My Lagan Love
Gill McKnight
—No.
—¿No puedes hacer una cosita para ayudarme?
—No.
—¿Por qué eres tan amargada?
—Porque somos exnovias. Y no te tocaría ni con un periódico enrollado. Ni aunque estuviera empapado en gasolina y ardiendo… y envuelto en un ladrillo.
—La pregunta era por qué eres tan amargada. ¡No te estaba pidiendo un ejemplo!
—Por-que… so-mos… ex-no-vias —silabeó Roisin.
—Algunas personas se hacen amigas después de romper.
—Nosotras no.
—Pero… —Marley casi gimoteó, pero recordó en el último momento que eran exnovias y eso ya no funcionaría.
—No lo haré. Puedes ir a decirles la verdad. No pienso prestarme a tus juegos crueles.
—No puedo. Arruinaría la boda de Sharla y Jen. Se lo diré después, ¿vale? ¿Contenta ahora?
—No, no estoy contenta ahora. No lo estoy desde hace semanas. ¿O ya lo has olvidado?
Marley suspiró hondo, respiró profundamente y puso su expresión más suplicante. Irradiaba esperanza y remordimiento a partes iguales, una combinación sutil y muy ensayada.
—Por favor, ayúdame con esto. Son nuestras amigas. Es el día de su boda. ¡Soy testigo, por el amor de Dios! No puedo aparecer así el día anterior y decirles que hemos roto. Vaya forma de echarles un jarro de agua fría en el día más feliz de sus vidas.
—Ya sé, vamos a mentirles —espetó Roisin—. Finjamos que somos felices cuando en secreto no lo somos. Eso las engañará un tiempo, digamos cuatro años, hasta que salga la verdad. A ver, ¿dónde he visto eso hace poco? ¿Dónde aprendí ese truquito tan desagradable? Ah, ya sé. De ti.
Marley hizo una mueca. Las palabras de Roisin se le clavaron como un cuchillo en el estómago. Pero su relación rota no era el tema de la conversación de hoy. No podía dejarse arrastrar por esa vieja discusión. Tenía que volver a la oficina en una hora; no había tiempo para esto.
Estaban sentadas casi nariz con nariz a ambos lados de la mesa en la cafetería de Belfast. Cualquier transeúnte podría haberlas visto a través de la ventana empañada y haberlas tomado por una pareja atractiva y apasionada. Y lo eran, pero hoy por todas las razones equivocadas.
—Por favor, Ro —dijo Marley con un suspiro—. También son amigas tuyas. Sé que las conociste a través de mí, pero te consideran una buena amiga por derecho propio. Les dolería saber que hemos terminado unos días antes de que den el paso. Por favor… por favor.
—Creo que estás sobreestimando lo que significamos para ellas.
—No es así. De verdad, de verdad que no. Mírame… ¡Me estoy humillando, suplicándote! Por favor, acompáñame.
La expresión de perro apaleado era sincera esta vez.
Roisin la miró fijamente; conocía a su expareja por dentro y por fuera, de cabo a rabo. Al menos antes. Hacía unas semanas habría jurado que sí, hasta que estalló la bomba. Frenó sus pensamientos. No necesitaba ir por ese camino doloroso; eso lo reservaba para cuando estaba sola y podía llorar.
—Voy a necesitar zapatos nuevos.
Marley se limitó a mirarla y, con un suspiro resignado, sacó la tarjeta de crédito conjunta de la cartera. Roisin había cortado la suya por la mitad hacía una semana, en un gesto teatral.
—Toma. Cómprate un conjunto entero.
Roisin se la arrebató y la escondió rápidamente en su enorme bolso.
—También me arreglaré el pelo. Estoy pensando en teñirme de rubia.
—¿Rubia? —Marley miró sobresaltada los rizos cobrizos que caían por debajo de los hombros de Roisin.
—Sí. Era rubia antes de conocerte. ¿Recuerdas las fotos de Tenerife?
Marley recordaba vagamente unas fotos antiguas de vacaciones de Roisin junto a la piscina con Bernie McMillen, una mujer que no le caía nada bien. Molesta, murmuró:
—No.
Roisin se limitó a resoplar mientras recogía sus bolsas, lista para marcharse.
—Entonces, ¿el sábado sigue en pie? —Marley levantó la vista buscando confirmación.
—Sí. Recógeme a las diez. Seré la rubia con zapatos nuevos, viviendo en tu antigua casa. Y tú serás… ¿qué? Recuérdamelo.
Marley suspiró.
—Con un esmoquin lavanda. Que Dios me ampare.
Roisin sonrió con suficiencia y se inclinó para darle un beso de despedida en la coronilla, como solía hacer siempre.
A Marley se le encogió el estómago. Lo había tenido hecho un nudo toda la tarde, antes y durante el encuentro.
Se le subieron los colores y sintió una opresión en el pecho; de repente quiso llorar.
Roisin se marchó en una burbuja de felicidad, con su juerga de compras ampliada gracias al eterno regalo del plástico.
Ay, cómo había echado de menos a su amigo flexible.
Ay, cómo deseaba no haberlo cortado nunca en dos para hacer algún estúpido gesto de independencia financiera.
La independencia financiera estaba muy bien, pero gastar el dinero de tu egoísta ex era mucho, mucho mejor; sobre todo mientras ella te veía hacerlo.
Derroche, derroche, derroche… esa era la consigna del día.
