Interludios románticos 1 Ver a Kate #3
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Ver a Kate #3

La respiración de Kate se hizo más profunda y empezó a retorcerse bajo las tiernas atenciones de Leah. Su clítoris se endureció, palpitando contra su lengua, más grande de lo que Leah recordaba. Con los muslos temblorosos, Kate le agarró el pelo con más fuerza y empujó las caderas contra su boca.

—Me duele —gimió Kate, empujando las caderas contra el rostro de Leah, sin soltar su cabeza mientras frotaba el clítoris contra sus labios y barbilla—. Necesito correrme tanto que me duele, Leah. Me estás matando.

Apartándose un momento, Leah dijo:

—Te estoy haciendo el amor.

—Lo siento. Yo también te amo.

La voz de Kate tembló, y Leah percibió las lágrimas que habían aflorado.

No podía esperar más. Deslizó un solo dedo en su interior, gimiendo al sentir la exquisita estrechez que la envolvía.

Bajó el rostro, cubrió el sexo de Kate con la boca y lamió el clítoris hinchado.

Tres pasadas bastaron: Kate clavó los talones en la cama y levantó las caderas, con la voz quebrándose mientras gritaba de placer.

Leah se aferró a sus muslos sin perder el contacto y lamió los jugos calientes que se filtraban alrededor de su dedo.

Sentía a Kate contrayéndose a su alrededor y gimió al notar la oleada de humedad entre sus propios muslos.

Finalmente Kate se desplomó sobre la cama, jadeando, y Leah subió para estrecharla entre sus brazos. Aún temblando, Kate le rodeó los hombros con los brazos.

—Ha sido increíble —logró decir Kate con voz entrecortada—. No recuerdo la última vez que me corrí tan fuerte.

—Yo tampoco —Leah le besó el cuello y presionó las caderas contra el muslo de Kate, dolorosamente excitada—. Estás tan jodidamente sexy, Katie. Sabes tan bien.

Kate se apartó y le dio la vuelta, dejándola boca abajo. Aquel trato brusco e inesperado pilló a Leah por sorpresa y avivó aún más su excitación. Abrazó la almohada y levantó las caderas, abriéndose a Kate, desesperada por sentir sus manos.

Y no la hizo esperar. Kate la penetró con rapidez, empujándola hacia delante contra la cama. Leah gritó y empujó hacia atrás contra sus dedos, ávida de más. No recordaba haber necesitado correrse tanto en su vida.

—Luego me tomaré mi tiempo —dijo Kate con un gemido, inclinándose sobre la espalda de Leah mientras la penetraba con fuerza—. Ahora mismo necesito que te corras en mi mano.

Kate sabía exactamente cómo tocarla, cómo volverla loca.

Leah apretó los dientes y aguantó, gruñendo con cada embestida.

Un placer denso y ardiente se formó en lo profundo de su vientre, amenazando con explotar.

Cuando Kate deslizó el pulgar hacia arriba y lo presionó dentro de su ano, Leah se perdió.

Se puso rígida y gritó con voz ronca mientras el orgasmo la desgarraba.

—Eso es, cariño —Kate seguía embistiendo sin parar—. Dame todo lo que tienes, mi amor.

Leah soportó el placer todo lo que pudo, hasta que empezó a darle vueltas la cabeza y temió desmayarse. Entonces se desplomó y cerró los muslos.

—Necesito un descanso —dijo con voz vacilante mientras los espasmos del orgasmo continuaban—. Lo siento, quiero seguir. Solo un minuto, lo juro. Solo... necesito respirar.

Kate se rio, se acomodó junto a ella y retiró los dedos lentamente. La estrechó en un abrazo tan apretado que Leah podía sentir el corazón de Kate latiendo contra su espalda.

—Ya no estamos en la universidad, ¿verdad?

—Puede que mi resistencia haya bajado con la edad —concedió Leah—. Pero tú estás mejor que nunca.

Kate cambió de postura para abrazarla cara a cara y sonrió.

—Necesitaba esto. Gracias.

Leah negó con la cabeza y la besó.

—Gracias a ti. Por soportarme, incluso cuando soy idiota.

—No eres idiota —Kate le devolvió el beso con una serie de besitos suaves por el puente de la nariz.

—¿Tres meses sin esto? —Leah atrapó la boca de Kate en un beso más profundo. Cuando se apartó, susurró—: Sí, soy idiota.

—Entonces yo también soy idiota por no habértelo dicho antes.

—Eso es verdad —dijo Leah, sonriendo.

Kate le pellizcó la cadera y luego le agarró el trasero para acercarla más.

—Qué rico.

—Solo hazme un favor, ¿vale? —Leah la miró fijamente a los cálidos ojos marrones—. Si alguna vez vuelvo a desconectar, dame un capón. En serio. Porque me lo habré merecido.

—Trato hecho —dijo Kate con timidez. Ocultó un bostezo detrás de la mano, algo avergonzada.

—Tienes razón —Leah se rio entre dientes y les echó el edredón por encima—. Ya no estamos en la universidad.

—Creo que ya estoy lista para esa siesta —admitió Kate—. Supongo que mis días de sexo sin parar quedaron en el pasado.

—Los míos también —dijo Leah—. Pero la verdad es que nunca fue tan bueno entonces como lo es ahora.

—Aunque era bastante bueno —Kate sonrió—. Excelente, de hecho.

—Lo era. Pero ahora te quiero mucho más.

Kate se acurrucó contra ella con un suspiro de satisfacción.

—Yo también. Y te querré aún más cuando despertemos de esta siesta, aunque no te lo creas.

—¿Y después? —Leah cerró los ojos con una sonrisa, anticipando la respuesta.

—Y después —murmuró Kate adormilada—. Segundo asalto. Din, din.

Leah soltó una risita mientras se quedaba dormida. Tenía mucho tiempo perdido que recuperar.