Interludios románticos 1 Reclamando al ángel
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Reclamando al ángel

JD Glass

Estas son las cosas que cuesta tragar. En las últimas semanas el trabajo ha ido cambiando, la casa ha ido cambiando.

Trabajamos los mismos turnos, trabajamos turnos partidos; parece que nunca dejamos de trabajar.

Y algo más está cambiando también: tú. En estas mismas semanas, veo cómo te miran, nuestros compañeros, nuestros colegas, cómo todos responden a tu sonrisa, cómo sus miradas se quedan prendidas cuando pasas. Y también veo lo que quieren.

Te quieren a ti, y tú no lo sabes. Eres mía, pero otras te quieren.

Odio que lo único que tengo para ti últimamente sean bromas mordaces o réplicas cortantes, porque en estas últimas semanas de exceso de trabajo y falta de sueño, de poco «nosotras» y demasiado de todo lo demás, he olvidado cómo hablar.

Pero Shannon no lo ha olvidado, y te hace sonreír. Oh, no es la misma sonrisa, no la que tenías para mí, pero aun así, es algo que yo últimamente no consigo hacer.

Lo que sí puedo hacer, en lo que he tenido mucho éxito, es provocar ese destello sorprendido de conmoción y dolor en tus ojos antes de que te lo sacudas de encima. Creo que te estás desconectando de mí, creo que estoy apretando los botones para que eso pase.

El otro día en la cena con tu familia dijiste algo, el tipo de cosa que sueles decir, y te corté en seco, otra broma rápida, otra sonrisa amarga.

La mirada sombría de tu prima bajo una ceja arqueada me dijo más que mil palabras, y muda otra vez, ni siquiera pude disculparme. Quería hacerlo.

Creo que tu familia me odia.

Hasta la mía se ha dado cuenta. Hoy me encontré con mi hermano Pat después de esa llamada, fuera de la entrada de urgencias, donde había tantos vehículos de emergencia aparcados que parecía la previa de un partido.

—¿Cómo estáis vosotras? —preguntó después de las habituales preguntas de si estás bien y de aclarar los detalles que siempre siguen a este tipo de incidentes—. ¿Pasa algo, eh, entre vosotras?

Habíamos estado tan ocupadas que me había olvidado hasta de eso, y la combinación de preocupación e incomodidad en su pregunta me pareció la excusa perfecta para soltar otra de mis bromas estúpidas, a mi costa, a la tuya, sobre todo el asunto.

Eso es mentira: ni siquiera lo pensé, simplemente respondí.

Pat se quedó mirándome un momento, tan sorprendido conmigo como yo misma.

—Nena, la estás cagando —me dijo en voz baja.

La ira y el remordimiento hicieron que algo se retorciera dolorosamente bajo mis costillas.

—Lo sé.

—Vas a perderla si sigues así.

—Lo sé —respondí de nuevo—. Lo tengo controlado.

—Más te vale —advirtió—, porque... —asintió con la cabeza, y a no más de seis metros, donde otra unidad había aparcado detrás de la mía, estaba la patrulla, y quién sino Shannon fue la primera en saludarte cuando saliste por las puertas de urgencias— tienes competencia seria.

—No me preocupa —le dije, pero ¿por dentro?

Por dentro me preguntaba si tú la mirabas de la misma manera que ella te miraba a ti, al menos a mis ojos.

Me preguntaba si tenías idea de lo que ella quería, y si al final ella podría darte algo, ofrecerte algo que yo no podía, no últimamente, ya no.

Me dejó asustada y en silencio, la voz de «puertas afuera» olvidada, o quizás incluso perdida por falta de uso, junto con las palabras que necesitaba para decirte algo más que «Estoy cansada» o «Estoy de mal humor». Esas... han sido las cosas más amables.

Apenas noté la palmada de despedida de Pat en el hombro, y apenas asentí a Shannon. Dios, últimamente siempre conseguía cabrearme, así que en vez de eso caminé hacia ti y abrí la boca lo bastante como para matar la chispa de bienvenida en tus ojos.

Te empujo, te hiero, y lo único que quiero de verdad es arrojarme a tus pies, jurar que nunca volverá a pasar, y después nadar en ti, bajo ti, a través de ti.

Pero no sé cómo hablar, y lo único que sé es que cuando Shannon dijo algo que te hizo sonreír de nuevo, quería de verdad ver sus dientes salir volando como caramelos Tic Tac de un puñetazo mío.

En vez de eso, hervía por dentro, echando humo en un día gris y fresco como la niebla y la bruma que se alzaban del suelo, solo que yo ardía, ardía tanto que pensé que iba a explotar.

Durante la llamada, fueron tus manos las que cubrieron las mías brevemente, una fracción de segundo en que tu muñeca desnuda rozó la mía por encima de los guantes mientras manejabas las herramientas que respiraban por nuestro paciente.

Nuestros ojos se encontraron igual de brevemente en el traqueteo y las sacudidas de la ambulancia, y nada más importó salvo lo que estábamos haciendo, y lo hicimos juntas.

Esta... fue mala, muy mala: un compañero del servicio cayó, y si hacíamos bien nuestro trabajo, y si la suerte estaba de su lado, mucha, del tipo milagroso, quizás podría volver a levantarse, con el tiempo.