Ah, y también necesitaba retocarse las uñas.
Marley dibujó un círculo en la ventana empañada y observó a su exnovia desaparecer calle abajo, refugiada bajo un paraguas, con el viento y la lluvia azotándole el impermeable.
Observó las pantorrillas torneadas y los pequeños pies embutidos en tacones ridículamente altos avanzar deprisa, esquivando los charcos.
Roisin aceptaría cualquier futura calamidad ortopédica con tal de no medir el metro cincuenta y cinco que la naturaleza le había asignado.
Marley sonrió para sus adentros. Era tan fácil levantar a su pequeña amante hasta una altura besable y sentarla en una encimera, o en una mesa, solo para abrazarla.
Vio que tres jóvenes obreros de la construcción que andaban por ahí en su hora de almuerzo se daban codazos con algún comentario lascivo inaudible mientras su ex pasaba volando. Roisin era una mujer atractiva y aparentaba mucho menos de sus treinta años.
Los celos le ardieron por dentro. Dejó caer la cabeza sobre la mano, jugueteó con la taza y se quedó mirando fijamente un cuadro de granos de café en la pared de enfrente.
Estaba metida en un buen lío. Había cometido un error terrible, un error que le cambiaría la vida, y no sabía cómo arreglarlo.
No tenía tiempo para arreglarlo. El reloj le decía que llegaría tarde a su próxima reunión si no se daba prisa, así que salió corriendo bajo la lluvia hacia su oficina en la ribera del Lagan.
*
Roisin miró la hora en el reloj de pared. Las diez y diez. Marley llevaba casi una hora al teléfono, parloteando sin decir nada. Habían tomado café esa misma tarde, así que ¿a cuento de qué venía esta llamada? Su primer pensamiento había sido: «¿Estará controlando cuánto me he gastado?».
Pero la conversación nunca llegó al tema del dinero.
Solo tonterías como: ¿de qué color tenía el pelo ahora?
Con mechas y capas, pero no, rubio no. ¿Y sabía que la feliz pareja se iba a Cancún de luna de miel?
Sí, ya lo había oído. Así que... ¿había estado ella alguna vez?
No. Vale... entonces... ¿ya había llamado a alguien para que le mirara el canalón estropeado?
No. Ah, quizá Marley debería pasarse a hacerlo ella misma, podría pedir prestadas las escaleras de sus hermanos.
No, prefería llamar al reparador. ¿Estaba segura?
, porque Marley podría recoger las escale...
¡Sí! Estaba completamente segura. Oh... bueno...
vale... entonces... ¿qué zapatos se había comprado?
—Marley, ¿qué está pasando? —estalló Roisin por fin ante las interminables y ridículas preguntas—.
¡Me estás preguntando por mis zapatos! Son de piel color cobre bruñido y hacen juego con mi nuevo bolso y mi nuevo pelo.
Costaron más de ciento setenta y cinco libras...
en rebajas. Los adoro y no paro de abrir la caja para mirarlos.
Si alguna vez me quedo embarazada, quiero tener gemelos color cobre que me recuerden a estos zapatos.
—Bufó al teléfono—. ¿Es eso lo que querías oír de verdad? Llevas más de una hora... ¿qué quieres?
Silencio. Un largo momento de silencio. Entonces... —No sabía que quisieras tener hijos.
—¡Santa Madre de Dios! —Colgó.
*
A la noche siguiente sonó el teléfono.
—¿Diga?
—¿A que no sabes qué?
Suspiro. —¿Qué?
—¡El esmoquin no es lavanda! ¿A que no adivinas de qué color es?
—Lima.
—No... venga, en serio.
—Lentejuelas plateadas y pareces una astronauta.
—Venga ya. Adivina en serio.
—¿Lentejuelas doradas y pareces un rayo de luna? —Un bufido enorme de indignación fue la respuesta—. Vale, me rindo. Me has ganado, Marley. ¿De qué color es? —Roisin puso los ojos en blanco, exasperada por aquel juego estúpido para llamar la atención y hacer perder el tiempo.
—Es índigo —llegó la respuesta, rebosante de satisfacción.
—Bien. Hará juego con tus moratones si vuelves a llamarme esta noche. Te veo mañana a las diez en punto. —Roisin colgó y fue a prepararse un baño.
A las 9:40 de la mañana siguiente, el timbre de Roisin sonó con «I Will Survive».
—¡Maldita sea! —Iba con retraso y a medio maquillar. Descalza y en bata, bajó corriendo las escaleras y abrió la puerta de golpe.
—Llegas pronto —la acusó mientras recorría con mirada ceñuda la elegante figura índigo que tenía delante.
Marley estaba plantada en el umbral con el ceño fruncido, la mirada fija en el flamante BMW Z3 Roadster aparcado en la entrada. Su adorado Jaguar XJ6 de doce años asomaba justo detrás.
—¿De quién es ese? —Marley señaló con la llave del coche, con cara de pocos amigos.
Roisin sonrió y se dio la vuelta para subir, dejando que su invitada entrara sola. Ya estaba en el último peldaño cuando oyó cerrarse la puerta, y solo entonces se dignó a responder: —Mío.
Marley, que ya estaba inspeccionando el salón en busca de indicios de que hubiera alguien más en la casa, oyó la respuesta con gran alivio.
—¿Un coche rojo? —gritó Marley escaleras arriba—. Seguro que choca con tu pelo, ¿no?