Interludios románticos 1 La jugadora #4
79%

La jugadora #4

Gianna gritó y atrajo a Elle hacia sí a pesar del ligero dolor que la atravesó.

Abrió los ojos para ver la expresión maravillada en el rostro de Elle, pero Elle comenzó un ritmo que expulsó todo pensamiento racional de su mente.

Olvidado ya el dolor, arqueó las caderas, instando a Elle a continuar, y cuando un segundo dedo puso a prueba su resistencia, abrió los ojos para ver los labios de Elle moviéndose.

No podía oír más allá de su propia respiración entrecortada y su voz suplicante, pero distinguía la preocupación mezclada con la excitación.

No necesitaba oír para saber lo que Elle estaba diciendo, y aquello le llenó los ojos de lágrimas.

¿Por qué les había llevado tanto tiempo encontrarse?

Cuando su cuerpo se tensó para el siguiente orgasmo, vio a Elle cerrar los labios entreabiertos, y en los segundos de silencio que siguieron escuchó el suave susurro sin aliento de Elle, «oh mi dulce amor», antes de perderse en su propio placer.

*

Gianna respiró hondo, con un estremecimiento, y parpadeó para alejar la visión de aquellas horas de pasión antes de que se desatara el caos.

Elle le había suplicado que salieran, pero había sido ella quien estaba demasiado cegada por la pasión, demasiado absorta en el placer para darse cuenta de que iban demasiado rápido.

Curioso cómo ese pequeño detalle se había difuminado con los años.

Releyó la nota manuscrita de Elle. Negó con la cabeza, pero sabía con certeza que Elle decía la verdad.

No había tenido ni idea de que Shallon se grababa mientras mantenía relaciones y que había capturado inadvertidamente el momento de pasión entre Elle y Gianna.

Elle también escribía que se había quedado tan sorprendida como Gianna cuando los rumores le llegaron: Shallon se jactaba de tener una cinta de las dos en pleno acto.

Elle había obligado a Shallon a entregarle la cinta, pero Gianna ya había oído hablar de ella y se negó a verla.

Elle había terminado su último año y medio en State, luego había jugado al baloncesto en el extranjero hasta que se lesionó.

Afirmaba no haber olvidado nunca a Gianna, algo que resultaba más fácil de creer cuando confesó que había conservado el primer intento amateur de Gianna de escribir una novela romántica.

Gianna pasó gran parte del trayecto hasta la dirección impresa en la tarjeta diciéndose que era un error permitir que Elle volviera a su vida.

Que, independientemente de si le creía, el pasado era el pasado.

Cuando aparcó a media manzana de la dirección, dos cosas le llamaron la atención.

La primera, que Elle ya estaba allí, esperando fuera del edificio.

Elle miró el reloj y luego calle arriba, en la dirección por la que Gianna normalmente habría llegado.

Y la segunda, que Elle le había pedido que se encontraran en un pub teatro que, según la marquesina, no abría hasta dentro de tres horas.

Ya eran las dos y cinco, y Elle parecía nerviosa.

Gianna decidió salir del coche. Elle la vio casi al instante y cruzó la calle corriendo.

—Oye, viniste.

Gianna la estudió seriamente.

—¿Pensaste que no lo haría?

—Tenía miedo de que no vinieras. ¿Leíste mi carta?

—Sí. No sé si lo habría hecho hace diez años, pero no veo qué ganarías mintiéndome ahora.

—Nunca me propuse seducirte. No sabía que esa cosa estaba encendida, pero en cuanto me enteré obligué a Shallon a darme la cinta y la destruí. La entrenadora amenazó con quitarle la beca si había copias. Puede que la gente oyera hablar de ella, pero no la vieron. ¿Me crees?

Gianna vaciló. No solo estaría diciendo que creía a Elle. Tendría que soltar toda la rabia que había acumulado durante años.

—Te creo.

El cuerpo de Elle pareció desplomarse de alivio.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad. Siento no haberte dejado contármelo antes.

—Está bien. De todos modos, yo también estaba enfadada contigo por creerme capaz de algo así. Si nos hubiéramos conocido mejor antes de acostarnos, las cosas podrían haber sido diferentes.

—Quizás —dijo Gianna.

—Dejé de estar enfadada contigo hace mucho tiempo. He leído todos tus libros —dijo Elle tímidamente.

Gianna se sonrojó.

—¿Qué te parecieron?

—Todos estaban geniales. Me encantan los buenos misterios. Aunque siempre esperaba que escribieras algún romance.

—Nunca se me dieron bien.

—A mí me gustó el que leí.

Gianna se rio.

—No he tenido valor para releerlo. Nada te desanima más que leer tus primeros escritos. Me deshice de la mayoría hace mucho tiempo.

—No vas a...

—No, claro que no.

A Gianna le sorprendió que Elle pensara que se desharía de aquella historia en particular. Puede que no la releyera, pero jamás la tiraría. Incluso diez años después, aún recordaba su anhelo por Elle. Aquella historia había sido la única forma que conocía de canalizar esas emociones.

—Bien. Entonces, ¿quieres entrar conmigo?

—No abre hasta las cinco.

—No está abierto al público, pero nosotras sí podemos entrar.

Elle enseñó una llave.

—Es de mis padres.

—¿Es de tus padres?

—Sí, trabajé aquí todo el instituto. Siempre pensé que sería una primera cita romántica. Un teatro solo para nosotras... No sé, ¿qué te parece?

—¿Nuestra primera cita?

Gianna sonrió.

—Creo que lo estamos haciendo del revés.

Elle se puso muy seria:

—Lo que haga falta. Esperaba que por fin le pusieras un final a ese romance que empezaste en la universidad. Es duro pasarse diez años leyéndolo y preguntándote siempre cómo habría acabado si las cosas hubieran ido de otra manera.

—¿Y si colaboramos? —dijo Gianna mientras Elle metía la llave en la cerradura y la giraba.

—Te dejo la ficción a ti. Yo voy a centrarme en lo de verdad.