Interludios románticos 1 La promesa #3
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La promesa #3

Andy habría dormido en un pozo de serpientes con tal de estar con Lindsay. Volvió a mirar el cielo. ¿Era cosa suya o el sol se estaba poniendo más rápido a cada segundo? ¿Era una señal para abandonar su intento?

—¿Y el sábado? —Pisó el acelerador cuando los coches avanzaron y giró bruscamente a la derecha, directa hacia las playas.

—Fuimos al parque de atracciones y esperamos en esas colas interminables, paseamos por todas esas tiendecitas del bulevar gastando demasiado dinero, compramos camisetas a juego con nuestros nombres pintados con aerosol y caminamos por la playa hasta que oscureció demasiado para ver nada. Casi nos perdemos al buscar el camping.

Andy no pudo evitar mirarla, preguntándose si habían estado en la misma playa a la vez. Se habían conocido en esas colas, no les había importado el dinero que gastaban la una en la otra y, si recordaba bien, se habían pasado la entrada al camping de tanto besarse.

—Todavía tengo esa maldita camiseta.

—¿Todavía tienes esa antigualla? No tengo ni idea de qué pasó con la mía. Bueno. Vete a saber.

—Está en una caja en el garaje.

Andy notó que Lindsay la miraba, pero mantuvo los ojos fijos en las calles laterales que llevaban a una zona de aparcamiento. Intensos tonos naranjas y púrpuras surcaban el cielo, amenazando con arrebatarle la promesa.

Lindsay se removió en el asiento y cruzó las piernas; su caro zapato de tacón le colgaba de la punta del pie.

—Hicimos el amor por primera vez esa noche. Fue increíble.

Andy sonrió al recordar aquella noche. Lindsay era la indicada.

Lindsay seguía siendo la indicada. Lo había sabido desde el segundo en que Lindsay corrió por la arena para abrazarla.

La sensación de su pequeño cuerpo apretado contra el suyo, cómo su sonrisa le iluminaba el rostro, sus ojos chispeantes de alegría.

—Sí. Toda la noche.

—Y el domingo, lloré. No podía soportar la idea de dejarte. Estaba lista para hacer las maletas y mudarme contigo en ese mismo instante.

—Tenías que terminar la universidad, labrarte una carrera.

Andy encontró la calle que buscaba y se metió por ella.

—Y tú vivías en ese agujero infestado de ratas —dijo Lindsay—. Quería dejarlo todo para estar cerca de ti.

—No te lo habría permitido. Te había costado demasiado esfuerzo.

—Y luego vendiste tu primer cuadro seis meses después y te mudaste a Florida.

—Era demasiado difícil estar sin ti. Mi pequeño Jeep ya no aguantaba más viajes.

Como atraída por un faro, Lindsay examinó el vehículo.

—Era como este, solo que con menos pintura y mucha menos tapicería.

Andy se llevó la mano de Lindsay a los labios y depositó un delicado beso en su piel.

—Buenos recuerdos, ¿eh?

Una dulce sonrisa asomó a los labios de Lindsay.

—Sí, lo fueron. Ser imprudente y descontrolada era genial. Lástima que todos tengamos que crecer, ¿no?

Andy aparcó en el aparcamiento público de la playa, apagó el motor y saltó del Jeep.

El corazón le latía con fuerza en el pecho.

Crecer era una cosa, pero convertirse en la persona en que se había convertido Lindsay era otra muy distinta.

¿Escucharía todo lo que Andy tenía que decirle?

¿O se marcharía enfadada? ¿Acabaría su relación con la promesa?

Esperó impaciente a Lindsay. Quería agarrarle la mano y echar a correr hacia el océano, gritar que su amor seguía vivo...

que necesitaba que su Lindsay volviera. El sol estaba a punto de hundirse en el océano.

Con naturalidad, tomó la mano de Lindsay y tiró de ella hacia el puente de madera que llevaba a la playa.

—¿Recuerdas cuando te fuiste el domingo por la noche?

Cruzaron el puente y Andy se detuvo para quitarse los zapatos.

—Eh, cariño, no pienso caminar descalza por esa arena asquerosa. Vete a saber qué gérmenes andan por ahí.

—Quítate los malditos zapatos, Lindsay.

Andy la fulminó con la mirada, demasiado cerca de su objetivo como para dejar que nada la detuviera.

Lindsay abrió la boca, pero por suerte se agachó y se quitó los tacones. Se arremangó despacio las perneras del pantalón.

—Ya está. ¿Contenta?

—Todavía no.

Andy tiró de ella hacia la orilla.

—Responde a la pregunta.

—No quería irme, estaba berreando como si se acabara el mundo.

—Solo te he visto llorar una vez desde entonces.

—Después de tu semana en Florida, cuando volvías a Tennessee. Dios, odiaba verte marchar.

