Insania Mea Capítulo 2
3%

Capítulo 2

La luz del sol encendía el follaje frondoso del sabino que bañaba sus raíces en un arroyo cristalino que atravesaba el claro.

El murmullo del agua que descendía desde un cerro en donde el verde se fundía con el azul del cielo era lo único que rompía el silencio del lugar.

El viento movía ligeramente la túnica de Keket, quien caminaba junto al arroyo con pasos calmos.

Por debajo de su túnica, sus pies descalzos brillaban húmedos por el rocío de la mañana.

Junto a ella, la sacerdotisa platicaba de algunos asuntos relacionados con la hermandad que Keket lideraba.

Varios devotos del sabino se agolpaban cerca de una mesa carcomida por el sol sobre la que había dispuestas varias vasijas de barro.

Los devotos aguardaban su turno para poder beber del agua en donde el sabino diluía su magia.

El olor a petricor era intenso en esa parte del arroyo.

En esas vasijas el agua parecía más fresca y adquiría un ligero sabor a tierra mojada.

Al verlas pasar, los fieles inclinaron la cabeza en una reverencia solemne que ellas devolvieron con un leve asentimiento.

La tranquilidad del claro se fracturó con la llegada de Isidro.

La urgencia de sus pasos contrastaba con el andar casi etéreo de Keket.

A las afueras del sitio, la hierba crecida, no por descuido, dibujaba un sendero curvilíneo que llevaba directo a la entrada del santuario.

En ese lugar, la hermandad había dispuesto varios anaqueles para colocar el calzado; también había bancas de madera y toldos para proteger a los fieles de las inclemencias del tiempo.

Nadie podía entrar al santuario con los zapatos puestos.

Isidro los traía en la mano. Al escuchar sus pasos, Keket se acercó hasta él como un hermoso espectro sigiloso.

—¿Qué pasa, hermanito? —dijo ella.

—Encontré a otra chica. Quizá ella sí cumpla con tus expectativas.

—Ya lo veremos. Tenemos que ir con Renata. Déjame terminar aquí y nos vamos enseguida.

Isidro sonrió.

—¿Esta vez sí me vas a dejar ver a Renata?

—Ya te lo he dicho, Isidro. Ella se pone mal cuando te ve.

—Hasta ahora he hecho todo lo que me has pedido —protestó—. Incluso te he conseguido a las chicas, pero no me dices nada. ¿Qué estás tramando?

—Solo te puedo decir que para acabar con esto las necesito, Isidro.

—Pero ¿qué quieres hacer? No entiendo.

—Eso es asunto mío y del círculo interno. Tú debes limitarte a realizar lo que te corresponde. Tu función es encontrarlas. Nada más.

—Entiendo. Pero necesito verla.

—Te dejaré verla un rato, quizá. Pero no te puedes quitar el pasamontañas. Ella no debe saber que eres tú. Eso la pondría mal y lo sabes. Está traumatizada. Asocia un evento de su pasado contigo y tú bien sabes a qué me refiero.

Isidro asintió. Keket regresó con la sacerdotisa y siguió su camino. Isidro se dirigió hacia el sendero arrastrando los pies y con la mirada clavada en el verde del césped recién podado.

Caminó unos quinientos metros por el sendero bordeado de lavandas que al roce con sus jeans le regalaban su perfume.

Llegó al enorme jardín de la finca; ahí el aire estaba cargado con el sabor de la opulencia.

El aroma dulce de las rosas casi se podía saborear.

Se dirigió hasta la puerta principal y el ama de llaves lo recibió con amabilidad.

Se dirigió a la amplia sala de la finca y se sentó en un sillón de plumas y plumones de ganso que pareció envolverlo casi por completo.

Sus botas negras, de suelas de goma translúcida y brillo casi militar, permanecieron bien plantadas sobre el piso, con ese estilo tan característico de la contracultura.

Sacó su teléfono y se puso a revisar algo mientras esperaba a Keket.

Después de veinte minutos de espera, el sonido rítmico e hipnótico del reloj de péndulo se vio acompañado por un staccato melodioso que el rechinar de los zapatos blancos y relucientes de Keket producía sobre el damero de mármol pulido de la finca.

Isidro dirigió la mirada hacia el pasillo. Una figura esbelta y curvilínea ataviada con un scrub entallado color lila se acercaba a él. Isidro se levantó. La nube pareció protestar por el abandono y retuvo su estampa durante unos segundos.

