Interludios románticos 1 Ver a Kate
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Meghan O’Brien

Leah abrió con sigilo la puerta principal de su nueva casa y entró sin hacer ruido.

El coche de Kate estaba aparcado en el camino de entrada, dos horas antes de lo previsto.

Claro que ella también había vuelto antes de tiempo, ya que su disco duro se había estropeado y el diseño gráfico resultaba mucho menos viable sin tecnología.

Ojalá Kate no se hubiera puesto enferma.

Caer enferma un viernes por la tarde sería una tragedia, sobre todo cuando las dos estaban deseando que llegara el fin de semana para avanzar con la lista de proyectos de la casa.

Quizá Kate estuviera echando una siesta; últimamente habían pasado muchas noches en vela trabajando en la casa.

Leah subió las escaleras con todo el sigilo posible.

Si Kate estaba durmiendo de verdad, lo único que deseaba era quitarse la ropa y meterse en la cama junto a ella.

Incluso después de diez años juntas, sentir la piel de Kate contra la suya bastaba para que el resto del mundo desapareciera.

Y en ese momento necesitaba desesperadamente ese escape.

Estaba cansada y deseando relajarse con su pareja.

Con una sonrisa ante la idea de sorprender a Kate con un abrazo a media tarde, Leah abrió la puerta del dormitorio y entró.

Kate estaba en la cama, pero no dormía la siesta.

Leah se quedó mirando un momento antes de comprender lo que había interrumpido.

Tumbada desnuda sobre el edredón, Kate tenía las piernas bien abiertas y un brazo sobre la cara.

Con la otra mano se acariciaba sensualmente entre los muslos.

Era evidente que no había oído entrar a Leah, porque no se detuvo en ningún momento y siguió con los ojos tapados, moviendo las caderas contra su mano.

Sorprendida, y sintiendo una cálida oleada de excitación ante aquella visión inesperada, Leah dudó, sin saber qué hacer.

Kate nunca se masturbaba delante de ella, y Leah sospechaba que ser descubierta así podría avergonzarla.

Pero ¿podía simplemente salir de la habitación y fingir que nunca había visto a Kate tocándose? ¿Debería ofrecerse a ayudar?

Paralizada donde estaba, Leah casi se alegró cuando Kate le quitó la decisión de las manos. Como si percibiera su presencia en la habitación, se descubrió la cara y se giró hacia la puerta. Por un momento Kate se quedó mirándola sin expresión; luego jadeó y se tapó rápidamente con el edredón.

—Hola —dijo Leah con suavidad, esbozando una sonrisa de disculpa. El corazón se le aceleró ante la evidente angustia de Kate—. Soy yo.

—Hola —Kate se aferró a las sábanas sobre sus pechos desnudos. Parecía algo sofocada—. Lo siento, no esperaba...

—No, perdona tú. No quería pillarte así, cariño. Pensé que estarías durmiendo, así que intentaba no hacer ruido.

Kate tenía la cara roja como un tomate y parecía incapaz de mirarla a los ojos.

—Necesitaba desconectar un poco, así que le dije a mi jefe que me iba al mediodía.

—Se me ha estropeado el portátil —dijo Leah.

—Vaya. Lo siento.

Se hizo un silencio incómodo mientras Leah intentaba decidir cómo actuar. Kate estaba claramente incómoda, y eso era lo último que Leah quería. Se acercó a la cama, se sentó y se inclinó para darle un beso suave en el cuello.

—No te avergüences —murmuró Leah—. Estabas preciosa.

—Lo siento, yo... no quería que me vieras así.

—¿Por qué no? —preguntó Leah, perpleja. Siempre habían sido muy abiertas en lo sexual, y Kate parecía mucho más alterada de lo que Leah alcanzaba a comprender—. ¿Cuántas veces te he visto desnuda, cariño? ¿O te he hecho llegar al orgasmo?

—Tienes razón, lo sé —los ojos de Kate se llenaron de lágrimas y el labio inferior le tembló ligeramente—. Lo siento, es una tontería.

Leah se recostó en la cama y observó a su pareja; el estómago se le revolvía ante su evidente vergüenza. Había algo que Kate no estaba diciendo. Inquieta por la reticencia de Kate a contarle qué le pasaba, Leah murmuró:

—Sé que te masturbas. Espero que te des cuenta de que yo tampoco soy inmune a esa tentación.

Kate parecía querer que se la tragara la tierra.

—Lo sé.

—Dime qué estás pensando, cariño —Leah le acarició la mandíbula con un dedo, intentando hacerla reaccionar—. ¿Desde cuándo te avergüenza el sexo?

—No me avergüenza el sexo —murmuró Kate.

—Pues pareces bastante avergonzada por algo.

—Estoy bien —Kate respiró hondo, sonrió y se apartó hacia un lado, todavía bajo las mantas—. ¿Qué tal si te metes aquí y echamos esa siesta?

Un escalofrío le recorrió la espalda a Leah. ¿Qué podía ser tan terrible que Kate no pudiera hablar de ello? Llevaban juntas demasiado tiempo para esto.

—¿Katie? —preguntó Leah con cautela—. Por favor, habla conmigo. Me estás preocupando, creo que pasa algo grave.

Kate exhaló, y Leah pudo ver en su rostro que estaba librando algún tipo de batalla interna. Tras un momento, se irguió y la miró a los ojos.

—Me siento incómoda porque hace tiempo que no hacemos el amor, y no sabía cómo te sentaría que yo... ya sabes.

—¿Cómo pensaste que me sentiría? —a Leah se le secó la garganta cuando se le ocurrió un pensamiento alarmante—. ¿Culpable?

