Interludios románticos 1 En busca de mi musa
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Interludios románticos 1

Interludios románticos 1

Por Radclyffe

© inepub.com

En busca de mi musa

Erin Dutton

Recorrió con la lengua el arco de un pie esbelto.

Alex se inclinó sobre mi hombro, leyó en voz alta, hizo una pausa y dijo:

—Eso es sexy, Cote. ¿De dónde sacas estas cosas?

Me encogí de hombros, incapaz de explicar de dónde salían las palabras. Llevaba escribiendo historias en mi cabeza, de una forma u otra, casi toda mi vida. Que aquello hubiera acabado convirtiéndose en una carrera como novelista romántica era un plus.

—Hablo en serio. Tus libros se venden como rosquillas —hice una mueca al oír el cliché—. Las mujeres devoran esta mierda.

Me reí.

—Qué romántica eres.

Fingió una expresión ofendida.

—Oye, puedo ser romántica. Que no sea tan ilusa como tú no significa nada.

—Ja. ¿Tú? ¿Romántica? Cariño, no creo que abrirle la puerta del dormitorio a una mujer cuente como romance.

—¿Cómo puedes seguir sacando tanto? —Alex se enderezó y se alejó—. Sobre todo teniendo en cuenta que no recuerdo la última vez que tuviste una cita, y mucho menos sexo.

Su comentario daba demasiado en el clavo. Normalmente habría dicho que estaba soltera por elección, pero con Alex no tenía sentido fingir. Era mi mejor amiga desde hacía diez años, desde que salía con su prima, y poco podía ocultarle.

—¿Cómo sabes que no he tenido sexo?

—Porque me lo habrías contado.

Tenía razón, se lo habría contado. Pero aun así me puse a la defensiva. Giré en la silla y la fulminé con la mirada.

—Bueno, que tú puedas conseguirlo cuando y donde quieras no significa que las demás podamos.

—Eres una mujer atractiva. Si salieras un poco más, podrías conocer a alguien.

—Aunque quisiera, no tengo tiempo. Tengo que entregar este borrador en dos semanas —me escudé en la excusa de siempre en lugar de admitir que, desde que había engordado esos cinco kilos, ya no me sentía tan atractiva.

Se pasó una mano por el pelo, tan oscuro como la medianoche y tan espeso que enseguida volvió a caerle sobre la frente.

—¿Para qué me molesto?

Como sabía que no esperaba respuesta, me volví hacia el ordenador y seguí escribiendo.

*

—Maldita sea, esta escena no funciona —murmuré con la voz amortiguada por el lápiz que sujetaba entre los dientes.

Aunque llevaba años trabajando exclusivamente en el ordenador, todavía me gustaba tener un lápiz en la mano.

Lo hacía girar mientras pensaba y, al escribir, me lo colocaba detrás de la oreja.

Giré distraídamente la silla, resistiendo el impulso de dejarlo por esa noche.

Cuanto más frustrada me ponía, menos posibilidades tenía de resolver el problema con mi última escena de sexo.

Desde el escritorio en el pequeño comedor que había convertido en despacho, veía el salón.

El sofá, la manta de forro polar y la televisión me llamaban.

Me obligué a apartar la vista y concentrarme en el manuscrito, y en cuestión de minutos estaba escribiendo de nuevo.

Llamaron a la puerta, interrumpiendo el escaso ritmo que había conseguido.

Dejé caer el lápiz sobre el escritorio y me levanté.

Cuando abrí, no pude contener un jadeo. Alex estaba deslumbrante con un esmoquin negro perfectamente entallado, sin corbata.

La chaqueta, cortada a medida para sus hombros anchos y su cintura estrecha, cubría una camisa blanca almidonada con el cuello abierto.

Rasgos que llevaba años viendo de repente me parecieron más llamativos.

Sus pómulos angulosos se marcaban bajo unos dramáticos ojos grises.

Nunca había apreciado del todo su mandíbula fuerte ni sus labios carnosos y sensuales.

—¿Qué es esto, Cote? —señaló mis pantalones de chándal y mi camiseta raída—. Es viernes por la noche —negó con la cabeza y entró apartándome—. Menos mal que he venido a rescatarte.

—Oye —protesté antes de seguirla al salón.

Aunque desde luego no era ninguna declaración de moda, era mi chándal más cómodo.

Iba sin maquillar y me había recogido el pelo castaño en una coleta descuidada.

A lo largo de los años, Alex me había visto en mis peores momentos y nunca me había preocupado mi aspecto delante de ella.

Pero ahora, viéndola tan increíble, me sentía hecha un desastre.

—Le prometí a Laura que iría a su gala benéfica de esta noche, la de víctimas gays y lesbianas de violencia doméstica, y mi acompañante se ha puesto enferma. Ya sabes que odio ir sola a estas cosas. Así que ve a ponerte tu vestido de fiesta.

Nuestra amiga Laura también había intentado convencerme para que fuera, pero me había escaqueado diciendo que tenía demasiado trabajo. Alex se acomodó en un extremo de mi sofá de cuero, cruzó las piernas apoyando un tobillo sobre la rodilla y me miró expectante.

—Tengo mucho trabajo.

—Puedes tomarte una noche libre. Ve a vestirte.

—Como tan delicadamente señalaste, no es cuestión de ponerme un vestido y ya está —me crucé de brazos, incómoda.

Se encogió de hombros.