Lo reconocimos en esa mirada, el pacto silencioso sellado: lucharíamos a muerte e intentaríamos lo que fuera, cualquier cosa, todo, para salvar esa chispa preciosa.

Apenas lo conseguimos, pero entregamos algo viable a urgencias en lugar de un paquete forense, aunque eso aún podría pasar, más tarde, fuera de nuestra vista, fuera de nuestras manos.

Hubo mucho papeleo después gracias a la respuesta e implicación de múltiples servicios; Shannon me emboscó con más cuando por fin volví a la estación al final de mi turno, quizás no más de una hora después del tuyo.

La sonrisita astuta que me moría por borrarle de la cara se ensanchó cuando sonó mi móvil, y eras tú, diciéndome que estabas en casa.

—¿En casa y sola? —dijo la sonrisita astuta—. Y te queda al menos otra... —echó un vistazo a los formularios— hora. Quizás hora y media.

Me concentré en el papel y en la línea de texto que tenía delante.

Me pregunté por qué el bolígrafo no se derretía o se partía en dos mientras lo arrastraba por el campo blanco.

Oí un sonido bajo y constante y me di cuenta de que rechinaba los dientes mientras escribía.

No era lo bastante fuerte como para ahogar las palabras de Shannon cuando me puso las manos en los hombros y habló.

—Jean... Tori va a ascender pronto, y todo el mundo lo sabe. La trasladarán, su turno cambiará. Sabes cómo funciona esto, y quién determina las «necesidades del servicio». Tienes que colaborar conmigo, nena, para que todo salga bien.

Su contacto era más que familiar, era íntimo: el de la familia, los amigos, y una vez, durante un tiempo, algo... más. Me masajeó los nudos del cuello con los pulgares. Era suave, seguro, efectivo, pero no eras tú.

De repente, me dio igual que Shannon fuera mi oficial superior, mi prima o lo que fuera, y me levanté y tiré los papeles sobre su escritorio.

—Se acabó —gruñí encarándola—. Denúnciame, ponme un expediente, suspéndeme, me importa una mierda, pero no pienso dejar que le tires los tejos a mi mujer.

Los dientes como caramelos Tic Tac me cruzaron la mente otra vez y me costó un esfuerzo real no cerrar los puños. No pude contener el calor que me recorría.

—Controla ese genio, Jean —dijo Shannon con suavidad.

Se apoyó contra la pared junto al marco de la puerta.

Unos ojos más claros que los míos me observaron con calma, con frialdad, y la sonrisa burlona había desaparecido—.

Últimamente lo dejas ver demasiado. Me gustaría que las dos siguierais en el mismo batallón, con los mismos turnos.

Ella todavía cree que está enamorada de ti; quizá, solo quizá, estoy velando por las dos, en lugar de solo por ti, para variar.

Toda la rabia se esfumó, dejándome como desinflada, salvo por la poca que quedaba y que dirigí hacia mí misma.

Claro. Últimamente había sospechado de todo el mundo y de sus motivos, lo que me ponía de mal humor y me dejaba en carne viva, y ahora encima me sentía culpable por acusar a mi prima, mi prima hermana, tan emparentada conmigo como si fuéramos medio hermanas, de algo que ella no haría.

No era estúpida, sabía que había una atracción real hacia ti bajo lo que dijera Shannon, pero ella no cazaría en coto ajeno.

No a menos que pensara que la estaba cagando de verdad.

No cagarla significaba hacer mi trabajo, y hacerlo bien. Volví a sentarme y terminé el papeleo sin que cruzáramos otra palabra.

—Tómate mañana libre —dijo Shannon cuando por fin logré terminar todo sin necesitar formularios nuevos ni bolígrafos—. Creo que lo necesitas —añadió mientras yo salía por la puerta—. Dile lo mismo a Tori.

Tenía las manos entumecidas en el volante mientras conducía a casa, tan entumecidas como mi mente, y cuando caí en la cuenta, solté una maldición a la radio indiferente que ni siquiera había estado escuchando.

Habíamos tenido planes, tú y yo, planes para cenar; tenía la impresión de que querías decirme algo, y la había vuelto a cagar.

Además de olvidar cómo hablar, también soy culpable de llegar demasiado tarde para recuperar lo que fuera que tuvieras en mente.

Así que ahora estoy cansada otra vez, frustrada, sintiendo el picor en las yemas de los dedos que todavía quieren hacerle daño de verdad a mi prima solo por mirarte como lo hace, diga lo que diga, y cuando por fin cruzo nuestra puerta, ni siquiera Dusty, nuestra perra, se molesta en saludarme.

Descubro por qué después de quitarme la chaqueta y colgarla en la percha mientras ella levanta la cabeza de las patas para mirarme desde su sitio en la alfombra: junto a tus pies, donde te has quedado dormida en el sofá, esperando, esperándome a mí.

—Buena chica, Dusty —le digo en voz baja, y le acaricio la cabeza un momento mientras me acerco al sofá. Te está vigilando, protegiéndote. Estoy orgullosa de ella; lo hace mejor que yo, y sin comentarios mordaces, además.