—No lo sé —dijo Kate en voz baja. Apartó la mirada hacia la ventana, por la que entraban anchas franjas de sol vespertino—. Rara, o algo así.

—¿De verdad ha pasado tanto tiempo desde que hicimos el amor? —Leah rebuscó en su memoria y descubrió que no podía recordar exactamente cuándo había sido la última vez. Seguramente en las últimas semanas. Eso no parecía tan grave, teniendo en cuenta lo ocupadas que estaban.

—Un par de meses —dijo Kate en voz baja—. Casi tres.

—No puede ser —Leah sintió un escalofrío de temor. ¿Cómo podía no haberse dado cuenta de que habían pasado tres meses?—. No puede haber pasado tanto tiempo.

—En mi cumpleaños.

—Ah —susurró Leah. Era verdad. Después de una cena de cumpleaños en el restaurante favorito de Kate, volvieron a casa e hicieron el amor lenta y dulcemente. Había sido maravilloso, y como Kate señalaba, hacía ya casi tres meses de aquello—. Vaya.

—No es para tanto —dijo Kate en voz baja—. Es solo que hoy estaba... con ganas. Pensé en desahogarme antes de que llegaras a casa.

Leah estudió el rostro de Kate, preocupada por la cautela con la que intentaba quitarle importancia a su comentario sobre su vida sexual. Era evidente que Kate llevaba tiempo pendiente de algo que Leah ni siquiera había notado. Y eso significaba que la incomodidad de Kate era culpa de ella misma.

—¿Por qué no dijiste nada? —Frustrada y llena de culpa, Leah sabía que su tono sonaba acusatorio—. No dejé de acostarme contigo a propósito.

Los ojos de Kate reflejaron alarma.

—Cariño, no quiero disgustarte.

—No me estás disgustando —la negación sonó ridícula, y Leah se detuvo, intentando controlar sus emociones. En un tono algo más calmado, repitió—: No estoy disgustada. Solo que no entiendo por qué no dijiste algo antes.

—Simplemente pensé que si no querías hacer el amor...

—No es que no quisiera —Leah sabía que estaba pagándolo con Kate por algo que no era culpa de ella, pero se sentía tremendamente avergonzada—. Simplemente... no pensé en ello.

—Y yo no quería presionarte.

Leah parpadeó para contener las lágrimas ardientes y se las secó con el dorso de la mano.

—Eso no es presionarme. Es contarme cómo te sientes.

—Siento no haber dicho nada —dijo Kate con voz temblorosa—. Pero no quería que te acostaras conmigo solo porque te lo pidiera.

El comentario golpeó a Leah como un puñetazo en el estómago. ¿Cómo había podido descuidar tanto a Kate como para que llegara a pensar eso?

—Eres mi compañera. Mi mejor amiga. El sexo contigo nunca podría ser una simple obligación.

—Te creo, pero también intentaba respetar tus límites.

—Nunca deberías tener miedo de pedir lo que necesitas —Leah observó cómo Kate tragaba saliva y finalmente le sostuvo la mirada—. Quiero que seas feliz.

—Lo soy —Kate le acarició el hombro y esbozó una sonrisa—. Masturbarme no me hace infeliz. Hay peores formas de pasar la tarde.

Leah casi sonrió, pero seguía demasiado centrada en su evidente fracaso.

—Me siento como una imbécil. De verdad que no tenía ni idea de que te estuviera ignorando así.

—Has estado estresada. Lo entiendo, cariño. De verdad —Kate tomó la mano de Leah entre las suyas, dejando que la colcha cayera y se acumulara alrededor de su cintura—. No paro de decirme que simplemente estamos muy ocupadas. Pensé que eso era lo que pasaba.

—¿Qué otra cosa iba a ser? —Leah intentó mirarla a los ojos, pero se distrajo con la visión de su piel pálida, el rosa oscuro de sus pezones. Tan diferente de su propia piel morena y sus pezones aún más oscuros.

—Me costaba no pensar que quizá tuviera algo que ver conmigo.

—¿Que no me interesaba el sexo porque ya no te deseaba?

—Sí —susurró Kate.

—¿No te digo siempre lo guapa que eres? ¿Lo lista, lo graciosa? —Leah tocaba a Kate todos los días, la abrazaba todas las noches. Creía que lo estaba haciendo todo bien. ¿Cómo podía Kate no saberlo?—. Te quiero. Sigo loca por ti.

—¿A pesar de todo? —dijo Kate, esbozando una sonrisa ante su estribillo de siempre.

—A pesar de todo.

Kate se llevó la mano de Leah a los labios y le besó los nudillos.

—Yo también te quiero. Y sé que me quieres. De verdad.

—¿Llevas mucho tiempo preocupada por esto? —Leah odiaba pensar que Kate hubiera podido ocultarle esto, este miedo que cargaba consigo. Qué terrible que ella hubiera estado demasiado ocupada para darse cuenta.

—Un poco.

—Pues me alegro de que se me estropeara el portátil —Leah le apretó las manos—. Porque necesitábamos hablar.

Kate pareció darse cuenta por primera vez de que la colcha había caído, y volvió a recogerla. Leah observó el gesto tímido con una profunda punzada de arrepentimiento. Alargó la mano y detuvo la de Kate antes de que pudiera cubrirse los pechos.

—No —susurró Leah—. Por favor.

—Perdona —Kate se quedó destapada, pero un intenso rubor le subió por el pecho—. ¿Qué te parece si voy a asearme y luego nos acurrucamos?