Andy asintió y aceleró el paso, con la mirada fija en la puesta de sol.

—No más de lo que yo odiaba irme mientras las lágrimas te caían por las mejillas. Me rompió el corazón.

Le acarició suavemente la mejilla a Lindsay.

—Ya no lloras nunca.

—No tengo motivos para llorar.

Andy dejó caer la mano y se acercó al borde del agua. Se detuvo en la orilla y dejó que el agua le chapoteara en los pies.

—Las personas sin corazón no lloran.

Lindsay contuvo el aliento.

—¿Qué coño significa eso?

Andy se volvió hacia ella.

—Te quiero, Lindsay. Te quiero desde el segundo en que saliste de aquel descapotable tan mono. Nunca había deseado a otra persona como te deseaba a ti. El fuego, el amor, esa necesidad que te consume... sigue aquí, joder. ¿Dónde coño te has metido? Te necesito, ¿es que no lo ves?

Lindsay parpadeó con fuerza. Su expresión pasó de fría a suave y luego a algo intermedio.

—¡Oh, cariño, estoy aquí! ¿Qué pasa, nena?

Andy se acercó más.

—Recuerda, Lindsay. Necesito que recuerdes.

Los ojos de Lindsay buscaron los de Andy; luego miró hacia el sol ardiente justo cuando tocaba el horizonte. Se le llenaron los ojos de lágrimas y bajó la cabeza.

Andy le levantó la barbilla a Lindsay con el dedo y la obligó a mirarla.

—Lo hemos descubierto todo juntas. Tu carrera, mi arte, nuestras vidas, nuestro hogar, nuestros miedos, nuestros sueños...

todo lo hemos conquistado juntas. Ahora me siento como el hilo que mantiene unida esta relación.

—La mantuvo a distancia, con el corazón desbocado—.

Y por más que lo intento, no sé cómo redescubrir esa pasión que encontramos en una maldita playa en la otra punta del mundo.

Lindsay sollozó, con las lágrimas rodándole por el hermoso rostro. Andy tiró de ella hacia la arena y la acunó entre sus piernas, frente al naranja llameante que se derramaba sobre el océano. Se aferró a ella.

—Por muchas vueltas que haya dado nuestra vida, tenía que cumplir mi promesa. ¿La recuerdas?

Lindsay asintió.

—Dijiste: «Dentro de diez años, estarás en mis brazos mientras te muestro una puesta de sol en el Pacífico...

y seguiré tan enamorada de ti como esta mañana, cuando vi amanecer en el Atlántico contigo entre mis brazos».

—Lindsay le apretó los brazos con más fuerza—.

Fue lo más bonito que me habían dicho nunca.

Andy le besó la sien. Nunca se había enamorado tan rápido ni de forma tan arrolladora.

Lindsay se giró, le enmarcó el rostro con las manos y la besó. En sus ojos no había rastro de duda.

—Todavía está aquí dentro. Yo también quiero recuperarlo, Andy. —Se mordió el labio inferior para contener las lágrimas—. Te quiero muchísimo. Gracias por esto. Es lo más hermoso del mundo.

—Yo conozco algo mucho más hermoso. —Andy estrechó a Lindsay contra su pecho mientras el sol se hundía en el horizonte, poniendo fin al día y sellando su destino con una promesa de diez años—. Quiero que volvamos a ser nosotras, Lindsay.

—Lo siento muchísimo. —Lindsay se acurrucó aún más en sus brazos—. Tú eras la indicada, Andy. Lo supe en cuanto te vi allí de pie, tan morena, tan alta, con esa sonrisa a lo Elvis. Me enamoré de ti en ese mismo instante. Sigo enamorada.

Andy sintió cómo los lazos del amor volvían a anudarse, atándola de nuevo al amor de su vida.

La verdadera Lindsay había vuelto. Durante los dos días siguientes, pasearon de la mano y descalzas por la arena, curiosearon en las tiendas del bulevar, rieron y se amaron como si acabaran de conocerse.

Compraron camisetas a juego con sus nombres rodeados de corazones.

Sabía sin lugar a dudas que el corazón de Lindsay nunca volvería a estar encerrado.

Y lo mejor de todo: ni una sola queja salió de la boca de Lindsay.

Ni siquiera cuando el camarero le derramó Coca-Cola sin querer en sus vaqueros nuevos de tiro bajo.

Ni siquiera cuando el punk del monopatín le pisó el dedo del pie, que llevaba sus chanclas nuevas.

Ni siquiera cuando el hotel les cobró el doble a la salida.

Ni siquiera cuando la azafata les ofreció champán en el vuelo de vuelta a casa.

De hecho, se tomó tres copas... una después de su primera visita al baño, otra después de la segunda y otra después de la tercera.

Ninguna de las dos supo qué fue del portátil. Ni les importó.