. Le preguntaré a Jack si nos puede prestar su equipo. —Henry se sienta y ambos cogemos una taza humeante, bebiendo con cautela. Está rico, chocolateado y divino. Me gustaría que me hicieras esto todas las mañanas —suelto un gemido tras dar otro sorbo.

—Solo tienes que decirlo, y estaré aquí cada mañana para preparártelo —dice con voz ronca, guiñándome un ojo.

Casi me atraganto por la intensidad de su mirada. Eso quizás sea ir un poco rápido, galán.

—¿Tú crees? La vida es corta, Pelirroja.

Siempre he odiado que me llamen Pelirroja, pero de alguna manera, cuando sale de su boca, es diferente.

—¿No te gusta el apodo? —pregunta, leyéndome el pensamiento.

Me muerdo el labio. Todo lo contrario, en realidad.

—El resplandor anaranjado de las llamas acaricia las facciones de su cara, acentuando el hoyuelo de su barbilla y oscureciendo sus ojos hasta un negro azulado.

Me pican los dedos por pasárselos por el pelo en la nuca, donde se le riza contra la piel.

Él me observa también, con estrellas en los ojos. Sin decir palabra, coge su guitarra y empieza a puntear una melodía, tarareando por lo bajo.

—Pero este amor es valiente y salvaje. Y nunca te vi venir. Y nunca volveré a ser la misma —canto suavemente, reconociendo la melodía.

Él retoma la canción cuando yo me detengo.

Este es un estado de gracia. Esta es la lucha que vale la pena.

—Hace una pausa mientras la tensión nos arrastra en su corriente—.

Estas son las manos del destino —canta a capela mientras deja la guitarra en el suelo de la terraza; su voz de barítono se desliza sobre mí como la seda.

—Eres mi talón de Aquiles.

—Esta es la edad de oro de algo bueno, justo y real. —Me hace un gesto, dándose palmaditas en el muslo.

Me siento a horcajadas sobre su regazo, rodeándole el cuello con los brazos—. Y nunca volveré a ser la misma — susurro, apoyando la cabeza en su hombro y hundiéndome en la seguridad de su abrazo.