Acto seguido, ambos se dirigieron a la salida acompañados por una orquesta de chirridos. Subieron al auto y se dirigieron al Hospital Psiquiátrico Horus del Valle.

Una vez dentro, el olor a desinfectante parecía querer borrar cualquier rastro de humanidad.

Keket caminaba por el sitio como si estuviera en su casa.

El personal que la encontraba a su paso la saludaba con un respeto casi ceremonial.

Ella era la dueña y directora de ese hospital. Isidro caminaba a su lado.

Renata estaba recostada en la cama de su habitación, sumergida en un mundo de ensueño.

La puerta se abrió con un chasquido y el aire se coló en la habitación llevando consigo un aroma a fresas.

Claudia, la enfermera encargada de cuidarla, siempre olía a fresas.

Renata volteó hacia la puerta y Claudia le pidió que la acompañara a la oficina de la directora.

Renata accedió y se incorporó en la cama.

Colocó los dedos desnudos de sus pies de mármol sobre el linóleo; eran tan blancos que podrían pasar desapercibidos sobre el piso.

Caminó de puntillas hacia la puerta; entonces Claudia ingresó, la tomó con cuidado del brazo y la acompañó nuevamente a la cama.

Renata emitió una risita nerviosa y se sentó.

Claudia hincó una rodilla en el piso y colocó suavemente las pantuflas azules con suela de goma gris sobre los delicados pies de Renata.

Claudia se levantó, tomó a Renata del brazo y la llevó a la oficina de Keket, quien estaba sentada frente a su escritorio.

Keket las hizo pasar. Isidro permanecía de pie detrás de Keket.

Claudia sentó a Renata frente al escritorio y después se marchó. Keket miró a Renata largamente. Renata le respondió con una sonrisa casi infantil que sostuvo al tiempo que se encogía de hombros y se frotaba los muslos con las manos.

Keket tomó una hoja de papel de su escritorio y se la tendió a Renata.

Ella la tomó con cuidado y la miró con sus ojos almendrados.

En la hoja estaba impresa la fotografía de perfil de Vania.

Entonces Renata levantó la vista y miró detenidamente a Isidro de arriba a abajo.

Del pasamontañas negro solo se asomaban unos ojos castaños con largas pestañas enmarcados por unas cejas negras y pobladas.

Miró su camisa azul a cuadros, bien planchada y desabotonada, que dejaba ver su playera de algodón de un blanco reluciente.

De las mangas cortas se asomaban unos brazos fornidos y llenos de tatuajes.

Renata abrió grandes los ojos y de manera repentina se replegó sobresaltada sobre su silla.

—Aléjalo de mí —gritó desesperada—. Aléjalo de mí —dijo nuevamente en tono suplicante y con los ojos llenos de lágrimas.

Isidro apretó los puños y se le humedecieron los ojos.

—No te hará nada, Renata. Él no es quien tú crees.

—Aléjalo de mí —dijo nuevamente mientras subía las piernas a la silla y las rodeaba con los brazos.

—Vete de aquí —ordenó Keket.

Isidro salió de la oficina cabizbajo.

Keket se levantó de su lugar y se agachó junto a Renata.

—Ya se fue. Ya pasó. No te hará daño —le decía al tiempo que le frotaba suavemente el cabello rubio y enmarañado.

Renata se acomodó lentamente en su lugar y miró hacia atrás. Entonces observó nuevamente la fotografía.

—¿Ella es una de las tuyas? —preguntó Keket con suavidad.

Renata asintió levemente.

Keket sonrió y llamó a la enfermera.

—¡Muy bien! —exclamó Keket, tratando de emular el tono de una maestra de preescolar—. Ya puedes regresar a tus cosas.

La enfermera llegó y Keket le ordenó que se llevara a Renata. Claudia tomó a Renata de la mano y la acompañó a su habitación.

Los pasos de Isidro resonaron pesados en el pasillo.

Una lámpara en el techo se quejó amargamente con un sonido sordo y empezó a titilar, agonizante.

Isidro se detuvo frente a la puerta; la lámpara encima de él exhaló su último aliento en un hilo de vapor con olor a cables quemados y se apagó por completo.

Keket miró la lámpara. Isidro quiso decir algo, pero ella no lo dejó.

—Tráeme a esa chica —dijo Keket.

Isidro asintió y se alejó por el pasillo. Keket volvió a mirar la fotografía un momento antes de guardarla.