—Pues llegaremos elegantemente tarde —como no me moví, esbozó su sonrisa más encantadora, levantando una comisura más que la otra y frunciendo ligeramente el ceño—. No me hagas ir sola. Me encantaría contar con tu compañía.

Ya había sido víctima de sus tácticas de persuasión.

—Sabes que esa mierda de Romeo no funciona conmigo.

—Por favor, Cote. Ve a ponerte ese vestidito negro que te realza el pecho y ven conmigo.

Suspiré, sabiendo que seguiría insistiendo hasta que cediera.

—Vale, pero no pienso correr.

Sonrió y cogió el mando de la tele.

—Esperaré.

Refunfuñando, me dirigí al dormitorio, pero ella ya estaba absorta en un documental sobre dromedarios y de todos modos no iba a oírme quejar.

Ya en el dormitorio, saqué el vestido negro del armario. Con el sujetador adecuado, me quedaba muy bien de pecho. Pero dudé, pensando en el rojo que había comprado en Neiman Marcus meses antes y que aún no había estrenado. Volví a colgar el negro y busqué en el fondo del armario.

El escote en V era tan pronunciado que las mangas cortas amenazaban con resbalarse de la percha.

El corpiño era ceñido, pero por debajo del busto caía suelto hasta justo por encima de la rodilla y disimularía los kilos de más en las caderas y los muslos.

O eso me había convencido, optimista, cuando me lo compré.

Y quedaría perfecto con esas sandalias negras de tiras que nunca tenía ocasión de ponerme.

Me tomé mi tiempo en la ducha y, después, me apliqué loción con aroma floral antes de ponerme el vestido.

De pie en medio de mi dormitorio, casi cedí al impulso de quitármelo, presa del pánico.

El escote pronunciado no dejaba absolutamente ningún espacio para un sujetador y revelaba mucha más piel de la que me resultaba cómoda.

Pero me quedaba perfecto: acentuaba las curvas adecuadas y ocultaba las otras.

Además, era demasiado tarde para devolverlo, y quién sabía cuándo volvería a tener ocasión de ponérmelo.

Como autora solitaria, mi agenda social no estaba precisamente repleta de fiestas.

Estudié mi reflejo mientras me maquillaba y me sorprendí pensando en Alex, sentada ahí fuera, deslumbrante.

La sombra de ojos que elegí estaba pensada para realzar mis ojos verdes, y el rímel prometía volumen y densidad.

Me pregunté si se daría cuenta. Por supuesto que no.

Yo era su amiga, una colega, y solo estaba aquí porque su cita se había puesto enferma.

La hice esperar quince minutos más antes de volver al salón. Metí las llaves en el pequeño bolso negro y le toqué el hombro al pasar.

—¿Lista?

Apagó el televisor.

—Claro, yo…

Estaba en la puerta antes de darme cuenta de que no me había seguido y de que ya no hablaba.

—¿Alex?

Cuando me giré, me estaba mirando fijamente.

—Tú… ah, nada. Estás… quiero decir…

Nunca la había visto esforzarse tanto por decir algo.

—¿Qué pasa, guapa? —bromeé.

—Ese no es el vestido negro —casi tartamudeó.

—No. Quería darte una sorpresa.

Mi amiga, normalmente tan segura de sí misma, estaba desconcertada: la mejor señal de aprobación para el vestido.

Recorrió mi cuerpo con la mirada y sentí que el pecho y el cuello se me ruborizaban cuando sus ojos se detuvieron en la curva expuesta de mis pechos. Entonces carraspeó y, con un esfuerzo visible, controló su reacción. Se acercó a mí y me tomó de la mano.

—Estás preciosa. ¿Nos vamos?

Me condujo a la calle, todavía mojada por la lluvia del día. Su Saab plateado estaba aparcado a una manzana, bajo el resplandor anaranjado de una farola. Mientras caminábamos, me abracé a mí misma para protegerme del fresco.

—¿Quieres mi chaqueta?

Se detuvo y ya se la estaba quitando de los hombros.

—No. Estoy bien.

Le agarré las solapas y le coloqué la chaqueta de nuevo. Para no arrugarla, alisé la fina tela sobre su pecho. Su familiar colonia almizclada nunca me había provocado este cosquilleo en el estómago.

—De verdad.

—No me importa.

—Estoy bien. Vamos.

Me rodeó con el brazo y me pegó a su costado para darme calor mientras recorríamos la media manzana hasta el coche. Abrió la puerta del pasajero y, cuando estuve acomodada, rodeó el coche y se deslizó tras el volante.

—¿Qué tipo de gente habrá esta noche? —pregunté mientras se incorporaba al tráfico.

—Gente rica que no sabe qué más hacer con su dinero, sin duda.

—Entonces, ¿tu círculo de amigos?

A pesar de la obscena fortuna que había acumulado la familia de Alex, era la persona más sencilla que había conocido.

Había trabajado duro y se había ganado su plaza en la facultad de derecho; después montó su bufete por méritos propios.

Aun así, no pude resistir la tentación de pincharla por sus compañeros estirados.

—Oye, Laura también es tu amiga.

Laura, la ex de Alex, era la presidenta del comité de recaudación de fondos del evento de esa noche. Era todo lo contrario que Alex: disfrutaba de su condición de niña rica. Si estabas en su círculo, Laura podía ser tu mejor amiga, pero también juzgaba a la primera y era un poco esnob.

—¿Sigue con Olivia?

—Sí, van muy bien. Y me atribuyo todo el mérito.